Los museos de la memoria en la posguerras

“Cuando yo ocupo una palabra”, dijo Humpty Dumpty, en un tono de desprecio, “significa exactamente lo que yo decido que significa—ni más ni menos”. “La cuestión es”, dijo Alice, “si usted puede confeccionar tantos diferentes significados para las palabras, en tal manera que pueden significar lo que quiere”. “La pregunta es”, dijo Humpty Dumpty, “¿Quién será el amo?—solamente eso”. Lewis Carroll, Alicia en la Tierra de las Maravillas.

Fotograma del documental La Chagrin et la Pitié (1971) del director Max Ophuls, que muestra la vida del pueblo francés Clermont-Ferrand durante la ocupación Nazi. En el cartel pegado a la pared se lee “Por orden del Comisariado general sobre las cuestiones judías: la entrada de judíos en los salones del hotel de los Tentes está prohibida de forma absoluta”. / Foto Por Foto EDH / Archivo

Por Doctora Katherine Miller

May 05, 2019- 04:30

El 8 de mayo de 1945, fue el día de la victoria de los Poderes Aliados contra los Poderes del Eje (del fascismo). Esta fecha fue declarada el Día de la Victoria en Europa (V-E Day), porque se registró el fin de la Segunda Guerra Mundial —la gran guerra contra el fascismo en Europa y Asia (V-J Day o Victoria en Japón). En el aniversario —cuando han transcurrido casi 75 años—, aún existen indicios de que muchos de los países europeos son de la opinión que la posguerra todavía no termina.

El concepto y la palabra “posguerra” indica un período inmediatamente posterior al cese de hostilidades bélicas en una nación, pero que continúa vigente hasta que un gran porcentaje de los problemas generados por dicha guerra son resueltos, permitiendo que la nación funcione y se mueva hacia adelante, en una situación que se aproxima a la normalidad.

He aquí, en esta definición, espacios infinitos para la manipulación de la realidad, especialmente en las palabras que representan una realidad metamorfoseada por distintos motivos políticos, económicos y culturales, para que sean empotradas en las memorias de una nación.

Hasta hoy, continúan haciéndose películas que revisan la historia de esta guerra contra el fascismo. Vienen a la memoria cintas como Cristo se detuvo en Éboli (1979), del director Francisco Rosi (una película que define precisamente el antifascismo en Italia, basada en la novela del mismo nombre escrita por Carlo Levi). Se siguen publicando libros de análisis de la posguerra en toda Europa, con títulos como The Politics of Memory in Postwar Europe (Las políticas de la memoria en la Europa de la posguerra. Lebow, Kansteiner y Fogu, editores. 2006).

Además, el año pasado, la nación francesa vio semanalmente en sus televisores episodios sobre los traumas y acciones de la Resistencia y de la Colaboración, durante la ocupación de Francia por la Alemania Nazi. Los capítulos fueron presentados desde ópticas novedosas y distintas, en la popular serie —por el número de los que la vieron sin falta cada semana— Un village français.

Pero la obra maestra de historia y análisis de la posguerra, entre docenas de publicaciones sobre el tema cada año, es Posguerra. Una historia de Europa desde 1945, de Tony Judt, publicada el año 2005 a nivel mundial.

El argumento que se propondrá desde estos y otros ejemplos es que los europeos, aún después de 75 años de posguerra viviente y vívida, son devotos a los análisis de las políticas de la memoria de sus posguerras, que promulgan a la juventud y a la personas que vivieron la Segunda Guerra Mundial, en libros de texto, literatura, cine y pronunciamientos de gobiernos de turno en casi cada país. Eso demuestra que los europeos consideran que la posguerra en Europa no ha terminado.

En una evaluación superficial de la situación de los imaginarios culturales y las políticas de posguerra, en unos dos mises en scène, de unos países que crecieron para formar parte de la Unión Europea, producto de las estrategias del Plan Marshall de los EE. UU. que comenzó inmediatamente después del Desembarco de las Fuerzas Armadas Aliadas, en Normandía en 1944, se puede percibir que los europeos, en general, no consideran que haya una resolución suficiente de las actitudes y actuaciones políticas de los países de su continente sobre la posguerra, para declararla terminada.

Para ejemplificarlo, veamos trozos de historia de la memoria y análisis de las posguerras en Italia y Francia, donde todavía enfrentan situaciones que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial.

