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Por indirecciones, encontrar direcciones: aquel verano de 1914

“Todo parecía extraño, portentoso e irreal, como el resplandor amarillo antes de una tormenta”. Edith Wharton, novelista americana, en su autobiografía A Backward Glance.

Por Katherine Miller. Doctorado en Estudios Medievales y Renacentistas de UCLA. | Oct 16, 2021- 11:37

En el año 1914, el Imperio Austrohúngaro declaró guerra contra Serbia por medio de un telegrama. Ni siquiera era una carta formal con firma. Era una bofetada en la cara para humillar a Serbia y provocar una guerra. Era una metáfora, una señal de los tiempos de nacionalismos exagerados y explosivos en la Europa del imperio de la dinastía de los Habsburgos de Alemania, Francia, Bohemia, Moravia, Slovakia y de Rusia e Italia.

El año anterior, 1913, en Francia, Marcel Proust había publicado su novela sobre el tiempo perdido, tiempo desgastado, tiempo recuperado, tiempo nuevamente entendido y la colaboración con el tiempo pasando: A la recherche du temps perdu. Robert Musil, en Viena, publicó su novela A man without qualities, con el tiempo interno de remembranza en el que dibujaba los valores vacíos y el ambiente ético hueco de un hombre de la Viena del Imperio Austrohúngaro en la antesala de la Gran Guerra. En Inglaterra, Ford Madox Ford publicó El buen soldado, presentando un escenario en Europa como una fiesta en un jardín inglés donde la superficie era comme les pieds dans la boue et en toilette de bal (como con los pies en el fango, pero vestido por un vals). Las corrientes subyacentes estaban tan tensionadas hasta el punto de que un esposo en un matrimonio turbulento en su interior, pero plácido en apariencia, tiraba una chuleta de cerdo en salsa a su esposa durante una cena elegante. Todos siguieron cenando y platicando, como que nada había pasado, manteniendo la superficie perfecta de la sociedad inglesa. Unos años después, en la década de los años 1920, James Joyce publicó Ulysses y Virginia Woolf publicó Mrs. Dalloway, ambos representando el mundo con el tiempo fracturado del subconsciente, expresado abiertamente en un estilo de flujo desbordado de la conciencia parecido al arte del Cubismo, como en la pintura Nude descending a staircase, de Marcel Duchamps, o de Les Demoiselles de Avignon, de Pablo Picasso. Los rusos en Francia —Igor Stravinsky, el compositor, y Vaslav Nijinsky, el bailarín-— conmocionaron las audiencias de París con los estrenos de los ballets, Petrouchka y Le Sacre du Printemps, en 1911 y 1913, justo antes del comienzo de las hostilidades en Europa en 1914.

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¿En qué se puede intentar entender y adjudicar la realidad histórica por medio de indirecciones? Por ejemplo, el arte, música y la literatura, adyacentes a los actos diplomáticos y las hostilidades; o, se le puede estudiar durante un período en su representación como historia analítica, desde diferentes ópticas y ángulos estableciendo causa y efecto según la visión política que está guiando.
Para descifrar el pasado, tal vez hay que considerarlo por medio de las indirecciones de, por lo menos, los cuatro géneros mencionados. Es de examinar toda la evidencia cultural y política que se puede utilizar para entender motivos, acciones y resultados. Consideremos entonces, desde esta perspectiva, lo que podamos de la Gran Guerra de la civilización occidental de 1914-1918.

Absurdo, a estas alturas, alegar que esta guerra comenzó a causa del asesinato del Archiduque Ferdinando del Imperio Austrohúngaro, en el Sarajevo de junio de 1914. Y se ha superado esta tesis con la documentación desenterrada de historiadores del siglo XX que, en última instancia, revelan las intensidades pujantes de los nacionalismos ardientes en Europa Central y las arrogantes exigencias de los imperios de Alemania y el Austrohúngaro. David Fromkin, en Europe’s last summer: who started the Great War in 1914? (New York, 2004), ha documentado las intrigas, manipulaciones y conspiraciones agresivas que, al final, empujaron el continente de Europa hacia una guerra inimaginablemente salvaje, en que los grandes poderes iban a construir nuevos imperios y perder los viejos.

