En Santa Isabel Ishuatán se cree que el árbol de amate es un portal que utilizan los muertos para seguir entre los vivos

¿Lo sabías? El árbol de amate también era conocido como el árbol de las almas en esa región del departamento de Sonsonate.

El árbol de amate encierra cierto misterio para muchos salvadoreños. Foto EDH / Jonatan Funes

Por Jonatan Funes

Nov 01, 2020- 13:09

“‘Buenas noches’, afirmó tres veces Úrsula Valdez a una mujer que se encontró a la salida del cementerio general de Santa Isabel Ishuatán, en Sonsonate. Valdez regresaba del río junto a su hija, ambas tenían que cruzar el panteón para hacer más corto el camino a casa. Eran las 7:00 de la noche cuando visualizó la silueta de una mujer; ellas continuaron el paso. Al acercársele, les sorprendió su vestido negro, el cabello similar a las raíces de un árbol y la tierra que cubría su cuerpo, como si se hubiese escapado de alguna tumba.

“Sentí que se me erizó el cuerpo y me puse el corvo atrás en la espalda, como formando una cruz, y le pregunté: ‘¿señora, qué está haciendo acá?’. ‘Estoy esperando el bus en el mercado’. Me contestó. ‘No señora, usted está en un lugar de campo santo, el cementerio’, le respondí. Luego se me vino a la mente que era alguien que andaba perdida y le ofrecí posada en mi casa”, recordó Valdez.

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Madre e hija salieron del cementerio con aquella mujer misteriosa, quien no les dejaba ver su rostro. Luego de caminar varias cuadras, la extraña señora desapareció, se esfumó. “Caminamos y un gran silencio, las piernas las sentía pesadas, me detengo y al ver a la mujer que nos encontramos ya no estaba con nosotras. La buscamos y nada. Lo más seguro es que era algún espíritu, alguien que está en pena y quería salir del cementerio, y nosotras fuimos las que la sacamos”, explicó Valdez. Ella asegura que no es la primera vez que suceden este tipo de manifestaciones en ese cementerio y que el misterio está en los árboles de amate que hay en el campo santo.

Esta creencia la confirma Don Lito, un hombre de 70 años a quien se le apareció una burleta, como el le llama, un día de madrugada. Viajaba en caballo y al llegar a la zona del cementerio vio unos bultos en el camino, el caballo se negó a dar un paso más y él al acercarse vio un hombre alto sin cabeza. Al instante, sacó un revolver y trató de disparar, pero fue imposible. “Un hombre alto y sin cabeza, solo el fuego que le salía”, afirma.

La forma caprichosa de su tronco alimenta las creencias sobrenaturales en torno del árbol. Foto EDH / Jonatan Funes

En su memoria también tiene presente cuando una pareja de jóvenes cercanos a él se llevaron un buen susto. “Ella se vino huyendo por una discusión con el esposo y el hombre venía enojado con el revolver en la mano y se le presentó el mismo hombre sin cabeza. En la aflicción, se aventó a un costado del cementerio buscando ir a salir a un potrero, pero se le presentó el mismo hombre alto de negro y sin cabeza. No cualquiera resiste, a varios les ha salido en la zona del amate que le dicen. A saber que misterio hay”, enfatizó.

EL MISTERIO

Miguel Ángel Santos Hernández, de 75 años, es el nieto de José Sebastián Santos, el último miembro del consejo de ancianos de Ishuatán. Su abuelo murió cuando tenía 107 años y le heredó toda la historia acerca de los árboles de amate que hay en el cementerio de la localidad.

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En 1847, la autoridad máxima del pueblo era el Consejo de ancianos al que pertenecía Sebastián Santos. Estos revelaron que los amates eran señales divinas y que si se encuentran en el cementerio no es por casualidad. En total eran 13 ancianos, por lo que en el panteón fueron sembrados 13 amates; cada árbol señalaba el lugar exacto donde sería sepultado cada anciano para así mantener su alma entre los seres vivos.

“El amate es un árbol que tiene mucho misterio, tanto así que era conocido como el árbol de las almas. Aquí hubo muchas personas que realizaron cosas sobrenaturales, como transformarse en animales. Pero antes de eso, tenían que hacer la ceremonia de nueve días en ayuno, luego venir al cementerio, pararse frente al amate y esperar. Cuando escuchaban un sonido de un gran retumbo que salía de la tierra, era porque en ese momento la flor iba aparecer en lo más alto del árbol. Pero no todos pasaban esa prueba, ya que el sonido era demasiado fuerte. El que no tenía valor se corría y ese era el que ya había ganado el diablo”, explicó Santos.

En los cementerios suele haber árboles de esta especie. Foto EDH / Jonatan Funes

Para Silvia Elena Regalado Blanco, coordinadora de Cultura de la UTEC, este árbol es para la cosmovisión indígena un ser especial de un nivel de vibración incluso más alto que el ser humano, ya que los árboles se bastan a sí mismos y no necesitan de nadie para sobrevivir.

Para toda la cultura mesoamericana y mesoprehispánica, esta especie vegetal es súper importante, ya que entre sus bondades figura la madera que servía para hacer los papiros, el papel para escribir sus códices sagrados. “El árbol tenía una trascendencia muy grande, no conozco que tenga relación con espantos o de algo paranormal, al contrario, para mí el tema del amate es sagrado de la cosmovisión mesoprehispánica, que lo sitúan en un sitio especial por su función, por su ser y su frondosidad”, enfatizó Regalado.

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Asimismo, aclara que todos los árboles en general son sagrados para la cosmovisión indígena, pero el amate en especial por todos las beneficios que proveía. “Sirvió de base para escribir los códices sagrados, ya eso era una función increíble”.

Por su parte, el biólogo Néstor Herrera indica que en El Salvador hay 17 especies de árboles exóticos conocidas . “17 que son nativas y se encuentran en diferentes áreas naturales, y hay otras que han sido traídas de otros países con fines ornamentales. El más común que se puede ver en la ciudad es el laurel de la india, que es un amate”, explicó. Asimismo, afirmó que estos árboles son originarios de Mesoamérica, nativos de nuestros bosques y uno de los árboles más comunes y con mayor presencia al interior de los bosques.

Miguel Ángel Santos Hernández conocen muy bien las leyendas que rondan a los árboles de amate. Foto EDH / Jonatan Funes

“Los amates son árboles nativos de Mesoamérica, hay en todo tipo de bosques desde cero hasta 2,400 metros sobre el nivel del mar, no los detiene nada. Son árboles que se adaptan muy bien a los diferentes ecosistemas, crecen sobre rocas, suelo fértil, seco, pedregosos; están por todos lados. Muchos amates crecen cerca del agua o se vinculan con esta y eso de alguna manera los ha salvado, porque las personas asocian que esos amates son sagrados porque debajo de ellos emerge el agua y eso les da un valor mágico”, comentó el biólogo.

“Los aztecas tenían una vinculación con el árbol de amate, así como los mayas creían que el árbol sagrado era la ceiba, que conectaba el inframundo con la tierra y el cielo. Para los aztecas, para los nahuas, era el amate. En algunos pueblos se puede encontrar un árbol de ceiba y otro de amate y eso te dice el binomio que hubo cuando iniciaron este sincretismo religioso. El árbol de amate es como un árbol sagrado desde un punto de vista religioso, donde los dioses hablan. Los aztecas sacaban la corteza de amate y con eso hacían sus textos de oficios legales y culturales”, concluyó.

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