El alcoholismo causa tantas bajas a la PNC como las pandillas

Un diagnóstico sobre alcoholismo en la Policía realizado por la Universidad de El Salvador reveló la gravedad del problema.

Foto EDH/ Archivo

Por Jorge Beltrán Luna

Oct 25, 2018- 22:01

Las relaciones familiares, laborales y el desempeño laboral son los más afectados cuando el alcohol se vuelve un problema para una persona. Y la Policía Nacional Civil (PNC) tiene un grave problema de alcoholismo a todo nivel, que ha derivado en que muchos de sus elementos estén presos o muertos.

El último caso conocido es el del agente policial Juan Carlos Palacios, quien murió el pasado 2 de octubre por intoxicación alcohólica en el interior de la subdelegación policial de Jiquilisco, luego de que compañeros de trabajo lo encontraran en estado de ebriedad deambulando por las calles de esa ciudad, según información que sobre el caso dio un jefe policial. Este agregó que Palacios tenía varios años de tener problemas de alcoholismo.

Fuentes policiales consultadas sobre el problema se atreven a decir que el alcoholismo está causando más bajas a la PNC que las mismas pandillas, con el agravante de que el alcohol no respeta grados, pues este año se ha cobrado la vida de dos oficiales.

Uno de los oficiales fallecidos a causa del alcoholismo fue el del comisionado José Elías Menjívar Domínguez, de 59 años, quien murió el pasado 27 de julio cerca de su vivienda, en una colonia en la periferia de la ciudad de Chalatenango. Su cadáver fue encontrado dentro del vehículo que conducía.

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Horas después, la Policía informaba en sus redes sociales que Menjívar Domínguez había fallecido por “causas naturales”. Sin embargo, en el libro de registro de ingresos y retiros de cadáveres del Instituto de Medicina Legal (IML) de San Salvador, la anotación es clara en el apartado de “posible causa de muerte”: alcohol.

En la partida de defunción se señala como causa de muerte, sangramiento del tubo digestivo superior, que en palabras de médicos consultados, eso sucede, la mayoría de veces por la ingesta continua de alcohol y también por el vómito que a veces se genera como reacción a una intoxicación alcohólica.

La Policía no rindió honores a Menjívar Domínguez, quien por 25 años trabajó en la institución, según sus familiares. El colmo, según la familia, es que el día del entierro, en el cementerio, un subinspector llamó a la hija del comisionado para que fuera donde él estaba y entregarle una bandera.

Los policías que asistieron lo hicieron a título personal, como amigos de él. Pero la institución no le rindió los honores; la excusa que dieron a la familia es que no había muerto en cumplimiento del deber, según un pariente cercano de la víctima, quien no ocultó su malestar.

Sin embargo, esa parece ser solo una excusa, pues el 14 de julio falleció el comisionado Jaime Leonel Granados Umaña, a consecuencia de una enfermedad terminal, pero la institución sí le hizo los honores fúnebres respectivos. Y no había muerto en cumplimiento del deber.

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En algunas ocasiones y dependiendo la gravedad del accidente, se puede llegar a acuerdos conciliatorios que no impliquen cárcel.

Antes de convertirse en policía, Menjívar Rodríguez era profesor, titulado como tal de la Escuela Normal Alberto Masferrer. Pero en 1993 decidió dejar la docencia para convertirse en policía. Era de la segunda promoción de subcomisionados que graduó la Academia Nacional de Seguridad Pública (ANSP).

Murió abandonado, en una cuneta
Un mes antes de la muerte de Menjívar Domínguez, otro oficial había muerto en las calles tras 23 días de andar emborrachándose. Esta vez, el policía víctima del alcoholismo fue el inspector Nelson Wilfredo Tobar Larios.

Su cuerpo quedó en una cuneta, a la orilla de la calle El Bambú, de la residencial Scandia, en el municipio de Ayutuxtepeque. Estaba destacado en la Unidad de Asuntos Internos donde hacía días que no se presentaba a trabajar por andar bebiendo, según explicaron subalternos del oficial.

Sobre este oficial, según fuentes de la corporación, nadie de la institución se interesó por ayudarle con su problema de alcoholismo, a pesar de que los 23 días que anduvo ingiriendo licor, no llegó a su lugar de trabajo o cuando llegó, era evidente su incapacidad para laborar.

