Conoce a la salvadoreña que pasó a la historia como la primera mujer ingeniera de Iberoamérica

Con motivo del Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, este 11 y 12 de febrero rendiremos un homenaje a Antonia Navarro Huezo (1870-1891), primera mujer salvadoreña y centroamericana graduada de una universidad y primera mujer ingeniera de Iberoamérica.

Grabado metálico estadounidense de la fachada de la Universidad Nacional de El Salvador, a finales del siglo XIX. Imagen cedida por la División de Geografía y Mapas de la Biblioteca del Congreso, Washington D. C.

Por Patricia Guerrero Medrano y Carlos Cañas Dinarte

Feb 10, 2021- 21:00

En su libro The Pandora’s Breeches, la historiadora de la ciencia Patricia Fara plantea cómo, desde la antigüedad, los principales objetos de conocimiento (matemáticas, historia, astronomía, el conocimiento mismo) fueron simbolizados por figuras femeninas, pero parecían estar destinados a ser estudiados únicamente por los hombres. ¿Cómo podría ser Minerva una mujer cuando el aprendizaje era una actividad masculina? ¿Por qué encontramos tan pocos ejemplos de mujeres en la ciencia?

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Desde 2015, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura (UNESCO) estableció un día internacional para reconocer el papel fundamental de las mujeres y las niñas en la ciencia y la tecnología. Si bien este año los eventos de celebración se realizarán en línea, el foco estará puesto en Las científicas, líderes en la lucha contra el COVID-19, destacando claramente el papel crucial de las mujeres investigadoras en la lucha contra el virus, el desarrollo de las técnicas novedosas en las pruebas contra la pandemia y el diseño a contrarreloj de las vacunas. Pero la pandemia también ha tenido un impacto negativo en las científicas, al ampliar la brecha de género, provocar deserciones en carreras universitarias y reducir presupuestos institucionales hasta niveles precarios.

En 2021, el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia está dedicado a Las científicas, líderes en la lucha contra el COVID-19. La Dra. Özlem Türeci es una de las principales investigadoras en la carrera por la vacuna contra la pandemia. Imagen proporcionada por UNESCO-ONU Mujeres.

Durante gran parte del siglo XIX, con el paso de la filosofía natural a las disciplinas científicas, la mayoría de la actividad científica tuvo lugar en casas privadas, no en grandes laboratorios o instituciones. Las mujeres estaban excluidas de las universidades y las sociedades académicas, por lo que su trabajo se desarrolló en sus hogares y en apoyo directo a sus compañeros masculinos. Muchas hablaban diferentes lenguas, lo que les permitía a sus esposos o hermanos mantenerse al día en los últimos resultados científicos. Otras mujeres sugerían nuevas interpretaciones teóricas, colectaban especímenes botánicos o geológicos, o esquematizaban investigaciones a la vez que efectuaban sus rutinas domésticas diarias. Así, las mujeres fueron responsables de coleccionar, editar, ilustrar y publicar gran parte de los libros que aparecieron con el nombre de sus esposos, padres, hermanos o amantes.

Ejemplos sobran, como los de James Watt (1736-1819) y sus sucesivas esposas Peggy y Angie, quienes lo apoyaron con sus instrumentos y sus cartas técnicas de química; Charles Lyell (1797-1875) y Mary, su geóloga asistente, traductora al alemán y editora de sus libros.

En esta imagen cedida por el archivo histórico de la NASA, una mujer trabaja con un microscopio y la máquina de calcular Friden.

La idea tradicional de un genio científico solitario, tocado por un chispazo de inspiración, se aleja mucho de la realidad si investigamos acerca de las actividades de las personas que tuvieron un papel esencial más allá de las sociedades científicas o de las universidades. Esto no sólo nos permite examinar cómo la ciencia ha entrado en nuestra vida diaria, sino que también reconoce el valor que agregaron todas aquellas personas que giraron alrededor de la construcción del conocimiento científico, como artesanos, carpinteros, recolectores, mineros, marinos y, por supuesto, las mujeres. Otros enfoques de la historia de la ciencia son mucho más realistas y reconocen que los investigadores científicos son seres humanos con cotidianidades y preocupaciones mundanas. Pero, en cualquiera de estas aproximaciones, desaparece la idea convencional del papel de las mujeres en la ciencia como el apéndice de una pareja u hermano famoso o la dócil estudiante.

