Rostros y voces del conflicto: “Despedite de tu hija y de todos que es la última vez que los vas a ver”

Además de indagar lo que pasó con sus padres, la antropóloga y activista feminista Amanda Castro considera necesario abandonar las posiciones y el lenguaje que llenaron de miedo a los salvadoreños hace más de 40 años. “Hay que salir de eso para poder entender la problemática y no convertirnos en continuadores de esas lógicas de la guerra”, afirma.

Por Lilian Martínez

Sep 21, 2020- 11:19

Antropóloga, madre de una adolescentes, feminista y siempre en busca de respuestas. No necesariamente en ese orden. Así se describe Amanda Castro, quien aún estaba en la cuna cuando su padre y su madres, uno antes del otro, fueron desaparecidos en los años 70. Hace 15 días, previo al lanzamiento del memorial digital “Rostros y voces del conflicto”, Castro habló con El Diario de Hoy sobre su búsqueda de respuestas y sobre por qué cree importante que en estos días, jóvenes y adultos hablen sobre hechos ocurridos hace cuatro décadas o más.

¿Quién es Amanda Castro?

Bueno, yo soy madre de una adolescente, soy antropóloga. Creo que también soy una constante buscadora de… de justicia en principio, pero también de un montón de cosas. Me doy cuenta que en mi vida cotidiana siempre estoy buscando cosas. Eso tiene que ver también con la marca de la afectación de la guerra que es “mamá y papá desaparecidos” estoy buscando respuestas. Eso también se traduce en mi vida. Casi nunca me quedo quieta, siempre estoy haciendo algo, siempre estoy buscando cosas, siempre estoy buscando formas de sanación a nivel personal pero también a nivel familiar. Porque lamentablemente el Estado no ha preparado un camino para que las víctimas y familiares de las personas que vivieron crímenes de lesa humanidad en la guerra podamos hacerlo. Entonces eso hago. Soy feminista también, activista feminista. Entonces siempre estoy como moviéndome, siempre estoy trabajando en cosas. Me divierto mucho también. Soy muy gregaria, muy con la familia, con las amigas. Siempre estoy en colectivo. El poder que tiene lo colectivo transforma. Eso hago, eso soy. Una mujer de casi cuarenta años que también construye memoria cada día y eso, eso me hace feliz, me alegra.

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Sus padres desaparecieron cuando aún era una bebé. Es de suponer que la imagen que ha construido de ellos la ha logrado armar hablando con tíos, abuelas, con quienes los conocieron. ¿Cuál fue el legado de sus padres para la familia y para la sociedad?

Mi padre y mi madre eran unas personas muy jóvenes, viviendo en un contexto de violencia política de los años 70. Eran estudiantes que creían en la organización colectiva para la transformación de sus realidades, pero también de las realidades de la gente, sobre todo empobrecida en un país tan pequeño como este, que se ha marcado históricamente por constantes crisis y constantes abusos autoritarios. Entonces creo que en ese tiempo había como una efervescencia para que las y los jóvenes se organizaran, fueran conscientes de que algo tenía que cambiar. Eso era mi padre, y mi madre. Eso es lo que genealógicamente me han heredado, porque yo también tengo estas inquietudes, siempre las tuve, desde muy joven. Y sí, aunque a mi papá y mi mamá los desaparecieron, nos los arrebataron como a otro montón de gente durante la guerra, cuando yo era muy chiquita, viven dentro mío y viven dentro mío en esas características heredadas, que tiene que ver con esa necesidad de cambio, de hacer cosas, de buscar, de darse cuenta, de tener esa sensibilidad de decir: “Eso no está bien, hay que hacer algo para transformarlo”. Yo les agradezco todo el tiempo esa fuerza vital, están dentro mío, están siempre en todas las cosas que yo hago, están presentes. Es como una presencia ausencia que marca la identidad de hija de personas desaparecidas…

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Justamente la memoria se ha ido hilvanando para mí con los relatos de mis abuelos, de mi abuela, de mi abuelo, maternos y paternos; de mis tías, tíos y hermanos, que son mis tíos pero con quienes crecí como que fueran mis hermanos mayores.

