Centenario del asesinato de Marcelino García Flamenco

Hace un siglo, la muerte violenta de un educador y patriota salvadoreño causó hondo impacto en la sociedad costarricense. A pesar de ello, el crimen quedó impune.

Imagen de Marcelino García Flamenco y del intelectual costarricense Omar Dengo habla frente al Edificio Amarillo, en San José, en 1924, durante el homenaje oficial al maestro salvadoreño y sus compañeros caídos. Fotos EDH / Cortesía

Por Carlos Cañas Dinarte

Ago 23, 2019- 20:30

Marcelino García Flamenco nació en un hogar muy humilde en la localidad de San Esteban Catarina, departamento de San Vicente, el 15 de septiembre de 1888. Educado en Suchitoto, obtuvo una beca gubernamental para ser admitido como alumno interno y realizar sus estudios en la Escuela Normal de Varones de San Salvador, dirigida en el primer lustro del siglo XX por el docente y literato colombiano Francisco Antonio Gamboa.

Tras su graduación, su primer empleo en la docencia fue en una escuela de Zacatecoluca (La Paz). Sus convicciones y principios lo enfrentaron pronto con el gobierno presidido por el caficultor santaneco Pedro José Escalón, pero el estallido de la guerra con Guatemala, en julio de ese año, le marcó la salida del exilio.

En los siguientes 13 años, recorrió a pie y en ferrocarril los territorios de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, donde laboró en colegios privados y en escuelas públicas de los ámbitos urbanos y rurales, donde siempre se enfrentó a las duras realidades de vida de esas comunidades, por entonces aún repletas de indígenas y mulatos.

El educador salvadoreño Marcelino García Flamenco, en una de las pocas fotografías suyas que se conservan. Foto EDH / Cortesía

En suelo costarricense, su trabajo docente lo llevó a Heredia, Puntarenas y al sur, a la aldea de Buenos Aires, situada a unos 200 kilómetros de la capital, San José. Allí, su apostolado de enseñar al que no sabe lo ejerció entre indígenas chiricanos y muchos niños de las zonas agropecuarias. No había escuela, sino una modesta estructura con una pizarra instalada bajo un frondoso árbol. El maestro salvadoreño no podía aspirar a mucho en aquella comunidad de apenas una docena de casas de adobe y tejas de barro y otras pocas decenas de ranchos pajizos, como los que había en su propio lugar natal.

A Costa Rica la gobernaba por entonces, con mano de tirano, Federico Alberto Tinoco Granados. Los tentáculos de su poder no admitían cuestionamientos. Por eso, en la mañana del 15 de marzo de 1918, varios de sus esbirros civiles y policiales acribillaron a tiros al diputado opositor Rogelio Fernández Güell y a sus acompañantes Jeremías Garbanzo, Ricardo Rivera y Carlos Sancho. El crimen ocurrió en un barranco cercano al sitio de la escuela de García Flamenco.

Mausoleo actual de Marcelino García Flamenco en el cementerio local de La Cruz, en Liberia, Costa Rica. Foto EDH / Cortesía

Durante la balacera, el maestro salvadoreño cortó la clase y le ordenó a sus educandos que se refugiaran en la casa parroquial de la zona. En compañía de varios vecinos, se dirigió a la hondonada y se encontró con los cadáveres y con los hechores materiales del crimen, aún con sus armas en las manos. Uno de los policías tinoquistas lo autorizó a que tomara apuntes de lo que veía, para que así pudiera informar de aquel hecho sangriento de la mejor manera posible. Según el régimen, el terror haría que la población no siguiera con sus intenciones de cuestionar al polémico gobernante y sus allegados.

En su clase de la mañana siguiente, García Flamenco le explicó a sus alumnos la palabra asesinato y lo que implicaba que unos hombres sólo obedecieran una orden de matar a otro ser humano indefenso y desarmado. Después de la parte teórica, se los llevó al cementerio local para enflorar las tumbas de los políticos ejecutados y honrarlos. Esa acción tuvo, como consecuencia inmediata, el cese de su puesto de trabajo y su reclutamiento en el ejército costarricense.