Al final de la guerra, ya no existía el imperio colonial de Alemania, erigido en base a los colonialismos construidos por la Conferencia de Berlín de 1878. Al mismo tiempo, había crecido enormemente el Reino Unido hasta que se conformó el Imperio Británico (The British Commonwealth), que no había existido antes de 1914. Rusia fue contorsionada en medio de la guerra con la Revolución de 1917. Inglaterra experimentó casi los comienzos de una guerra civil con The Easter Rising de 1917, entre la Irlanda católica y la Irlanda de los anglicanos del gobierno de los Ulstermen británicos. A la vez, el gobierno inglés interceptó, descifró, publicó en las primeras planas de los periódicos nacionales y leyó en voz alta ante el Parlamento la declaración del ultimátum por parte de Viena —enviado por telégrafo a Sarajevo—: que toda Europa estaba de acuerdo era una exigencia con amenazas bélicas claramente expresadas, a tal grado que ninguna nación soberana pudiera acatarla.

Imagen del novelista inglés Ford Madox Ford y del compositor Ígor Stravinski.

David Fromkin, profesor de la Universidad de Boston, y otros han estudiado minuciosamente la correspondencia —las cartas, memorandas, telegramas, notas diplomáticas, resúmenes fidedignos de conversaciones publicadas por diplomáticos— que demuestra los deseos agresivos y agitados para entrar en una guerra con el objetivo de que era la redivisión y reconstrucción nacional de Europa. La culpa para este movimiento hacia la guerra queda claro con el personaje de Helmuth von Moltke, jefe del Estado Mayor Conjunto de Alemania, junto con varias otras figuras como el emperador Franz Josef del imperio Austrohúngaro. Fromkin establece igualmente la confusión, la reticencia y renuencia —léase cobardía moral— por parte de Inglaterra, Francia, Rusia y EE. UU. en confrontar las agresiones de Alemania y del imperio Austrohúngaro. La conclusión es que era una guerra preparada, planificada e implementada a propósito por Alemania y Austria. La documentación es definitiva en este punto.

Una bella e inquietante neblina envolvió a estos acontecimientos y al arte del mismo período, en todas sus formas. Presenta al mundo la música, la literatura, las obras de teatro y novelas de los compositores, pintores, dramaturgos, poetas y novelistas, quienes valientemente examinaron la atmósfera de malaise e incomprensión, preámbulo de guerra y las rupturas irracionales en las relaciones del poder. Concluyeron que había fracturas en los glaciares y volcanes políticos, que eran los apuntalamientos desconocidos de la época en la esfera estética. Conocido este ambiente y período como la belle epoque o el fin de siecle, abarcó, aproximadamente, los años 1890 hasta 1914. La producción estética es enorme y valiosa, pero no es el propósito enumerarla toda, es imposible dibujar la plenitud de los mundos de música, literatura y arte que reflejaron este malestar e irrupciones de crudeza y belleza.

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Con dificultad, se puede optar por unos cuantos ejemplos. La tetralogía de Ford Madox Ford, denominado sucintamente como Parade’s end es un candidato posible. Dicha obra es un conjunto de cuatro novelas compuestas por Some do not (1924), No more parades (1925), A man could stand up (1926) y Last post (1928). Estas novelas presentan en detalle íntimo la consciencia y ambiente de la época bajo consideración en la figura de Christopher Tietjens, estadístico brillante de tendencia Tory. Sin olvidar a su flamante e inmoral esposa Sylvia y a Valentine, su amante Suffragette y erudita clássica, con quien eventualmente se queda después de la Gran Guerra. En ellos percibimos el comportamiento público, las personalidades y relaciones personales, el vértigo de la guerra. Tietjens participa, como oficial del ejército británico, en la guerra de trincheras con otros intelectuales de Cambridge y Oxford, escribiendo competiciones de poemas en latín mientras las trincheras se llenaban con agua y sangre.

T. S. Eliot, Samuel Becket, Virginia Woolf, James Joyce, Rainer Maria Rilke y Franz Kafka serían otros candidatos, pero el tríptico del preámbulo y antesala de las hostilidades inimaginablemente crueles de ruptura en la civilización pacífica de Europa durante el último verano antes de 1914 es demasiado amplio. Abarca la música de Ravel, Debussy y Stravinsky, igual como pinturas del Impresionismo y Cubismo de Picasso o Matisse. También la base económica es representada por Renault, Citroens, Benz, Daimler, hasta Krupp o I.G. Farben y otros industrialistas y manufactureros. Estos últimos forman una parte de la superestructura de Europa, al igual que los artistas y los artefactos culturales.

