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“Tenés que matarlos”. Kip, el adolescente que decía escuchar voces antes de matar a sus padres y compañeros

Tenía 15 años, escuchaba una "voz maldita", sufría esquizofrenia paranoide y no lo sabía. Fue condenado a 111 años de cárcel por el asesinato de sus dos padres, dos compañeros y lesionar a 25 personas más.

Por N. Hernández / Agencias | Jul 08, 2021- 17:23

A los doce años había comenzado a escuchar voces en su cabeza: tres años después, sin el diagnóstico de esquizofrenia paranoide, obedeció sus órdenes y mató a cuatro personas. Foto: Imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://bit.ly/3hPh1ed

Kipland Phillip “Kip” Kinkel nació el 30 de agosto de 1982 en Springfield, Oregon, Estados Unidos. Tenía 12 años cuando después de un largo día de colegio empezó a escuchar una voz masculina que le decía: “Tenés que matar a todos, ¡a todos en el mundo!”

La voz fue tan real que él giró la cabeza, pero no vio a nadie, entró corriendo a su casa, pero la voz lo perseguía. Estaba aterrado, fue y buscó un rifle que le habían regalado para su último cumpleaños y lo abrazó. Se sintió protegido, pero las macabras voces seguían en su cabeza, desde ese día no paró de escucharlas.

Kip era hijo de dos profesores de español, William “Bill” Kinkel y Faith Zuranski. Faith daba clases en la secundaria de Springfield (también enseñaba francés) y Bill en la secundaria Thurston y en el Lane Community Colleg, según publicación de Infobae.

La hija mayor del matrimonio, Kristin, era una alumna ejemplar. Para cualquiera era una familia feliz que disfrutaba del esquí, el tenis, la natación y navegar.

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Cuando Kip tenía seis años ingreso a la escuela Walterville de Springfield y desde el primer día de clases tuvo problemas. Por los maestros fue considerado un chico sin apego afectivo e inmaduro para su edad, el coeficiente intelectual estaba por debajo del promedio y tenían serios problemas de conducta.

En cuarto grado le diagnosticaron dislexia y empezó con clases de apoyo, sus compañeros de clase lo etiquetaron como “extraño y morboso”, quizás era la antesala para escuchar las voces a los 12 años.

Según las declaraciones de Kit, todas eran masculinas, agresivas y a veces incluso discutían entre ellas como si él no las estuviera escuchando, pero había una jerarquía entre ellas. También solían burlarse de él y lo amenazaban con decirle al mundo lo raro que era.

Las voces ayudaron a Kit a crear una teoría conspiratoria en su contra que involucraba al gobierno de los Estados Unidos y la compañía de Disney. El adolescente creí que ambos querían implantarle un chip en su cerebro y se convenció de que así era, se obsesionó con la idea.

También a través de las voces se enteró de que los chinos invadirían la costa Oeste de los Estados Unidos, esto lo llevó a juntar armas, cuchillos y explosivos porque estaba seguro que debía de defenderse.

Diagnósticos equivocados

Kip nunca contó a nadie sobre las voces, pero el odio que destilaban lo afectaron a él y lo volvieron un chico violento, distante. Sin embargo, por días las voces desaparecían y él estaba bien. En una de estas ocasiones llegó a tener una novia, pero la relación no duró mucho tiempo.

Una vez le preguntaron cómo lo había pasado en Disneyland con su familia. Él respondió con rabia que lo único que deseaba era “darle un puñetazo a Mickey Mouse en la nariz”.

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Con el tiempo, empezó a vestirse de negro, a escuchar Rage Against the Machine (rap metal) y al controvertido Marilyn Manson. También hablaba de hechos violentos y en más de una ocasión confesó que quería entrar al Ejército de los Estados Unidos para saber qué se sentía matar a alguien.

Fue condenado a 111 años de prisión, sin posibilidad de fianza condicional. Foto: Imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://bit.ly/36ouLYg

Un fin de semana de 1997, Kip salió de su casa en bicicleta para ir a comprar algo rico en una estación de servicio cercana. En el camino de vuelta se topó con un cartel luminoso en forma de triángulo. Se bajó de la bicicleta, lo pateó y lo rompió. Siguió su camino pedaleando, pero un hombre con aspecto de linyera que había visto lo que hizo, lo persiguió, lo increpó y le pidió dinero.

