Los pueblos que resurgieron después del conflicto armado

Chalatenango fue uno de los departamentos más afectados durante la guerra civil. Algunos de sus habitantes fueron desplazados de sus comunidades y otros se refugiaron en Honduras.

Por Nancy Hernández

Ene 04, 2020- 20:40

A 28 años de la firma de los Acuerdos de Paz, los efectos del conflicto armado siguen vigentes en la memoria de los salvadoreños, sobre todo de quienes vivieron de cerca los bombardeos, operativos militares y desplazamientos.

Algunos de los pueblos que fueron destruidos y abandonados siguen luchado por levantar los escombros que les dejó la guerra civil, uno de estos es Nueva Trinidad, en Chalatenango.

“Vinimos y no sabíamos que estábamos sobre un cementerio, en todo el casco urbano estaban las osamentas de toda la gente que murió en masacres y bombardeos. El pueblo está sobre los cadáveres de toda esa gente que murió para el conflicto armado”, cuenta Julio Rivera, de 47 años, habitante del pueblo de Nueva Trinidad.

Él tenía 7 años cuando su madre, hermanas, tías y primas pasaron a ser parte de los muertos en la lucha armada. A esa edad, su padre lo tomó de la mano y solo con lo que llevaban puesto migraron a Mesa grande, uno de los refugios de Honduras. Era 1980, la tensión social era alta, los pueblos de Chalatenango eran puntos de combate entre la Fuerza Armada y la guerrilla del FMLN.

Ahora tiene 28 años de vivir en Nueva Trinidad, trabaja en el Centro Cultural Comunitario profesor David Rovira, a veces colabora con la parroquia y con temas de Memoria Histórica.

A la ciudad se llega sobre la carretera Longitudinal del Norte, hay una entrada, una pendiente estrecha y polvosa, tiene espacio para un solo vehículo y algunas curvas. El municipio fue destruido con bombardeos, el pueblo quedó en ruinas, sus habitantes fueron masacrados, otros abandonaron sus casas y huyeron tratando de escapar de los enfrentamientos. Este fue uno de los pueblos fantasmas, un pueblo que resurgió de las cenizas; lo único que quedó en pie fue un árbol de copinol donde el ejército torturaba y asesinaba a las personas, según cuentan.

“El pueblo no olvida las atrocidades cometidas contra la población civil. En este lugar, frente a la iglesia y al pie de este árbol de copinol, el sargento León torturaba a niños, niñas, jóvenes, mujeres y ancianos. Mantengámonos despiertos y no permitamos que este salvajismo vuelva nunca más”, dice un rótulo que está colgado en el viejo copinol.

En Nueva Trinidad todo parece estar cerca. Lo primero que se ve es una tienda, en una de sus paredes está pintado un signo de dólar, sobre este un campesino sin camisa con una cuma y un tecomate a la cintura y a un lado la frase: “No somos pobres, nos han empobrecido”.

De fondo una pequeña plaza con gradas y un mural alusivo a personajes icónicos del FMLN y la revolución. La alcaldía está frente al parque, es pequeña, oscura y un poco desordenada. En el centro un pequeño kiosco, juegos para niños y una fuente dan lugar al parque. A un lado, el antiguo copinol y a 50 metros la iglesia.

El pueblo empezó a padecer la penumbra de la guerra civil en 1980. Rivera asegura que era frecuente que grupos de soldados irrumpieran en la noche, se llevaran a personas para torturarlas y asesinarlas. Los bombardeos eran el pan de cada día.

“La más afectada era la gente indefensa, la población civil. Las casas eran quemadas, familias enteras eran matadas, ese era el diario vivir de la época. La guerrilla no estaba aquí, estaba en el monte, ellos no sufrían”, dice Rivera.

Él regresó en 1991 con su padre y otras familias que decidieron dejar el refugio en Honduras. Sostiene que el pueblo estaba desolado quedó completamente destruido y “no quedó piedra sobre piedra”.

“Cuando vinimos no había ni una sola casa, todo estaba completamente destruido, no había energía eléctrica, no había servicio de transporte, las vías de acceso estaban malas, era un total aislamiento. Cada familia vio el arbolito que más sombra podía darle y esa era la casa”.

La reconstrucción del pueblo se empezó con la ayuda de otras comunidades que habían regresado a vivir a los pueblos y zonas aledañas, así como la ayuda brindada por organismos internacionales. Rivera considera que la reconstrucción terminó en el año 2000, cuando el proyecto de agua potable llegó a Nueva Trinidad; antes de esto solo tenían un chorro de pozo para todo el casco urbano e incluso los caseríos aledaños, para bañarse y lavar la ropa, tenían que ir hasta el río Sumpúl.

