Florencia, capital mundial del arte y la cultura

Es la joya por excelencia del Renacimiento, movimiento que catapultó el arte, la arquitectura, la literatura y la ciencia durante los siglos XV - XVI. Urbe declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

FOTO EDH / Tomás Guevara

Por Tomás Guevara

Nov 08, 2018- 16:59

Es considerada la ciudad más bella del mundo. Y no es para menos, Florencia (capital de la región Toscana de Italia que no supera los 400 mil habitantes) concentra la mayor cantidad de obras maestras del planeta: esculturas, pinturas, frescos y monumentos arquitectónicos, atractivos para turistas que llegan de todo el mundo a este paraíso del arte, la cultura y la buena mesa.

Las calles estrechas, que conectan una plaza tras otra, a cual guarda mayores tesoros de la historia del arte  universal hacen olvidar al visitante las necesidades del transporte público, aunque la ciudad dispone de autobuses, carruajes tirados por caballos y hasta triciclos para pasajeros; además de la red de trenes de alta velocidad que la conectan con otros puntos neurálgicos de Italia: Roma, Venecia y Milán, por mencionar algunos.

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La Habana Vieja es la zona más antigua de la capital cubana. El lugar es el reflejo de una mezcla de estilos arquitectónicos y el testimonio de diferentes épocas. En la actualidad, es una de las zonas más turísticas debido a la restauración de iglesias, fortalezas y otros edificios históricos.

Florencia se ha coronado como la joya del Renacimiento, ese periodo de esplendor que supuso -desde principios de 1400 hasta finales de 1500- un  cambio de visión del mundo y la salida paulatina del oscurantismo medieval, un tiempo en que empezaron a congeniar los aportes de las artes, el humanismo y la ciencia, con los dogmas de la iglesia que dominaron los mil años anteriores.

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Mientras Florencia ya capitaneaba la modernidad del mundo europeo en el llamado “Quattrocento”, siglo XVI,  y apuntalaba las bases de su desarrollo para el “Cinquecento”, siglo XVI, otras potencias del viejo mundo como los reinos ibéricos que hoy forman el Reino de España se embarcaban también en el descubrimiento y conquista del nuevo mundo, con el primer viaje de Cristóbal Colón que lo llevó a tierras  americanas  en 1492 e inició así el descubrimiento y conquista, que se consumaría en el primer cuarto del siglo XVI.

Florencia testifica en cada rincón su proceso histórico;  al acercarse a la ciudad se divisan los singulares tejados rojos y la formidable cúpula de la Catedral de Santa María de Fiore, que sobresale en el valle. Esta es proeza del Renacimiento que revolucionó las técnicas constructivas de la época, con una cúpula de 90 metros de altura, que desafió el vértigo y la concepción de los patrones arquitectónicos.

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Ahí dejó su sello el arquitecto Filippo Brunelleschi (1377 – 1446), quien aceptó el reto de coronar la catedral inconclusa de Florencia, construyendo una estructura sostenida por gravedad y contrapesos, sin armazón, más que el ladrillo enganchado con una técnica que revolucionó la arquitectura para siempre.

El frontón de la catedral y el campanario que dominan la plaza del Duomo junto al Baptisterio de San Juan son unas bellas composiciones construidas con mármol blanco de Carrara, mármol verde de Prato y mármol rojo de Siana.

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En este conglomerado de edificaciones, que cuentan estos siglos de gloriosos descubrimientos, los turistas disparan cientos de miles de instantáneas al  respirar a la sombra de este conjunto urbanístico, que en 1982 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, por considerar que tiene “la mayor concentración de obras maestras del mundo, universalmente reconocidas”.

Y sí, con solo caminar un par de cuadras después de la plaza del Duomo se llega a la Plaza Signoria, ahí esperan el Palacio Vecchio, centro de poder de la acaudala dinastía Medeci, que patrocinó gran parte del legado artístico y cultural de esta ciudad.

Al adentrarse en la plaza, justo para hacer esquina del palacio  se encuentra la Fuente de Neptuno, con la más imponente escultura a este dios de la mitología romana, cuyo conjunto escultórico está en restauración.

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A unos pasos se divisa la réplica del David, la perfecta escultura del desnudo masculino de Miguel Ángel Buonarroti (1475 – 1564), como consuelo de los turistas que no logran entrar a la Gran Galería del Museo Uffizi, que atesora el auténtico David y obras prodigiosas de la humanidad, tanto del renacimiento y de otros tiempos.

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Un par de calles más llevan a la reluciente Basílica de la Santa Cruz, erigida por los franciscanos; una esbelta pieza de corte neogótico que conserva los  sepulcros de Miguel Ángel, del astrónomo Galileo Galilei (1564 – 1642) y del politólogo Nicolás Maquiavelo (1469 – 1527). Este templo espera algún día albergar para la posteridad los restos del escritor florentino Dante Alighieri (1265 –  1321), quien relató el primer viaje al inframundo de los muertos:  “La divina comedia”. Y por supuesto repatriar a otro suyo:  Leonardo da Vinci (1452 – 1519).

Si la exploración sigue a pie por la ciudad se llega al río Arno y sus puentes, uno en particular destaca, el Puente Vecchio, cuya construcción data del siglo XIII, con una fenomenal estructura de pisos que albergan además del paso a ras de calle, negocios, orfebrería y viviendas, más el paso privado que utilizaron los Medici durante siglos para mantenerse a salvo de sus enemigos.

Es de rigor para el visitante subir hasta la Plaza Miguel Ángelo, en una de las colinas que rodean la ciudad, desde ahí Florencia enseña más que el Renacimiento, pues se divisa en su totalidad la urbe y se ven los trozos de las murallas antiguas que circundaban este tesoro del arte, la historia y la cultura italiana y universal.

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