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Elecciones presidenciales en Latinoamérica de 2021 dieron golpes a los oficialismos

En el año que recién finalizó hubo cinco elecciones presidenciales. Más allá de una completamente amañada, la región desechó las opciones oficialistas.

Por Ricardo Avelar | Ene 01, 2022- 21:40

EL izquierdista Boric ganó a la derecha en Chile.

En 2021, los electores en casi todos los rincones donde hubo comicios presidenciales en Latinoamérica eligieron el cambio.

Ya sea por el rechazo a modelos sumidos en corrupción, por la falta de opciones viables, por el hartazgo con el “establishment” o por el agotamiento de oficialismos con bastantes años en el poder, millones de personas en diversos puntos del continente decidieron sacar de la silla presidencial a los partidos actuales y poner en su lugar a quienes los desafiaban. Y no en todos los rincones donde hubo un cambio, este responde a una convicción con la línea ideológica del ganador. En muchos de los casos, se experimentó un voto de castigo a quien detentaba el poder y su partido.

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Solo uno de los cinco países con comicios presidenciales en 2021 se mantuvo con la opción oficialista. Sin embargo, se trata de un caso anómalo: Nicaragua.
El proceso electoral de este país centroamericano ha sido considerado una “farsa” por decenas de países que condenan la represión, el cierre de espacios y las capturas de candidatos opositores que desafiaron al dictador Daniel Ortega y su esposa y “copresidenta, Rosario Murillo.

La región que dijo no al oficialismo

Aparte del caso nicaragüense, en los otros cuatro países con comicios presidenciales en 2021 (Ecuador, Perú, Honduras y Chile), la ciudadanía optó por el cambio.
En uno de los casos, el resultado fue apretado y dio paso a una crisis de conteo, cuando en Perú el izquierdista Pedro Castillo derrotó por un muy corto margen (0.26%) a Keiko Fujimori.

En los otros casos, el ganador gozó de una amplia ventaja sobre su contendiente. En Honduras, Xiomara Castro sacó una distancia de 14.19% sobre el candidato oficialista, Nasry Asfura.

En Ecuador, el banquero conservador Guillermo Lasso perdió la primera vuelta de forma estrepitosa contra el candidato de la centroizquierda, Andrés Arauz, pero en segunda vuelta le sacó una distancia de 4.72%, es decir casi 420 mil votos.
En Chile, la distancia fue aún más dramática. El expresidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, Gabriel Boric, que proviene de la izquierda radical, sacó una ventaja de 970,000 votos (u 11% de las marcas válidas) al derechista, también radical, José Antonio Kast.

¿Cómo leer estos resultados?

Como ya se ha dicho, esto no debe necesariamente interpretarse como un convicción de elegir algo diferente, sino como un agotamiento de los partidos de gobierno que además de haber afrontado una pandemia, tuvieron que hacer frente a sus diferentes crisis económicas, sociales o constitucionales.

Y es que la pandemia, para la que ningún país estaba preparado, trajo consigo un colapso de los sistemas sanitarios, muerte y además un profundo retroceso económico producto de las medidas de confinamiento aplicadas en todos los países para evitar alzas en contagios.

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Por tanto, quienes ya gobernaban tuvieron un camino más complicado en el ámbito electoral, ya que venían de afrontar una de las peores crisis que el mundo ha visto en mucho tiempo y con esta, se toparon con el desgaste y el desencanto de grandes sectores.

Estas elecciones tampoco parecen contar la historia de un decidido giro ideológico en la región.

Si bien tres de los cuatro ganadores representaban a diferentes tonalidades de la izquierda en sus países (Castillo, Castro y Boric), la región no parece estar girando hacia este bando, como sí lo hizo de manera decidida en los tiempos de la “marea rosa”, en la primera década del siglo que transcurre.

Y en el caso de Perú, donde ya asumió el poder Pedro Castillo, la agenda de gobierno se ha moderado en comparación a las expectativas que presentaba un candidato que provenía de los sectores más extremos de la izquierda.

Ya sea por incapacidad de articular una agenda radical o por tener que gobernar con un congreso dividido (de los 130 escaños, su partido solo obtuvo 37), no mucho ha cambiado en el país andino.

Poco se sabe de cómo gobernarán Castro o Boric. En el caso hondureño, el triunfo parece estar más orientado a castigar al conservador Partido Nacional que cierra 12 años en el poder entre escándalos de corrupción, acusaciones de narcotráfico y duros golpes a la democracia.

En Chile, los últimos dos años han estado marcados por el descontento ante un modelo económico que si bien mostraba resultados en papel, no logró abordar todas las necesidades de las poblaciones más vulnerables del país.

Este austral país parece ser el más vulnerable a un giro ideológico dramático, algo que el presidente electo supo aprovechar con promesas de revertir la privatización de los fondos de pensiones, entre algunas otras ofertas que parecen provenir de un pensamiento más ortodoxo de la izquierda.

Cabe decir, sin embargo, que el discurso de toma de posesión de Boric trajo alguna calma a quienes veían en él un impulso tardío de “socialismo del Siglo XXI” en su país. Además de que en campaña condenó los abusos de Nicaragua, en sus palabras de aceptación, el joven exactivista enfatizó que respetará la democracia y la tolerancia, además de afirmar que hay acciones positivas de administraciones pasadas que no deben ser revertidas. Y solo un día después, sostuvo una reunión cordial con el actual presidente, Sebastián Piñera, en la que se comprometió a un traspaso sin sobresaltos.
Además, se comprometió a no intervenir en la autonomía de la convención constituyente que prepara la nueva Carta Magna en su país. Esto en sí no es garantía de nada, aunque en una región de discursos mesiánicos, esas palabras permitieron un leve respiro.

Democracias “cansadas” y un augurio peligroso

En Latinoamérica, más que apuestas ideológicas (como el giro a la derecha de los 1990s o la “marea rosa”) los gobiernos y acaso los sistemas políticos, están dando claras señales de agotamiento. Las esperanzas surgidas hace décadas, cuando la región apostó por la democratización y dejar de lado los autoritarismos caudillistas, parecen haber claudicado ante las constantes crisis.

Esa promesa de desarrollo y crecimiento para todos nunca llegó. Y ante la impaciencia, los electores parecen decantarse más por los puños de hierro y quienes luzcan como “mesías”. Además, los vaivenes y péndulos entre extremos se aceleran y cada vez es más lejana la visión de que líderes centristas concerten agendas a largo plazo.

A largo plazo, esto puede sumir a los países en crisis aún más profundas cuando noten que la inmediatez y aparente efectividad de los caudillos es muy poco sostenible. Y cuando eso pasa, según muestra la evidencia de la región, los países no suelen abandonar el caudillismo y volver a elegir la democracia, sino todo lo contrario: eligen a otro “hombre fuerte”, pero de otro color político.

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