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Amalasuintha: la confección del poder entre Roma, Rávena y Constantinopla

“Un misterio todavía rodea la figura de Amalasuintha dentro del escenario multicultural y complejo de Europa y el mundo Mediterráneo del siglo VI. En sus pensamientos privados, en su situación anómala y aislada, ¿se sentía ella como una reina bárbara que tenía que luchar en las cortes reales para sobrevivir, quien quería proteger a su hijo rebelde y preservar la construcción política de su padre, Teodorico? O, en un palacio que respiraba el pasado Imperial romano, ¿codiciaba la posición de una mujer imperial en una Italia abierta a una reina femenina? Massimiliano Vitiello. Amalasuintha. The Transformation of Queenship in the Post-Roman World (Philadelphia, 2017)

Por Katherine Miller. Doctorado en Estudios Medievales y Renacentistas de UCLA. | Dic 11, 2021- 12:00

Díptico consular de Orestes del año 530. Los retratos de Amalasuintha y su hijo Atalárico aparecen en la parte superior, al lado de las cruces. Museo Victoria y Alberto, Londres.

En el norte de Italia, durante el siglo VI, tal vez acordamos al filósofo Boecio y su enorme contribución en la traducción de textos de los griegos al latín para que fueran accesibles a Europa Occidental, donde el griego había perdido vigencia. También en el siglo VI resonó el nombre de un humanista contemporáneo, el senador romano Casiodoro —el estadista sobresaliente de este período— con su presencia en la corte de Rávena de Teodorico “El Ostrogodo”, quien en ese entonces gobernaba el reino de los godos de la península itálica desde la ciudad y que después presidiría Roma en el siglo VI, con el beneplácito y permiso del Senado Romano —en Roma—, con el visto bueno de la Iglesia Católica romana y con el imperador romano en Bizancio. Todos ellos eran contemporáneos con el último imperador de Roma en el Occidente, Rómulo Augústulo, y con el imperador Justiniano de Bizancio, el imperio romano en el Oriente con sede en Constantinopla que duró mil años más que el imperio romano en el Occidente y que estaba en el proceso de fragmentación bajo la presión de las incursiones bárbaras desde el norte del continente.

Senador Casiodoro en un manuscrito del siglo 12. Universidad de Leiden, Alemania.

Pero, además, había reinas contemporáneas junto a estas figuras poderosas. Eran mujeres enérgicas y resplandecientes que posiblemente no son muy familiares para nosotros. Eran reinas como Galla Placidia y Amalasuintha, quienes ostentaban y manejaban el poder de gobernar en los nuevos reinos romanos y godos. Eran figuras fuertes, elegantes, históricas y reales en el reino de los Ostrogodos, en la Roma del Occidente, en la península itálica durante los siglos V y VII, con su corte en la ciudad de Rávena. Ellas también reinaban con el beneplácito del Senado Romano, con el permiso de la Iglesia Católica y asociadas con el imperador Justiniano y la emperatriz Teodora de Roma en Occidente, en Bizancio, con sede en Constantinopla.

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Estamos en el período conocido como la Antigüedad Tardía, aproximadamente en los años 284-700 A.D. Era un tiempo de transición desde la antigüedad clásica procediendo hacia la Temprana Edad Media en Europa en las regiones lindando con el mar Mediterráneo. Es un período complejo en Europa, la gran península de Europa que sobresale portentosamente de Asia, con la división que separa Asia de Europa en el Bóspora, el pequeño cuello de botella que desemboca en el mar Negro cerca de la ciudad central de Roma de los siglos V-VI CE: Constantinopla. El imperador romano, Diocleciano, había dividido el Imperio Romano en dos partes durante el siglo IV, período de la cristianización del imperio que exhibían una variedad de “herejías” en conflicto dentro de la iglesia que finalizó con la declaración de la ortodoxia definitiva de la iglesia católica declarada por el Concilio de Calcedonio. Mientras tanto, los Ostrogodos eran creyentes en una tendencia, Bizancio en otro y había muchas más. Estas distintas tendencias, denominadas por Roma como herejías, dificultaban el control y poder político de la Antigüedad Tardía.