El otro candidato a considerar podría ser, sin duda, Marcel Proust y las siete novelas de su obra maestra. Captura la vida interior de la memoria y el terremoto público del desgarramiento de Francia sobre el caso Dreyfuss, la invención de la fotografía y cinema, la luz eléctrica al comienzo de la guerra. Proust presenta todo este panorama, principalmente, en sus meditaciones floridas y bellas, y en el arte exquisito de la conversación. Las profundidades de las relaciones entre clases y personas no terminan: se esfuman en unas brumas y nubes de plumas y lentejuelas, de belleza y crueldad sin fin. Otro vocero es el poeta Charles Baudelaire. En Brumes et Pluies lamenta una primavera con lodo, preámbulo a desastre:

Ah, final de otoño, invierno,
Primavera, salpicado de barro,
¡Estación de sueño! Te amo y te odio
Por envolver así, mi corazón y
mi cerebro…

Pero lo que también es cierto, lo expresa en su poema To the Reader:
Usted lo conoce, lector,
Este monstruo—lector hipócrita, mi semblanza, mi hermano.

Pablo Picasso, Las señoritas de Avignon. 1907. Marcel Duchamp, Desnudo descendiendo una escalera, 1912. Imágenes: Museum of Modern Art, N. York / Philadelphia Museum of Art

Nadie escapa de estas brumas de antes de la guerra. Neblina conformada por la falta de posibilidad del conocimiento y la comprensión moral del público internacional, de la avaricia y de la sed para la gloria e imperio de todos grandes poderes políticos involucrados en este último verano antes de las muertes sin número. Era especialmente verídico en los nacionalismos sangrientos de los Balcanes y Europa Central y del Este. Rusia, Serbia, Bosnia, Herzegovina, Austria, Slovakia, Moravia y Alemania, en especial. Pero no son inocentes Francia, Italia, Inglaterra y EE. UU. En la documentación examinada por David Fromkin, todos quedan desnudos y fracturados, bajando eternamente a una escalera como en la pintura de Marcel Duchamps. La cobardía de no denunciar, que era la postura de algunas naciones, el otro lado de la dialéctica de la agresión inmoral de otras.

Y lo que ha hecho Fromkin es, por indirecciones encontrar direcciones, como dijo Hamlet: “By indirections, find directions out”. Memoranda, telegramas, cartas y resúmenes fidedignos de conversaciones revelan un mundo al estilo de un Iago en la obra de Shakespeare, Otelo. De hecho, se resalta en la memoria la meditación de Otelo: “Oh what a tangled web we weave/ when first we practice to deceive”. La diplomacia de los grandes poderes es revelado en sus miedos, que los llevaban a encubrir su cobardía ética con un pragmatismo sin moralidad, pálida y desvanecida, junto con una ambición para el poder y la avaricia disfrazada por nacionalismo violento.

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La belle epoque —la bella época- parece como reflejo al revés de la vulgaridad del escenario mundial del año pasado y de este año. Lo único es que no está la literatura de un Proust, un Ford Madox Ford, o pinturas como las de Picasso o Matisse, o música como la de Debussy o Stravinsky para amortiguar la visión estética que no puede ser divorciada de la historia. Lo que se requiere es hacer arte de la historia, pero arte y no recuento. Sería de enseñar a la posteridad lo que está pasando hoy, arte empotrado en la historia y en la vida cotidiana pero que llena a los observadores, oyentes y lectores con un sentido de las potencialidades morales del ser humano y lo que puede ser, presentarlo lado a lado y en comparación, por ejemplo, con la condición de pérdidas morales de los que niegan rescate y asilo a los de Siria, Afganistán y África, para mencionar un solo ejemplo actual.

La niebla sucia que fue colgada sobre el ambiente internacional político y moral en aquel entonces, al igual que en la actualidad, es la neblina que rodea al burócrata Clamm en El castillo de Franz Kafka. Y no se debe escapar nuestra percepción de que Joseph K. es un land surveyor —un topógrafo agrimensor—, quien llega a medir los terrenos y naciones en su dimensión moral. Y aunque ha sido nombrado land surveyor, Clamm responde que no se necesita esta figura. Al fin de tanto, Kafka nos cuenta que “si un hombre tiene sus ojos amarrados con un vendaje, usted lo puede animar tanto que él quiera mirar fijamente para ver lo que está al otro lado del vendaje, pero nunca podría ver nada”.

