Cartografías salvadoreñas de la fantasía

La construcción de mundos imaginarios (worldbuilding) en novelas de fantasía lleva implícito el manejo de elementos cartográficos. Así se diseñan el escenario general, los escenarios particulares y se forjan los paisajes literarios con sus floras, faunas, ciudades, personajes, caminos, etc.

Salarrué (1988-1975), en una fotografía de la década de 1960. / Foto Por EDH / archivo

Por Carlos Cañas Dinarte

Abr 30, 2021- 14:01

Entre agosto de 1928 y julio de 1929, varios números de la revista literaria Excelsior (San Salvador) dieron cabida a muestras de O-Yarkandal, un libro inédito redactado por el escritor y artista plástico salvadoreño Salvador Salazar Arrué, más conocido como Salarrué (Sonzacate, 1899-San Salvador, 1975). Para entonces, el manuscrito llevaba poco más de cuatro años en gestación, tiempo en el que había pasado por las manos y ojos de personas como el poeta y periodista colombiano Ricardo Arenales, alias de quien pasaría a la historia de las letras continentales como Porfirio Barba Jacob, otro de sus seudónimos.

La edición de esa novela de fantasía fue hecha en agosto de 1929, por la empresa tipográfica capitalina Patria, del empresario santaneco José Bernal. El volumen de 157 páginas, titulado O-Yarkandal. Historias-cuentos-leyendas de un remoto imperio fue puesto a la venta en la Librería Caminos, en el centro de San Salvador. Muy pocos ejemplares han logrado sobrevivir al tiempo desde esa editio princeps.

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Sin duda alguna, Salarrué fue uno de los primeros pintores latinoamericanos en transitar de la figuración a la abstracción y al futurismo, con base en su propio trabajo dentro de la teosofía y sus ejes de espiritualidad, misticismo y contemplación. En ese libro, el salvadoreño planteaba la existencia del reino mitomágico y legendario de Dathdalía, liderado por Euralas Sagatara, un alter ego del propio autor. En aquel imperio dathdálico en que se hablaba bilsac, Salarrué presentaba una utopía personal fundamentada en la teosofía que practicaba y en la que veía opciones de perfeccionamiento social, político, económico y cultural, pero mediante el dominio de la raza blanca sobre un conjunto de negros sometidos a la esclavitud y a la sexualización continua.

El poeta y narrador salvadoreño Jorge Galán (1973). Foto: EDH / archivo

Para 1971, cuando la Dirección de Publicaciones de la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación de El Salvador decidió hacer una reedición de esa obra salarruereana, el artista y creador la acompañó con diversas pinturas suyas de 17.5 por 24.0 cm, a todo color. Una de ellas fue el mapa del Imperio Dathdálico, donde se aprecian los detalles de ese territorio fantástico concebido por el salvadoreño. Fue una de las piezas estelares en las más recientes exposiciones de la obra plástica de Salarrué: El último señor de los mares (Museo de Arte de El Salvador, 2006) e Himántara Diama Xitrán: los mundos de Salarrué (Museo de la Palabra y la Imagen, 2009).

Desde autores de talla mundial como Tolkien o Martin, la representación de territorios diseñados forma parte de la plasmación de lo inmaterial mediante planos y mapas. Esos atlas de la fantasía o de la imaginación son herederos de una tradición cartográfica muy antigua, en la que los cosmógrafos y cartógrafos dejaban plasmados islas inexistentes, rutas mercantes ficticias, naves soñadas y monstruos marinos y terrestres. Así, esos mundos tenían una inexistencia física, pero sus coordenadas trazadas bajo cielos ficticios resultaban tener un fuerte impacto cultural. Y, si no, veamos el caso de La Tierra Media tolkieneana en los últimos 100 años.

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Salarrué trazó su mapa de Dathdalía a mano, con técnicas plásticas tradicionales. Medio siglo después, el mundo cuenta con generadores digitales de mapas de fantasía, como Inkscope, Ortelius, Inkarnate y otros. Con esas herramientas computarizadas, el mundo editorial de las novelas de fantasía entrega a sus lectores mapas que sirven de ubicación espaciotemporal no sólo para sus públicos lectores, sino también para sus propios autores y creadores. Para el caso, la usual escala cartográfica 1:100,000 (1 cm de mapa es igual a 100,000 metros o 100 kilómetros) sirve para fijar los recorridos y tiempos que deben hacer los personajes para cumplir con las líneas argumentales de cada obra.

Dentro de estos trabajos más recientes del worldbuilding, le correspondió a Gabriel Martínez Meave (Ciudad de México, 1972) la creación del mapa bicolor que acompaña a La ruta de las abejas (Barcelona-México, Gran Travesía-Editorial Océano, 2020, 272 págs.), primera entrega de la trilogía fantástica concebida por el poeta y narrador salvadoreño Jorge Galán (San Salvador, 1974). En dicha obra, se aprecia el recorrido realizado por el joven campesino Lobías Rumin desde su casa en Eldin Menor (localidad situada al sureste del continente insular Trunabait) para atravesar el Valle de las Nieblas y así acceder hasta el Árbol de Homa, el primero de los árboles del mundo, sembrado en la zona de Naan. Una aventura literaria clásica, bajo el riguroso análisis del ruso Vladimir Propp.

1. Parte del mapa del Imperio Dathdálico, trazado en color por Salarrué para la reedición de su novela, publicada en 1971. Escaneado cedido por el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), San Salvador. 2. Mapa del continente insular de Trunaibat, incluido en el primer tomo de La ruta de las abejas, novela de fantasía del salvadoreño Jorge Galán. Imagen digital proporcionada por Grupo Editorial Océano, Barcelona-Ciudad de México.

Con sumo detalle, ese prestigioso diseñador gráfico, ilustrador y tipógrafo chilango (fundador, en 1994, de su empresa Kimera, con la que ya le ha aportado más de quince tipos de letras a la tipografía latinoamericana contemporánea) retomó los detalles fantásticos contenidos en el manuscrito de Jorge Galán y los plasmó en un mapa, que adorna el principio y final de esa primera entrega de la trilogía narrativa, cuyo segundo volumen está pronto a salir en pocas semanas en España.

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Entre los dos libros de Salarrué y Jorge Galán hay casi un siglo de distancia editorial y, por lo menos, media centuria entre sus respectivas cartografías de la imaginación. Sin embargo, es muy llamativo que en ambas piezas literarias existan elementos comunes más allá de las costas, montañas y paisajes ficticios o las tramas en que se desenvuelven sus personajes. Pervive la violencia estructural y se metaforiza en diversas formas. Hay asesinatos. Hay guerra. Hay homicidios y agresiones. Las ficciones de ambos creadores salvadoreños abrevan entonces en las formalidades narrativas de fuentes lejanas, como las de Las mil y una noches, con sus horrores raciales y esclavistas, sus decapitaciones y sus batallas sangrientas. La fantasía retoma realidades, pero para mostrarlas de manera más dramática en sus frases y trazados cartográficos.

En ese sentido, las cartografías de la imaginación de ambos autores salvadoreños se afincan en esa remota tradición medieval del monstruario, donde seres de pesadilla y ensueño salían al paso de los viajeros, aventureros y exploradores que osaban recorrer aquellos caminos trazados o no en los mapas de esas ínsulas idílicas o de continentes enteros repletos de tesoros jamás imaginados.

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