De las mujeres mencionadas arriba, consideramos a Amalasuintha. Es posible que la conozcamos muy poco, pero para quienes gobernaban durante el siglo VI con afán fue fuerza y gloria, uno de los reinos que confeccionaban los godos en el imperio occidental de Roma ahora con sede en Rávena. El poder de gobernar tenía que ser confeccionado por medio de varios métodos durante la fragmentación continua en el Occidente. Los reinos, productos de las migraciones bárbaras, fueron construidos por medio de una amalgama de romanos y godos —con tanta tensión durante y después de las entradas migratorias— de las tribus bárbaras que huían a los hunos del Genghis Kahn; los movieron agresivamente desde Asia Central. Las migraciones eran resultado también de otros factores, tales como los drásticos cambios climáticos de la Pequeña Edad de Hielo que causaba hambrunas y sequías que acechaban los reinos norteños de los bárbaros/romanos en los territorios entre el mar Negro, Constantinopla, Venecia y Rávena.
Una reina “postromana” como Amalasuintha manejaba la confección necesaria de poderes para mantener la unidad de, en su caso, los Ostrogodos de una manera tan brillante y creativa pero finalmente trágica. Es posible que no la conocemos porque casi no aparece en la historia de Roma o de la Europa que se estaba tejiendo durante este período entre la civilización y cultura griega y romana y la civilización y valores y leyes consuetudinarias de las nuevas tribus bárbaras que estaban entrando en el imperio ya fragmentado de Roma en el Occidente. La causa de su escueta apariencia en la historia escrita es la misoginia. Por el momento, estamos ubicados en nuestra consideración de Amalasuintha, en un cruce de caminos entre tres culturas en tiempos que las mujeres no eran consideradas como legítimas figuras de poder gubernamental.

Amalasuintha era la última reina del mundo romano —o “postromano”— en momentos en que el Occidente se estaba fragmentando; ella está parada entre la Antigüedad Tardía y la Temprana Edad Media, entre las culturas romanas y postromanas, entre los mundos del Occidente y Oriente y entre las varias tendencias de la Cristiandad todavía en conflicto.

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Amalasuintha recibió una educación romana clásica en las cortes de Rávena y Constantinopla. Además, era multilingüe: hablaba y escribía el lenguaje de los godos, ya que su padre era un rey enormemente importante históricamente, Teodorico “El Ostrogodo”. También manejaba completamente el latín y gobernaba parcialmente con el consentimiento del Senado en Roma. Hablaba griego, necesario por su asociación política y la construcción de alianzas con el imperio romano en Bizancio, con el imperador Justiniano. Era bicultural, con un pie en el mundo de los godos y el otro en el mundo romano. Sabemos de ella por la correspondencia de su amigo y defensor, el senador romano Casiodoro, que dibuja en sus cartas el ambiente y juegos de poder de la corte en Rávena, la capital de Roma en el Occidente, y de la persona de Amalasuintha misma (véanse Variae de Casiodoro).

Teodorico en un mosaico bizantino en la basílica Sant’Apollinare Nuovo, Rávena, Italia.

El padre de Amalasuintha, Teodorico “El Ostrogodo”, gobernó durante su vida desde la corte de Rávena, que fue azotada por conflictos políticos, culturales e intrigas de poder, principalmente entre romanos y godos. Mandó a ejecutar al filósofo Boecio, quien él imaginaba, en su paranoia, lo había traicionado con los romanos en los conflictos entre Roma y las tendencias de la aristocracia antigua de los ostrogodos. Esta y otras ejecuciones por acusaciones de traición desgarraba la imagen de un rey que Teodorico había luchado por representar ante el mundo, de un líder tolerante y proromano. En los tiempos en que Teodorico estaba muriendo, ordenó que el único hijo varón de la familia antigua de los godos, la familia Amal, asumiera el trono: su nieto, Atalárico, hijo de Amalasuintha, quien tenía solamente 10 años de edad. Y así Amalasuintha llegó a ser la reina regente de los ostrogodos en Italia.
Amalasuintha, como reina regente, ocupaba una posición propicia para la introducción de una forma más romanizada en Rávena, por ser reina mientras vivía su hijo Atalárico. Ella es una de las figuras más complejas e intrigantes del mundo mediterráneo y europeo de la Antigüedad Tardía, puente entre la Italia gótica y el Imperio Romano, ahora con sedes en Rávena y en Constantinopla.