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Para el caso de la región centroamericana, en el último cuarto del siglo XIX se gestó una red intelectual de científicos cuyos trabajos, en el caso específico de El Salvador, aún no han sido sistematizados. Sin embargo, sus aportes sí nos permiten acercarnos al intercambio científico entre Europa y un pequeño grupo de astrónomos gestado dentro de la Universidad de El Salvador, compuesto por los doctores Ireneo Chacón Peña, Santiago Ignacio Barberena, Darío González Guerra y Alberto Sánchez Huezo. Desde 1885, a ellos se agregaría Antonia Navarro Huezo (1870-1891). Ella se constituye en una figura más que interesante para estudiar la relación entre la Universidad, el gobierno, sus asesores civiles y militares y la joven intelectualidad de la época, vinculada tanto con el liberalismo, el modernismo artístico y los fundamentalismos de los conservadores y ultramontanos.

Desde la Facultad de Ingeniería de la Universidad de El Salvador, Antonia Navarro Huezo mostró interés por desarrollar trabajos astronómicos, quizá bajo influencia de mujeres astrónomas y matemáticas de la Inglaterra victoriana, como Mary Sommerville (1780- 1872) o a las hermanas Agnes (1842-1907) y Mary Ellen Clerke (1840-1906), cuyas vidas han sido reconstruidas por la historiadora Mary Brück en su fascinante libro Stars and Satellites.

Retrato de la astrónoma escocesa Mary Sommerville. En su memoria, un cráter lunar y el asteroide 5771 llevan su nombre. Imagen digital tomada del Google Art Project.

Hasta entonces, las simples operaciones de cálculo que ahora realizamos en nuestros teléfonos en fracciones de segundo eran hechas en su mayoría por mujeres, como “trabajos administrativos” en institutos o centros de investigación. En el Observatorio de Harvard, Williamina P. S. Fleming (1857-1911), Antonina Maury (1866-1952), Angie Jump Cannon (1863-1941) y otras 80 mujeres pasaron muchísimo tiempo en el observatorio y trabajaron en parejas: una de las mujeres analizaba las fotografías tomadas por los telescopios y contaba en voz alta cada punto, cada estrella, mientras su compañera tomaba notas para registrar los datos. Más de 350 mil estrellas fueron censadas y etiquetadas para el estudio de generaciones de futuros astrónomos de esta institución. Este grupo de mujeres, bajo la dirección de Edward Charles Pickering (1846-1919), fue conocido como “las chicas de Pickering” o, de forma despectiva, “el harén de Pickering”. Esta historia se repetiría en diversos momentos de la historia de la astronomía. En el siglo XX, un grupo de mujeres, entre las que estaban Mary Jackson (1921-2015), Katherine Johnson (1918-2020) y Dorothy Vaughan (1910-2008), también fue usado como calculadoras humanas por la NASA, ya que realizaron los cálculos para poner a John Glenn en órbita, en febrero de 1962. Su contribución quedó registrada en la reciente película Hidden Figures (2016).

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Mientras las mujeres astrónomas de Harvard etiquetaban y censaban estrellas, en El Salvador Antonia Navarro Huezo cuestionaba los principales libros de texto y manuales de astronomía que circulaban en el sistema escolar, criticaba que estaban escritos en el extranjero y arreglados a las condiciones peculiares de aquellos países, por lo que muchos de los fenómenos astronómicos estudiados hasta entonces no se correspondían con la ubicación de El Salvador y la zona centroamericana.

A diferencia de sus colegas masculinos, la preocupación de Antonia también se extendería a los alumnos, quienes -afirmaba- adquirían ideas que después no se correspondían con la observación astronómica y, por tanto, a las tablas, manuales u otros libros de referencia que eran utilizados en los cursos salvadoreños de bachillerato y universidad.

Grupo de mujeres dedicadas al cómputo en el observatorio de la Universidad de Harvard, que trabajaban para el astrónomo Edward Charles Pickering en el llamado “Harén de Pickering”. Fotografía de 1890, proporcionada por el Harvard College Observatory.

Al respecto, es importante destacar que, en El Salvador de finales del siglo XIX, era muy importante la enseñanza de la cosmografía en los niveles básicos de enseñanza, secundaria y bachillerato en todo el ámbito nacional, con un particular énfasis en las aplicaciones prácticas, no sólo de los cuerpos celestes conocidos, sino también de cálculos prácticos con fines comerciales y de comunicación.

Esa pequeña red de intelectuales científicos a la que pertenecía Antonia creó espacios de diálogo científico y cultural inéditos, donde la circulación e intercambio de ideas e influencias intelectuales de ida y vuelta entre Europa y Centroamérica fueron mucho mayores y fructíferas, con cierto impacto en las políticas públicas de la época y, en concreto, en los currículos científicos de los futuros estudiantes universitario de un Estado salvadoreño moderno y del resto de repúblicas centroamericanas. Un germen nacionalista que desde el espacio científico se reafirmaría en el político, donde la sentencia liberal del Orden, Paz y Progreso se fortalecería durante las próximas décadas.

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