Ni el propio Kip sabe hoy si el hecho pasó realmente o si fue una traición de su mente enferma, pero lo que sí ocurrió es que en su cabeza tomó cuerpo la paranoia. Se convenció de que el hombre vendría a matarlo a él y a sus padres. Empezó a dormir, por las dudas, con un arma debajo de la almohada. Cuando su padre Bill descubrió lo que hacía se la quitó y la escondió. Kip se las ingenió para volverla a tener debajo de su cama.

Fue en este momento que los padres, quienes eran buenos tratando con niños y adolescentes, pero no pudieron con su propio hijo, buscaron terapias para el control de su ira y lo llevaron a una evaluación psicológica. Nadie descubrió qué pasaba, pero su estabilidad psíquica se deterioraba cada día más.

Preso de sus delirios de autodefensa compró manuales para fabricar bombas caseras, entre ellos El libro de cocina del anarquista.

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Sus padres también contribuyeron, después de insistir por algunos meses, el padre lo inscribió para manejar pistolas y rifles porque le pareció prudente dado que Kip tendría armas algún día.

Después de esto, en 1996 Kip fu arrestado por primera vez, por robar CDs en una tienda Target. El 4 de enero de 1997 fue con un amigo a practicar snowboard y terminaron tirando piedras a los autos que pasaban por la ruta. En esta segunda detención le ordenaron someterse a una revisión psiquiátrica. Terminó yendo con su madre al psicólogo Jeffrey Hicks, quien al cabo de nueve sesiones le diagnosticó depresión.

Según el profesional no había signos de psicosis. El 26 de febrero fue con sus padres a una interconsulta con otro psicólogo, el doctor John Crumbley, quien dictaminó que el joven parecía apesadumbrado y arrepentido por haber tirado piedras a vehículos. Travesuras de la adolescencia querían pensar todos. Las alertas estaban dormidas.

En los meses siguientes enfrentó dos suspensiones escolares más del colegio por pésima conducta, por este tiempo empezó a presumir con sus compañeros que había hecho bombas caseras, que había matado a su gato, había aplastado viva a una ardilla y que había hecho volar por los aires, en pedazos, a una vaca. Era un hecho que los animales corrían riesgo a su lado.

En junio de 1997, Hicks le recetó antidepresivos y Kip comenzó a tomar Prozac. El joven contó que cuando el psiquiatra se enteró de que padre e hijo habían ido a cazar juntos, les habría recomendado hacerlo más seguido. Así tendrían mucho tiempo para conversar y afianzar el vínculo.

Kip demostraba estar muy bien con la medicación y sus padres sentían que la cosa mejoraba. La tomó durante tres meses y, cuando se le terminó, no volvieron a pedir una receta. Terminaron discontinuando el tratamiento y las sesiones con el doctor Hicks se terminaron.

Por esas semanas, Kip compró un rifle Ruger MK II calibre 22 semiautomático y lo escondió de sus padres. El 30 de septiembre Kip insistió para que Bill le comprara unas pistolas Ruger y otra Glock 19. 9 mm. Él adquirió, además, un cuchillo de caza. Sus padres, por cansancio o ignorancia, habían cedido en todo.

El profesional de la salud mental Jeffrey Hicks, consultado sobre este tema por el HuffPost en 2021, aseguró no recordar haber promovido que padre e hijo practicaran tiro juntos. Y lo cierto es que sus notas no mencionan el tema de la caza.

La única verdad del asunto es que los frecuentes errores de diagnóstico y la minimización de los síntomas por parte de los distintos médicos que atendieron a Kip desde chico, se pagarían con vidas.

El terrible día

El miércoles 20 de mayo de 1998 a las 8:00 de la mañana Kip pagó 110 dólares por una pistola Beretta calibre 32, estaba cargada con nueve balas. Compró el armar a un compañero, este a su vez se la había robado a Scott Keeney, padre de otro compañero.

Cuando Keeney descubrió que no tenía su arma, llamó al colegio. Por casualidad, el detective Al Warthen estaba en el colegio y preguntó a Kip si tenía el arma, el constestó: “Miren, voy a ser sincero con ustedes. El arma está en mi armario”.

Kip y el compañero que le vendió el arma fueron expulsados del colegio y llevados a la comisaría.

Kip fue liberado porque llegó su padre por él, cuando llegaron a la casa Bill se quedó en la cocina para tomar un café y pensar qué haría con su hijo, quien para ese entonces tenían un griterío en su cabeza.

A las 3:30 de la tarde, Kip fue directo a su ropero, sacó un rifle semiautomático y lo cargó camino hacia la cocina. El padre, de 59 años, estaba de espaldas y no tuvo ni tiempo de darse vuelta. El adolescente de 15 años le disparó en la nuca.

