El asesino serial que soñaba con violar y matar a mujeres desde los 7 años

Cary Stayner era un joven cordial, educado, rubio y de aspecto atlético, los investigador del FBI descartaron que fuera un asesino serial. Fue condenado a muerte y lleva 18 años esperando el fin de sus días.

Foto @59NationalParks

Por N. Hernández / Agencias

Feb 15, 2020- 10:12

Cary Stayner era un joven amable, siempre dispuesto a ayudar a los demás; un joven rubio, apuesto y de apariencia atlética. Le gustaba disfrutar de las actividades al aire libre y era divertido, nadie sospechó del monstruo que llevaba dentro y que desde los siete años soñaba con violar y matar mujeres.

Él siempre cargaba una mochila, las autoridades decían que era el “kit para asesinar”, lo cargaba todo el tiempo porque no sabía cuándo se le iba a presentar la oportunidad para cumplir su atroz fantasía.

Las víctimas potenciales era su novia y sus dos hijas de 8 y 11 años. Confesó que pensaba violar a las pequeñas y luego matarlas, el día que cometería el crimen su plan se desmoronó porque llegó una visita inesperada.

Ese detalle lo hizo pensar que era mejor buscar a mujeres desconocidas y empezó a poner más atención en las mujeres que visitaban el Hotel Cedar Lodge, el lugar donde él trabajaba.

En 1998 intentó con dos jóvenes finlandesas, pero tuvo que salir corriendo cuando apareció un acompañante de ellas.

Luego, el 14 de febrero de 1999, día de San Valentín, Aerin Murphy de 12 años, su hermana y dos amigas fueron a divertirse al jacuzzi del hotel Cedar Lodge. Cuando entraron al agua un joven de mucho pelo en el pecho ya estaba allí…. Era Cary Stayner que las observaba con cuidado. Al rato descubrió que estaban acompañadas por un hombre: Bill Murphy, el padre de las hermanas. Escaparon, sin saberlo, de un destino horrendo.

Al parecer, el tres era el número de Stayner porque el 15 de febrero eligió a otras tres víctimas: Carole Sund de 42 años, su hija Juli de 15 y la argentina Silvina Pelosso de 16 años. Las había visto en el lobby, por la noche las acechó desde la oscuridad, en ese desolado hotel de montaña.

“Caminaba por allí y vi un auto rojo solo, estacioné frente al cuarto. La cortina del dormitorio estaba abierta y observé a dos mujeres jóvenes y a la madre. No había un hombre allí”, relató Stayner en la confesión grabada en 1999 cuando fue capturado e interrogado.

Tocó la puerta de la cabaña, como siempre acompañado de la mochila, donde guardaba una soga, un cuchillo grande, un rollo de cinta adhesiva y un revólver.

Víctimas de Cary Stayner Foto @59NationalParks

Carole, Juli y Silvina habían partido desde Eureka hacia San Franciso el domingo 14 de febrero. Habían alquilado un auto Pontiac Grand Prix rojo. Llegaron al parque Yosemite donde se registraron en el Cedar Lodge, un hotel en medio de bosques y montañas.

Ese día salieron a caminar, de regreso pasaron a comer hamburguesas en el restaurante del hotel y alquilaron un par de películas. Carole Habló a su marido, Jens Sund para contarle que habían llegado con bien, esa fue la última vez que se le escuchó viva.

Stayne tocó la puerta a las 8:00 de la noche, las víctimas vieron a un hombre joven con buena pinta, de pelo corto y rubio. Vestía un mameluco de trabajo, se identificó como empleado del hotel y se disculpó por molestar tan tarde. Dijo que el caño del baño del piso de arriba estaba roto y era urgente su reparación. Carole después de dudar, aceptó y lo dejó entrar.

En ese momento Stayner tenía 37 años y no parecía el psicópata que era o el asesino en el que estaba apunto de convertirse. Confesó a la Policía que estuvo en el baño durante unos minutos fingiendo trabajar, luego salió con un revolver, les apuntó y les dijo que solo quería robarles.

Las ató y las separó, después encerró en el baño a las dos adolescentes y con la soga estranguló a Carole. Aseguró que le llevó cinco minutos y que estaba sorprendido por lo difícil que podía ser asfixiar a alguien. Además, afirmó fríamente que con ese crimen “no sentía nada”.

Sacó el cuerpo de Carole del cuarto y lo arrastró hasta el baúl del Pontiac Grand Prix rojo. Volvió a la habitación y sacó a las adolescentes del baño. Les arrancó la ropa a los tirones y les exigió a las adolescentes que tuvieran relaciones entre ellas, ante la negativa de las adolescentes y la dificultad para mantener una erección terminó por irritarlo.

Llevó a Silvina al baño y cerró la puerta. La hizo arrodillarse en la bañara, la violó y la ahorcó. Volvió a la cama donde Juli estaba atada y también la violó, además de obligarla a practicarle sexo oral. La llevó a una habitación donde la dejó atada y salió a limpiar la escena del crimen. Llevó el cuerpo de Silvina al vehículo y lo colocó junto al cadáver de Carole.

“Cuando llevé el cadáver de la chica al auto ahí sí sentí que, por primera vez en mi vida, yo tenía el control”, declaró Stayner a los investigadores del FBI.

Dejó unas toallas húmedas en el baño como si se hubiese bañado, guardó las pertenencias de las víctimas en las valijas y las puso en el coche. Quería dar la sensación de que se habían marchado. Volvió a la habitación en la que estaba Juli, la envolvió con una manta y la llevó al auto.

