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“Sólo tú y yo vamos a limpiar al padre Rutilio, que nadie más entre”

Amanda Huguet, de 73 años, fue secretaria del futuro beato Rutilio Grande hasta el último momento de la vida del sacerdote. En este reportaje relata cómo tuvo que preparar el cuerpo del mártir para el velorio.

Por Jessica Orellana | Ene 16, 2022- 21:00

Cuando el padre Grande llegó a Aguilares, Amanda tenía 33 años y fue de las más jóvenes en pertenecer al consejo parroquial. Foto EDH/ Jessica Orellana

Amanda Huguet, de 73 años, relata cómo, a solicitud del padre Rutilio Grande, se convirtió en secretaria del Concejo Parroquial de Aguilares durante el conflicto armado.

“El padre Rutilio encontró una parroquia abandonada, porque la iglesia necesitaba muchas cosas, él me buscó y yo le colaboré mucho”, recuerda emocionada.

Ella tenía 33 años cuando conoció al padre. “Siempre quiso evangelizar al pueblo, porque creía que la iglesia estaba decaída y quería que los del pueblo se comprometieran”, destaca y añade: “Así como un día me fue a buscar y terminó nombrándome secretaría de él”.

“Mandita”, como era conocida por el padre Grande, estudió un Secretariado Ejecutivo en el colegio Bethania de Santa Tecla. Además, estuvo a cargo de las empresas de su familia en la parte administrativa. Ella tenía los conocimientos necesarios para desarrollar esa actividad. Además, venía de una familia muy conocida en el pueblo de Aguilares.

Amanda acompañaba al padre y lo anotaba todo. Le llevaba toda la documentación, el orden era una de sus características. Quienes la conocieron, la describen como una mujer dedicada a su profesión: ella pasaba sus días siendo secretaría, esposa, madre, empresaria y amiga.

El trabajo en las comunidades era una de las actividades constantes del padre Grande. “El padre se enteró del maltrato y las injusticias que muchos campesinos sufrían, a muchos no se les pagaba lo que debía ser. Es por eso que él, en sus misas, denunciaba porque siempre pensó que el Evangelio era anuncio y denuncia”, describe Amanda y explica que esa fue la razón por la cual tuvo que lidiar con muchos detractores del trabajo que hacía.

Amanda, entre sonrisas, relata que el padre Grande le tomó mucho cariño a ella y a su esposo, por la ayuda que la pareja le dio siempre. “Nos escribió una carta muy bonita, con puño y letra, que atesoro con mucho amor. Él era poco para escribir, pero nos la dio como agradecimiento, yo estaba bien pendiente de todas las necesidades del padre”, dice.

Amanda tiene 73 años, fue secretaria del padre Rutilio Grande cuando fue asignado párroco en Aguilares y El Paisnal, lo que le permitió conocerlo mejor. Foto EDH/ Jessica Orellana

Amenazas y asesinato

Ella recuerda que en dos ocasiones fue llamada por el sacerdote, quien había recibido amenazas por teléfono: “Todo lo que se dice no le tomemos importancia, un día se darán cuenta”, asegura Amanda, que el padre le dijo la primera vez: pero para la segunda, él presentía que las amenazas eran ciertas.

“Yo lo notaba pensativo esos últimos días, pero jamás lo vi triste. Eso hacía que nosotros estuviéramos tranquilos, pues nunca creímos que alguien le fuera hacer daño”, recuerda Amanda.

“Llegó el día triste, el 12 de marzo”, Amanda describe cómo el día de su muerte, el padre le mencionó que quería llevar más bancas para la iglesia de El Paisnal, ya que más feligreses estaban llegando a la misa: “eso fue lo último que me dijo con una gran alegría”.

“Mi esposo y yo íbamos a ser padrinos de una boda en Guazapa. Eran las tres y media de la tarde cuando se oyó la noticia, llegó un señor de Aguilares a buscarnos y me dijo: ‘Acaban de asesinar al padre Rutilio’. ¡Fue algo espantoso para mí!”.