En la División de Bienestar Policial existe el Departamento de Salud Ocupacional, que es el lugar donde se supone hay un aproximado de 12 sicólogos, los que, en teoría, deberían ayudar al personal policial que tiene problemas con drogas.

Sin embargo, fuentes de esa dependencia aseguraron a El Diario de Hoy que la función de esta docena de profesionales se limita a impartir charlas de manera ambulatoria sobre el alcoholismo en delegaciones, subdelegaciones y puestos policiales, y que no hay seguimiento a elementos policiales que han sido identificados con problemas graves de alcoholismo.

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“Igual que se les recomienda en formación a los elementos policiales de cambiar de rutas, para evitar ser blanco de ataques de pandillas, así se les recomienda que no se gasten su dinero en licor; eso es todo lo que se les dice”, indicó un oficial de la PNC.

Policía que mató al hijo estaba en tratamiento
Policías que mueren por intoxicación alcohólica, por enfermedades consecuencia de la ingesta prolongada de alcohol, policías presos por matar a otros elementos policiales o por conducir en estado de ebriedad es lo que diferentes medios de comunicación han puesto en evidencia desde diciembre de 2017 con el caso de la policía Carla Ayala, asesinada por otro agente policial que se emborrachó durante una fiesta de fin de año en las instalaciones del Grupo de Reacción Policial, disuelto tras ese incidente.

Pero el pasado 13 de julio, el alcoholismo se ensañó a un nivel escalofriante con una familia que reside en Cuscatancingo, al norte de San Salvador, cuando un policía totalmente alcoholizado disparó contra su propio hijo, un adolescente de 14 años que quiso ayudar a su padre, pidiéndole que no saliera a tomar más porque ya era muy noche y corría mucho peligro.

Enloquecido por el alcohol, José Luis Sandoval Maravilla le disparó a su propio hijo, causándole la muerte de inmediato.

Además de la doble tragedia para la familia del policía, el caso reveló hasta dónde puede llegar la peligrosidad de un agente policial armado.
Pero tal vez lo más grave es que la institución policial no ignoraba que este elemento tenía serios problemas de alcohol a tal punto que estaba en tratamiento sicológico, según fuentes policiales, y una de las recomendaciones era que no anduviera armado.

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Y así como Sandoval Maravilla hay cinco o seis elementos más en la delegación de Santa Tecla, según indican los informantes. Y todos ellos andan armados, trabajando como si eso no representara un riesgo para ellos y para la población.

Alcoholismo entre policías, un problema añejo
En 2010, los estudiantes de Sicología, Ana Gloria Alberto Ortega y Patricia Maricela Amaya Chacón, de la Universidad de El Salvador, realizaron una investigación titulada.

“Los efectos psicológicos que produce el alcoholismo en el desempeño laboral del personal de la Delegación de San Salvador Centro de la Policía Nacional Civil”. Para ello tomaron como objeto de estudio a 44 miembros de la Delegación Centro de San Salvador que, para entonces, ya tenían problemas de alcoholismo.

El diagnóstico reveló que el 75 % de los jefes de la delegación manifestó haber observado a empleados (policías) en estado de ebriedad durante sus horas laborales.

El estudio también reveló que había un grupo que bebía cada quincena, al salir de turno; aprovechaban para ir a beber un par de tragos al paso del camino, pero terminaban quedándose a beber por largo tiempo a sabiendas de que tenían que presentarse a trabajar al siguiente día.

“Y otros toman cada fin de semana y no se aguantan por tomarse su par de tragos para sentirse bien en horas laborales”, indicaba la investigación realizada por Alberto Ortega y Amaya Chacón, como trabajo de graduación para graduarse de licenciadas en Sicología.

De servicio y bebiendo cervezas
El 31 de diciembre de 2017, los agentes Lorena Beatriz Hernández y Alfonso Mejía Coto protagonizaron otro episodio lamentable, a causa del alcohol. Ella murió y él fue a parar a la cárcel. Al igual que el policía que siete meses después mataría a su propio hijo.

