Trabajos de baja calidad fomentan la pobreza, según la Cepal

Para el organismo ver la pobreza como falta de esfuerzo personal o familiar estigmatiza a las personas que se encuentran en esa condición. Los datos indican que, paradójicamente, los más pobres sí están ocupados; sin embargo, son trabajos de baja calidad y sin protección social.

El problema para la inclusión laboral de los pobres no es exclusivamente la falta de empleo; sino que a menudo trabajan en sectores de baja productividad, en condiciones inseguras y con bajos salarios. Foto EDH / Archivo.

Por Vanessa Linares

Jun 23, 2019- 21:40

En América Latina, la mayoría de personas en edad de trabajar que se encuentran en condición de pobreza y pobreza extrema están ocupadas o buscan activamente un empleo.

No obstante, si trabajan, lo hacen sin remuneración o en formas y condiciones de baja calidad que no solamente no son suficientes para dejar la pobreza, sino que, peor aún, la reproducen.

Así entonces, trabajar no es una garantía para salir de la pobreza, advierte la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en su reciente libro publicado “Programas sociales, superación de la pobreza e inclusión laboral. Aprendizajes desde América Latina y el Caribe”; y llama a “deconstruir la tesis de la flojera como causa principal de la pobreza”.

Según el organismo internacional, ver a la pobreza como sinónimo de falta de interés, esfuerzo personal o familiar lleva a estigmatizar a las personas que se encuentran en esta condición e implica que los pobres deben luchar por una doble inclusión, la social y laboral.

Es decir, no solo por tener más dinero o recursos sino también por la aceptación y más acceso a oportunidades.

“Las personas pobres abogan por la doble inclusión ya que consideran que sus condiciones de vida podrían mejorar a partir del incremento de las oportunidades laborales, mejores salarios y acceso al mercado, al crédito, a tierras productivas. Al mismo tiempo, valoran positivamente el acceso a los servicios sociales y a los programas de asistencia social”, recoge el documento.

Pero, de acuerdo con los datos del Banco Mundial, recopilados por la Cepal, en la región, los pobres no están de balde. Paradójicamente, los que tienen menos recursos y sufren de más privaciones son los más ocupados.

Por ahora, las mayores tasas de inactividad entre las personas que viven en pobreza y pobreza extrema respecto del resto de la población se explican, en gran medida, por las altas tasas de inactividad de las mujeres, puesto que actualmente dos de cada tres hombres pobres y extremadamente pobres tienen trabajo o están buscando uno.

El organismo aclara que esto no significa que las mujeres no trabajen, sino que ellas dedican muchas horas al trabajo doméstico no remunerado y de cuidado de niños, personas mayores o con discapacidad.

Los datos alertan que el desempleo afecta en mayor proporción a las personas que viven en condiciones de pobreza; pero, incluso, una vez que logran ocuparse, una alta proporción de pobres y extremadamente pobres se desempeñan en trabajos por cuenta propia u ocupaciones de menor calidad y con altos déficit de protección social.

“El problema para la inclusión laboral de las personas que viven en la pobreza y la extrema pobreza entonces no es exclusivamente la falta de empleo o que las horas de trabajo sean insuficientes; de hecho, muchos tienen más de una ocupación y trabajan durante largas jornadas”, apunta el libro.

Los trabajos a los que llegan los más pobres distan de los considerados decentes; con frecuencia se emplean en sectores de baja productividad, “en condiciones a menudo inseguras, sin que se respeten sus derechos básicos ni ganar lo suficiente para garantizar condiciones de subsistencia y un futuro mejor para sí mismos y sus familias”.

Entonces, no todos los trabajos remunerados implican oportunidad para dejar de ser pobre o reducir, al menos, las desigualdades.

Y en El Salvador, ¿qué es ser pobre?

De acuerdo con un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), las personas consultadas describieron la pobreza en términos de las carencias más sentidas en sus vidas.

Por ejemplo, tener grandes dificultades para alimentarse y comer casi siempre lo mismo, no contar con vivienda digna, no tener un trabajo fijo, carecer de acceso a servicios de salud y no tener oportunidad de acceder a una educación de calidad y a los niveles requeridos para poder conseguir un trabajo bueno y estable.

La última Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (EHPM, 2017) publicada por la Dirección General de Estadísticas y Censos (Digestyc) del Ministerio de Economía (Minec) indica que a nivel nacional uno de cada tres de los hogares se encuentran en pobreza extrema o relativa; es decir, que con su ingreso no alcanzan a cubrir el costo de la Canasta Básica Alimentaria (CBA) ni el de la CBA ampliada (dos veces el valor de la CBA).

Además, las estadísticas oficiales indican que el 33.4% de los hogares salvadoreños está en condición de pobreza multidimensional; esto equivale a unos 611,480 hogares en los que residen más de 2.5 millones de personas.

La pobreza medida como multidimensional; en otras palabras, implica el reconocimiento de su impacto en diversas dimensiones de la vida de las personas.

Que la pobreza restringe el potencial de desarrollo de sus capacidades y, en consecuencia, limita sus perspectivas para vivir de manera digna.

Se considera un hogar multidimensionalmente pobre a uno que tiene siete o más privaciones de los 20 indicadores en educación, salud, trabajo, calidad de vivienda y condiciones de hábitat.

La última EHPM reveló que a nivel de departamento los más favorecidos fueron San Salvador con 18.3%, Chalatenango con 28.3% y Santa Ana con 31.8% y, mientras que los más pobres fueron Ahuachapán con 49.8%, Morazán con 48.7% y La Unión con 47.9%.

 

REGIÓN APUESTA POR LOS PROGRAMAS DE ASISTENCIA

La pobreza se considera una “situación de carencia o insuficiencia de recursos y oportunidades para acceder a derechos básicos y al reconocimiento de la ciudadanía”; de ahí que los países latinoamericanos apuestan por el desarrollo de programas de asistencia.

No obstante, aunque durante años se viene trabajando en la región con diversos proyectos de protección social, hay elementos que llevan a cuestionar si estas iniciativas son realmente efectivas para sacar a la gente de la condición de pobreza y pobreza extrema y si generan espacios que reduzcan la desigualdad.

En la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas se reconoce la multidimensionalidad de la pobreza y, por lo tanto, su reducción está vinculada no solo a los ingresos, sino también a la protección social, la garantía de derechos a servicios básicos, la mitigación de riesgos asociados a eventos catastróficos y climáticos extremos, y la posibilidad de acceso al empleo y al trabajo decente.

La Cepal analizó qué tanto han avanzado al menos tres tipos de programas de asistencia no contributiva (dirigidos principalmente a quienes viven en situación de extrema pobreza, pobreza y vulnerabilidad) en la región: las transferencias condicionadas, los programas de inclusión laboral y productiva, y las pensiones sociales.

En síntesis, pese a que hay 30 programas de transferencias condicionadas en 20 países estos solo alcanzan al 20 % de la población total de la región; las pensiones sociales cubren al 25.1% (19.3 millones de personas); y los 72 programas de inclusión laboral y productiva, en tanto, sí tienen efectos significativos y la mayoría de estos son positivos, uno de cada tres latinoamericanos seguía siendo pobre en 2017.

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