Los salvadoreños que dejaron su huella en el desembarco de Normandía

El 6 de junio de 1944, en el masivo desembarco aliado en las playas de Normandía (Francia) participaron soldados de diversas nacionalidades. Cuatro eran oriundos de El Salvador.

Procedentes del guardacostas USS Samuel Chase, soldados de las Compañía E del 16o. Batallón de la Primera División de Infantería desembarcan en la playa Omaha, en la mañana del 6 de junio de 1944. Foto titulada “En las fauces de la muerte”, hecha por el suboficial Robert F. Sargent (1923-1969).

Por Carlos Cañas Dinarte

Jun 05, 2020- 21:30

La rubia melena parecía mecerse con el viento en aquella madrugada lluviosa. La dueña de esos cabellos de ensueño era la figura femenina pintada en el fuselaje del Blue Dreams, un Liberator B-17 del 91 grupo de bombarderos perteneciente al 323o. Escuadrón del Octavo Ejército de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, acantonado en el Reino Unido.

Sobre el Canal de la Mancha, el radio-operador de esa aeronave de combate era el sargento técnico y cañonero México J. Barraza (Usulután, 1916-San Salvador, 1981). En otro bombardero se transportaba el también salvadoreño Carlos Alberto Fuentes (San Salvador, 1917-¿?), quien, como capitán piloto del Octavo Ejército, participó en el transporte de paracaidistas para ese “día más largo de la historia”, como lo designó Cornelius Ryan.
Desde septiembre de 1939, el avance de las tropas nazis comandadas por Adolf Hitler había resultado imparable. Gran parte de Europa se encontraba ocupada y las fuerzas aliadas buscaban entrar en esos territorios para obligar a los alemanes a replegarse.

Para iniciar un ataque frontal contra el Tercer Reich, el comando aliado diseñó la Operación Overlord, consistente en la invasión militar masiva de Europa por medio de un desembarco táctico en una zona costera de 80 kilómetros situada en Normandía, en el lado francés del Canal de la Mancha. A esa parte específica de la invasión se le denominó Operación Neptuno. Sin que se hubieran superado las inclemencias climáticas de la jornada anterior, en la madrugada del 6 de junio de 1944 (el llamado D-Day o Día D) se produjo la invasión. Diez divisiones militares de los aliados salieron por aire y mar desde las islas británicas y, tras arribar a la costa normanda, buscaron tomar posiciones en cinco playas bautizadas con los nombres clave de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword.

El usuluteco México J. Barraza fue uno de los casi 500 salvadoreños que pelearon con las fuerzas aliadas durante la II Guerra Mundial.

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Bajo el intenso fuego de fusilería, artillería y aviación con que fueron recibidos por las defensas nazis, miles de soldados de los 250,000 que llegarían a esos lugares en 50,000 aviones, barcos y vehículos anfibios entregaron sus vidas. Los militares de Estados Unidos desembarcaron en Utah y Omaha. En esta última se libraron los más fuertes combates del Día D y murieron 6,000 estadounidenses y 15,000 quedaron heridos.

Uno de esos soldados que desembarcaron se había enlistado en el ejército estadounidense en California. Se llamaba Ricardo Harrison Morales, había nacido en Santa Tecla (El Salvador), el 17 de mayo de 1925, y era hijo del entonces diputado salvadoreño Alfredo Harrison y de María Morales de Harrison.

Desde Europa hasta el Pacífico sur, cientos de salvadoreños combatieron al eje nazi-fascista-japonés. No solo se trataba de vivir la aventura bélica del momento, sino que la muerte, las heridas o el retorno tenían sus respectivas recompensas. Si morían en combate, el seguro para sus familias era de 10 mil dólares o 25 mil colones. Si resultaban heridos o regresaban sanos y salvos, eso les aseguraba la nacionalidad estadounidense, sólidas pensiones económicas y oportunidades de buenos trabajos en territorio continental o bajo ocupación.

Como Harrison Morales, Barraza y Fuentes, casi 500 salvadoreños fueron aceptados en esas filas castrenses. Quienes fueron descartados del servicio activo se incorporaron a labores logísticas más periféricas, como la limpieza y mantenimiento de barcos, submarinos y aviones de transporte y combate acantonados en la zona del canal de Panamá o en las bases californianas.

