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Sueños y actos revolucionarios de los ancestros

Eudaemonia (griego): la condición del florecimiento humano o del vivir bien. Cuando la sociedad es autosuficiente, es necesaria para que los seres humanos alcancen la felicidad. Encyclopedia Britannica.

Por Katherine Miller. Doctorado en Estudios Medievales y Renacentistas de UCLA. | Ene 08, 2022- 10:55

Fragmento de "Efectos del buen gobierno en la ciudad y en el campo”, pintado por Ambrogio Lorenzetti en “La Sala de la Paz”, en el Palacio Público de Siena, Italia. Es un manifiesto civil y político del gobierno iluminado y ambicioso de la República de Siena.

Entre el desvanecimiento del imperio romano y los renacimientos de Europa Occidental hay un largo período de desarrollo de unos mil años, aproximadamente entre el siglo V C.E. y el siglo XV. Durante este milenio, los ancestros no pasaron la vida solamente sufriendo las transiciones infinitas en un estado pasivo y en silencio. En la Edad Media había revoluciones claras y fuertes, iniciadas y conducidas por las poblaciones —a veces solos o con alianzas, y usualmente con la iglesia— para asegurar su bienestar. Que es más que una simple felicidad.

Los romanos habían prestado de los griegos la idea de eudaemonia, usualmente traducida como “felicidad”. Pero su definición, en el sentido real y básico, etimológicamente, se refiere a una condición del florecimiento humano o el del bienvivir cuando la sociedad es autosuficiente, necesarios para que los humanos puedan vivir plenamente. El anhelo para la eudaemonia por parte de los pueblos fue retomado por la iglesia, conjuntamente con las poblaciones, durante estos mil o más años de lo que ahora consideramos la Edad Media.

Entonces, que hubiesen revoluciones medievales no debería sorprendernos. Estos mil años no presentan situaciones estáticas, como ilustraciones en los manuscritos. Cuando los seres humanos sufrieron, actuaron. Consideramos esta vez solamente dos revoluciones, de las muchas que habían.

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Pero primero, una posible definición de las revoluciones medievales —antes de los presupuestos del siglo XIX que, obviamente, no aplican— consiste en transiciones drásticas provocadas por la necesidad de acciones “revolucionarias”. Revoluciones medievales para alcanzar una buena vida son fenómenos a los que tal vez no estamos acostumbrados a imaginar. Que se dieron, es una premisa que hay que plantear no solamente por medio de aseveración. Vamos a partir, pragmáticamente, de que habían revoluciones en la Edad Media y que no consistieron en simples reformas o evoluciones, por un lado, o en meras rebeliones, insurrecciones, revueltas o golpes de estado, por ejemplo. Una revolución es una transformación total y completa en las esferas políticas, religiosas, económicas, legales o culturales. No está compuesta por acciones o transformaciones a medias. Tiene que ser impulsada de tal manera que culmine con cambios, no es simplemente una “lucha de clase”, sino acciones colectivas violentas, guerras civiles o de expansión que —dado el período bajo consideración, los mil años— duran dos o tres generaciones. Eran movimientos completos. La Edad Media duró más de mil años, no había una concepción de tiempo inmediata, de una revolución, digamos, de tres o cuatro años.

Con estas definiciones, consideramos dos situaciones que cualifican como “revolucionarias” en un esquema de tiempo entre el siglo V y el siglo XV: La Paz y Tregua de Dios y los movimientos para la conformación de comunas en las ciudades. Estos dos ejemplos históricos —entre otros— cumplen con las definiciones presentadas y tiene como meta cumplida la posibilidad de vivir una vida plena en esta tierra. Representan la búsqueda de la eudaemonia y no solamente de la felicidad momentánea.