Así es como he ido construyendo relatos de mi mamá y de mi papá. Creo que mi familia también ha tenido un desafío conmigo. Siempre les he estado preguntando y estas situaciones no siempre han sido… Bueno, la mayor parte, todo el tiempo ha sido doloroso hablar de esto: para mi abuelo, para mi abuela, para mi tía, para mi tío. Pero ha sido necesario. Necesario para tenerlos presentes, para saber que fue injusto, para buscar verdades, porque esto es lo que yo quiero, buscar verdades. Y a veces las verdades las tenés que buscar en el entorno cercano primero y luego ir esa resonancia en los ámbitos públicos.

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La institucionalidad en este país no está preparada para brindarnos mucha información. Entonces primero me he encargado de ir construyendo esta memoria con la familia y con amigos, amigas que conocieron a mis padres. A veces me he cuestionado mucho también, porque es doloroso, y pienso: ¿Qué voy a hacer con toda esta información? ¿No? Porque voy buscando, voy buscando por aquí, por allá. Construyendo. Y eso ha creado también imaginario en mi consciencia, que no puedo constatar necesariamente; entonces, eso es, creo yo, una de las primeras afectaciones de que el Estado me haya arrebatado a mis padres, O sea, también ver dónde están las verdades, pero ha sido importante para mí. Y creo que, al final, me quedo con eso, con esa fuerza que me da saberlos, búsqueda de cosas, de cambios sociales y creo que esa alegría también, de saber que fueron jóvenes impetuosos y poderlos ver también en estas generaciones como para ser referentes. Creo que esos son legados importantes que al final hay que retomar y dan fuerza.

Y de esa reconstrucción de la memoria que ha conseguido hasta ahora ¿Qué nos puede contar sobre qué ocurrió con su padre?

Sí, a mi padre, primero lo detuvieron y lo desaparecieron en un operativo en agosto de 1981, en Tegucigalpa. Yo tenía 8 meses en aquel momento. Él tenía 22 años, era un hombre muy joven. Y desde entonces, no supimos más de su paradero. Hay, por ejemplo, algunos datos en un informe preliminar de la Comisión de la Verdad sobre su detención y posterior desaparición donde está él. Hubo mucha denuncia internacional por este caso, porque no solo desapareció él sino otros hombres y mujeres en ese operativo. Ahí, están involucrados directamente el ejército hondureño y el ejército salvadoreño porque se puso a disposición del ejército salvadoreño a las víctimas que fueron capturadas, detenidas y desaparecidas en ese momento. Tengo una foto que fue la última foto familiar donde está mi mamá, mi papá, yo – muy bebé- como de 8 meses, mis abuelas materna y paterna y una tía.

