VIDEO: Maestro por la mañana y vendedor de dulces por la tarde, así se gana la vida Vicente Vásquez

En un cantón cerca al cráter del Volcán de Santa Ana, un maestro de 59 años lucha a diario por salir adelante. Por las mañanas camina 18 kilómetros para llegar al aula de clases. Por las tardes recorre la ciudad de Santa Ana vendiendo dulces en los autobuses.

A las 5:15 de la madrugada, Vicente sube al camión que lo transporta por 10 de los 18 kilómetros que hay para llegar hasta la escuela de Palo de Campana. A esa hora, es la única forma de salir de la ciudad de Santa Ana. Foto EDH / Jessica Orellana

Por Sergio Orrego

Mar 11, 2019- 06:00

El sueño de Vicente Vásquez tardó 52 años en llegar. Desde muy joven supo que quería convertirse en maestro; sin embargo, tras varios esfuerzos, su labor como docente no ha sido bien remunerada. Gana tan solo $180 al mes. “Puedo sobrevivir con eso porque estoy acostumbrado a comer pobremente, con un huevo y dos tortillas”, relata desde su modesto hogar en el municipio de El Congo, Santa Ana.

En esa pequeña casa vive junto a su esposa, sus dos hijas y su primer nieto, a quienes también sostiene económicamente. La falta de dinero ha obligado a Vicente a extender su jornada laboral y, por las tardes, dedicarse a la venta de dulces.

La jornada de Vicente arranca a las 3:10 de la mañana, cuando deja su casa y sale a trabajar. Una hora y media más tarde, llega al kilómetro 62 y medio de la Carretera Panamericana, en donde espera al camión que lo saca de la ciudad. Su camisa roja resalta en la oscuridad. Viaja equipado con un maletín negro que cuelga de su hombro derecho. En el izquierdo lleva otro con dulces y charamuscas, su otro oficio.

La calle luce sola y el silencio es total, a Vicente se le ve positivo y dispuesto, sin importarle lo melancólico del entorno y el largo trayecto que le espera. Trabaja en el Centro Escolar Caserío Guadalupe, cantón Palo de Campana, a 18 kilómetros de donde aborda el camión.

Minutos pasan de las cinco de la mañana, el ruido de un motor se escucha a la distancia. Vicente aborda y se ayuda de una cuerda para no caer, se acomoda junto a quienes viajan a bordo, en su mayoría jornaleros, sus compañeros de viaje.

“El Profe”, como lo conocen sus alumnos, enseña a 18 niños que provienen de los alrededores del cantón Palo de Campana, en Santa Ana. Foto EDH / Jessica Orellana

No los aparenta, pero tiene 59 años, nació en 1960. De una familia pobre del departamento de La Unión, en donde lo más importante eran las tareas del campo y no la educación. Creció cortando y transportando leña, mientras soñaba con asistir a la escuela. “Mi papá decía que yo quería estudiar porque no quería trabajar”, recuerda.

A la edad de nueve años, el joven Vicente convenció a sus padres para que lo matricularan en la escuela local, en donde cursó hasta el quinto grado. Luego de una pausa de cuatro años donde trabajó para ayudar a su familia, retomó sus estudios de tercer ciclo por las noches.

Estudiar y trabajar comenzó a volverse habitual para Vicente, así hasta que, en 1984, a la edad de 24, se graduó de bachiller y abandonó las aulas de clases por 20 años más.

El regreso a las aulas

Fue hasta la edad de 44 años que Vicente se sometió al examen para ingresar a la Universidad de El Salvador (UES), fue admitido en la facultad de Ciencias Sociales y lo primero que pensó fue que estudiaría con jóvenes a los que les doblaba la edad.

Durante los 20 años en que no estudió, se dedicó a diferentes trabajos, el último como vendedor de sorbetes. Al retomar sus estudios, los años ya cobraban cuota en su cuerpo. En una ocasión, al bajar su carretón por una escalinata, un repentino dolor lo atacó, al igual que la duda de cuánto tiempo soportaría estudiando por las mañanas y trabajando por las tardes.

“Me sentía un poco deficiente porque tenía 20 años de no estudiar y creí que no tenía capacidad para hacerlo”, relata. Comenzó a leer por su cuenta, con cuadernos y libros prestados. En la universidad encontró puertas abiertas. Su vida se desarrolló entre las preguntas académicas y la pregunta sobre qué sabor de sorbete deseaba el cliente.

La venta generaba el dinero necesario para sobrevivir. La imagen de un carretón estacionado en el parqueo de la universidad empezó a volverse una estampa común entre los alumnos.

Asistir a clases redujo las horas que dedicaba a vender. “Al no visitar a mis clientes, los fui perdiendo”, recuerda. A diferencia del resto de sus compañeros, tuvo que esforzarse el doble, su casa no contaba con los recursos básicos: energía eléctrica y agua potable. Incluso, para estudiar, por las noches, partía a la mitad una candela y la colocaba en el tapón de una botella, la pequeña llama de la vela seguía cada párrafo que Vicente leía en sus folletos. Consiguió graduarse de profesor para Tercer Ciclo y Educación Básica en el año 2011, a la edad de 52.

Fueron ocho años de carencias y perseverancia, esa que conserva al sujetarse con fuerza sobre el camión, cuando recorre, casi brincando, la calle polvosa como si de un juego mecánico se tratara.