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Un misterio cubre la razón que influenció a Teodorico cuando tomó la decisión —que era evidentemente una decisión arriesgada—, en el año 526, de otorgar el reino de los Ostrogodos a su nieto de 10 años, pero afianzado a la regencia de su hija, Amalasuintha. Debemos saber que, antes de su muerte, Teodorico había roto sus relaciones con la clase senatorial de los romanos, con la clerecía de la iglesia romana y asombró al mundo con las conocidas ejecuciones de quienes él acusaba de traición con los romanos, entre ellos el asesinato de Boecio.

Amalasuintha, entonces, recibió la herencia de una situación envenenada en el palacio de Rávena. Pero fue protegida en su estatus como hija real y reina regente, por Casiodoro y por el imperador bizantino Justiniano mismo. Construyó alianzas y protecciones con las que pudo confeccionar las formas de poder que apenas le permitían gobernar, pero lo hizo con brillo. Aunque había recibido una educación del estilo romano, ella también tenía que manejar asuntos con la aristocracia antigua y hostil de los godos. No había otras figuras comparables a la de Amalasuintha en la astucia de manejar las corrientes tan peligrosas de poder. Entendió, obviamente, que tenía que actuar siempre con discreción en este mundo internacional de tensiones étnicas, religiosas y de agresiones políticas muy poderosas regidas por personas como Justiniano, el Senado Romano y la Iglesia Romana. Actuó cuidadosamente y con astucia; utilizó a su hijo como escudo hasta que murió, dejándola sola con la necesidad de confeccionar el poder para continuar como reina en solitario.

Mosaico bizantino de la corte de Justiniano (al centro con aureola) aproximadamente del año 547. Iglesia de San Vital de Rávena, Italia.

En la década de los 530, cuando sabía que su hijo estaba muriendo, ella asumió el poder como reina sola, enfrentando a la aristocracia antigua de los godos, porque tejió su propio apoyo con la clase senatorial de los romanos y con Justiniano mismo. Sabía, obviamente, que en tal situación y en los tiempos en que reinaba tenía que buscar apoyo masculino. Escogió a su primo, Theodahad, el único posible heredero masculino de la familia Amal que podía asumir el poder con ella, como consorte masculino. Milagrosamente lo seleccionó, pero decidió no casarse con él (ya tenía esposa). Así continuó —sola— tejiendo alianzas políticas para mantenerse a flote en el poder para gobernar.

Sin embargo, en última instancia, Theodahad conspiró en su contra. La mandó a capturar y la exilió en la pequeña isla de Marta en el Lago Bolsena, cerca de Viterbo, donde ordenó su asesinato en el mes de mayo del año 535.
Se sabe también que Justiniano conspiró con Theodahad en su afán de comenzar la reconquista del antiguo imperio romano en el Occidente, aunque Amalasuintha había ofrecido a él la isla de Sicilia como punto de lanza para sus campañas militares de reconquista. En el momento del asesinato de Amalasuintha, Justiniano invadió Italia y siguió sus diseños de conquistar el mundo entero de la Cuenca del Mediterráneo.

En el año 1994, los ciudadanos de la pequeña isla de Marta, que una vez había sido la prisión solitaria de la reina Amalasuintha, montaron una placa de metal que conmemora los 1500 años del nacimiento de esta reina. Era una figura política femenina que había asumido el poder con la visión de una reina en un mundo que no estaba listo.
FIN

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