Y de mi mamá, en aquel momento la persecución era sostenida y detenían a uno, les interrogaban, les torturaban con los mecanismos de tortura e investigación para sacar información por cualquier disidencia que tenían, por decir: No estoy de acuerdo en que repriman así a la gente, en el campo, en la ciudad. Entonces, cualquier cosa bastaba para ser señalado de subversivo y ser una amenaza para el Estado. Imagino que deteniendo a mi papá llegaron hasta mi mamá, aunque fue 8 meses después su detención y desaparición. Seguramente, tenían una vigilancia constante (…) Es justamente 8 meses después que en 1982, el 9 de febrero, mi madre sale de su casa, vivíamos en la colonia La Rábida de San Salvador. Sale, la detienen y al día siguiente, el día 10 de febrero, llegan a la casa. Yo ahí ya tenía 14 meses de edad, llegan Jeeps llenos de hombres con armas largas, algunos vestidos de militar, otros vestidos de negro, de civil, algunos encapuchados, otros con la cara descubierta, llevan a mi madre con signos evidentes de tortura y tocan la puerta. En la casa ya, mi abuelo y abuela habían salido a buscarla a los comités no gubernamentales de derechos humanos,a la Policía Nacional, al Comité Internacional de la Cruz Roja a avisar y preguntar si la habían llevado ahí, para decir, “se han llevado a mi hija”. Porque como ya estaba el antecedente de la desaparición de mi padre y el terror que se vivía en aquellos años, en el 82. Si ustedes ven el muro (del parque Cuscatlán), los nombres que están en el muro, por ejemplo, 81 y 82, es donde hay un pico de violencia de Estado y detenciones y desapariciones forzadas. Entonces, evidentemente, estaba el terror en mi familia,  al ver que ella no llegó el día anterior, al día siguiente salieron a dar estos avisos a buscar y preguntar si la habían capturado. Cuando llegan a la casa, estos sujetos armados, únicamente estaban mis tías y mi tío, en aquel momento, la mayor tenía 18 años y la menor 10 años y yo. Entonces, entran y hacen desorden, buscan panfletos, fotos, todo para decir que ella estaba involucrada en las organizaciones subversivas, ya la tenemos, e intimidar; Luego, bajan a mi madre de los carros, y evidentemente, golpeada y torturada, y comienzan a ultrajarla y diciéndole a mis tías que si ellas también estaban involucradas les iba a pasar lo mismo. Ellos, adolescentes y niñas, comienzan a llorar por una fuerte intimidación y miedo de que no me despertara, porque yo estaba dormida en mi cuna y el ambiente era horrible, lleno de miedo, tristeza y terror. Finalmente, se la llevan, le dicen que se despida, en ese instante me ven en la cuna y una tía dice que soy su hija. Me despiertan mientras ellos buscaban algo para incriminar a mi madre y mi tía mayor dice que soy su hija por miedo a que si sabían que era hija de su hermana me iban a llevar a mi también.

En aquellos años, sabemos de la cantidad de niños y niñas desaparecidas y procesos de adopción ilegal, trata, un montón de cosas. Entonces, existía ese miedo, pero ellos dijeron: “No, si ya sabemos que la niña es de ella”. Y le dijeron: “Despedite de tu hija y de todos que es la última vez que los vas a ver”. Y efectivamente, fue el momento en que la desaparición forzada se materializa y no volvemos a verla. Ese mismo día 10 de febrero la llevaron también a la casa de habitación de mi bisabuela a realizar un operativo similar para mostrar que ella merecía lo que le estaba pasando, porque ella estaba organizada y era una voz disonante.

Yo creo que también, ese modus operandi tiene todo un lenguaje material de exhibición de la persona, diciendo: “Ella se merece esto y por eso nos la llevamos”. Además, un mensaje claro para infundir terror en las familias y la sociedad. Y eso es lo que ha quedado marcado como ese terror infundado de decir: “Aquí, si hablas, algo te puede pasar”. No solamente en términos jerárquicos de instituciones o del Estado o de las Fuerzas Armadas, sino también, un mensaje social. (…) Y lo vemos en el país, cada vez que desaparecen a una mujer, cada vez que asesinan a alguien, no se muestra conmoción o sensibilidad alguna porque lo primero que piensa la gente es: “En algo andaba”, “en algo se metió”, “algo hizo”. Digo esto para hacer ese vínculo de cómo en la sociedad vivimos la violencia de Estado y de grupos armados, antes y ahora, que tiene que ver con todo el mecanismo para infundir terror y fueron sembrados desde antes de la guerra cuando en los años 70 existían signos autoritarios de decir: “Aquí las cosas se hacen de esta forma”, y también cómo se involucraba a la comunidad, la sociedad, en eso mediante un ojo que señalaba. No necesariamente el militar o el guerrillero, sino que era un vecino vigilante. Creo que son mecanismos que hemos interiorizado y que también, ahora, marcan que no podamos salir de esas lógicas de guerra; más allá de que las armas son elementos permanentes presentes en la sociedad violenta que tenemos, pero también, hay otras formas de cómo nos relacionamos, cómo vemos este tipos de crímenes, y estos mecanismos que eran formas claras de cómo estaban entrenados los militares para hacerlo de esa manera. No era algo fortuito. Eran planes militares que existían.

