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De un doblón en el tobillo a vivir con un aparato dentro de su espalda: la historia de Ana Beatriz

Hace 8 años, Ana Beatriz sufrió un percance que parecía leve, pero le cambió la vida. Ahora, a sus 29 años, vive con un neuroestimulador dentro de su cuerpo, en lucha contra el dolor permanente en su pie derecho y la depresión.

Por Cristian Díaz / Carlos López Vides | Mar 27, 2022- 22:00

De lo que parecía un doblón de tobillo simple a vivir con un aparato dentro de su espalda.

“He tenido 16 jefes en ocho años. De esos 16, solo he tenido dos o tres que han entendido mi dolor, que me han dicho ‘hey, si te sentís mal, andate a la casa’. Porque el dolor no se ve, entonces creen que no existe. Pero es real, es real 24-7”, explica Ana Beatriz Morales Menjívar, una joven de 29 años a quien le cambió la vida el 24 de enero de 2014, luego de doblarse el tobillo del pie derecho cuando trabajaba en una cafetería de un centro comercial en Antiguo Cuscatlán.

En el momento, únicamente se preguntó “¿con qué me tropecé?” y continuó sus funciones; sin imaginar que posteriormente sufriría de intensos dolores que la han obligado en la actualidad a caminar con bastones, muletas o utilizar silla de ruedas, hasta someterse en enero de 2021 a una operación para recibir un neuroestimulador dentro de su espalda, el cual le da descargas eléctricas para tratar de cesar los dolores.

“El dolor es como cuando uno se golpea la punta del codito, y a uno le duele y se queda ‘¡ay ay ay!’. Ese dolor lo tengo yo todo el tiempo, permanente, es como si yo me estuviera golpeando el codito pero en el tobillo, pero todo el tiempo. Es un dolor como electricidad. Empieza en la parte del tobillo y me sube hasta la ingle”, describe la joven, graduada de la Universidad Matías Delgado en Comunicaciones y especializada en Mercadeo y Publicidad en 2020.
Cuidar su peso es obligatorio para ella, ya que aumentar demasiado podría causarle más dolor, pues su pie no resistiría un sobrepeso.

En marzo del año pasado, los médicos le colocaron un neuroestimulador medular permanente con la intención de eliminar los dolores en su pie.

Esto a pesar de no tener garantía de los beneficios de la colocación del aparato; pero con la probabilidad de que fuera una solución más que un problema a largo plazo.

De este tamaño es el aparato que se encuentra dentro del cuerpo de Ana Beatriz, desde enero de 2021. Foto EDH / Jessica Orellana

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“Septiembre (2021): no se pudo percibir una disminución del dolor desde la colocación del neuroestimulador. El consumo de analgésicos ha aumentado, en específico Metadona e inyecciones de Ketorolaco”, indica una parte del registro que Ana Beatriz lleva desde que comenzó a presentar los dolores.

Los electrodos del neuroestimulador medular fueron colocados entre la vértebra L4 a S1; pero la intensidad de las descargas hacia la médula espinal es muy baja por decisión del ingeniero biomédico que apoyó la operación, ya que la joven es sensible a cualquier estímulo.

El diagnóstico que presenta Ana Beatriz es Síndrome Doloroso Regional Complejo Tipo II, conocido también como causalgia, que le genera un dolor crónico que ha cambiado la vida de la salvadoreña.

Hasta antes del incidente hacía danza profesional, era scout, cinta negra de taekwondo, bailaba en el colegio, tenía un trabajo “chivísimo de pie donde tomaba todo el café que quería”, salía a correr a la ciclovía o a andar en bicicleta.
Ahora no puede caminar más de 100 metros sin sufrir molestias y manejar a las 5:00 de la tarde con tráfico hace que quede en cama, por la intensidad del dolor.

“Ya no puedo utilizar ni sandalias; hoy solo ando en tenis todo el tiempo, no puedo estar ni media hora en pie. Ahorita ando bastón, a veces ando andadera, a veces uso muletas. Tomo una gran cantidad de medicina; ando anotado en mi billetera toda la medicina que consumo porque entre el 2018 y 2019 empezó mi depresión y ansiedad porque vivo con el miedo que si camino un poco más, me va a doler; si hace frío, me va a doler, porque el frío me empeora. En diciembre paso con los calcetines que usan en Estados Unidos para la nieve”, relata.

El neuroestimulador queda incrustado en la zona baja de la espalda. Foto EDH / Jessica Orellana

Origen

Ese 22 de enero de 2014 iba caminando en un centro comercial para depositar los desechos sólidos al área respectiva, cuando se dobló el pie. Para entonces, pensó “que era un doblón como los normales de todo el mundo”, por lo que únicamente comenzó a utilizar cremas y se colocó una venda con la idea de que el dolor desaparecería; pero a las semanas inició a tomar antiinflamatorios, ya que este iba en aumento.

Los rayos X y las resonancias magnéticas que le practicaron en el transcurso de los primeros cinco meses del incidente no revelaron ninguna anormalidad.

Morales explica que el problema, en palabras sencillas, se debe a que los nervios del pie derecho se dañaron y que para recuperarlos sólo se puede hacer en los primeros seis meses, por lo que después quedan atrofiados de por vida.

En junio de 2014, dos cirujanos ortopedas le dijeron que iban a operar para “ver qué hay ahí adentro”, parafrasea Ana Beatriz, “y abrieron mi tobillo como un tubo de PVC”.

