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¡Si los cielos caen, podemos atrapar alondras! La comida y las palabras

“La gracia de Dios es, en mi tierra, una gentil tortilla de huevos con torreznos”. Sancho Panza, en Don Quijote de la Mancha de Miguel Cervantes

Por Katherine Miller. Doctorado en Estudios Medievales y Renacentistas de UCLA. | Nov 13, 2021- 13:38

Hay pocos asuntos más importantes en la vida que la alimentación. Mezclada con la otra materia más básica de la identidad nacional —el lenguaje—, la alimentación complementa la literatura de una manera deliciosa. Pasando por el banquete que nos sirve Platón, El Simposio (aquella noche de vino, platos exquisitos y palabras sabias del político-militar de élite de Atenas), pasamos por el jabalí engañoso lleno de chorizos magníficos del banquete de Trimalchio en El Satiricón de Petronio y llegamos, al fin, al pan y vino que Jesús compartió con sus discípulos la noche antes de su muerte. Aquí comienza la Edad Media en Europa, la primera Yihad del Islam por la cuenca del Mediterráneo y las famosas fiestas navideñas del rey Arturo y sus caballeros, llegando a Mardi Gras, Cuaresma y Pascua. La comida es protagonista en la literatura de todas las épocas, porque lo que se come es igual de básico como el idioma que se escribe y se habla.

Las especias del oriente son, por supuesto, la esencia en los alimentos medicinales desde Galeno, en la Antigüedad; de Avicenna, en el mundo árabe; hasta François Rabelais, en el Renacimiento —aquel médico, monje, profesor de griego y curador de almas por medio de la risa cuyas obras son verdaderos altares a “la parolle saincte” y la Dive Bouteille—, es decir, la palabra santa de la literatura y la botella sagrada que descongelan los pensamientos de los gigantes Gargantúa y Pantagruel para que puedan expresarse. Pimiento, clavos de olor, cardamomo, jengibre, azúcar, anís, azafrán, ajo y demás alimentos/medicinas, juntos con los cientos de otras especias están celebradas en la literatura de Europa y el Medio Oriente durante los tiempos medievales.

Consideramos esta magnífica celebración de alimentos en el Prólogo General de los Cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, en el siglo XIV en Londres. En el panorama de todas las clases en su sociedad allí desplegada, encontramos al cocinero Roger de Ware, quien confecciona —nos cuenta Chaucer con una sonrisa satírica— el pudín blanco, famoso y elegante de la corte, blancmange. ¡Mientras tanto, este señor ingenioso de la cocina tiene una llaga supurante en su pierna, de donde rezume un líquido del mismo color de su exquisito pudín! Es un chiste medieval del que se reían los jóvenes adolescentes de la corte de Ricardo II cuando Chaucer leyó su poema en voz alta ante ellos.

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Otro peregrino chauceriano es Franklin, un político del gobierno local burgués, muy rico, con barba blanca, un abrigo rojo y una bolsa de dinero hecha de seda blanca colgando de su cinturón, al lado de su daga enjoyada. Este señor es un “vavasour”, un rango un poco menos importante que un barón. Mantiene en su casa una mesa que “nieva” (snewed) de pasteles, perdices, pescados y salsas llenas de especias exóticas. Chaucer lo denomina cariñosamente “el mero hijo de Epicuro” y un veritable “San Julián”, el santo patrono de la hospitalidad. La mesa llena de ricos platos de delicadezas es inseparable de su personalidad: es un componente de su persona.

Solamente una más es la Prioresa, la abadesa encargada de un claustro de monjas a quien Chaucer presenta con ricos detalles en alusiones a alimentos. Ella, nos dice, no mancha el gobelete que pasa de persona a persona durante una cena con la grasa de sus labios antes de pasarlo al próximo huésped. La acompañan unos perritos blancos y queridos, a los cuales ella alimenta con “pan blanco y fino”. La mayoría de la población eran campesinos que comían pan negro y duro. El comentario sobre el pan blanco como una nube es sobre esta monja elegante de clase alta en una iglesia en la que debe servir a los pobres. Los alimentos de sus perritos lo dicen todo (en 1256, el 74 % de la población de Europa comía pan de cebada y comino —negro, color café y muy pesado— como parte central de su dieta).

“Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas”, Clara Peeters, 1611. Museo del Prado, Madrid.

Las Rutas de Seda que pasaban de toda Asia Central a Constantinopla proporcionaron las especias de China, Asia y el Levante; introdujo, junto con las Cruzadas, especias como el famoso pimiento que era tan valioso, fue utilizado como dinero. Rescates de la nobleza durante las guerras medievales eran pagados en tantas libras de pimiento. En Inglaterra, la construcción de partes enteras del Puente de Londres fueron pagadas con la venta de pimienta. El alimento como dinero es un comentario elocuente.

Después de los millones de muertos por la Peste Negra, el poeta William Langland escribió La Visión de Pedro el Labrador, en el siglo XIV en Inglaterra; en este comenta que a causa de los tantos muertos de la plaga, los que sobrevivían podían comer mucho más y de mejor calidad. Además, pedían sueldos exageradamente elevados por el trabajo agrícola que produjo más por el cambio climático en el que las temperaturas llegaron a ser más altas. Así mejoró la producción de la agricultura a finales del siglo XIV y principios del siglo XV. Europa todavía se basada completamente en la agricultura, el mismo período cuando un trío de escritores renacentistas contemporáneos florecieron: François Rabelais (1494-1553), Miguel de Cervantes (1547- 1616) y William Shakespeare (1547-1616).