Cuando vos contás eso a gente que no sabes, se queda pensando por qué no la buscaron. O sea, había un tema de terror o culpa que esto genera dentro de las propias familias de decir, pude haber hecho más, pero no podían haber hecho más. Yo siempre recuerdo a mi abuela, que ella vive con mucho dolor cada vez que habla de esto, es muy pesado para ella. Y siempre está, las madres, padres, abuelos de desaparecidos siempre se quedaron con ese dolor y esa culpa pesada que se traduce en un quizá pude buscarla más. No podían. (…)  Se puede trabajar ese dolor de manera colectiva para retomar la vida,   porque lo que querían era mantenernos del lado de la muerte. Entonces creo que  podemos hacer más cosas de manera colectiva. Es súper importante.

¿Eso puede ser una forma de sanar? 

Sí. Yo creo que es la única forma de sanar, que notemos que se puede hacer de manera institucional varias cosas. Pero si no logramos profundizar, críticamente y con una visión más amplia de la problemática, vamos a seguir en ese lenguaje que nos impusieron, ¿No?

Hay que salir de eso para poder entender la problemática y no convertirnos en continuadores de esas lógicas de la guerra, que es lo que hemos tenido en nuestras instituciones, en el aparato del Estado, en el Ejecutivo, siempre protegiendo a la Fuerza Armada y los archivos, todo lo que se da en la Asamblea Legislativa, que siempre se usa de manera partidaria y electorera estos temas. Y todos los mecanismos que se utilizan a nivel judicial que se convierten en tecnicismos muy limitantes para el acceso a la justicia y que el sistema está para eso, entonces se pierde de vista el otro lado más humano y necesario, más de contacto, colectividad y de organización para trascender de esto y decir: ¿Cómo sanamos? ¿Qué justicia queremos? ¿Qué verdad queremos? Son cuestiones que hay que pensar en un tema de memoria.

¿De qué forma, como sociedad salvadoreña, quienes no hemos sufrido la desaparición forzada de un familiar, podríamos solidarizarnos con familiares de las víctimas?

Creo que lo primero es conocer la historia, porque es importante y hablar de eso; no solo a nivel público, sino que en los espacios más cotidianos en los que cada persona se desenvuelva, académicos, de trabajo, esto que vos haces, me parece que los periodistas se involucren con el tema, no porque haya una línea de financiamiento, o que el tema esté en boga, sino porque es importante para caminar a la sanación colectiva. Creo que te mencionaba antes, hay personas que hemos sido impactadas directamente por los crímenes de lesa humanidad, y que eso, para nosotros, fue un antes y un después, con lo que vamos a continuar toda la vida. Pero a toda la sociedad salvadoreña, como generación, nos impactó la guerra.Y hay que ser conscientes de que el silencio pesa mucho y que si lo sacamos vamos a ir sanando de alguna manera. Es increíble lo que mueve el hablar sobre las cosas, también sobre los miedos. El silencio nos impactó pero ese silencio fue impuesto, y fue con terror. Entonces yo creo que parte de que tengamos una sociedad que deja pasar y hacer un montón de cosas a los funcionarios, a los gobiernos, que van y vienen, pero también en el cotidiano. Es muy fácil que nadie diga: “Eso no está bien”. Que veamos que hay un agravio hacia una persona, un hecho violento, y que todos volvamos a ver para otra parte, sin tener la fuerza para dar una condena social, y no digamos “eso no está bien”. (…) Entonces, esto, si empezamos a hablar sobre estos temas, podríamos aportar desde ahí. Y luego,  yo les invito también a que conozcan el memorial en el parque Cuscatlán, donde, para nuestras familias, es un espacio bonito para también honrar a nuestros desaparecidos y desaparecidas o asesinados, porque no tenemos otro espacio. Culturalmente, son importantes estos rituales de la muerte, cumpleaños, llevar flores, poner velas. Son importantes y ese es un espacio lindo para nosotros del que casi nadie sabe. Ahora que es un espacio más abierto, he visto mucha gente que ni sabía que eso estaba y está ahí por algo. Son los nombres de víctimas del conflicto. Creo que eso es importante. También, es importante que acompañen, por ejemplo, el tema de las políticas integrales de reparación, que lo sigan, se interesen.