La Paz y Tregua de Dios era un conjunto múltiple de movimientos que comenzó en Francia a finales del siglo IX, cerca del Abád de Charroux, en la parte occidental de lo que había sido, durante la vida de Carlomagno, el Sagrado Imperio Romano. Durante las secuelas de la muerte de Carlomagno y el colapso de una autoridad central, comenzaron a deteriorarse las condiciones de paz y seguridad con los pleitos violentos entre caballeros por el control territorial, que ya no dependía de ningún señor. Estos caballeros sueltos se dedicaban a tomar violentamente tierras que habían pertenecido con anterioridad a reyes y obispos y sus diócesis; también se apoderaban de bienes, como casas y animales, de los campesinos sin amparo. La iglesia y sus feligreses pobres del campo formaron alianzas, ya que ambos sufrían la depredación de estos señores.

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La iglesia tomó el liderazgo en este movimiento, que era mucho más que un levantamiento por la paz. Como la violencia y la anarquía afectaron amargamente las tierras de la iglesia, al igual que a las tierras y bienes de la población pobre, la iglesia hizo un llamado para la formación de un movimiento organizado para lidiar con el problema, principalmente bajo el liderazgo del orden monástico de Cluny, formado en el siglo X. La orden de Cluny obedeció al papa en Roma directamente y no fue dispersa su autoridad, como en el caso de otras órdenes monásticas.
Comenzando en Francia en los alrededores de Burgundia, Aquitania y Languedoc, áreas donde la autoridad cívica y central había sido casi completamente fragmentada, grandes tumultos de personas (populus) estuvieron bajo el liderazgo de obispos y otras clerecías. Esta alianza del pueblo con la iglesia terminó transformándose en procesiones y trajeron consigo reliquias religiosas como los cuerpos de santos, y así “trajeron, por lo tanto, muchos milagros”, cuentan los documentos. Los agravios indicados en los documentos del Sínodo de Charroux, promulgados en el año 989, eran: atacar o robar una iglesia, robar a los campesinos sus animales (hace referencia a burros, pero no a caballos, que era la marca de un caballero); quemar casas, golpear o capturar a un sacerdote u otro miembro de la clerecía “que no cargaba armas”.

“Efectos del buen gobierno en la ciudad y en el campo”, pintado por Ambrogio Lorenzetti en “La Sala de la Paz”, en el Palacio Público de Siena, Italia. Es un manifiesto civil y político del gobierno iluminado y ambicioso de la República de Siena.

Como los que marcharon en estas enormes procesiones no estaban armados, trajeron reliquias de toda clase de las iglesias y monasterios. El poder de las reliquias y el poder del anatema eran los únicos poderes de control que podían ejercer frente a los caballeros violentos y rapaces. Y la iglesia, en alianzas con sus feligreses afectados, condenó a los caballeros violentos y los amenazó con excomulgación o anatema por los actos detallados. Los cluniacenses tomaron el liderazgo de estos enormes movimientos de poblaciones por toda Europa y convocaron a muchos sínodos con los que fueron acordados, entre los líderes seglares, acuerdos de paz que prohibieron, bajo pena de excomulgación, cualquier acto de guerra o venganza contra clérigos, peregrinos, mercaderes, judíos, mujeres, campesinos, propiedades eclesiales y agrícolas, incluyendo animales de trabajo, en general.

Iniciaron prohibiendo estos actos en ciertos días, como del sábado al mediodía hasta el lunes por la mañana; más tarde, se prolongaron los tiempos para que transcurrieran desde miércoles por la tarde hasta el lunes en la mañana, al igual que durante la Cuaresma, Adviento y varios días de santos. Con cada sínodo se agrandó el número de días y los actos de violencia condenados.

Como no había un sistema legal en general, este movimiento fue cimentado con el requerimiento de juramentos exigidos a los poderosos y violentos caballeros, para cumplir con las provisiones de los acuerdos de los sínodos y así conseguían aplacar la violencia en general. Un estudioso de este movimiento revolucionario describe escenas en que las procesiones de la población, bajo el liderazgo de un obispo, se acercaron a un castillo donde habitaba un señor responsable de algunas de estas opresiones a la iglesia y a los campesinos. Llevaron como reliquia, por ejemplo, una corona de espinas —una reliquia de su monasterio— y la ubicaron en el suelo frente al señor. Al levantar su bastón, el obispo gritó “¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!”, mientras que el pueblo gritó “¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!”. El señor se afligió por miedo a una excomulgación y se puso de acuerdo con entrar en negociaciones con los obispos y sus feligreses sobre los actos de violencia. (Véanse R.I. Moore. The First European Revolution).

