Suchitoto, el universo menor del poeta Juan Cotto

Juan Cotto ejerció influencia lírica en generaciones literarias posteriores y en la obra cinematográfica de su sobrino Alejandro Cotto.

El poeta salvadoreño Juan Cotto, en 1926. Fotografía proporcionada por la Hemeroteca Municipal de Madrid, España.

Por Carlos Cañas Dinarte

Nov 23, 2018- 19:24

Durante muchas décadas y gracias a la producción tabacalera, Suchitoto fue un punto importante en el camino real de San Salvador hacia varios puntos de Honduras. La bonanza económica afloraba en forma de tiendas, portales, el templo republicano de Santa Lucía, el consultorio del Dr. Gregorio Ávalos —primer médico nacional—, bancos, escuelas, bufetes, correos, telégrafos, diligencias y más.

Allí nació Juan E. Coto, el 8 de enero de 1900, como hijo de la señora Jesús Coto. Casi nada se sabe de su infancia. Escribiente del juzgado local, redactaba versos en los márgenes y espacios no usados de los expedientes judiciales.

Sin concluir sus estudios secundarios, en 1917 se trasladó a San Salvador y trabajó en Diario del Salvador. Asentado después en Santa Ana, solía dar paseos vespertinos con los jóvenes poetas y bohemios José Valdés, Gilberto González y Contreras, Juan Vásquez Mejía, Bernardino Eduardo Zamora, Manuel Farfán Castro y Carlos Rodríguez Torres.

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Oriundo de San Salvador, se marchó del país a los 19 años de edad y jamás regresó. Considerado el primer pintor salvadoreño, su obra plástica fue exhibida en fechas recientes en el Museo de Arte de El Salvador (MARTE).

En 1920, se radicó en las ciudades de Guatemala y México. Para entonces, ya firmaba como Juan Cotto. Allá hizo amistad con José Santos Chocano, José Vasconcelos, Antonio Caso, Carlos Pellicer, Mauricio Magdaleno, Félix Fulgencio Palaviccini, Adolfo de la Huerta, Jaime Torres Bodet, Waldo Frank, Ramón del Valle-Inclán, etc.

“Honrado, útil y de costumbres puras”, vivía en una “gran pobreza”, aunque con aires de “vida de gran señor” bajo el mecenazgo de algunas importantes personalidades del quehacer social y cultural de la nación mexicana. Trabajó de forma temporal en la Secretaría Mexicana de Instrucción Pública y fue colaborador del diario católico El tiempo (1928-1933), de El universal y de las revistas México moderno y Ulises.

Rotograbado de un manuscrito de Cotto, que muestra influencia de la raza cósmica planteada por Vasconcelos. Imagen cedida por la Hemeroteca Municipal de Madrid, España.

A los 26 años de edad, disertó acerca de Beethoven, constructor de una nueva humanidad, discurso oficial de inauguración del monumento al músico germano situado frente al Palacio de Bellas Artes que le mereció notas periodísticas laudatorias.

Hombre alto, regordete, sonrosado, con cabello semirrubio, mitómano y de pensamiento católico, el “Infantito de la buena estrella” —como lo llamaba Porfirio Barba Jacob— fue nombrado representante de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ante la Universidad de El Salvador. Nunca ejerció el cargo. A su llegada al campus en San Salvador, en marzo de 1930, fue recibido con una lluvia de huevos y tomates por “los bárbaros de mi tierra”, atizados por una serie de “anécdotas regocijadas de bohemio sempiterno”, divulgadas por el escritor guatemalteco Rafael Arévalo Martínez y por el poeta y periodista colombiano Porfirio Barba Jacob. Ese ataque se constituyó en uno de los primeros delitos de odio reportados en suelo salvadoreño durante el siglo XX.

LECTURAS RECOMENDADAS:

Arévalo Andrade, Teresa.

Rafael Arévalo Martínez. De 1926 hasta su muerte en 1975.

(tomo II, Guatemala, Óscar de León Palacios, 1995).

 

González y Contreras, Gilberto. Hombres entre lavas y pinos. (México D. F., Costa Amic, 1946).

 

Magdaleno, Mauricio.

Las palabras perdidas.

(México, FCE, 2015).

 

Vallejo Rendón, Fernando. Barba Jacob. El mensajero (Bogotá, Penguin Random House, 2012).

El intelectual guatemalteco Manuel José Arce y Valladares indicó que Cotto “rezumaba pulcritud. Conversador amenísimo, embelesaba a sus oyentes con no escaso caudal de cultura. Hecho a alternar con lo más selecto de la aristocracia social, del pensamiento y del arte, nada tenía ya del provinciano de estas provincias. Vimos cómo en una tertulia conversaba en desenvuelto francés con unas gráciles parisinas recién llegadas que no conocían el español. Amaba el arte de Beethoven y, tras hablarnos copiosamente de su música, interpretó al maestro con limpia ejecución pianística”.

Falleció el 24 de enero de 1938, en su domicilio mexicano de la calle de Bruselas, número 7, aquejado de tuberculosis pulmonar. Fue sepultado en la sección de primera clase del Panteón Civil de México. Años más tarde, sus restos fueron repatriados e inhumados en Suchitoto, su “universo menor”, como lo llamara en uno de sus escritos poéticos.

Al morir, le dejó a la UNAM los manuscritos de 34 sonetos, poemas en verso libre, baladas y romances que fueron publicados como Cantos de la tierra prometida (México D. F., Imprenta Universitaria-UNAM, 1940, con notas prologales de José Vasconcelos y Antonio Caso). Fue un poeta “de precisión fervorosa, de convivencia cordial, delicada pasión, álgebra de luz y destreza métrica”, como un “poeta que se asombra del mundo” y “para quien la vida guarda arcanos íntimos”, al decir de los escritores salvadoreños Hugo Lindo y Gilberto González y Contreras.

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