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VIDEO: El recorrido de más de 1,300 salvadoreños que salieron en la segunda caravana de migrantes hacia EE.UU.

Un equipo de El Diario de Hoy acompañó a un grupo de migrantes que partió a las 5 de la madrugada. Hasta las 4:40 de la tarde, 1,351 dejaron las fronteras: significa que 123 salvadoreños huyeron por hora en ese periodo. Esta es la crónica.

Foto EDH/ Lissette Lemus

Por Marvin Romero

Nov 01, 2018- 07:06

Sus historias son tantas como los pasos que ya dieron sobre la ruta que los acerca al ansiado sueño americano y los aleja de la pesadilla del país que los vio nacer. Duermen en parques, plazas y albergues por todo el sur de Guatemala.

En la ruta que sigue la caravana de salvadoreños, unos kilómetros antes de llegar al paso fronterizo de La Hachadura, limítrofe con Guatemala, una cuadrilla de no menos de cuarenta agentes de migración de El Salvador detuvo a todo vehículo que transportara migrantes con la excusa de revisar sus papeles de tránsito y la intención real de disuadirlos de su travesía. Absolutamente todos hicieron caso omiso de la advertencia y continuaron con su recorrido.

 

Ya en la frontera, los salvadoreños entraron por docenas para ser atendidos en las únicas tres ventanillas habilitadas para el registro aduanero. En pocos minutos, la fila daba la vuelta al edificio.

Según datos oficiales de la Dirección de Migración y Extranjería, hasta las 04:30 p.m. del miércoles 31 de octubre, un total de 1,351 salvadoreños ingresaron a Guatemala como parte de la segunda caravana de migrantes. 630 lo hicieron por la frontera La Hachadura y 721 por San Cristóbal. En este último paso fronterizo, fueron 80 las personas que se registraron con problemas en su documentación. En La Hachadura fueron 63.

El Diario de Hoy pudo constatar que los viajeros que no contaban con su documentación en orden fueron separados del grupo y regresados a San Salvador. Además, se supo de la llegada, al puesto migratorio de La Hachadura, de tres autobuses provenientes de México, en donde se transportaba a migrantes salvadoreños deportados, presuntamente integrantes de la primera caravana, que partió el domingo anterior.

Foto EDH/ Lissette Lemus

El amigo de Luis Perdomo, de 24 años, fue separado del grupo por presentar irregularidades en su documentación: intentar cruzar la frontera con un DUI vencido. Luis esperaba que su compañero de viaje resolviera el trámite legal sentado en una de las aceras de la aduana. Los dos amigos viajan desde Jiquilisco. Luis dejó en El Salvador a su esposa y sus tres hijos. En Jiquilisco, él se dedica a la panadería y, cuando el dinero no alcanza, trabaja como barrendero. “Es difícil, pero vamos para adelante”, dice y sostiene entre sus manos la bandera azul y blanco de El Salvador.

El joven padre confiesa que no teme perder la vida en el trayecto y que el riesgo vale la pena si el resultado será que sus hijos tengan una buena educación. Asegura que en cuanto consiga cruzar la frontera de Estados Unidos y logre establecerse, hará lo posible por mandar a traer a su familia. “A mis hijos no les dije, no pude decirles que me iba”,dice: ellos tienen 3, 6 y diez años. “Creen que estoy trabajando lejos”, agrega. “Les voy hablando por teléfono para que no se olviden de mi voz”, añade y el llanto se le asoma a los ojos. Vuelve y se sienta en la misma acera que hace rato, la espera será larga, su amigo tuvo que regresar a Sonsonate para renovar su documento de identidad.

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Hay dos formas de cruzar el río

A unos metros de donde Luis espera, Salvador Miranda, su esposa y sus tres hijos recargan fuerzas antes de cruzar el puente sobre el río Paz, frontera natural entre El Salvador y Guatemala. Él sujeta el cinturón de su hijo menor, que viaja en un cochecito. Ella prepara la pacha del bebé. Los dos niños mayores juegan. Llevan unos minutos en el lugar, pero no quieren separarse demasiado del grupo. Hablan poco y rápido. “Vamos en busca de una tierra que sí nos de oportunidades”, expresa Salvador y anima a su familia para levantarse del suelo, es hora de seguir. Pasan el último punto de revisión y comienzan a cruzar el puente.

Foto EDH/ Lissette Lemus


Ese mismo puente lo cruza Isaac López de 23 años, que viaja con una guitarra en las manos. Le piden que toque una canción, dice que todavía no es tiempo y sigue andando. Se detiene en el punto de revisión, descansa unos segundos: “los jóvenes como nosotros, tenemos sueños”, dice a cambio que no le sigan pidiendo que toque una tonada. “Yo soy uno de esos soñadores que siempre ha dicho que los sueños pueden cumplirse siempre que haya vida”, expresa casi como que cantara.