Comencemos con algunos vistazos a la representación de la historia de la posguerra desde la cuna del fascismo: Italia. Hay que tomar nota que el período de los 20 años durante el cual Italia rindió homenaje a Mussolini (el ventennio nero, las décadas negras) fue analizado por el gran pensador y filósofo italiano Benedetto Croce. En esta primera visión de la historia del período fascista, Croce lo presentó como “un paréntesis en la historia de Italia”; o sea, algo que pasó fuera de la verdadera historia de “la brava gente” (la buena gente italiana que nunca jamás pensó en adherirse ideológicamente y en la práctica al partido fascista del Duce).

Después viene otra alteración de la representación del fascismo italiano. Esta vez en una versión que consideró el pasado fascista como un “virus externo” en la cultura italiana. Y cuando el financiamiento de la industria del cine por el Plan Marshall estadounidense para la reconstrucción de Europa presentó el fenómeno de La Nouvelle Vague (la nueva onda) en Francia, Italia, Alemania y el Reino Unido, se nacionalizó la memoria del fascismo en el cine de cada país como que nunca había existido. Lo mismo pasó en los libros de texto escolares.

Después viene la óptica en la que el fascismo durante la guerra fue presentado como un Risorgimento Católico: el proceso de ganar la independencia, unificar a la Italia, además de formar la nación católica italiana. Aparece en esta versión de la historia, lo que los cineastas políticamente serios, junto con la juventud universitaria movilizada para ocupar las universidades entre los años 1960 y 1970, denominaron “la falsa memoria de un Risorgimento Católico”. Es que la juventud acusaba a sus padres de no ser, en realidad, “buenos garibaldinis del Risorgimento”.

Las palabras, representaciones cinematográficas y foros analíticos del fenómeno de la guerra, promulgados durante la posguerra, pasaron por una metamorfosis política y cultural, hasta que habían cambiantes versiones de la historia de la guerra y posguerra, de eso no hay duda.

En Italia, para presentar otro ejemplo, surgió otra generación de cineastas que ofreció una “contra versión”, más históricamente real, del pasado fascista de Italia. Estos directores fueron Federico Fellini (Amarcord, 1973), Bernardo Bertolucci (Novecento, 1976) y Roberto Rossellini (Alemania, Año Zero, 1949).

Lo más reciente de este género es una película que destruyó —cinematográficamente hablando— las murallas del olvido, en su magnífica presentación de la evocación, historia y manipulación de conceptos de la memoria de los italianos fascistas durante la guerra —en su antisemitismo y su relación con la Shoah—, es la inolvidable actuación y dirección del siciliano Roberto Benigni, en el filme La vida es bella (1997), que brilla y analiza el fenómeno del fascismo italiano y su efecto en el país y las familias.

Todos estos cineastas italianos, al fin, presentaron al final del siglo XX y principios del XXI nuevas revisiones del pasado fascista de Italia con realidad profunda. De hecho, tal vez el análisis político y psicosocial del fascismo italiano se encuentra en la famosa obra del cine italiano El conformista (Bernardo Bertolucci, 1970). En este filme, se mezcla la memoria, la historia y varios niveles políticos de la complejidad de Italia como república del fascismo. Bertolucci presentó la violencia profunda que llevó históricamente a Mussolini a ser colgado pies arriba ante una turba Milanesa, antes de ser trasladado a la aldea de su nacimiento, donde fue objeto de veneración y peregrinajes.

Estas variaciones de la visión y explicaciones —o fases de encubrimientos— sobre la historia de Italia como una nación fascista durante la Segunda Guerra Mundial prevalecieron, una tras otra, en los libros de texto ante la juventud como una linterna mágica.

Como la educación de los jóvenes es clave en la formación del imaginario social y real de las posguerras, es tan importante no moldear la historia para encubrir o analizar, por turnos, las varias versiones cambiantes de su posguerra. Si es el caso que terminó la guerra antes que nacieran millones de jóvenes, y no hay nada fide digna de la historia de una nación en guerra, se quedan los alumnos con espacios educativos vacíos e imperdonables de las crónicas de su nación.

