INFOGRAFÍA: ¿Por qué Tacuscalco en Sonsonate debería declararse lugar sagrado?

El actual sitio arqueológico ubicado en el municipio de Nahulingo es símbolo del coraje salvadoreño, tierra que fue bañada con la sangre de miles de osados guerreros en 1524.

Los guerreros indígenas en Tacuscalco hicieron frente a los conquistadores, aún sabiendo que iban a morir. Ilustración EDH / Archivo

Por Rosemarié Mixco

Ago 13, 2018- 10:14

El sitio arqueológico Tacuscalco, en Nahulingo, es sinónimo de valor cuscatleco. Esta tierra a orillas del río Ceniza, en el actual departamento de Sonsonate, fue bañada con sangre nahua-pipil, durante el inicio de la conquista del Señorío de Cuscatlán, en 1524.

A casi 500 años de la llegada de los conquistadores a Mesoamérica en 1519, y a semanas de haberse conmemorado el Día Mundial de los Pueblos Indígenas -el 9 de agosto- es imperante rendir tributo a esos osados guerreros.

Y no lo decimos porque lo confirmen los arqueólogos de la Dirección de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura o lo avalen los connotados historiadores salvadoreños Pedro Escalante Arce y Carlos Cañas Dinarte —de la Academia Salvadoreña de la Historia—, sino porque el mismo Pedro de Alvarado lo escribió en su segunda carta a Hernán Cortés.

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La batalla de Tacuscalco es una de las dos que sobresalen en la ruta de la conquista de El Salvador liderada por el militar español antes citado, quien se hizo famoso por la crueldad con la que sometió a las poblaciones amerindias en el siglo XVI. El otro combate que destaca es el registrado en el sitio que Alvarado llama “Acaxual, donde bate la mar del sur”, en la actual Acajutla. En esta, fue en la que él resultó herido de una pierna al ser atravesado por una flecha. Hay que aclarar, que no se tienen registros de quién lesionó al conquistador.

Ambas ‘carnicerías’ -porque eso fueron- quedaron detalladas en las famosas cartas de relación que los conquistadores enviaron al emperador Carlos V. Pero lo que deseamos recalcar en este artículo, fue el coraje de los guerreros nahua-pipiles que murieron defendiendo su territorio y sus ciudades, aún conscientes de que no sobrevivirían.

Los arqueólogos Hugo Díaz y Julio César Alvarado, director de Arqueología y el coordinador de Investigación Arqueológica del Ministerio de Cultura, coinciden al afirmar que los indígenas en Cuscatlán conocían de las batallas en territorio mexicano y guatemalteco, así como de las armas de pólvora, las atrocidades de los conquistadores y los fieros perros españoles que los aterrorizaban. Y aún así, los esperaron listos para luchar, todos ataviados y fuertemente armados.

Sacerdotes como Fray Bartolomé de las Casas narraron los horrores infringidos a los pueblos indígenas, relatos muy diferentes de los documentados por la milicia hispana, que minimizaban a sus contrincantes. No obstante, Alvarado le dio crédito al valor de los nahua-pipiles de Cuscatlán. “… y ya que llegaba a media legua del dicho pueblo, vi los campos llenos de gente de guerra…”, refiere Alvarado sobre el arribo a Acaxual el 8 de junio de 1524. “… en ellos no hubo ningún movimiento ni alteración a lo que yo conocí…”, añadió.

Imagen del alano español extraída del sitio animaleshoy.net. Esta raza fue traída a América por los conquistadores hispanos.

Según lo escrito por el fraile Bernardino de Sahagún, los indígenas describían a los perros  españoles (alanos y mastines) como verdaderos monstruos. “Perros enormes, con orejas cortadas, ojos de fiera de color amarillo inyectados en sangre, enormes bocas, lenguas colgantes y dientes en forma de cuchillos, salvajes como el demonio y manchados como los jaguares”. Los canes fueron el arma más temida por los pueblos amerindios.

Además de las cartas de Alvarado, los indígenas tlaxcaltecas (de Tlaxcala, México) que acompañaban al militar español —sus aliados— registraron las batallas en las que participaron junto a él, en lo que hoy se conoce como Lienzo de Tlaxcala. El detalle de los combates en Cuscatlán aparece en la versión de este lienzo conocido como Códice de Glasgow, resguardado en la Biblioteca Hunter de la Universidad de Glasgow, en Escocia. Este documento posee 156 pictogramas de autor anónimo.

Dichos gráficos han sido analizados por el arqueólogo David Calogero Messana Villafranco, de la dirección de Arqueología de MiCultura, quien trabaja en un ‘Breve acercamiento a las armas pipiles del centro y occidente de El Salvador durante la invasión europea’. “La importancia de realizar estas investigaciones, es dignificar la memoria de los guerreros y naciones indígenas que combatieron y resistieron”, escribe.

Tres de los pictogramas del Códice de Glasgow que muestran batallas en tierras del Señorío de Cuscatlán, en 1524. Imagen / Tomo I de las Crónicas Mesoamericanas.

El especialista detalla que los ejércitos nahua-pipiles eran liderados por un comandante y cuatro asistentes y poseían una diversidad de armas. Además, eran respetuosos de los protocolos de guerra.

Asimismo, en los pictogramas se muestra que los cuscatlecos eran guerreros de las montañas. Combatían desde tierras altas, estrategia que les valió resistir por años a los conquistadores. Alvarado también menciona esta táctica, a lo largo de su ruta por El Salvador.

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En el tomo I de las Crónicas Mesoamericanas de la Universidad Mesoamericana de Guatemala, se resalta que por más de 15 días, el conquistador provocó con amenazas a los combatientes en Cuscatlán, hoy Antiguo Cuscatlán, en La Libertad, quienes se atrincheraron en las sierras. “… pero no consiguió que los guerreros pipiles bajaran y se enfrentaran en terreno despejado”, se detalla.

Para Messana Villafranco, el término “indio” o “pipil” no debería utilizarse como una palabra peyorativa para referirse a alguien ignorante e incivilizado, o en el peor de los casos, salvaje y marginal. Nuestros ancestros mesoamericanos lucharon hasta morir por su tierra, y Tacuscalco, en Sonsonate, es ese lugar símbolo del coraje cuscatleco.

 

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