A Blanca Leiva le tocó pedir limosna para poder pagar su tratamiento en el Rosales

Blanca Leiva es una de las 92,568 personas que tienen insuficiencia renal en el país y una de las 240 que recibe tratamiento en el Rosales. Debido a la escasez de medicinas y el costo del transporte, ella pide limosna entre los vecinos de su cantón, para poder recibir la hemodiálisis.

Por Evelia Hernández

Jul 31, 2017- 19:58

Blanca Rubia Leiva perdió la pena y se fue a pedir dinero a sus vecinos en el cantón Santa Marta, de Victoria, Cabañas. Llevaba el anhelo de juntar lo suficiente para pagar el pasaje de los buses que la llevaron a la capital y de ahí al hospital Rosales, donde recibe hemodiálisis, el tratamiento que hace las funciones de sus riñones inservibles.

Las frecuentes crisis de falta de insumos y medicamentos en el hospital Rosales, el principal sanatorio público para la atención de los adultos en el país, y en especial en el servicio de Nefrología, donde ella recibe el tratamiento, fue lo que en una lucha desesperada por que la trataran, Blanca se fue a pedir a sus vecinos, quienes viven de la agricultura.

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El tratamiento es difícil y doloroso pero la falta de recursos y medicamentos en el hospital Rosales agrava la situación de la paciente.

Este año ha sido de los más críticos para el hospital Rosales porque el recorte del presupuesto de funcionamiento ha impactado en la atención de los pacientes. Al hospital le recortaron su presupuesto en 4 millones 129 mil dólares, lo que implicó que para Nefrología el monto pasó de 2.8 millones a un millón 804 mil 195 dólares, es decir un millón menos que el año pasado, de acuerdo con datos oficiales del mismo centro asistencial.

Desde abril, Blanca tuvo que comprar gasas, filtros, las líneas intravenosas y el bicarbonato, usado para la hemodiálisis, la compra ha significado un gasto de $23.00 en cada sesión.

Para una mujer cuyos ingresos dependen de la venta de los granos básicos que su hijo cosecha; y que esos mismos ingresos sirven para todas las obligaciones de la casa y el cuido de su padre, un anciano de 78 años ciego; esa cantidad ha sido imposible de lograr.

“Me dio pena. Sentí pena. La gente me conoce como era antes y hoy andar pidiendo; porque yo me rebuscaba, yo andaba jalando leña, a los chipotes así los críe, y hoy … pidiendo. Con mi enfermedad no puedo hacer nada, me canso ligerito, anantes le hecho una tortilla al cipote, porque ya estoy cansada, no puedo hacer nada, aquí pasó sentada sin hacer nada”, lamenta Blanca.

Después de ser la persona que llevó el sustento al hogar, Blanca pasó a estar sentada en la hamaca o la cama, en su casa en el caserío Las Vegas, del cantón Santa Marta.

Con Blanca la solidaridad llegó desde todo el cantón, los vecinos están al pendiente de la salud de ella, y saben que todos los martes y viernes debe viajar al Rosales para conectarse a la máquina que limpia de impurezas y toxinas de su cuerpo, una función que hacen los riñones sanos en el cuerpo humano, pero cuando estos se dañan no queda más que la diálisis , la hemodiálisis o un trasplante de riñón.

Pero en el Rosales, la tercera opción no han podido aplicarla por factores económicos, solo hubo dos pacientes, en 2011, que les practicaron el trasplante. Luego esa opción se cerró.

En el cantón Santa Marta existen bastantes almas caritativas que ayudan a que Blanca viaje a San Salvador o la han cuidado en días de crisis médica.

“Esa mujer estuvo un tiempo que vomitaba sangre y estaba agonizando. Nosotros creímos que se iba a morir, no se levantaba, si gentío venía a verla, ella no se levantaba de la cama, hasta hoy que ella camina”, relata una vecina .

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El abrazo solidario que recibe Blanca también se extiende entre sus mismos compañeros de la sala de Nefrología.

“Los mismo enfermitos donde me ven a mi como llego, ellos mismos se ponen a pedir y me dan aunque sea para la comidita, porque a veces yo no como, a veces voy solo con el pasajito; entonces me dicen tome Blanquita para la comida, entonces ellos me echan la mano, no se aflija Blanquita, si aquí vamos a salir adelante”, describe Blanca.

Una larga travesía hacia la vida

Son 95 kilómetros que equivalen a tres horas de viaje desde el caserío Las Vegas del cantón Santa Marta, en Ciudad Victoria, a la capital para llegar al hospital Nacional Rosales; la travesía implica abordar un carro particular a Victoria, luego en bus a Sensuntepeque y de ahí otra bus a la capital y el último de la terminal de Oriente al Rosales.

A pesar que en la comunidad existe una ambulancia propiedad de la Unidad de Salud, Blanca la uso dos años y luego el vehículo se dañó. Después le ha tocado rebuscarse para viajar, por eso la peregrinación inicia a las 4:00 de la madrugada, para estar las 9:30 de la mañana en el hospital.