El joven deja atrás a su familia y a un hijo que apenas conoce. “Soy humano y tengo miedo, siempre voy a tener miedo, pero voy con todos los ánimos”, reflexiona cuando se le menciona el camino que le espera. Se niega una vez más a la petición de sus compañeros que toque una canción, toma su guitarra y cruza el puente.

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Del otro lado, los grupos de salvadoreños que transitaron de forma legal  caminan varios junto a decenas de camiones y rastras que esperan cruzar la frontera. La escena es de película. Todos avanzan a su ritmo. La caravana ya no es caravana, es un largo camino de osos regados. “Si van para Tecún Umán, a sufrir van sin saberlo”, gritó un camionero con la intención de advertir, pero como queriendo que no lo escuchen. “Que todo lo que les pase quede grabado, que se den cuenta”, dice otro. “Tómame las fotos para que mi nana sepa que sigo vivo”, contesta uno de los migrantes que come sentado a la orilla del puente.

Muchos, los que no transitaban de forma legal, esperaron el anonimato de la. Ocho para cruzar el río a través de sus aguas. A esa hora los soldados de Guatemala ya no vigilan o lo hacen poco. El trayecto es más largo: dos horas hasta alcanzar el otro extremo. Los que lo consiguieron, llegaron al otro lado a eso de las nueve de la noche. Con el peso de su alma y de las ropas mojadas. Con experiencia para cruzar el Suchiate y el río Grande, que esperan adelante.

Foto por EDH/ Lissette Lemus

Viajar sin dinero

La primera caravana se encontró con una fuerte presencia militar y policial a su llegada a la frontera Pedro Alvarado, el último paso migratorio antes de transitar libremente por Guatemala. Sin embargo, este segundo grupo de migrantes salvadoreños no halló más que un pequeño convoy de agentes aduaneros que, además de pedirles su documento de identificación, únicamente realizaron algunos registros en equipaje y permitieron el paso de los salvadoreños con toda normalidad.

Un hombre de 23 años, que por seguridad prefiere identificarse únicamente como Martínez, fue el último en cruzar. Ya del otro lado, un grupo de salvadoreños se organiza para pagar un autobús que los lleve directamente a la ciudad de Tecún Umán. El costo es de 60 quetzales por persona. Martínez no carga un solo centavo en su bolsillo. “No llevo nada, todo se lo dejé a mi abuela”, dice con una mezcla entre temor y vergüenza. “No tenga pena”, de inmediato, una voz entre el grupo sugiere “reunir algo de plata para el compañero”, todos están de acuerdo y en minutos le entregan 30 dólares a Martínez.

Foto EDH/ Lissette Lemus



El que aparenta ser más experimentado lo acompaña a cambiar dólares por quetzales. “Los cambistas” hacen la transacción entre seis y 7.50 por dólar, parece que depende del humor de cada uno. Se lo cambian a siete. Con dinero en mano, Martínez comienza a caminar con sus nuevos “camaradas”. No le dijo a nadie que venía, ni a su abuela: a la que le dejó todo el dinero que tenía. “El gobierno le vende a uno que van a cumplir y a la hora de las horas no cumplen nada”, dice mientras se dirige al parque del municipio de Moyuta, el primer poblado que los migrantes encuentran del lado guatemalteco.

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“Si uno va a un lugar en donde son contrarios, te matan”, añade en referencia a la disputa territorial de las pandillas. Fue justamente esa violencia la que obligó a la expareja de Martínez a migrar a Estados Unidos junto a sus tres hijos. Él no los ve desde hace más de un año y son la razón principal de su viaje. “Quiero comenzar de nuevo, quiero empezar de cero”, expresa y llega al parque en donde un centenar de salvadoreños ha decidido pasar la noche.

Han formado grupos. Unos le sirven de almohada a otros. Se apoderaron de bancas, troncos, fuentes, etc. Planean la ruta del siguiente día. Reúnen provisiones: agua, lo más importante. La noche comienza a caer y entre plática y plática surge la idea que es mejor avanzar de noche. La moción se vuelve popular. Todos prepararon sus pertenencias, se abrigan y a las siete en punto comienzan a caminar. Se pierden en la oscuridad de la ruta y la noche. Pocos se quedan y algunos aún siguen llegando al parque: los que cruzaron ilegales el río. El reloj marca las nueve.

Foto EDH/ Lissette Lemus

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