¿La sociedad necesita una Ley de Reconciliación? Parece que es un tema que solo le interesa a los sobrevivientes y a los familiares de las víctimas.

La verdad, no, es importante para toda la sociedad, como decía, ahorita hay una ley que está en el limbo. El Presidente la vetó, la Asamblea no ha hecho demasiado por retomarla y superar el veto. ¿Qué va a ser? Es como que no, o sea, aquí también tenemos una memoria muy cortoplacista de todo. Y eso nos afecta. Se van colocando los temas que son de interés, para ciertos grupos, y ahí nos enganchamos, y entonces no hay sostenibilidad de temas de cosas que están en agenda, y creo que esta Ley de Reconciliación, claro que nos interesa, como sociedad. Debería de interesarnos como sociedad. ¿Reconciliación?  También deberíamos hacernos esa pregunta. ¿Nos reconciliamos con una ley, un decreto, la creación de un muro con el nombre de las víctimas? ¿Nos reconciliamos con que declaren el 30 de agosto Día Nacional de la Desaparición Forzada? Hay que hacernos esas preguntas. No podemos seguir corriendo en una crisis permanente y seguir aceptando como normal el continuum de violencia que vive El Salvador. Entonces, sí, debemos pensar, sentir y cambiar las formas en las que nos relacionamos, que parecen mínimas. No siempre tenemos que estar públicamente diciendo esto y lo otro, con un lenguaje muy bonito, con una agenda de cabildeo, o sea, eso está bien, pero en el ámbito cotidiano debemos hacer transformaciones a nivel familiar. ¿Cuántas personas que van a ver esta entrevista le han preguntado a su mamá, a su tía, a su tío, cómo vivió la guerra? Más allá de haber estado en alguno de los dos bandos o no haber estado en ninguno. ¿Cómo la vivió? ¿Qué representa esa etapa para esas personas? ¿Qué recuerdan de eso? ¿Qué recuerdan que sentían? ¿Sentían miedo? Y si no perteneció a ningún bando y sentía miedo, va a entender que toda la sociedad fue afectada por la guerra y que no se debe volver a repetir. Que nunca más, es importante para pasar la página y tener instituciones transparentes, para que no haya otro 9 de febrero, lo que pasó en la Asamblea. Es decir, que nunca más este sea un país lleno de militares y policías en las calles, tiene que ver con esa historia de violencia y debemos levantarnos de dejar de hacernos del ojo pacho respecto a lo que pasa en los entornos más cercanos.

Porque no solo podemos criticar y decir: “¡Ah, cuántos homicidios hubo!, ¡Ah, ahora no hubo!”. No. Debemos cuestionar porqué pasan las cosas. No es de leer mucho, solo hay que ver el entorno. Mucha gente dice: “Aquí no hay educación”, etc. Es cierto, cuando reviso los planes de estudio de mi hija y tienen un periodo que hablan sobre la guerra, el conflicto, siguen usando los libros e historias refritas de los años 70, “se organizaron”, etcétera. En el sentido que lo enseñan de manera muy mecánica, entonces la gente no se interesa. Pero si empiezas a hablar con la gente que estuvo, o que todavía vive, y puedes preguntarles qué sentían, cómo era, ¿no?, y en esa medida, ver si hemos avanzado o seguimos en el mismo pantano de armas, violencia, terror y desapariciones forzadas. Ahora leí que hay cinco desapariciones diarias. Ahora, eso nos indica que volvió a pasar, que no aprendimos nada.

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