Antes del conflicto armado se desconoce cuánta población habitaba en los cantones y caseríos del municipio, en la actualidad son más de dos mil personas las que están distribuidas en los siete cantones y los 54 caseríos, y en el casco urbano viven cerca de 300 personas.

La población, en su mayoría, se dedica a labores de agricultura como la siembra del maíz, frijol y maicillo.

Arcatao, el pueblo fantasma

Este municipio de Chalatenango, corrió con la misma suerte de otros municipios aledaños que fueron destruidos por ser bastiones de la guerrilla del FMLN. Sus pobladores fueron masacrados, las casas quedaron abandonadas, los cantones fueron territorio de la guerrilla y usurpados por la Fuerza Armada.

“En Arcatao había mucha pobreza, es uno de los pueblos de dónde más salieron personas a refugiarse a Honduras, el pueblo quedó prácticamente vacío. Fue un pueblo fantasma porque las calles quedaron desiertas, las casas abandonadas, saqueadas. Las personas no cultivaron y tampoco trabajaron más. La mayoría de la población estaba organizada en células guerrilleras y esto hizo al municipio un punto de combate y ataque”, explica Israel Cortez, investigador de historia.

En la actualidad, Arcatao es un pueblo silencioso, ahora también parece desolado. Sus calles son empedradas, el parque y la iglesia están en el centro, rodeados de bonitos portales hechos de madera y con techo de teja. Algunos están decorados con macetas y flores, la mayoría de las casas mantienen sus puertas cerradas, pero otras son tiendas de productos varios, ropa y alguna que otra es un comedor.

El acceso para llegar al pueblito no es complicado, la calle es de concreto, hay señalizaciones y el tráfico no es problema en un lugar tan remoto como lo es Arcatao. Sin embargo, también fue bombardeado, saqueado y sus habitantes desterrados de las tierras que por años habían cultivado.

No obstante, fue de los primeros pueblos en volver a ser repoblados. En 1987 retornaron los primeros salvadoreños desde el refugio de Mesa grande y Arcatao volvió a recibir a sus habitantes.

En este mismo año, algunas de las personas que vivían en los cantones situados en la zona montañosa decidieron mudarse al pueblo.

“Cuando empezamos a repoblar en 1987, todavía estaba la guerra, pero ya estábamos en la lucha por el respeto a los derechos humanos. Nos venimos para acá porque en los cerros ya no se aguantaban los bombardeos de los aviones, el ejército nos perseguía. Vinimos y encontramos todo abandonado, las casas con los agujeros de las balas, todo en escombros”, cuenta Elia Castillo, de 57 años, miembro del Concejo municipal y Comité de memoria sobreviviente de Arcatao.

Ella llegó junto con su familia y otras personas más al pueblo, cansados de esconderse en tatús (habitáculos subterráneos creados por la guerrilla) para no morir en algún bombardeo.

“Una vez los militares llegaron a sacar a mi mamá y a otras señoras de las casa. Las agarraron del pelo, las tiraban al suelo, les ponían cigarros prendidos en la cara. No queríamos más de eso y tuvimos que huir”, cuenta Castillo.

Pero este no es el único recuerdo triste que Castillo guarda, pues asegura que en abril de 1986 la impotencia se apoderó de ella cuando la Fuerza Armada llevó a hombres, mujeres y niños a la iglesia para torturarlos.

“A los hombres los mantuvieron en los portales, algunos guindados de los brazos y de los pies. Les hacían cruces en el estómago, los torturaron y a otros los asesinaron, después los picaron y quemaron”, dice Castillo.

Después de estos episodios, cada vez que un grupo de militares llegaba al pueblo sonaba una campana, todos los habitantes salían, se reunían en la puerta de la iglesia y se oponían a las torturas o a que los militares se llevaran a las personas.

“Fue triste, pero son historias con las que tenemos que vivir y trabajar para que no vuelvan a ocurrir. Ahora aquí es bien tranquilo, hay paz, la paz que tanto añoramos durante años”, concluye Castillo.

Arcatao, en lengua Potón, significa “La casa de la serpiente”, por ello en el centro del parque hay una fuente rodeada con la figura de una serpiente.

Los portales son parte de la estructura urbana original del poblado, esto significa que los propietarios no pueden remodelar las casas, pero en caso de daño pueden repararlas con la asesoría de la Dirección de Patrimonio Cultural Edificado, según información del Ministerio de Cultura.

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