Después arrastró su cuerpo hasta el baño y lo tapó con una sábana blanca. Luego, se sentó a esperar la llegada de su madre, cuando ella entró y la vio de frente le dijo: “Te quiero, mamá”.

Acto seguido, le disparó tres veces en la casa. Ella cayó hacia atrás. Por las dudas, la remató con dos balazos en la nuca y, le dio un sexto, apuntando al centro del pecho, al corazón. Cuando estaba seguro que estuviera muerta, la arrastró para el mismo baño y también la cubrió con una sábana blanca.

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Minutos después, sonó el teléfono. Era uno de sus compañeros, habló con él más de una hora y cuando cortó la llamada se hizo un tazón con leche y cereal, cenó mientras leía el diario.

No era suficiente, quería más

Las ganas de matar de Kip no pararon con los dos asesinatos de sus progenitores, el jueves 21 de mayo de 1998 se enfundó en un impermeable y debajo escondió varias armas: tres rifles, la pistola Glock 9 mm y su cuchillo de caza. También llevaba en su mochila 1127 municiones.

Salió de su casa y se dirigió al colegio en el auto de su madre. A las 7:55 inició su masacre con dos rondas de disparos en la entrada principal, mató a Benjamin Walker, de 16 años, e hiriero a Ryan Atteberry. La siguiente parada fue la cafetería, habían unos 200 estudiantes, disparó 51 tiros más. La víctima mortal fue identificada como Mikael Nickolauson, de 17, y provocó heridas a 25 más.

También apuntó con su rifle a Michael Crowley, por fortuna para este, el tirador se había quedado sin balas. Kip intentó cambiar de rifle y su distracción fue el momento clave para que cinco estudiantes lo tiraran al piso y lo mantuvieran quieto. Sin embargo, se retorció tanto que se las ingenio para sacar su Glock y disparar otra vez hiriendo a Jacob Ryker, quien fue el primero en botarlo al piso.

Todo esto ocurrió en nueve minutos, a las 8:04 llegó la policía y arrestó a Kip. Cuando llegó a la comisaría y el detective Al Warthen entró a la habitación para interrogarlo, Kip sacó su cuchillo y lo amenazó. Warthen tuvo que usar gas pimienta para reducirlo.

Kip había descargado su furia: asesinó a cuatro personas y dejó lesionadas a 25

La casa, un arsenal de armas

A las 9:30 la policía descubrió los cadáveres de los padres de Kip, pero no fue todo lo que encontraron. Las autoridades se admiraron cuando se encontraron cinco bombas caseras listas para estallar, quince más inactivas debajo del porche de la casa y en la habitación del adolescente fue encontrada una granada de mano, dos obuses y químicos de todo tipo.

También, cuando movieron el cadáver de la madre se encontraron con otra bomba, la vivienda de tres pisos era un campo minado. Las autoridades evacuaron quince casas vecinas por el riesgo que implicaba semejante arsenal.

Kristi, se enteró de lo ocurrido horas después. Ella vivía en Hawaii porque estaba estudiando la universidad.

El terrible hecho ocupó las portadas de todos los periódicos, para sorpresa de las audiencias, la foto del criminal era la de un adolescente de 15 años.

En la casa, las autoridades encontraron una carta escrita por Kip:

“Antes de salir dejó escrita una extraña nota: “¡Acabo de matar a mis padres! No sé qué está pasando. Amo a papá y a mamá tanto (…) Ellos no se merecían eso, lo que he hecho los destruiría, la vergüenza sería demasiado para ellos, no podrían soportarlo. Estoy tan apenado (…) Soy un hijo horrible. Desearía haber sido abortado. Destruyo todo lo que toco (…) Eran gente maravillosa. Mi cabeza no funciona bien. Maldigo, Dios, las voces que hay dentro de mi cabeza (…) Deseo morir, debo irme, pero tengo que matar a gente, no sé por qué. ¡Tengo tanto pesar! ¿Por qué permitió Dios que yo hiciera eso? Nunca he sido feliz. Yo sólo quería ser feliz. Quería que mi madre estuviera orgullosa de mí. No soy nada. (…) Estoy solo, siempre me encuentro solo. Sé que tengo que ser feliz con lo que tengo pero odio vivir. Estoy tan lleno de rabia que siento que algo me presiona constantemente. Mi cabeza no funciona bien, oigo voces dentro de ella. Soy el Diablo. Deseo matar y provocar dolor gratuito. Me odio por haberme convertido en esto. ¡El amor apesta!”.

