No más desfiles ceremoniales

“La modernidad no surgió nacida como virgen de la batalla del Somme”, Philipp Blom. The Vertigo Years. Europe 1900-1914 (2008).

Foto izq.: Desnudo bajando una escalera nº 2, 1912, óleo sobre lienzo. Der.: La policía británica captura a la suffragette Emmeline Pankhurst, durante una manifestación para pedir el voto para las mujeres en la década de 1920. / Foto Por EDH- Photo12

Por Dra. Katherine Miller

Ene 12, 2020- 05:00

La llegada del fenómeno de “la modernidad” no fue anunciado ni en un despacho de prensa ni en una parte de guerra ni durante ni después de la Primera Guerra Mundial. Una de las ocasiones en la que podremos ver, como por un cerrojo, la construcción —o, mejor dicho, la deconstrucción— de la modernidad es en las ideas presentadas aquí para su consideración.

Tomamos el momento en que comenzó la modernidad, el período que conocemos como la Bella Época, es decir, las últimas décadas del siglo XIX, antes de la Primera Guerra Mundial, que inició en agosto de 1914. Fenómenos como la modernidad son mejor entendidos por el espejo retrovisor de un automóvil en movimiento veloz. La velocidad era un fenómeno en sí, en contraposición con la vida de las clases aristócratas en sus tiempos de ocio. Consideramos las palabras de Virginia Woolf en su conferencia en la Universidad de Cambridge en 1923, después de la guerra:

“Todas las relaciones humanas se han transformado —aquellas entre amos y sirvientes, esposos y esposas, padres e hijos. Y cuando las relaciones humanas se transforman, hay también cambios en la religión, la conducta, la política y la literatura”.

También se pueden considerar estos cambios modernos en el ser humano y sus relaciones después de la guerra al visualizar la imagen implantada en la conciencia de Europa y el mundo entero en la obra de arte de ese mismo año: Desnudo bajando la escalera nº 2. Preparamos las condiciones para desempacar, metafóricamente, la comparación entre las novelas de Ford Madox Ford y sus contemporáneos Virginia Woolf y Marcel Duchamps.

Desnudo bajando una escalera nº 2, 1912, óleo sobre lienzo. Del Museo de arte de Filadelfia, Estados Unidos.

Una de las muchas obras de arte literaria de este período de la postguerra abarca una presentación impresionista de lo que pasó a la sociedad antes, durante y después de la Gran Guerra. Es la serie de cuatro novelas del escritor inglés-alemán Ford Madox Ford publicada en Inglaterra entre 1924 y 1928 bajo el título Parade´s End (No más desfiles). La tetralogía está compuesta por: Some do not… (Algunos no…) de 1924; Parade´s End (No más desfiles) de 1925; A Man could stand up (Un hombre pudo estar parado) de 1926 y Last Post (Último puesto) publicada en 1928.

En estas novelas de más de 1,200 páginas, Ford comienza con presentar la clase inglesa aristocrática que todavía administraba el mundo del Imperio Británico antes de la Primera Guerra Mundial en el personaje, de Christopher Tietjens, un aristócrata quien todavía actúa según los códigos de honor de sus ancestros. Lo conocemos como un aristócrata, terrateniente con tierras ancestrales en Yorkshire, en el norte de Inglaterra, quien, al principio, ocupa un puesto en el Ministerio Imperial de Estadísticas en Londres. Su esposa, Sylvia, es una mujer no menos aristocrática, pero, por sus actuaciones, sin valores morales asociados con su clase. Tietjens es anglicano; Sylvia es católica y pertenece a una de las familias antiguas del norte de Inglaterra, con raíces en los que, durante el rompimiento de Enrique VIII con la iglesia de Roma, montaron El Peregrinaje de Gracia para impedir el saqueo de los monasterios. Las tradiciones del pasado pesan tremendamente en el ambiente presentado, pero comienzan a fragmentarse por los golpes del martillo de herrero que es la guerra.

Entre los muchos otros personajes, se conoce a Valentine Wannop, una mujer moderna, “suffragette” (del movimiento violento que en Inglaterra pedía el derecho al voto para las mujeres inglesas). Valentine Wannop, aunque no de una familia aristocrática, es, como Christopher Tietjens mismo, entrenada en la tradición clásica de las universidades inglesas y es latinista par excellence, gracias a las enseñanzas de su padre, un profesor reconocido y famoso entre los personajes del círculo social, en el que en desayunos y almuerzos, como en placas de petrie científicas, se examinaba la sociedad. La educación clásica en latín y griego y su literatura y valores, metáfora que representa la antigua sociedad —l´ancien régime— conforman un baluarte y ambiente que está minuciosamente fragmentando y degradándose. La educación clásica en latín y griego es un tema contundente como un hilo de hierro por todas las cuatro novelas.