“Cuando me dijeron que me tenían que operar me dieron un mes de incapacidad y además (me dijeron que) no vas a poder trabajar de pie nunca más. Fue un golpe bien bajo, fue súper difícil, me deprimí bastante y en julio tuve que poner mi renuncia (del trabajo)”, cuenta.

Esa operación ocurrió el 7 de noviembre de 2014 en el Hospital Amatepec del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS).

La intervención fue bajo el supuesto del padecimiento conocido como túnel del Tarso, que consiste en que la persona presenta un dolor en el tobillo, el pie y en ocasiones los dedos del pie, causado por la compresión o la lesión del nervio que inerva el talón y la planta del pie. Pero no era eso.

Durante los seis meses siguientes a la intervención, disminuyó el dolor; pero los mismos se intensificaron sin ningún detonante en específico después de ese tiempo.

La joven ha sido tratada con medicamentos fuertes e incluso ha utilizado bota ortopédica para controlar los dolores que presenta en su pie derecho y ha sido sometida a estudios clínicos para descartar una fibrosis quística.

“En todos los exámenes sale que todo está bien, salgo positivo. Es parte de mi síndrome, de mi diagnóstico, que todo salga bien. Solo hay un examen, que solo he encontrado un lugar donde lo hacen y cuesta $500, donde se comprueba el diagnóstico y no lo cubre el Seguro Social. Cada doctor donde llego y le digo ‘los exámenes me salieron normales’, no saben qué hacer conmigo y me ven cada siete meses o me dicen ‘no puedo seguirle ayudando’”, narra.

El aparato

El médico Jaime Pérez Guerrero, especializado en tratamiento paliativo del dolor (algiólogo) y a cargo de la Clínica del Dolor (Colonia Escalón), conoció el caso de la joven en el 2018, y fue quien le diagnosticó el Síndrome Doloroso Regional Complejo Tipo II.

El especialista le dijo, dos años después de su primer contacto, que creía haber encontrado la solución a los intensos dolores en el pie y que consistía en la colocación del neuroestimulador medular.

El doctor ofrece una definición sencilla: “El neuroestimulador espinal de cordones posteriores es un dispositivo que provoca una estimulación de la médula espinal por pequeños impulsos eléctricos, estos impulsos bloquean la transmisión de mensajes de dolor al cerebro”.

Foto EDH / Jessica Orellana

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Así, el 15 de febrero de 2021 le colocaron el neuroestimulador de prueba, que incluyó dos perforaciones en su columna para colocar los electrodos.

Fue una recuperación “súper dolorosa”, dice la joven, no tanto por las heridas, sino por las molestias porque es “como que un rayo me choque varias veces”.

Fueron 15 días que tuvo el aparato de prueba; sin embargo, durante ese tiempo no hubo ninguna reacción positiva. Según el médico Pérez Guerrero, en esa etapa de prueba la paciente debía sentir una reducción del 60% del dolor para proceder a la colocación definitiva del neuroestimulador.

Su madre le pidió por amor a Ana Beatriz que se hiciera la operación, el 23 de marzo de 2021, para colocarle el aparato de forma permanente, siempre en el Seguro Social. Con miedo e incluso con apoyo psiquiátrico y psicológico, la joven aceptó.

El neuroestimulador tiene una batería que le fue colocada en la parte de la espalda: “es como que me hubieran metido un teléfono de esos que se doblaban, abajo de la piel y que se nota por fuera”. Tarda de dos a tres horas en cargarlo, a través de otro dispositivo especial y un cinturón.

La joven ha sido tratada con medicamentos fuertes e incluso ha utilizado bota ortopédica para controlar los dolores que presenta en su pie derecho. Foto EDH / Jessica Orellana

Además le hicieron dos heridas de siete centímetros cada una. El primer mes disminuyó el dolor; pero al segundo después de la operación, nuevamente regresó.

“Lo que hemos analizado con el doctor es que probablemente lo que necesite es que los electrodos estén más abajo; pero eso sería volver a abrir, volver a moverlos; pero todavía no quiero hacer eso (por lo doloroso del procedimiento). Por el momento me ve cada cuatro meses para monitorear si está bien colocado. Por el momento no puedo levantar peso, no puedo hacer ejercicio, no puedo hacer bici porque me duele el pie, no puedo hacer pesas o cosas así porque se me destrabaría lo que ando en la espalda. Mi vida es 100% en cama o sentada; toda mi vida ha cambiado”, lamenta.

La familia de la joven ha tenido que visitar un psicólogo porque su condición física y la depresión los ha afectado.
Ana Beatriz narra que desde el 2014 ha tenido 16 jefes, porque en sus trabajos no han sabido comprender su situación debido a que todos los meses enfrenta crisis de dolor, un dolor que muchos de sus patronos creen que es invento.

Los tratamientos y la última operación, que tiene un costo de entre $30,000 y $60,000, los ha cubierto el Seguro Social, donde ha recibido asistencia incluso cuando no ha tenido un trabajo formal. En esos casos, ella ha pagado por sus propios medios, y como trabajadora independiente, dicho beneficio.

Sin embargo, ella no es reconocida, según dijo, como discapacitada porque uno de los requisitos es que tiene que haber trabajado en una empresa como mínimo seis meses; algo que no ha logrado ante la poca tolerancia de los jefes que ha tenido.

En su último trabajo duró desde inicios de marzo hasta el miércoles 23. Una vez más, no halló comprensión ante su cuadro, pues acepta que, debido al uso de tantas medicinas, su estado permanente es de somnolencia, pero asegura que es totalmente funcional aunque labore en esas condiciones.

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