Torre de Carlomagno, en la Abadía de Saint-Sauveur de Charroux. Foto: AFP

Siguió este movimiento, eventualmente denominado la Paz y Tregua de Dios, hasta el siglo XIII. Culturalmente, la iglesia impulsó la doctrina del amor cortés, que era, esencialmente, un código de conducto obligatorio para los caballeros, que poco a poco tenía el efecto de humanizar estos conflictos. Esta doctrina caballeresca fue plasmada en muchos poemas y documentos. Las características del amor cortés —porque así se llamaba— eran resumidas, principalmente, por el capellán Andreus de Champagne, en Francia (Andreus Capellanus), en su tratado De amore. Eventualmente la institución de la caballería fue cambiada a una institución religiosa con votos por la paz, vigilias en la noche con las armas puestas en el altar de una capilla; y por último, en las cruzadas y la búsqueda del Santo Grial. La Paz y Tregua de Dios duró varios siglos y completó el accionar del pueblo en una situación que se aproximó a una paz social y, así, se califica como la primera revolución medieval de Europa.

Estamos todavía en los tiempos de derecho consuetudinario o derecho de las costumbres, porque el jus commune de Europa no se había desarrollado todavía. Se tiene que esperar al siglo XII para eso. Así que las leyes señoriales eran derecho de costumbre del feudalismo, aunque no fueron escritas. Permitieron al señor, en sus jurisdicciones privadas, exigir e imponer impuestos pequeños por servicios, como machucar uvas en la prensa de vino del señor, por hornear pan en el horno del señor o para moler maíz en el molino del señor. Y sobre todos estos servicios, el señor mantenía un monopolio garantizado por la fuerza de sus caballeros. Cada pago por uno de estos servicios no era demasiado excesivo, pero juntos eran extremadamente opresivos. Comenzando el siglo XII, se levantó un grito para la libertad de las ciudades, en el sentido de demandar una comuna con la que el pueblo colectivizara estos servicios y los manejara él mismo.

Habían muchas formas de establecer una comuna, pacíficas y violentas. Por ejemplo, la población podía organizarse —y así se hizo históricamente— para ofrecerse a “comprar una comuna”. En otro escenario, pedían que el señor regalara todo al pueblo. También cuando el obispo (la autoridad más alta de una ciudad) salía por los portones de la ciudad para emprender un viaje, la población cerraba el portón y no le permitía la entrada al obispo a su regreso; hasta que este se ponía de acuerdo, bajo la presión de la población, para negociar la formación de una comuna. Otra manera se dio en la ciudad de Boloña, en el norte de Italia en 1256-57, cuando las autoridades declararon que la servidumbre del campesinado era la consecuencia de la caída del hombre en el Jardín del Edén, pero que la condición natural del hombre era la libertad de trabajar con los servicios sin impuestos, de forma que la población manejaba los molinos, hornos y prensas, etc.

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En fin, el movimiento para cambiar las estructuras de las ciudades en comunas a beneficio del pueblo en toda Europa, durante varios siglos, en distintos lugares, produjo una suerte de libertad de impuestos y colectivización de bienes y servicios para el bien de las poblaciones.

Este estado de asuntos no se hubiera dado sin movimientos de organizaciones fuertes y persistentes —algunas veces violentos, otras veces por presiones organizadas para obligar negociaciones; a veces por la compra de una comuna por la población y otras maneras creativas, pero siempre desde una posición de fuerza de las poblaciones. En todo caso, era un movimiento revolucionario que produjo cambios completos que resultaron en generar una situación completamente distinta, por medio de acciones fuertes y organizadas que cambiaron las vidas de las poblaciones— que no fueron simplemente insurrecciones o revueltas. Así los ancestros lucharon para obtener su eudaemonia aquí en la tierra.

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