La niña conservó la calma, quería vivir. Le dijo que se llamaba Sarah y durante todo el tiempo que Stayner manejó sin rumbo mostró que estaba tranquila. La calma que mostró casi logra que Stayner desista de matarla, pero su perverso instinto criminal fue más fuerte.

“No sabía a dónde iba o qué estaba haciendo. Simplemente manejaba y manejaba. Empecé a tener simpatía por la chica. Era una chica muy agradable y estaba muy calmada (…) No quería que sufriese como las otras, Pero sé que sufrió”, declaró.

Llegaron al lago Don Pedro y la hizo bajarse del auto. La violó, la peinó y le dijo que la amaba. Después le pidió que se acostara boca abajo sobre la manta. Sacó su cuchillo y le abrió el cuello sin piedad. Tardó 20 segundos en morir desangrada, mientras tanto él miraba a otro lado para evitar la escena, según el relato.

Abandonó el cadáver entre los arbusto y envuelto en sábanas y siguió conduciendo hasta un bosque, ahí tiró por un precipicio el carro, pero un pino detuvo su caída.

Stayner llamó un radiotaxi y después de hora y media llegó al hotel donde trabaja. Dos días después volvió donde estaba el auto y lo roció con nafta y lo quemó. Antes había tomado la billetera de Carole y la tiró en la población de Modesto. Lo hizo para despistar a la policía que ya estaba buscando a tres mujeres desaparecidas.

Las autoridades primero habían manejado la hipótesis de un accidente con el auto, pero cuando un joven halló la billetera de Carole en Modesto todas esas teorías se cayeron. Comenzaron a pensar en un rapto.

Cary Stayner fue uno de los primeros en ser interrogados. Vivía solo en un cuarto del hotel. Parecía franco y era un buen trabajador, un empleado colaborador que los ayudaba a recolectar las pruebas y les abría los dormitorios en la búsqueda de datos. Lo eliminaron enseguida de la lista de sospechosos.

Un mes después un llamado anónimo les dio una pista: les dijo dónde ubicar el Pontiac rojo reducido a chatarra. El domingo 21 de marzo lo encontraron a 90 kilómetros de allí. En el capó encontraron una frase escrita con una navaja: “Tenemos a Sarah”.

Otra vez Cary Stayner intentaba distraerlos. Dentro del baúl estaban los cuerpos de Carole y Silvina. Sus identidades fueron reconocidas por los registros dentales. Pero el cuerpo de Juli no estaba allí.

Seis días después la policía recibió una nota (Stayner se volvía más y más audaz) con un mapa que le revelaba dónde estaba el tercer cuerpo. Esa nota decía: “Tuvimos diversión con ésta”.

Encontraron a Juli Sund, quien había sido violada y degollada. El FBI estaba desorientado. El terrible asesino los guiaba en su ceguera y ellos no podían identificarlo.

El prejuicio estético sobre cómo debe verse un asesino sobrevoló a la investigación desde los comienzos. James Maddock, director de la delegación de Sacramento, California del FBI, también fue víctima de ello. Cary Stayner fue interrogado dos veces. A nadie le llamó la atención el agradable y calmo empleado. Las ató. las amordazó y las separó.

En julio de ese mismo año Stayner asesinó a su cuarta víctima. Ella fue Joie Ruth Armstrong, de 26 años, naturalista que trabajaba con programas educacionales en Yosemite.

Joie estaba preparándose para hacer un viaje con sus amigos cuando él entró a la cabaña, la amenazó con un arma y la ató con cinta. Después la subió a su auto azul, en el camino ella se lanzó por la ventana del coche y comenzó a correr. Él logró alcanzarla, violarla y la decapitó.

Un testigo vio el auto de Stayner fuera de la cabaña y los investigadores lograron identificar las huellas de ruedas de neumáticos en el camino. Así fue como llegaron hasta Stayner.

Confesó los cuatro crímenes con lujo de detalles en dos horas, todo quedó grabado. Además, reveló los planes que tenía con su novia y sus dos hijas. Aseguró que intentó asesinarlas en tres ocasiones.

“Me gusta mirar fotos de chicas pequeñas, (…) es irónico porque amo la vida tanto y estar con mis amigos maravillándome de la naturaleza… y al siguiente minuto es como que puedo matar a todo el mundo en la faz de la tierra (…) Eso me tortura, va y viene. Como un partido de tenis”.

Los psiquiatras que evaluaron a Stayner revelaron que en su familia hubo enfermedades mentales y abusos sexuales durante cinco generaciones. Se supo también por ellos que a los 3 años Cary Stayner había sido diagnosticado con tricotilomanía, la enfermedad obsesiva compulsiva que lleva a arrancarse el pelo. A los 7 años, había presentado la primera fantasía sexual violenta mientras esperaba a sus padres en la verdulería: soñaba con secuestrar a las cajeras y matarlas. A los 12 soñaba con mujeres violadas en manada. Los informes médicos dijeron que su cerebro presentaba anormalidades que eran consistentes con esquizofrenia, desorden psicótico, parafilia y trastornos compulsivos obsesivos.

Stayner venía de una familia totalmente disfuncional con una larga historia de abusos sexuales y enfermedades mentales. A los 11 años su tío abusó de él, pero nadie le creyó y tampoco se pudo comprobar la violación.

En 1991 intentó suicidarse, en 1995 fue admitido en una institución psiquiátrica y en 1997 fue detenido por posesión de marihuana y metanfetaminas.

Stayner fue condenado a muerte. Desde hace 18 años espera su día final en la prisión de San Quentin, California

Lee la historia completa en Infobae. 

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