La leyenda de “La carreta chillona” y su relación con la epidemia de cólera registrada en El Salvador en el siglo XIX

El transporte especial que se utilizó para recolectar la multitud de cadáveres que quedaban en casas, calles y plazas habría contribuido al origen de esta popular leyenda.

El transporte especial que se utilizó para recolectar la multitud de cadáveres que quedaban en casas, calles y plazas habría contribuido al origen de esta popular leyenda.

Por Rosemarié Mixco

Jul 26, 2020- 12:47

El Salvador aún era uno de los estados de la República Federal de Centro América (1824-1839) cuando fue azotado por una primera oleada de la peste de cólera (cholera morbus) entre 1836 y 1839.

La puerta del contagio fueron los desplazamientos humanos vía terrestre. El mal llegó entre los integrantes de varios grupos de romeristas que visitaron Esquipulas con motivo de la celebración de la fiesta en honor al Cristo Negro.

Según detalla el historiador salvadoreño residente en Barcelona, Carlos Cañas Dinarte —en el video “Tres pandemias en El Salvador: cólera morbo e influenza”—, en esa época el estado de El Salvador tendría un aproximado de 248,000 habitantes y este primer brote de cólera mató al 20% de la población.

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Pero, ¿qué relación tiene este capítulo de la historia del país con la leyenda urbana de “La carreta chillona”?

Pues mucho. Comencemos por aclarar que en ese entonces se carecía de estudios microbiológicos que pudiesen verificar el tipo de bacteria o virus causante de la enfermedad. La sociedad creía que se trataba de un mal intestinal y no dimensionaron la gravedad de la situación.

En ese momento, se decidió poner al frente de la epidemia a los principales médicos y científicos que tuvieran los diferentes estados de la República Federal, como el médico metapaneco José Luna, quien lideró una de las comisiones sanitarias desde Guatemala.

 

En el siglo XIX, las carretas eran utilizadas para transportar cadáveres, como lo muestra el grabado 64 de la serie “Los desastres de la guerra” del español Francisco de Goya.

 

Asimismo, se crearon Juntas de Sanidad centrales y departamentales para ayudar a combatir los efectos de la enfermedad. También se instalaron lazaretos y hospitales de campaña —que fueron creados originalmente para combatir la tuberculosis y la lepra— en las principales ciudades de la región.

Por supuesto, se impusieron cuarentenas estrictas y se cerraron las fronteras. Cañas Dinarte menciona que en Perú se estableció el confinamiento obligatorio para todos los barcos procedentes de Centroamérica y los marineros de dichas embarcaciones eran trasladados a centros de contención en la isla de San Lorenzo. A quienes violaban las medidas, se les imponían multas de 100 pesos (que en esa época era mucho dinero).

A lo largo de la costa pacífica, todos los barcos eran fumigados con azufre, medida que provocó que las personas creyeran que al portar pequeñas bolsitas con azufre en sus muñecas o en el cuello no se contagiarían de cólera.

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El historiador resalta en su video que a principios del siglo XIX no había personal médico, sobre todo paramédicos, enfermeras o enfermeros, que atendieran a la multitud de contagiados. Debido a esto, fueron las monjas y sacerdotes quienes se hicieron cargo de la atención de las víctimas del cólera en los lazaretos. “Es así que el sacerdote e independentista doctor José Simeón Cañas y Villacorta fallece mientras está atendiendo a los apestados de esta pandemia de 1836 a 1839. Él muere en 1838”, detalla Cañas Dinarte.

Con este panorama, se infiere que la cantidad de muertos fue muy grande. Por ello, otra de las medidas tomadas por los ayuntamientos o alcaldías fue la creación de cementerios especiales para las víctimas de cólera, para así evitar que los residentes cercanos a los cementerios tradicionales se infectaran. Uno de ellos es el actual camposanto de Sonsonate, que fue creado en 1837.

La gente moría en sus casas, calles y plazas, y los cadáveres eran recolectados —en su momento— por un transporte especial, que daría paso a la leyenda popular de la “carreta bruja” o “carreta chillona”. Este transporte recogía la multitud de cuerpos inertes noche a noche, guiado por boyeros que eran sustituidos con frecuencia tras resultar contagiados de cólera.

“La carreta bruja” o “carreta chillona” es parte de las leyendas salvadoreñas. Ilustración EDH / Choco Santos

En El Salvador, sobre todo en los pueblos y zonas rurales, aún se escuchan testimonios de personas que afirman haber escuchado el chillido de las ruedas de la carreta. “Aunque nadie la ve”, afirma María Magdalena Saravia, originaria del municipio El Tránsito, San Miguel. La historia plantea que todo aquel que la mira pasar por la noche amanece muerto.

El segundo brote de cólera morbo en territorio cuscatleco se registró entre 1858 y 1859. Entró vía terrestre con las tropas salvadoreñas que fueron enviadas a Nicaragua a combatir a los filibusteros al servicio de William Walker. Fue el presidente en funciones Rafael Campos —desde la capital provisional de Cojutepeque, pues San Salvador fue destruida por un terremoto en 1854— quien ordenó a las tropas que se quedaran en el Puerto de La Unión y que ahí realizaran la cuarentena obligatoria en los hospitales de campaña.

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Lamentablemente, su general en jefe, Gerardo Barrios, decidió que no acatarían la orden del presidente y “ordenó que las tropas rompieran filas y se fuera cada quien para su casa”. “Eso fue una medida nefasta, porque extendió el cólera morbo por todo el territorio nacional. Se calcula que en aquel entonces solo quedó el 10% del oriente de El Salvador vivo, porque el impacto demográfico fue tremendo…”, detalla el historiador desde su cuenta de YouTube.

Un dato importante a destacar es que ante la falta de antibióticos y otros medicamentos para combatir la diarrea, a los pacientes se les daba a beber agua albuminosa para hidratarlos. Este remedio consistía en una mezcla de agua con 5 a 6 claras de huevo, 1 onza y 1/2 de azúcar y bastante pólvora. Este y muchos otros datos importantes son parte del proyecto en el que trabaja Cañas Dinarte sobre diferentes epidemias que se registraron en El Salvador. El historiador espera lanzar dicha investigación muy pronto, ya que considera que es importantísimo conocer estos episodios que de alguna manera heredaron valiosas lecciones.

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