En el prólogo a su obra maestra Gargantúa y Pantagruel (1532-64), François Rabelais, en la Francia renacentista del rey François I y el auge de las publicaciones de Erasmo de Rotterdam, ofrece una de las más ingeniosas descripciones de cómo interpretar el texto de toda la literatura mundial. Leer, explica Rabelais a sus lectores, es amar un libro como un perro ama a su hueso, lamiéndolo, mordiéndolo y eventualmente rompiéndolo para comer la médula ósea; es decir, romper el nivel literal para cosechar la médula de su significado. Una metáfora de la confabulación de comida con literatura más intrincada no hay en la literatura europea.

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El genial médico y monje, Rabelais, receta la risa y el humor como antídoto para los tiempos más difíciles en la vida de un paciente/lector. Escrito simultáneamente con la celebración del magnífico Concilio de Trento, Rabelais cuenta, a lo largo de sus más de mil páginas, la vida de unos gigantes, padre e hijo. ¿Por qué son gigantes? Porque durante este período las posibilidades de los seres humanos son enormes con exploraciones marítimas por todo el mundo, el crecimiento de las universidades y el florecimiento de nuevas ideas de toda índole. Rabelais exagera para capturar el espíritu de Carnaval! (la etimología de las palabras componentes de Carnaval se derivan del latín carne y vale: adiós a la carne). El período que comienza con Mardi Gras (martes gordo o grasoso), la fiesta que se celebra con máscaras e indulgencia —hasta glotonería—, fuerte en platos lujosos con los que comienzan los días del ayuno de los 40 días de Cuaresma antes de Pascua. Hay que despedirse de la carne, pasar el ayuno de Cuaresma antes de celebrar la Resurrección. Hasta la batalla alegórica llevada a cabo entre las figuras de “Cuaresma” y “Carnaval” consiste en tirar pasteles uno a otro en los teatros religiosos y populares. Las creencias de la Europa católica son intercaladas de una manera intrincada con la comida. La celebración de la misa es, al fin de tanto, un festejo de la transubstanciación del pan y vino (comida y bebida), se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo como la más alta comunicación con el Dios de la Cristiandad.

La risa es casi un nuevo sacramento en las páginas de Rabelais, donde el mensaje es de beber hasta la embriaguez, buscar cómo expresarse descongelando las palabras que no salen sin la ayuda de vino (¡in vino veritas!) y sobrevivir a las desgracias de la vida y la muerte por medio de la alimentación y la bebida. Su filosofía es, al final de cuentas, “Si los cielos caen, podemos atrapar alondras” (para comérselas).

Ahora, en Al-Ándalus, en la enorme variedad de especias de los moros, judíos y cristianos de este período encontramos la introducción a la cuisine de Europa: berenjena, espinaca, albaricoques, naranjas, pistachos, higos, granadas y lujosas especias. La cocina árabe, llena de riquezas exóticas y coloridas, influenciaba la cocina europea, que, por comparación, le faltaba mucho. Un ejemplo. Aquí la dieta de don Quijote en la Península Ibérica, que el narrador de esta obra de Miguel de Cervantes describe:

“Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”.

“Merlín introduce a Galahad a la Mesa Redonda de Arturo”, iluminación de La búsqueda del Santo Grial, siglo XIV. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Unos 20 años después, don Francisco de Quevedo, en 1626, publica El Buscón don Pablos, en el que la barroca resonancia de la Crucifixión de Cristo es intercalada con la dieta paupérrima de don Pablos, sobrino de un verdugo. Don Pablos, antes de comer un pastel que le proporciona su tío (que contiene lo que solamente podemos imaginar es la carne de los ejecutados por su tío), reza los siguientes comentarios: “Siempre que como pasteles, rezo una avemaría por lo que Dios haya”.

El joven dramaturgo, amigo de Shakespeare, Christopher Marlowe, es ocupado con la violencia y relaciones de poder en la Europa altamente tensionada entre lo católico y lo protestante. En sus obras, muchas veces “hay que comer la carne desde el punto de una espada” en un menú lleno de coronas con espinas.

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Pero finalizamos con William Shakespeare mismo y sus saludos desde las cenas de erizo cocinado, pasteles de pescado, pavos reales fritos, jabalí, marchpane (marzipane, una pasta de almendras y azúcar), blancmange, cebollas, violetas y ensaladas de salmón, además de sopas y potajes de conejos. Como el chiste de la calle de los tiempos de Shakespeare, el “apetito es un lobo universal”, la comida es el verdadero lenguaje. Declara un actor, en la comedia “Una noche de sueño de verano”: “Queridísimos actores, no coman ni cebollas ni ajo, porque deseamos pronunciar con el respiro dulce”.

La comida, entonces, es la esencia del arte, la metáfora principal del mundo literario y religioso, la plenitud de la sociedad y el colmo de las relaciones del poder en la literatura de Europa. Pero es muy simple y sencillo a comparación de las delicias que trajeron los cruzados del Levante y los mercaderes cruzando la cadena montañosa de los Pirineos desde Al-Ándalus. Pobre Europa, tenía que alimentarse de los lujos exquisitos del Oriente.

Shakespeare tal vez tiene la última palabra, por el momento, en su metáfora internacional que canta sobre la música, el arte, la comida, el amor y el lenguaje, todo en una sola consigna: “Si música es el alimento del amor, ¡sigue tocando!”.

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