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En la playa El Espino, Gerson sueña con convertirse en el mejor futbolista del mundo

Gerson y otros 28 niños son parte de la Escuela Infantil de Fútbol Playa de El Espino, en Usulután. Es admirador del Tin Ruiz y, al caminar por la orilla del mar, relata sus sueños de convertirse en el mejor futbolista del mundo.

Por Marvin Romero | Oct 09, 2021- 22:03

Cuando Gerson corre sobre la arena detrás del balón, parece que todo a su alrededor fuera más lento. Se mueve veloz, como si flotara, esquivando las dunas, entre el resto de jugadores. Cuando juega, es casi como si en alguna parte escondiera un par de alas, ansiosas por emprender el vuelo.

A sus doce años, el joven aprendiz de futbolista habla con una súbita determinación de respuestas cortas, propia de los que saben hacia dónde se dirigen sus pasos. “La materia que más me gusta es Ciencias porque se aprende de lo que tenemos adentro y de los planetas”, dice y se toca el pecho.

Gerson vive a la orilla del mar, en la Playa El Espino, departamento de Usulután. Un lugar en el que la pobreza domina hasta donde la vista alcanza: paredes de lámina, techos de palma, muros manchados y una que otra lancha pesquera conforman la estampa que acompaña al sonido de las olas.

Asiste a una escuela local. Cursa sexto grado. Es un entusiasta admirador de Ronaldinho Gaucho y ese fantástico fútbol que ha visto solo por televisión. En los campos de arena, su ídolo es Agustín Ruiz – El Tin -, de la selección salvadoreña de fútbol playa.

Pero el verdadero héroe en el futbolero corazón de Gerson es su padre, de quien heredó la pasión por el balón y con quien entrena todas esas jugadas de fantasía que el “cangrejito playero” expone sobre la arena.

“Me ha enseñado a pescar y a jugar”, dice con el tono del discípulo que agradece los conocimientos que el maestro le transmite para la vida. Porque en El Espino, la esperanza de escolaridad es baja y las oportunidades laborales rara vez van más allá de la pesca y algún eventual oficio. “Él aprende de todo”, dice Xiomara Portillo, su madre.

“Por eso quiero ser un futbolista profesional”, confiesa, como reafirmando que su destino debe ser otro, al caminar sobre el límite entre la playa y el océano, tratando de que el mar no le robe el balón de los pies. Aquellas alas que esconde cuando juega, se extienden por completo cuando sueña con un futuro igual al de sus héroes de la pelota: lejos de esas olvidadas y necesitadas playas de Usulután.

La escuela de los sueños

Hay niebla a pocos minutos de la orilla del mar y aún no son las siete de la mañana. Un impaciente grupo de niños espera en la parte de atrás del camión que los llevará, desde la iglesia local, en El Espino, hasta una cancha de fútbol playa, a unas siete cuadras de distancia. La ansiedad domina el ambiente.

Para ese grupo, aquel campo es un refugio, casi un santuario en donde, por algunas horas a la semana, toman distancia de la realidad y pobreza que los rodea. Sobre la arena, entre arco y arco, la única regla es jugar lo mejor posible. En sus rostros es evidente que el mundo se les olvida.

El fervor y el frenesí casi podían tocarse con las manos cuando el camión avanzaba por una calle empedrada. “Yo, delantero y vos defensa”, se escucha, desde el frente, una voz decidida y con el sonido del mar de fondo: el equipo armaba las tácticas y estrategias.

Cuando el camión llega al campo de “fut”, como le dicen los entusiastas jugadores, el entrenador comienza a repartir las camisetas. A Gerson le da el número 10. Todos se forman en la arena. Una breve rutina de entrenamiento y es hora de un “partidito”.

La escuela infantil de fútbol playa de El Espino es una iniciativa parte del CDI (Centro de Desarrollo Integral) que administra la iglesia evangélica Apóstoles y Profetas en esa localidad. El proyecto es impulsado por Compassion International, quien suministra apoyo económico para capacitación, materiales, instrumentos deportivos e insumos que el equipo necesite, así como la adecuación de espacios y otras necesidades.

“Compassion nos da las herramientas para poder formar a los muchachos”, dice German Nolasco, pastor local, y agradece el sostén y cimiento que recibe de su parte. “Ellos creen en el potencial de cada niño y nosotros sabemos que van a ser grandes”, agrega.