A veces ha podido conseguir 20 dólares para ser transportada de su casa a Sensuntepeque.

Su vivienda está en una zona con una pendiente de aproximada 100 metros, lo que implica un gran esfuerzo para llegar a la calle principal del cantón, porque cuando ella debe caminar ese tramo, su cuerpo lleva cuatro días reteniendo líquidos. Los pacientes con insuficiencia renal, en los estados más graves, ya casi no hacen pipí.

Por eso Blanca debe tomar menos de un vaso de agua al día.

En el caserío La Vega, el agua potable llega una vez al mes y el servicio es brindado a través de un proyecto comunitario, por el cual pagan un dólar al mes.

Blanca descubrió que padecía insuficiencia renal luego de la muerte de su hermana, quien fue diagnosticada con el mismo padecimiento.

“Me hinchaba de las canillas y me dolía la cabeza, a los 35 años. ¡ Ay no! Yo no quería recibir el tratamiento por los hoyos que le hacen aquí (zona del ombligo). Decía yo: me voy a morir cuando me hagan esos hoyos . No quería, Pero con el dolor, me tuve que dejar”, narra. En 2013 fue sometida a su primera diálisis peritoneal, para iniciar o continuar ese tratamiento es imprescindible colocar un catéter (tubo de material plástico) en el abdomen. Ahora ella es tratada con hemodiálisis.

La hermana de Blanca nunca recibió tratamiento; no tuvieron el pisto para pagar el viaje al hospital. “Ella firmó un papel que no quería el tratamiento; también no teníamos el dinero. Yo sí me fui. Cuando iba a la cita del Rosales, a dejar la muestra de orina, vi a las personas en la cama con las sondas, y me dije: eso me van a hacer a mi”.

Blanca dejó su vergüenza atrás y para poder pagar el viaje al hospital ha pedido limosna en la zona urbana de Sensuntepeque o sus hijos hacen recorridos por los cantones San Pedro, San Antonio y las comunidades aledañas de Santa Marta.

En la casa de Blanca cuelga una foto que muestran su estado físico antes que le diagnosticaran la enfermedad crónica.

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Ir dos veces a la semana al Rosales es la rutina de Blanca, desde hace cuatro años.

En la sala de Nefrología, el tratamiento dura tres horas conectada al riñón artificial.

Son tres horas sentadas junto al aparato que le extrae la sangre y la vuelve a meter a su cuerpo limpia de toxinas; pero mientras esto ocurre su cuerpo reacciona con náuseas, dolor de cabeza y en la espalda.

Blanca debería recibir el tratamiento tres veces por semana, pero ni ella , ni sus compañeros lo tienen como consecuencia de la saturación y falta de presupuesto del servicio médico del hospital público.

El jefe del servicio de Nefrología, Ricardo Leiva, explica que el bajo presupuesto al área de Nefrología impide que los pacientes tengan sus tres sesiones.

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El presupuesto es insuficiente tomando en cuenta que este servicio atiende cerca de 1,113 pacientes en los diferentes servicios de hemodiálisis, diálisis peritoneal automatizada, diálisis peritoneal intermitente, diálisis peritoneal continúa ambulatoria, entre otros.

Foto/ Jorge Reyes

“¡ Ay pero es triste!, ¡Está enfermedad es triste! Esto no se lo deseo a nadie, esta enfermedad es cruel. Hay días que pasó mal, quizás alguna cosita que me como, me cae mal”, exclama Blanca.

Según el jefe de Nefrología, en el país es difícil conocer cuántas personas fallecen por insuficiencia renal porque muchas veces los pacientes con tratamiento ambulatorio mueren en su casas y el hospital sólo tiene registro de los que perecen en el sanatorio.

Según datos del Rosales, en los últimos seis años los egresos y decesos por insuficiencia renal crónica incrementaron. Al comparar 2015 y 2016 el alza es del 11%.

De los cinco estadios que tiene la enfermedad, los pacientes en categoría tres tienen la tasa de letalidad más alta, seguido de los del estadio cuatro y luego el cinco. Muchos de estos pacientes también tienen otros males crónicos. Cada estadio depende del daño del riñón, el estadio cinco es el más grave.

Blanca no sabe en qué categoría se encuentra, solo sabe que su hemoglobina está en cinco, cuando lo normal es entre 12 y 15, ya con un nivel 11 hay indicios de anemia. También sabe que necesita Eritropoyetina para subirle los niveles de hemoglobina, pero que el hospital no la tiene, desde hace varias semanas.

Escaseo desde hace tres semanas, según confirmó , el jueves 29, el doctor Leiva.

Desde hace tres meses, Blanca ya no viaja sola hacia el Rosales, tiene un nuevo compañero de travesía, quien empieza su tratamiento de Hemodiálisis.

José Orlando Hernández tiene 60 años y quiere abandonar el tratamiento debido a los costos económicos, “No se deje morir y pida por su vida”, le repite Blanca.

Si desea ayudar a Blanca puede comunicarse con ella al número de teléfono: 6010 1660.

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