En su matrimonio, Christopher y Sylvia tienen un hijo, pero Christopher no es el padre —una problemática nunca resuelta, como los conflictos de las tradiciones religiosas que menciona Virginia Woolf. Sylvia se va de viaje a Alemania con su amante, un militar inglés. Le chagrin y el choque social que resultan para Tietjens son enormes. No obstante, cuando Sylvia le envía un telegrama (ilustración del advenimiento de los medios de comunicación moderna), Tietjens decide no divorciarse, guiado por su fuerte y dogmático código aristocrático de honor y para proteger tanto a su esposa como a su propia reputación. Él le manda a decir que la acepta de regreso para cubrirla con su anticuado honor. Sylvia responde con un telegrama de una sola palabra, “righto” (“correcto”) y Tietjens viaja hasta Alemania para recogerla, dejando saber al público que ella estaba cuidando a su madre en un spa alemán.

Así las cosas, se perciben las fracturas con el modo de vivir de los siglos anteriores. Christopher no aguanta la verguenza (aunque no dice nada todos saben de la situación), y renuncia a su puesto en el Ministerio Imperial de Estadísticas donde es presionado, por el antiguo código de honor aristocrático de su clase, a alterar las estadísticas para encubrir la situación real del reino. Se alista en el ejército para escapar a su situación social intolerable y se va a Francia y a la guerra, como los jóvenes de élite de las universidades de Cambridge y Oxford. Allí sufre un percance, al estar cerca de una explosión, que lo deja sin sensación y con amnesia —una metáfora de su situación social y personal fragmentada.

Trinchera británica durante la batalla de Somme, Francia, en julio 1916. Foto EDH / Museo Imperial de guerra

Mientras tanto, en el trasfondo de la guerra en que Ford escribe sus novelas, la “modernidad” se presenta, simultáneamente con los acontecimientos de sus novelas. El cine y fotografía se desarrollan, los periódicos se vuelven imperios mediáticos, los ingenieros abundan como nunca antes; los tecnócratas también. Las ciudades sufren explosiones de poblaciones, el fascismo aparece junto con el matadero industrial de las trincheras en el continente. Como declarara Ford, después de la muerte de la reina Victoria en 1901, “los humildes no heredaron la tierra; fueron los británicos”. Sigmund Freud enseñó a toda una generación y a una civilización entera que se tenían que encontrar las razones emocionales y subconscientes para los síntomas de comportamiento humano. Además, según Freud, todas las aflicciones de la mente tenían sus raíces en la sexualidad: hay que analizar los sueños. El lenguaje encubre más secretos que revelar. Ya no se podía confiar en las apariencias.

Lectura recomendada

*Ford Madox Ford. Parade´s End and The Good Soldier.

 

*BBC producción de Parade´s End (2013).

 

*Edgar Elgar, compositor. Pomp and Circumstance.

 

*Walter Benjamin. La obra de arte en la época de la reproducción mecánica.

 

Con eso, regresamos a la comparación de la novela con la obra de arte de Marcel Duchamps. Lo que llama la atención en las similitudes entre la obra de arte de Duchamps y la literaria de Ford pueden ser las similitudes entre la fragmentación de un modo de vivir en la novela, que es esparcida entre los tres personajes principales cuando ellos demuestran cada uno los síntomas del fraccionamiento de su época y su paso hacia la nueva vida moderna. El mismo reflejo de la fragmentación de la vida y el Weltanschauung del período es ilustrado por las placas en forma de cubos en la obra de Duchamps, con sus conexiones tangenciales, fracturadas entre sí, en la obra de arte Desnudo bajando una escalera nº 2. Para Christopher, es el rompimiento de los códigos de honor de su clase; para Sylvia la libertad sexual que le cuesta su matrimonio y causa su degeneración; para Valentine Wannop es el movimiento hacia el futuro moderno y su función como un puente entre el antiguo mundo (la educación clásica en latín) y su participación en el movimiento por el voto de la mujer que es paralelo con su insouciance hacia la idea de matrimonio.

Desempacando la analogía arriba, podemos, por ejemplo, ver parte de la visión del mundo antiguo en Christopher Tietjens, un miembro de una clase feudal, Christian (anglicano) en su punto de vista, clasicista en su educación y Tory (conservador) en la política, además de ser un veterano de la guerra, con su comportamiento a causa de su amnesia y un leve mal funcionamiento de su cerebro por la explosión (aunque poco a poco se vuelve a la normalidad emocional después de sus experiencias en la guerra con la ayuda de Valentine).

