Terremotos y erupciones en la Provincia de San Salvador del siglo XVII

Los terremotos y las erupciones fueron vistos como verdaderos castigos divinos ante las borracheras, asesinatos, robos de la sociedad de aquellos tiempos

Carlos Cañas Dinarte

Por Carlos Cañas / Colaborador EDH

Abr 22, 2017- 19:24

La Provincia de San Salvador, dentro del Reino de Guatemala, constaba de poblados españoles, en cuyas cercanías también habitaban mestizos, negros africanos e indígenas.

Esos grupos étnicos convivieron a diario, fusionaron sus genes y sus culturas y, dentro del crisol del territorio sansalvadoreño, expandieron sus dominios hacia el interior del territorio, en un proceso de conquista y colonización que no se detuvo a lo largo del siglo XVII. Mucha de esa movilidad hacia más allá de la zona costera o del valle central tuvo que ver con la presencia constante de terremotos y, en más de alguna ocasión, de erupciones y gasificaciones provenientes de fumarolas, infiernillos y volcanes.

En una fecha indeterminada de 1625, un nuevo megasismo echó por tierra a la reconstruida ciudad de San Salvador, que desde hacía unos 75 años ocupaba su sede final en el valle de Quezalcuatitán. Una vez más, hubo necesidad de solicitar recursos de Guatemala y España para proceder a la reconstrucción de aquella urbe de techos de teja y paredes de adobe y calicanto, con grandes horcones y vigas de madera repartidas por todas las estructuras religiosas, administrativas, militares y civiles, para darle más firmeza a esos edificios, templos y casas y así prevenir más destrucción y muerte cada vez que la tierra oscilaba o trepidaba con tremendas consecuencias.

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Las actitudes licenciosas y libertinas de muchos de los pobladores de las ciudades, villas y pueblos de la provincia eran vistas como causa del enojo de la divinidad cristiana y su santo colegio, por lo que no resultaba extraño que los terremotos y las erupciones fueran vistos como verdaderos castigos divinos ante las borracheras, asesinatos, robos, abigeato, oficios de la carne humana y demás actividades non sanctas dentro de la amplia y diversa sociedad sansalvadoreña.

El 30 de septiembre de 1650, día dedicado en el calendario católico a san Jerónimo, la ciudad de San Salvador volvió a ser destruida por un terremoto de gran magnitud y potencia, que echó por tierra a la Iglesia Parroquial y a cientos de casas en diversos poblados vecinos. La amplitud de la catástrofe obligó a las autoridades coloniales del Reino, asentadas en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala (ahora llamada Antigua Guatemala), a dispensar de sus tributos y demás impuestos a los habitantes de las zonas siniestradas, además de remitirles mil pesos como ayuda casi inmediata para los cientos de personas damnificadas y que quedaron sin hogares ni bienes.

Ocho años después, cuando aún no habían finalizado las labores de reconstrucción, San Salvador, Quezaltepeque, Apopa, San Jerónimo Nexapa y otras localidades circunvecinas fueron reducidas a escombros por violentas sacudidas de la tierra, originadas en unas grietas volcánicas de las que surgió la pequeña elevación del Playón en el valle de Nixapán, situado al norte del volcán de San Salvador y al oeste de Quezaltepeque. Esas sacudidas de origen volcánico iniciaron el 3 de noviembre de 1658 y duraron varias semanas, en las que ese fenómeno eruptivo y sísmico creó la laguna de Zapotitán, al taponar el cauce del Río Sucio. Las cenizas llegaron hasta la importante población hondureña de Comayagua, pero lo más importante es que el recuerdo de aquellas bombas piroclásticas o grandes piedras encendidas que brotaban del cono volcánico ha perdurado hasta nuestros días, gracias a la ceremonia anual de las bolas de fuego de Nejapa.

Otra fecha del santoral católico en la que los vaivenes de la tierra produjeron pánico entre la población de la ciudad de San Salvador fue el 24 de agosto de 1671, cuando el subsuelo de la capital de la Provincia se estremeció durante los festejos religiosos reservados a san Bartolomé.

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En 1683, un horrendo movimiento de tierra causó la destrucción parcial de la iglesia del pueblo de Ostúa, en las afueras de Metapán, una rica zona conocida por sus depósitos minerales, sus obrajes de añil y sus talleres para fundir y trabajar el hierro. Entre ese año y mayo de 1689, ese templo fue destruido por varios terremotos más, así como por una amplia inundación. Como resultado, en la actualidad sólo quedan en pie la fachada de tipo retablo y la pared posterior de calicanto y ladrillos con cimientos de piedra, restos históricos que aún retan al tiempo en medio de un caserío rural del cantón San Jerónimo, 11 kilómetros al suroeste de Metapán.

Para casi cerrar el siglo XVII, una larga serie sísmica afectó a las poblaciones de San Miguel, San Vicente y Cojutepeque, donde los continuos temblores alarmaron a la población durante varias semanas, las que desembocaron en una nueva erupción del volcán migueleño, con abundantes emanaciones de gases y humo. Desde entonces, ese edificio volcánico ha realizado unas 30 erupciones, de las que sólo ocho han producido corrientes de lava. En todo ese tiempo, marinos y piratas de diversas nacionalidades registraron sus emanaciones y usaron su elevación como uno de los principales puntos geográficos costeros, para así ubicarse durante sus navegaciones y correrías por la Mar del Sur u océano Pacífico.

 

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