La historia de cuando Maximiliano Hernández Martínez “Se fue” para siempre

El general de la brigada o brigadier gobernó por 13 años en El Salvador, pero hay más datos relevantes de su dictadura, unos muy relacionados a su vida privada como los que se develan en este artículo.

Foto Por EDH

Por Carlos Cañas Dinarte

May 04, 2019- 04:00

Tras la derrota que varios grupos políticos sufrieran frente al Partido Laborista Salvadoreño en las elecciones presidenciales de enero de 1930, el nuevo mandatario, el ingeniero Arturo Araujo, dispuso entregarle la Vicepresidencia de la República y el Ministerio de Aviación, Guerra y Marina a uno de esos aspirantes derrotados: el general de brigada o brigadier Maximiliano Hernández Martínez. Como única condición le impuso que contrajera matrimonio con Concha Monteagudo, con quien el militar ya había procreado varias hijas y un jovencito llamado Eduardo.

Quizá debido a los descalabros administrativos de su gobierno y a la severa crisis económica en la que se encontraba sumido el país, el presidente Araujo no se dio cuenta de la puerta grande que, con aquella acción, le abría a aquel militar que hasta ese momento no había descollado más allá de los salones y cuarteles en los que había estado destacado, desde donde había redactado y publicado un manual escolar para la enseñanza de la gimnasia y otras obras.

A raíz del golpe de Estado contra Araujo que se produjo en la noche del 2 de diciembre de 1931, el directorio militar atendió las disposiciones establecidas en la Constitución Política de 1886, por lo que le entregó el Poder Ejecutivo al vicepresidente Hernández Martínez. La junta golpista se disolvió el 10 de diciembre y sus miembros pasaron a ocupar importantes puestos dentro del naciente régimen. Así iniciaban casi 13 años de hierro y fuego en la historia de El Salvador.

Nacido en San Matías, departamento de La Libertad, el 29 de octubre de 1882, el brigadier Hernández Martínez ingresó al ejército salvadoreño el 15 de enero de 1899, después de haber logrado el grado de subteniente en Guatemala. Dentro del estamento castrense salvadoreño, compuesto por casi tres mil efectivos, él había fungido como instructor de la Escuela Politécnica Militar (1900-1922) y como inspector general del ejército. Además, había logrado subir, grado a grado, los peldaños del escalafón: teniente (1903), capitán (1906), capitán mayor (1906), teniente coronel (1909), coronel (1914) y general de brigada (1919).

Portada de El Diario de Hoy del martes 9 de mayo de 1944, con el anuncio de la renuncia del dictador Hernández Martínez, anunciada la noche previa por las radioemisoras nacionales.

Hernández Martínez era un fanático del orden, de la austeridad, del deber y de la honestidad. Aprendió inglés por su propia cuenta, con libros y discos, a la vez que se adentraba en los terrenos del ocultismo y la teosofía, de donde se derivaban sus creencias en la ley del karma, la magia, el cuerpo astral, la transmigración de las almas y la evolución espiritual humana mediante una suma de vidas y reencarnaciones.
Su figura era un tanto contradictoria con los estereotipos de los militares tradicionales de entonces: mediano de estatura, delgado, caído de hombros, lector incansable, muy moreno de piel, ojos pequeños y rasgados, casi de tipo asiático, voz suave y con cierto tono sibilante al pronunciar la letra S. No comía carne ni ingería bebidas espirituosas, lo que generaba inquietud en los gremios de carniceros y dueños de estancos y cantinas. Su dieta básica la constituían el maíz, los frijoles y las verduras, alimentos apoyados por agua purificada por los rayos solares, por lo que muchos lo apodaron “el brujo de lash aguash azulesh”.

Responsable directo de la represión militar contra el levantamiento etnocampesino y filocomunista de enero de 1932, su gobierno de facto fue reconocido por países de toda América y Europa. Considerado un funcionario probo -pese a dirigir un régimen carcomido por el tráfico de estupefacientes y drogas heroicas-, vigiló para que la corrupción no se enseñoreara entre sus subalternos y colaboradores, dado que las necesidades del país y del gobierno eran muchas, los presupuestos anuales no superaban los 14 millones de colones y los precios internacionales del café seguían a la baja desde la quiebra estadounidense de 1929.

Durante sus sucesivas gestiones presidenciales, se iniciaron las obras de construcción de las calles “5 de noviembre” y de los Planes de Renderos, de las que comunicarán a la capital con Santa Ana y San Miguel, al mismo tiempo que se procedió a la etapa final de la pavimentación de las vías de Santa Ana, se construyó el puente Cuscatlán sobre el río Lempa, se inauguró el parque Cuscatlán en San Salvador y se promulgó una nueva ley de inmigración, para frenar el ingreso de negros, chinos, “turcos” (árabes y palestinos), húngaros (gitanos o magyares) y sacerdotes extranjeros que pudieran poner en peligro la gobernabilidad del país con sus faenas y enseñanzas.