Vicente camina pausado, su rostro refleja cansancio. Tarda una hora y media para llegar desde su casa a la escuela en donde ahora trabaja.

En el aula, borra la pizarra con fragmentos de la clase del día anterior, escribe la fecha, saca de la gaveta de su escritorio los libros y los niños comienzan a llegar.

“Buenos días profe”, se escucha en coro y Vicente sonríe. Él trabaja bajo la modalidad de aulas integradas, imparte clases a niños de tercero, cuarto, quinto y sexto grado, son 18 alumnos en total.

En la pizarra, traza una línea ondulada para dividirla en 4 partes, la mecánica es simple: mientras explica un tema a los de tercero, los de cuarto realizan ejercicios y así sucesivamente.

Los $180 que Vicente gana cada mes provienen de los fondos que maneja el Consejo Directivo Escolar (CDE) del Centro Escolar en Palo de Campana.

Vicente trabaja bajo la modalidad de aulas integradas. En un mismo salón de clases, enseña a niños desde tercer hasta sexto grado. Foto EDH/ Jessica Orellana

Su plaza está bajo la modalidad de servicios profesionales con un contrato por diez meses. No cuenta con prestaciones como Bienestar Magisterial, AFP, bonos o aguinaldo. Vicente solo recibe su sueldo entre febrero y octubre de cada año. El resto del tiempo, debe ingeniárselas para subsistir.

La mañana transcurre y “el Profe” salta de grado en grado, las fronteras invisibles son la posición de los pupitres y el tema que cada grupo repasa. Afuera, la brisa sopla suave. Palo de Campana es un lugar donde la señal del celular es nula y lo único que se escucha es el murmullo de los niños. Provienen de familias que se dedican al campo. Vicente los motiva a no dejar de estudiar.

A las doce, la jornada concluye, el salón queda vacío al son de un “adiós Profe”. Vicente guarda sus cosas, coloca las cadenas que temprano quitó y se asegura que la escuela quede bien cerrada.

Terminada la mañana como maestro, Vicente emprende el camino, cuesta abajo, otra hora y media más de recorrido a su rutina, ahí empieza el cambio de pensamiento, de docente a vendedor de dulces.

El vendedor santaneco

En las calles de Santa Ana, Vicente se convierte en el conocido señor que vende dulces a bordo de los buses urbanos que recorren el casco urbano. Pocos, casi nadie, sabe que Vicente es maestro. El Profe guarda su maletín, con su material de docente, en la bodega que abastece a los vendedores de dulces y sorbetes de la zona. Los años de trabajo han creado confianza entre él y los dueños del local.

Vicente compra dos bolsas de dulces y paga con monedas de 25 centavos, son las que ganó al vender “charamuscas” en la escuela.

Cerca de las dos de la tarde, aborda el primer autobús. Se coloca al frente, como si de dar clases se tratara. Comienza a hablar, ante la mirada atenta de una señora que se interesa en el producto, cada persona tiene una reacción distinta, unos pasan de largo, otros solo vuelven a ver de qué se trata.

Recorre todo el bus, manteniendo el equilibrio para entregar los dulces y recibir el dinero, cada moneda la coloca en la bolsa de su camisa, siempre regala una sonrisa aunque no compren su producto.

En 30 minutos, Vicente ha subido a cuatro autobuses diferentes, de cada uno se baja con tan solo un puñado de monedas, pero sabe que no puede dejar de trabajar hasta conseguir los diez dólares que, según sus cálculos, necesita para completar el presupuesto de la semana.

Una vida de necesidades y carencias ha convertido a Vicente en un hombre metódico con cada centavo que gana. “Tengo a una hija estudiando y un nieto al que ayudo”, explica y añade que sumado a los gastos de alimentación y transporte, la cuota diaria alcanza los diez dólares.

Los dulces que a diario vende en las calles de Santa Ana, Vicente los compra con el poco dinero que gana vendiendo charamuscas en la escuela de Palo de Campana. Foto EDH / Jessica Orellana

“Si yo no tengo esa cantidad, debo trabajar arduamente hasta las siete de la noche en los buses, vendiendo dulces, hasta conseguirla”, describe. Para este hombre, incluso la falta de un dólar significa decidir entre alargar su jornada o dejar de solventar alguna necesidad de él o su familia. “Eso es lo que me obliga a ser esclavo del trabajo”, expresa. Un día normal de Vicente se traduce en al menos 16 horas de trabajo.

Dejó su hogar en la oscuridad de la madrugada y regresa en la oscuridad de la noche, el cansancio que seguramente tiene acumulado en sus pies, parece no importarle.

Lo que sí le importa es el futuro de su familia. Vicente comenta, con recurrencia, que le gustaría ser nombrado como maestro interino en la escuela en donde labora, no aspira a una plaza fija pero sí a estabilidad laboral. Su mayor deseo es no dejar de enseñar y que su labor sea recompensada con un salario justo.

A pasar que no ha sido su caso, Vicente está convencido que la educación es vital para erradicar la pobreza, “la educación es una herramienta para mejorar, es un medio para cambiar a la sociedad”, concluye.

Si desea ayudar a Vicente, puede hacerlo al siguiente número: 6133-4486.

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