Describe que, hasta no hace mucho, las condiciones para los niños de la comunidad eran precarias, con prácticamente ninguna opción que no fueran las calles. “Era una situación complicada: la pobreza, la delincuencia y los vicios predominaban”, relata.

En la playa El Espino viven unas 3,000 personas que no cuentan con fuentes diversificadas de ingresos más allá de la pesca que, como los lugareños describen, no siempre es suficiente para sostener las necesidades de un hogar. El CDI liderado por German atiende a al rededor de 261 niños y sus familias, diagnosticadas bajo alto riesgo social y económico por las condiciones en que subsisten.

Esa misma cantidad de niños son beneficiados con proyectos que van desde la atención en la primera infancia hasta capacitaciones y especializaciones en destrezas, con miras a su desarrollo profesional.

“En las calles ya se jugaba”, dice el pastor German Nolasco y describe cómo retomaron esas rutinas para capturar la atención de los niños de las comunidades locales y atraerlos a un espacio seguro en donde, además de formación deportiva, reciben, con el apoyo de Compassion International, asistencia en las áreas más críticas de su desarrollo y el de sus familias, como alimentación, vivienda y acceso a agua potable.

La academia se ha vuelto el principal motor para impulsar los sueños de Gerson y los otros 28 niños que, hasta ahora, conforman el equipo infantil de Fútbol Playa. Para los entrenadores del equipo y coordinadores del CDI, bajo el apoyo y tratamiento adecuado, la formación que reciben en este proyecto puede convertirse en la clave para romper el ciclo de pobreza en que viven y así poder desarrollar las habilidades que les permitirán ser productivos en su edad adulta.

“Es por eso que queremos darlos a conocer fuera de nuestra comunidad, que El Salvador entero conozca a nuestros talentosos muchachos”, dice German, con una emoción que se desborda de su garganta y se suma al rugir de las olas del mar.

El sueño de el equipo de entrenadores y coordinadores del proyecto es que organizaciones federadas del deporte salvadoreño vuelvan la mirada hacia esa comunidad y presten atención al talento de los niños futbolistas de El Espino y consideren incluirlos en ligas nacionales, que potencien las habilidades que ya desarrollan en la academia local.

De momento, cuatro de ellos ya forman parte de las canteras del equipo mayor de fútbol playa de El Espino y muchos, como Gerson, destacan por su técnica y pericia con el balón.

“Les estamos enseñando que en el deporte no hay rivales y que sus destrezas, enfocadas, pueden convertirse en una vía para alcanzar sus metas”, agrega el pastor.

“Lo que a nosotros nos queda es saber que estamos forjando buenas personas, que van a salir adelante y sacar a flote este lugar”, concluye, determinado.

Nació con el balón en los pies

Xiomara Portillo, madre de Gerson, no consigue recordar la primera vez que su hijo jugó con un balón de fútbol pero está segura que, desde entonces, no hubo día en que lo soltara. “Solo cuando está enfermo no juega. Yo no puedo sacarlo del campo”, confirma.

“Tiene mucho talento”, dice y hay orgullo en sus palabras. Gerson la escucha, de pie, asomando la cabeza por una de las ventanas. En sus manos sostiene un balón. La escena recuerda a un retrato colgado en la pared de lámina de la casa en donde el joven futbolista crece junto a sus padres y una hermana de seis años.

“Antes de irse a la escuela, él me ayuda en los oficios de la casa. Es un buen hijo”, dice Xiomara, consciente que Gerson escucha, a la distancia, disimulando que no lo hace. Él sonríe y se sonroja. “Este proyecto ha sido de gran ayuda para él y para nosotros, como familia”, relata Xiomara, sentada en una hamaca y bajo el techo de palma de la parte exterior de su vivienda. Gerson juega, con un amigo, sobre el suelo de arena.

Un rato antes, caminando a la orilla de la playa, el joven aprendiz confesó que sueña con ser un gran futbolista para ayudar a sus padres y hermana, “porque me cuidan y me apoyan”, dijo.

Antes de volver, caminó entre un grupo de rocas frente al mar. Por un instante, perdió la mirada en el horizonte. En el agua, se dibujó su silueta con el balón entre los brazos y, con el cielo a sus espaldas, en el reflejo parecía volar.

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