Exadicto: “Nadie me obligó a nada, ni a consumir droga ni a cometer delitos”

La cocaína y la marihuana robaron la libertad de este joven quien yace recluido con el afán de recuperarse.

Foto EDH: Gerson Sánchez

Por Karla Arévalo

Abr 28, 2018- 21:31

Desde la puerta de mi celda veo a mi alrededor. Desvanecido me aferro a las rejas mientras escucho el murmullo de los reos que me miran como a un loco. Estoy loco, desquiciado por la cocaína. En esta celda tengo el poder de levantar la cama; hacer temblar todo con tan solo poner mis manos sobre las paredes. Deliro, pero estos poderes no me liberan. Entonces, hundo, todo lo que puedo, el dedo en el ojo izquierdo. Me llevan al hospital y recuperado regreso al infierno. Aquí me leen el delito: tenencia y portación de droga. Por esa razón estaré un mes en bartolinas y cuatro meses en Apanteos. En el penal no la paso tan mal, porque en Apanteos hay droga.

Los consejos no me han servido para nada. No había empezado el noveno grado cuando ya consumía droga.

Siempre que llegaba de la escuela oía a mi mamá con su jodedera de siempre y me fastidiaba, y mi papá, bueno, él siempre estaba ausente.

Empecé tomando alcohol combinado con tabaco. Al principio, la mezcla me daba nauseas, pero me fui acostumbrando pues quería ser hombre. Cuando eso ya no me satisfizo probé la marihuana y hoy, estoy rendido a la cocaína. Lo que sucede en los primeros años de la adolescencia es crucial para la vida; te forma o te deforma.

– Hey, ¿Y vos qué ondas? ¿Fumás? – me preguntó un compañero.
– Todavía no-, dije animado.
– ¡Nombre maje! Tomá.

La marihuana me gustó. Pedro era mi compañero en clases y yo, hasta ese día, solo había bebido alcohol. La propuesta de Pedro era oportuna, sobre todo porque no me iba a cobrar el porro de marihuana. Aunque luego tuviera que comprarlo como fuera posible.

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Mi tío me dio trabajo en su taller de estructuras metálicas. El dinero me servía para comprar todos los días media libra de marihuana. Un puro era mi desayuno. A las 10 me daba hambre y ¡otro puro! Y así seguía rolando la bacha. En la tarde tocaba cocaína y como andar en la calle era lo mío, abandoné el taller de mi tío y comencé a robar. Pedro, otros y yo íbamos a las universidades. Les poníamos a los alumnos y traíamos teléfonos, cadenas y laptops.

-¿Qué ondas? ¿Qué pedo? ¿Cómo está la cosa? -, se dijeron al ver un ciber.
-¿Le damos?
-¡Démosle con todo!

Sin querer robamos un ciber. Solo lo vimos y lo hicimos. El dueño se opuso, pero cuando nos vio las armas ya no dijo nada. ¿Qué iba a hacer contra tres drogadictos armados?
Pedro es pandillero. Yo no. Yo solo soy un civil activo, pero no brincado a la pandilla. Por la droga y por la lealtad a ellos extorsionaba a las farmacias, a los camiones repartidores de gaseosas y al de los lácteos.

Foto/ Gerson Sánchez

Luego me drogaba en los cafetales, solo o con ellos. En ese trance nunca tuve miedo, pues consumir un bañado de coca con marihuana y alcohol te hace poderoso, invencible y la muerte pasa desapercibida.

Creo que las madres siempre sospechan lo que hacen sus hijos; mi mamá no me dijo nada y lo sabía todo. Solo me inscribió en otra escuela para ver si así me alejaba de la droga, pero el dinero para el bus me lo gastaba en cocaína y marihuana. Entonces terminé dejando la escuela.

Como casi siempre, en el lugar donde vivía, habían matado a una persona; yo fingía que estudiaba, traía los cuadernos en la mano y cocaína en el bolsillo. Vi a varios policías y pensé: “Ah, si me van a parar, que lo hagan. Nomás me vean los cuadernos me van a soltar”.

-¡Parate!
Escuché al policía, pero me metí al taller de mi tío, me saqué la droga rápido y la aventé.
– ¿Qué pasó?, dije al salir.
– Que no oíste que te pararas… ¿Qué hiciste ahí adentro?
Los policías se metieron al taller y revisaron hasta que hallaron la droga. No fue difícil. Yo la había tirado detrás del sillón.
-¿Va que esto es tuyo?
-No, eso no es mío.
-Va, si no es tuyo vamos a tramitar una orden de cateo; cateamos la casa y si no es tuyo nos vamos a llevar a tu tío.

Me vi desesperado. Se iban a llevar a mi tío, a mi primo y al empleado que trabajaba con ellos. Entonces, me hice cargo de todo. Tuve el valor porque andaba cruzado.

Fui procesado en Apanteos. Ahí veía que el sol salía y se ocultaba muy pronto. ¿cuándo voy a salir de aquí?, pensaba, y solo aguantaba porque en la prisión hay droga y porque aún no había sido condenado. El tabero, quien es la cabeza dentro de la prisión, nos reunió a todos los nuevos:

– Va, vos, ¿de dónde sos?
– De tal lugar.
– ¿Y sos civil o homboy?
– Civil.
– ¿Y dónde vacilabas?
-En tal lugar.
-¿A quiénes te podés?
-A fulano, a zutano y a mengano.
– Y el fulano que decís,
¿dónde vacila ahora?
– En tal lugar.
– A pues sí. Sí es cierto.

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No voy a decir que la cárcel ha frenado la adicción. Ahí todos son adictos y se hace de todo por conseguir droga. Hay quienes creen que a los jóvenes solo nos señalan delitos injustamente, pero no siempre es así, todos los que estamos en ese mundo es porque queremos y hacemos lo que sea por la vida que decidimos llevar. A mí nadie me obligó a nada. Ni a consumir droga ni a cometer delitos. Yo lo hice porque lo decidí.

El juez que llevó mi caso me decretó prisión y salí de Apanteos porque me interné en una clínica de rehabilitación. Ese fue el acuerdo. Estoy a unos días de salir de este centro de rehabilitación. Sé que afuera no ha cambiado nada y que encontraré a las mismas personas con las que anduve.

Si salgo ¿volveré a hacer lo mismo? No hacerlo ¿tendrá consecuencias? No lo sé, pero si intentan matarme por haberme ido, igual podrían morirse. Lo que hice hace cuatro años me lo guardaré. Los delitos también. Por mí y por aquellos con quienes los hicimos.

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