Relieve de bronce fundido -obra de Juan Ramón Bonilla-, empotrado en la fuente de piedra que homenajea a García Flamenco en la capital costarricense. Foto EDH / Cortesía

Tras desertar de las filas castrenses de la dictadura, se marchó a la ciudad de Panamá, donde denunció el asesinato de los políticos en varios medios de prensa. Trasladado a Nicaragua por barco, se enlistó en un numeroso grupo de rebeldes que decidieron atacar el territorio costarricense desde el norte.

El 19 de julio de 1919 resultó herido en la batalla del Ariete, librada cerca de La Cruz, en Liberia. Al saber que con su fusil cubría la retirada de sus compañeros de armas, sus captores se ensañaron con él. Le hundieron varias veces sus machetes en el cara y estómago. Malherido, lo arrastraron varias decenas de metros, amarrado tras un caballo. Mientras agonizaba, lo rociaron de querosene y le prendieron fuego. Su cuerpo fue descubierto por sus compañeros al día siguiente e identificado gracias a piezas de oro que lucía en su dentadura. Fue sepultado en una fosa abierta en el campo de batalla.

Su atroz asesinato conmovió conciencias. Una huelga magisterial se alzó contra el régimen. Tinoco fue derrocado el 12 de agosto de 1919 y se marchó al exilio. Ni siquiera había pasado un mes tras la ejecución sumaria de García Flamenco.

Placa metálica en la fuente dedicada a García Flamenco en la capital costarricense. Foto cortesía de Juan Aragón. Foto EDH / Cortesía

En 1923, por iniciativa obrera, al parque Braulio Carrillo de la capital costarricense se le cambió el nombre por el de Marcelino García Flamenco. En ese sitio, frente al Edificio Amarillo, desde 1926 se alza una fuente de piedra, con una placa conmemorativa y un relieve en bronce fundido, obra del artista Juan Ramón Bonilla, en el que sobresalen los rostros de varios niños. De esa manera, la niñez costarricense le rindió un homenaje permanente al educador salvadoreño que ofrendó su vida para liberar a los pobres y perseguidos por los despotismos.

Los restos mortales de García Flamenco fueron mezclados con los de otros combatientes caídos para ser trasladados a la capital, donde se les rindió homenaje oficial, el 12 de abril de 1924. Ni Omar Dengo ni ninguno de los otros funcionarios e intelectuales costarricenses que participaron pidieron que se hiciera justicia por aquel vil asesinato, por lo que la impunidad marcó su signo sobre aquellos despojos. En ese mismo año, en San Salvador, tres educadores -Rubén H. Dimas, Francisco Morán y Salvador Cañas- unieron sus experiencias y fundaron un colegio privado sobre la avenida Cuscatlán, en San Salvador, al que denominaron con los apellidos del maestro mártir. En San Vicente y Santa Tecla, otros centros escolares públicos también fueron bautizados con su nombre.

En la actualidad, los restos de García Flamenco descansan en una tumba individual en el cementerio de La Cruz. La municipalidad local se encarga de que ese monumento funerario permanezca limpio y ordenado. No existe la más mínima certeza de que los huesos que descansan bajo aquellos ladrillos y lápida correspondan a García Flamenco. Pero, como bien dijo el aeda ciego Homero, “el hombre, más que una tumba conocida, anhela un recuerdo”.

En El Salvador, cada 22 de junio, el Día del Maestro rinde homenaje al ascenso y caída de la Presidencia de la República del general ahuachapaneco Francisco Menéndez, quien fue promotor de diversos niveles de la educación en el país. Pero Marcelino García Flamenco fue un docente que entregó su vida por hacer realidad la libertad y la defensa de otros valores y principios. A mi juicio muy personal, en homenaje a su memoria ahora centenaria, cada 19 de julio debería ser el verdadero Día del Docente Salvadoreño. Marcelino García Flamenco se merece una revisión legislativa y ministerial de ese tipo.

 

 

 

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