Amanda recuerda cómo salió corriendo para ir a la iglesia a corroborar la noticia. Eran casi las dos de la tarde. “Al llegar, uno de los padres jesuitas que vivían con él me contó llorando lo que le habían dicho, pero todavía no creía, yo mandé a uno de los motoristas para confirmar la noticia”.

Fue una espera larga hasta que lo confirmaron. Amanda no podía entender por qué el padre se había ido   bastante tiempo antes de la misa. “Aunque yo no podía dejar de pensar que fuera cierto, era un dolor inmenso en mi corazón, solo esperábamos que no fuera cierto”, relata. Sin embargo, lo que ella más temía fue confirmado por el motorista: “Han matado al padre”.

Ella recuerda que el cuerpo fue trasladado a la alcaldía de Aguilares, donde un juez lo reconoció. “Nos dieron el cuerpo como a las nueve de la noche, lo llevamos al convento y me dijo el padre Salvador Carranza: ‘Solo tú y yo vamos a limpiar al padre Rutilio, que nadie más entre’. Entonces, el padre se puso mal y le dije que se sentara, que yo lo iba a limpiar”. Foto EDH/ Archivo

Ella recuerda que el cuerpo fue trasladado a la alcaldía de Aguilares, donde un juez lo reconoció. “Nos dieron el cuerpo como a las nueve de la noche, lo llevamos al convento y me dijo el padre Salvador Carranza: ‘Solo tú y yo vamos a limpiar al padre Rutilio, que nadie más entre’. Entonces, el padre se puso mal y le dije que se sentara, que yo lo iba a limpiar”.

“Para mí fue espantoso verle la espalda, cómo lo habían ametrallado, con qué dolor vi aquella espalda, tan dolorosa para mí y todavía ¡imagínese que cuando él cayó sobre el timón, le dieron el tiro de gracia!”, narra conmovida.

Con tristeza, recuerda cómo el cuerpo estaba bañado en sangre. “Eso era doloroso, cuando le quité la camisa, el padre me dijo que había que guardarla, porque no podíamos tirarla, nosotros sabíamos que el padre era un santo, y sus pertenencias había que guardarlas”.

Días antes el padre Grande le había dado un número de teléfono al que debía llamar en caso de que a él le pasara algo. “Yo marqué después de preparar el cuerpo, me contestó el obispo, di mi nombre y ellos supieron que le había pasado algo al padre, no pude decir más porque no podía dejar de llorar, estoy segura que el padre había dejado dicho que si marcaba era porque algo le había pasado”, recuerda.

Rutilio Grande fue velado una primera noche en Aguilares y luego fue trasladado a la Catedral Metropolitana. Finalmente fue enterrado en la parroquia de El Paisnal. Foto EDH/ Archivo

Amanda asegura que, desde que se supo la noticia, los feligreses llegaban a preguntar por el padre. “Afuera estaba lleno de gente llorando, sacamos los cuerpos y aquello rebalsaba de gente”, describe.

Asegura que eran miles los que llegaron, entre ellos monseñor Óscar Arnulfo Romero, quien lloró junto al féretro y después se le acercó para preguntarle qué había pasado. “Yo no le pude decir mucho, me dolía tanto hablar, es que no podía, por más que quería, no podía dejar de llorar”.

El padre fue velado dos noches: una en Aguilares y la otra en la Catedral Metropolitana. Monseñor Romero ofició una misa de cuerpo presente y al siguiente día, sus restos fueron trasladados, como él quería, acompañado de su gente. “Los feligreses le esperábamos, entre ellos yo, para su entierro”, dice Amanda.

Después de un año de la muerte del Padre, Amanda tuvo que salir del país junto con su esposo e hijas a causa de la situación que se vivía en el país. “Después de eso, yo no podía contar lo que había pasado. Fue hasta que pasaron cinco años que agarré valor para poder hablar y contar todo lo que había sucedido”, concluye.

Asegura que eran miles los que llegaron, entre ellos monseñor Óscar Arnulfo Romero, quien lloró junto al féretro y después se le acercó para preguntarle qué había pasado. “Yo no le pude decir mucho, me dolía tanto hablar, es que no podía, por más que quería, no podía dejar de llorar”. Foto EDH/ Archivo

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