Fuentes policiales indican sobre este hecho que durante buena parte de la tarde del 31 de diciembre, a pesar de estar de servicio, Mejía Coto y otros dos policías (conocidos como Rudy y Galileo) habían estado bebiendo cervezas adentro de un taller de enderezado y pintura automotriz que funciona por la avenida Bernal. Los cuatro estaban en servicio, eran parte de una patrulla de la unidad de emergencias 911 de Mejicanos.

Al caer la tarde, regresaron a la subdelegación. Los tres policías se quedaron en la entrada y Hernández dijo que iría al dormitorio. Entre Hernández y Mejía Coto existía una relación sentimental que se estaba agriando.

Bebidas alcohólicas. Archivo

Estando Mejía Coto, Rudy y Galileo en la entrada de la subdelegación, al primero le cayó una llamada. Era la agente Hernández, su novia y compañera de patrulla quien le llamaba para pedirle que no fuera a regresar al taller a seguir tomando.

La sugerencia hizo enojar a Mejía Coto. “Mirá, esta cabrona ya me hartó, voy a ir a arreglar esto de una vez”, dicen que manifestó a sus dos compañeros de patrulla. Minutos después, Galileo recibía una llamada del policía que estaba de comandante de guardia: Vénganse porque ha pasado un desvergue, le dijo a Galileo.

Era cierto. Dentro de la subdelegación había un gran problema, una tragedia. Lorena estaba muerta y Mejía Coto había presuntamente arreglado a su favor la escena del crimen. Un día después, él fue capturado y enviado a prisión por el homicidio de su novia y compañera de trabajo.

Pero el caso más ilustrativo sobre el problema de alcoholismo por los que atraviesa la PNC es la desaparición y asesinato de la agente Carla Mayarí Ayala, responsabilidad que es atribuida a un agente del extinto Grupo de Reacción Policial (GRP) durante la celebración de una fiesta navideña en la que, según la investigación fiscal sobre la desaparición de Ayala, abundaron las bebidas alcohólicas.

Juan Josué Arévalo Castillo, conocido en el GRP como Samurái, había consumido bastante licor durante esa fiesta, así como otros agentes policiales. El saldo de esa fiesta fue fatal. Aunque las autoridades policiales han dicho lo contrario, fuentes de este Diario indican que hasta ese evento, era común que se dispusiera bebidas alcohólicas durante fiestas o convivios policiales.

Tan añejo como el vino
El problema de alcoholismo en el interior de la PNC no es nada nuevo, aunque quizá se haya hecho más visible desde diciembre anterior debido a los acontecimientos desencadenados durante la fiesta del GRP.

Ya en 2010, un alto jefe policial fue capturado porque, según las fuentes policiales, en estado de ebriedad disparó su arma de equipo dentro de un hotel de playa. Al ser llevado ante un juez de Paz, este lo dejó en libertad por falta de pruebas.

Ese mismo año, el diagnóstico de Alberto Ortega y Amaya Chacón revelaba que el consumo de alcohol afectaba a la mayor parte de los empleados de la PNC, ya que se vuelven adictos a este vicio y les daña a nivel orgánico, familiar, social, económico y emocional, destruyéndoles poco a poco su estilo de vida”.

El diagnóstico también reveló algo más grave: “que las jefaturas de la PNC no le dan la debida importancia al problema del alcoholismo que tienen los agentes policiales y por ese motivo dan inadecuado servicio y mala imagen de la institución”.

Para ese momento, la investigación de la UES revelaba que entre las afectaciones indirectas del consumo de alcohol en los empleados de la institución policial estaba el rendimiento deficiente, ya que ocasionaba problemas en el buen desempeño de su trabajo y se brindaba un mal servicio a la ciudadanía, lo cual generaba malestar y descontento en el usuario.

“Se ha dado el caso que algunos compañeros los han encontrado borrachos en bares cercanos a la Delegación y otros tirados en las cunetas de alguna calle; otro grupo bebe cada quincena al salir del turno, aprovechando para irse a ingerir un par de tragos al paso del camino, pero terminan quedándose a beber por largo tiempo, sabiendo que tienen que presentarse a trabajar el siguiente día y otros toman cada fin de semana y no se aguantan por tomarse su par de tragos para sentirse bien en horas laborales”, indicaba el estudio.

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