Las noticias que nos pueden animar son algo así como pidió la editorial Gallimard (la casa editorial más prestigiosa de Francia) en su tuit de hace unos meses. La publicación animaba a toda Francia a que por favor dejaran de enviar manuscritos, porque ya no tenían recursos de personal para leer todos los que estaban recibiendo. Es que, durante el confinamiento de la pandemia, muchos habían comenzado a escribir como modo de sobrevivencia y manera de intentar entender y dar forma al mundo que estaban viviendo. Esta es un muy buena señal, porque el mal había provocado una creatividad de expresión en los que no podían salir de casa durante la pandemia y comenzaron a escribir novelas.

Sabiendo lo que ya sabemos sobre la

Vaslav Nijinsky, en el acto de ballet La siesta de un fauno. Retrato de Virginia Woolf, tomada por el fotógrafo George Charles Beresford en 1902. Foto: wikipedia

publicada de los documentos revelatorios que forman la base de la tesis del libro publicado por David Fromkin, sobre el último verano antes de la Gran Guerra, se puede ver la actualidad con ayuda de unos nuevos anteojos prestados de la situación de hace más de 100 años.

Las tensiones en la Unión Europea que algunos ven como peligros de posibles fragmentaciones; las tensiones entre China y los EE. UU. y su bloque sobre Taiwán y el South China Sea; los movimientos de placas tectónicas en cambios electorales en Europa; y las enormes migraciones de refugiados detenidos y rechazados; vislumbran las relaciones de poder, un resquebrajo o solamente nuevas alineaciones. Las posibilidades de nuevos confinamientos —como en 1918 con la Influenza Española y ahora por la variante Delta del virus covid-19— pueden abrir aperturas en la muralla, donde la soledad conformará una oportunidad. La creatividad, producto de la soledad, podría implicar también el espacio para desarrollar la expresión crítica de ostensibles bellezas y males, para transformaciones en el arte de la realidad histórica en metáforas como herramientas estéticas para penetrar, formar y reformar el futuro.

Una escritora de los tiempos de la Gran Guerra es Virginia Woolf, quien vivió varios confinamientos por varias razones y vivió también esta guerra. Escribió una novela, Mrs. Dalloway, sobre el amor, la comunicación y los efectos psicológicos en los combatientes en las trincheras cuando regresaron a casa. Estos últimos vistos por los ojos de la Señora Dalloway y, simultáneamente, por los ojos del hombre que la quería, pero quien había sufrido shell-shock durante su participación en la guerra. En Mrs. Dalloway (publicada en 1925), hay algunas meditaciones que son de un gran valor para apreciar cómo fue el ambiente de la posguerra. En estas, el verano del año 1914 puede proyectarse como metáfora histórica y psicológica también para este mismo otoño del año 2021. Medita Mrs. Dalloway así:

“Ella tenía un sentido perpetuo —mientras miraba los taxicabs— de estar fuera, fuera, lejos y fuera en el mar y sola; ella siempre tenía el sentimiento que era muy, muy peligroso vivir un solo día más. (…) El mundo temblaba y se estremecía y amenazaba irrumpir en llamas (….) Es un millón de lástimas, pensaba, nunca decir lo que uno siente”.
Aprovechando las soledades de los confinamientos, se puede escribir en
forma de indirecciones para encontrar direcciones en los bosques y selvas del presente, construyendo y escribiendo metáforas que representan el mundo alrededor. Puede que nos ayude a evitar lo que no es inevitable.

Lectura recomendada

  • Ford, Ford Madox. Parade’s End (London, 1924-28) y The Good Soldier (1915).
  • Fromkin, David. Europe’s last summer: who started the Great War in 1947? (New York, 2004).
  • McAuliffe, Mary. Twilight of the Belle Epoque (New York and London, 2017).
  • Musil, Robert. The Man without Qualities (Vienna, 1930).
  • Proust, Marcel. En búsqueda de tiempo perdido (París, 1913 en adelante).
  • Stravinsky, Ígor. Petrouchka y Le Sacre du Printemps.
  • Debussy, Claude. L’ Apres-midi d’un Faune.
  • Woolf, Virginia. Mrs. Dalloway (London, 1925).

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