Riflero o fusilero de una compañía del 359º Regimiento de Infantería de la 80ª División del ejército de Estados Unidos, Harrison Morales —apodado El negro y Relámpago— desembarcó en la playa Omaha, a la que también arribaron un británico y un estadounidense, que se llamaban igual que el salvadoreño (denominado Richard Harrison en su documentación de guerra). El europeo y el norteamericano murieron en ese frente de guerra, el 22 de junio y el 3 de julio de 1944, respectivamente.

El 25 de julio, las fuerzas de los generales Patton y Montgomery desencadenaron una amplia ofensiva contra las divisiones blindadas alemanas, a las que derrotaron. Eso permitió capturar los poblados franceses de Coutances y Avranches y facilitó la movilización del ejército de Patton para recuperar zonas portuarias. Como respuesta, Hitler ordenó un contraataque a partir del 6 de agosto, pero esa ofensiva a gran escala terminó en un importante fracaso táctico debido al cerco aliado de Falaise, del 12 al 22 de agosto.

El sargento salvadoreño México J. Barraza (izq.) y la tripulación del B-17 Blue Dreams.

El tecleño Harrison Morales tomó parte en el cerco de Falaise. En la tarde del 16 de agosto de 1944, resultó herido de gravedad en una escaramuza en Menil-Froger. Conducido al hospital de campaña, el salvadoreño que había sobrevivido al Día D y a las demás jornadas intensas de la Operación Overlord no pudo continuar más. Con la premura del caso, sus restos mortales fueron sepultados en la tumba 32, fila 2, campo A del cementerio militar estadounidense de Corneille. Faltaban apenas siete días para que los aliados alcanzaran y atravesaran el río Sena y, dos días más tarde, el 25 de agosto, liberaran París.

Por desgracia, quizá nunca pueda saberse si Harrison Morales tuvo oportunidad de verse y conversar con otro compatriota, Santiago Álvarez h., vástago de Santiago Álvarez y de su esposa Anita, residentes en el barrio de El Calvario, en la ciudad de San Salvador. Enlistado en la infantería estadounidense, Álvarez hijo también desembarcó de Normandía y fue alcanzado por una bala unas horas antes de su ingreso a la capital francesa. Hasta la fecha no ha sido posible localizar información certera que confirme si solo fue herido o murió como consecuencia de ese disparo. Tampoco hay muchos datos de su hermano José Antonio, quien combatió en las filas estadounidenses en el frente del Pacífico sur.

El sargento Barraza continuó en servicio activo y fue condecorado muchas veces. Cumplió 36 misiones sobre suelo europeo, encomendadas por la Octava Fuerza Aérea, asentada en Inglaterra. Por su parte, el también condecorado capitán piloto Fuentes tripuló aviones Lockhead C-47 y Liberator B-17, B-24 y B-29, con los que intervino en ataques aéreos contra fábricas nazis en Noruega, la invasión a Guam y el intenso bombardeo contra Japón, antes de las detonaciones atómicas.

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Tras la derrota y ocupación de Alemania y Japón, los ejércitos aliados comenzaron a entregar cadáveres y reconocimientos a las familias de los soldados extranjeros que pelearon en sus filas. El de Estados Unidos no fue la excepción. Desde Francia hasta Puerto Barrios (Guatemala), el cuerpo de Ricardo Harrison Morales fue repatriado en un ataúd sellado que fue sepultado en la tumba de su familia, situada muy cerca de la entrada principal del cementerio municipal de Santa Tecla, en una ceremonia desarrollada a partir de las 16:00 horas del martes 7 de junio de 1949. Poco más de un año después, en octubre de 1950, la familia Harrison Morales recibió una placa de bronce, como reconocimiento por los servicios prestados por su hijo al ejército norteamericano, que también le otorgó diversas preseas posmortem.

Al cumplirse 76 años del Día D, el pesado silencio nacional no debiera de ser lo único que acompañe a Barraza, Fuentes, Álvarez y Harrison Morales, los salvadoreños que pasaron a la historia desde Normandía. Cuando un día se documente y escriba la historia de la participación salvadoreña en la Segunda Guerra Mundial, las vidas y obras de ellos y de sus demás compatriotas enlistados encontrarán su verdadero reconocimiento nacional.

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