Pese a esta disposición, permitió el ingreso del pintor español Valero Lecha y del guitarrista paraguayo Agustín Pío Barrios Mangoré, fundadores de importantes academias artísticas en San Salvador, aunque hizo que fuera detenido en el aeropuerto de Ilopango el poeta y republicano español Rafael Alberti, mientras hacía escala en su viaje hacia el exilio, lejos de la guerra civil española.

Aunque mantuvo una severa censura de la prensa, el régimen martinista buscó crear condiciones para el desarrollo integral del país, por lo que facilitó la autonomía de la Universidad de El Salvador, permitió la instalación permanente de los jóvenes exploradores (“boy scouts”, bajo patrocinio del Club Rotario), combatió las plagas de chapulín y la matanza innecesaria de pájaros, a la vez que estudió la generación de electricidad por medio de represas en el río Lempa, para combatir el descuaje masivo de los árboles usados para la producción de leña.

En enero de 1934 y abril de 1944, el general Hernández Martínez supera, a sangre y fuego, sendos complots fraguados en su contra por militares y civiles. Después de varias reelecciones legislativas, sin consulta popular, ya había mucho descontento entre la población, al que se sumaba el llanto de todos los familiares de los opositores fusilados por órdenes del mandatario, cada vez más aferrado a la idea mesiánica de ser el Benefactor de la Patria y el único que podía sacar adelante a El Salvador.

El gobernante Hernández Martínez visto a bordo de un vehículo Jeep, durante una de sus periódicas visitas al interior del territorio nacional.

Al fracasar la intentona militar del domingo 2 de abril de 1944, fueron los estudiantes universitarios quienes, a partir del 28 de abril, se lanzaron a la huelga para protestar contra el régimen dictatorial y obligarlo a acelerar su propia caída. En forma gradual, en los primeros cinco días de mayo, otros sectores sociales y profesionales se fueron sumando a la gran manifestación de resistencia pacífica fundamentada en las enseñanzas del líder indio Mahatma Gandhi. Así fue como se unieron los trabajadores de fábricas, ferrocarriles, autobuses, comercio y banca hasta culminar con la generalidad de empleados públicos y de centros hospitalarios para dar forma a la huelga de brazos caídos.“El brujo de lash aguash azulesh” permaneció impasible hasta el 4 de mayo, cuando salió de su mutismo y se dirigió a las clases sociales de más precarias economías, con halagüeñas promesas de profundas reformas sociales. La huelga y la resistencia pacífica prosiguieron.

El domingo 7 de mayo de 1944, un policía nacional mató por la espalda al adolescente estadounidense José Roberto Wright Alcaine. Ese gesto de brutalidad desató la indignación generalizada, la asistencia masiva a los funerales de la víctima y la presión internacional encarnada por Walter Thurston, el primer embajador de los Estados Unidos de América en territorio salvadoreño.

A las 7:00 p.m. del 8 de mayo, el presidente y brigadier Hernández Martínez anunció por radio que renunciaba al mando y entregaba la Presidencia de la República, lo que la Asamblea Nacional Legislativa aceptó el día 9 mediante el decreto número 34. Se daba inicio a la gran fiesta cívica popular: el dictador había caído. Dos días más tarde, Hernández Martínez abandonaba suelo patrio por vía terrestre y se adentraba en territorio guatemalteco, del que pronto saldría expulsado hacia otros destinos, como Estados Unidos, Venezuela y Honduras.

Aunque volvió brevemente al país en julio de 1955, sus afanes estaban orientados al cultivo de la tierra en la localidad hondureña de Jamastrán, Danlí, donde lo encontraría la muerte, venida en las manos ebrias de su propio motorista Cipriano Morales, el 15 de mayo de 1966. Tres días después, sus restos llegaron al aeropuerto internacional de Ilopango, a bordo de un avión de la Fuerza Aérea Hondureña, desde donde fueron trasladados al Cementerio General de San Salvador. Una reducida concurrencia les dio sepultura hacia la caída de la tarde. Su mausoleo aún no exhibe ninguna placa con su nombre.

Luego de aquellas jornadas de abril y mayo de 1944, mientras el teósofo Hernández Martínez se marchaba hacia el ocaso de su gestión y de su vida, entre las masas jubilosas y desordenadas que festejaban en la capital sobresalía un cartel, en el que sólo se leía: “SE FUE”. En medio de aquella fiesta nacional -que no implicaba la disolución de la huelga general-, quizá nadie prestaba ya atención al primer párrafo del último discurso radiofónico del ya exmandatario: “no creo en la historia, porque la historia la escriben los hombres”.

 

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