La condena

El adolescente pasó 18 meses en confinamiento antes del juicio, por ese entonces uno de sus dientes empezó a sobresalir de su boca, pues en la cárcel ya no tenía el aparato dental que solía usar. La explicación que se dio a sí mismo es que ese diente era usado como una antena para el chip que tenía implantado en su cerebro, según la publicación de HuffPost.

El 24 de septiembre de 1999, tres días antes de la selección del jurado, Kinkel se declaró culpable. De esta manera renunciaba a la posibilidad de ser absuelto por insania.

En su testimonio dijo: “Pasé días y días tratando de resolver qué quería decir (…) Pensé acerca de qué podría decir que hiciera a la gente sentirse un poco mejor. Pero llegué a darme cuenta de que no importaba lo que dijera. Porque no hay nada que yo pudiera hacer para borrar la pena y la destrucción que causé. Yo amaba absolutamente a mis padres y no tenía razones para matarlos. No tenía razones para matar o intentar matar a nadie en Thurston. Siento profundamente lo que pasó. Me hago responsable de mis actos. Estoy muy arrepentido por todo lo que hice y por lo que me he convertido”.

Kristin fue la única de su familia que lo defendió en la corte y declaró: “Yo solo veo señales de alguien que desesperadamente necesita ayuda, una ayuda diferente a la que ninguno de nosotros podríamos dar”,

En noviembre de 1999, fue condenado a ciento once años y ocho meses de prisión, sin posibilidad de libertad condicional. Fue recluido en el Centro Correccional Juvenil Mac Laren, una cárcel para jóvenes de entre 12 a 24 años.

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En junio de 2007, los nuevos abogados de Kinkel solicitaron que se lo volviera a juzgar alegando que sus ex abogados deberían haber llevado el caso a juicio para que fuera declarado demente. El juez le negó esta posibilidad.

En mayo de 2007, meses antes de cumplir los 25 años, se graduó. Su hermana Kristin fue a la ceremonia. Kip le dijo al HuffPost: “La recuerdo diciéndome que mis padres estarían orgullosos de mí; fue muy fuerte escucharlo”. Poco después fue trasladado a una prisión para adultos.

Las declaraciones a los 38 años

Fue hasta el 2020 y en medio de la pandemia del covid-19 que se atrevió a hablar por primera vez, lo hizo en un exclusivo reportaje con la periodista Jessica Schulberg, para el medio HuffPost.

Schulberg contó que Kip se graduó, tiene un certificado como instructor de Yoga, ahora sabe lo importante que es su salud mental, por ello cuida de ella. Las voces rara vez aparecen en su cabeza.

La periodista conversó más de 20 horas con Kip durante diez meses y escribió: “Nuestras conversaciones tuvieron lugar durante la ola de la pandemia por coronavirus y, algunas veces, pasamos semanas sin hablarnos, sobre todo cuando su unidad entró en cuarentena luego de un brote de Covid-19 (…) Kinkel está preocupado todavía por la posibilidad de herir a sus víctimas hablando públicamente, pero cuando ve que la gente lo usa para que sus amigos (de la cárcel) no tengan una segunda oportunidad (en referencia a la ley que les permitiría salir en forma condicional) empezó a sentir que guardar silencio también hacía daño”.

¿Por qué no dio una entrevista antes?, Kip respondió: “Nunca di na entrevista, en parte porque me siento tremendamente avergonzado y culpable por lo que hice. Hay una parte de la sociedad que glorifica la violencia, y yo odio la violencia que ejercí”.

Kip Kinkel, que se declaró culpable en el momento de los homicidios porque se negaba a aceptar su diagnóstico de esquizofrenia paranoide, ahora se decidió a hablar para ayudar a otros jóvenes delincuentes a tener una segunda oportunidad en la vida y así lo expresó: “Soy responsable del daño que causé cuando tenía 15 años. Pero también soy responsable del daño que estoy causando ahora que tengo 38 años por lo que hice a los 15”. Cuando Schulberg le preguntó si tiene esperanzas de salir algún día de la cárcel, Kip sostuvo: “He aprendido, a través de años de terapia y trabajo personal, que tengo que tener cuidado con mis expectativas. No quiero alimentar falsas esperanzas. Pero, por otro lado, las esperanzas son importantes. No me permito pasar mucho tiempo pensando acerca de qué podría pasar porque eso me podría traer más sufrimiento”.

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