Otra parte, casi antagónica, se ve en el personaje de Valentine Wannop, clasicista, suffragette, moderna, pelo corto y descuidada sobre el asunto del matrimonio con la voluntad de hacer feliz a Christopher a toda costa, hasta vivir con él, abiertamente, sin casarse en este nuevo mundo moderno de la postguerra.

En Sylvia, una mujer arrogante, moralmente caótica, sin juicio sobre su comportamiento, se presenta una crueldad casi desnuda de usar su sexualidad como arma contra sus amantes y contra Christopher mismo. “Lo voy a atormentar,” declara Sylvia, hablando de Christopher. Este paquete tripartito de tres personajes cubre aspectos ilustrativos del desarrollo de nuevas actitudes del período moderno de antes, durante y después de la guerra. Es verdad que la modernidad no surgió como virgen después de la batalla del Somme. Fue un proceso doloroso de décadas.

La metáfora del hilo de la educación clásica teje una semblanza de continuidad desde la introducción de Valentine como latinista. Pasa por el soldado galés en las trincheras, bajo el mando de Christopher, pues, ellos hacen competencias en escribir sonetos clásicos y se retan a traducirlos al latín bajo la presión del tiempo—con “deadlines”, aun bajo el fuego alemán. Son los tiempos de los poetas de la guerra, de Sigfried Sasson, Rupert Brooke y Wilred Owen que son, como Tietjens y demás representantes de las élites y la crème de los mejores potenciales líderes de Inglaterra, educados en latín y griego en las universidades de Inglaterra. Mueren. Pero Tietjens y otros sobreviven y logran avanzar a la nueva era, con la ayuda de mujeres modernas y no aristocráticas como Valentine Wannop. Otros millones mueren por gas, explosiones y los fusiles de la Gran Guerra.

Estas cuatro novelas conforman un acto enorme para ayudarnos a entendernos a nosotros mismos en uno de los primeros períodos de postguerra que nos han marcado hoy. Otros períodos parecidos ocurren después de la Segunda Guerra Mundial, después de la Guerra en Vietnam, la guerra en Argelia, en la ex-Yugoslavia, en Afganistán y guerras civiles como las de El Salvador. Estas novelas, sin duda, nos ayudan a entendernos. Son puentes entre los dos mundos. Pero las caídas y desconexiones entre los dos mundos forman la fábrica de continuidad y fraccionamiento de modalidades de vida presentadas en las cuatro novelas de Ford, quien dijo que su tetralogía se trataba de “worry” (preocupación) de toda una época que está fundiéndose.

Escandaloso era todo eso para las generaciones antes de la guerra. Pero en la postguerra de Europa, la literatura experimenta los efectos de la modernidad en James Joyce, Marcel Proust, Virginia Woolf, T.S. Eliot, Ezra Pound, Ford Madox Ford, entre muchos más. Todos ocupan la nueva técnica del “monólogo interior”, con tintes del flujo de conciencia como en el análisis de Freud, para explicar e ilustrar los cambios personales que experimentan los personajes.

James Joyce, Ezra Pound, Ford Madox Ford y John Quinn (abogado de Joyce) en el estudio parisino de Pound en 1923. Colección Mary de Rachewiltz.

Esta no es, entonces, solamente una secuencia de novelas de guerra, sino que una explicación personal, emocional, social y estética de los cambios personales de toda una postguerra. Parecen estas novelas de Ford a las obras y técnicas de Joyce, Proust, Woolf y muchos de sus contemporáneos. Y ahora, aun después de las décadas desde 1914 y 1945, los europeos no consideran que haya terminado su postguerra. Continúan con los procesos de cómo entender lo que pasó.

Al final de la obra, Christopher Tietjens comenta: “No va a haber más esperanza, no más gloria ni para la nación, ni para el mundo, y me atrevo a decir, que ya no va a haber más desfiles ceremoniales”. Pero él continúa con una vida feliz con Valentine Wannop en la que se recupera de sus problemas psicosociales provenientes de la guerra y los procesos de modernización.

Es que, irónicamente, estas cuatro obras están llenas de esperanza y nueva vida. Las pruebas morales y culturales de cada uno de los personajes resultan en transformaciones personales de tal manera que nos presentan unas ilusiones sólidas que podemos transferir a nosotros mismos, y que nos llevan adelante, con esperanza, aun frente a las situaciones tremendas del mundo hoy.

Representan un ejemplo de lo que dijo el filósofo italiano, Antonio Gramschi, en sus momentos más oscuros: frente al pesimismo del intelecto, hay que optar por el optimismo de la voluntad.

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