Es que, “antes de que Alicia llegara a la Tierra de las Maravillas, tenía que caer duramente por un hoyo muy profundo y oscuro”. Hay muchos indicios de inventos y cambios, abundan los palimpsestos (grabado nuevamente). Y los crímenes de guerra cometidos por el ejército italiano-fascista en Etiopía y los Balcanes no han sido enjuiciados todavía. “La pregunta es”, dijo Humpty Dumpty. “¿Quién será el amo? —solamente eso”.

Dos momentos no debemos de olvidar. El Cardenal Ratzinger (quien fue electo en el año 2005 como Papa Benedicto XVI) presentó, en el primer mes de su papado, una condena pública a todos los Nazis y fascistas que cometieron crímenes contra la humanidad. Y en la mayoría de los países, se han pasado, recientemente, leyes que criminalizan declaraciones públicas e impresas de la negación de la existencia de los eventos del Holocausto. Se ha reconocido ahora que el fascismo es un fenómeno europeo.

Estos actos —así como literatura, cine y libros de texto— citan solamente con el afán de comprobar que a estas alturas, no se considera posible anunciar el fin de la posguerra en Europa, aún después de 75 años. No hay resoluciones conclusivas sobre por qué no se puede declarar el fin a la posguerra en ningún país, solamente con unas palabras egoístas proclamando el fin.

Pasando a Francia, veamos al gran héroe nacional de la Primera Guerra Mundial, el Maréchal Pétain, ofreciéndose como regalo a la nación francesa, como el salvador que llegará a ser el jefe del gobierno que colaboró con los Nazis en su ocupación de Francia, con la conformación del gobierno de colaboración en Vichy.

En 1944, cuando terminó la ocupación alemana de Francia, comenzó lo que se llama la Épuration: la primera purga legal y extralegal de los franceses que ayudaron a los Nazis. Muchos de los colaboradores de la posguerra eran escritores y periodistas famosos que fueron enjuiciados y ejecutados de forma extrajudicial, en las Cortes de Casación montadas por los de la Resistencia, además de las cortes militares que consideraron las demandas por traición y colaboración con el enemigo, por crímenes contra la humanidad, asesinato, exterminación de los judíos, por deportación o persecuciones por razones políticas, raciales y religiosas.

La Épuration vio el enjuiciamiento y sentencia de unos 300,000 casos, de los cuales, arrojó 6,763 sentencias a muerte por traición (pero el 73 % de estas sentencias fueron conmutadas por el Générale De Gaulle), además de 49,723 sentencias de degradación nacional (pérdida de derechos civiles y humillación pública) por haber auxiliado con la deportación al campo de concentración francés Drancy de judíos, gitanos, republicanos españoles y otros colaboradores. También se realizó la humillación pública de mujeres que se relacionaron con miembros de las tropas alemanas durante la ocupación. Su castigo, entre otros asuntos, fue de rasurar su cabello públicamente.

Aunque la guerra en Francia terminó legalmente el 10 de mayo de 1946 (después de un cese al fuego), algunos de los colaboradores no fueron enjuiciados hasta la década de los 90 (entre ellos, Maurice Papon, comisionado de la policía para Vichy, en 1997).

La memoria presentada en el cine continúa. En Francia, se puede mencionar como primer ejemplo La Chagrin et la Pitié (La tristeza y la piedad) de Max Ophuls (1969) y como segundo ejemplo, Lacombe, Lucien de Louis Malle (1974). Estos son ejemplos del trabajo de los directores franceses que quitaron la máscara de la colaboración, que consistió en la mentira o construcción de una realidad histórica falsa e inventada.

Se debe mencionar que cuando salió en 1969 la película La Chagrin et la Pitié, el gobierno de Georges Pompidou no permitió que se exhibiera públicamente. Hasta 1969, duró, entonces, la censura contra la verdad sobre la cooperación en la posguerra.

El argumento, con los dos ejemplos muy distintos ya detallados, ha sido una suerte de comentario sobre la prolongación de la posguerra, que, aparentemente, no se considera terminada, si lo medimos por las denuncias publicadas y filmadas hasta el presente.

Últimamente, muchos han “declarado” que había terminado la posguerra en Europa, pero las evidencias siguen saliendo en los teatros, las cortes e imprentas y las universidades europeas. En ninguno de los dos países bajo la lupa, tan diferentes como son, se puede declarar el fin de la posguerra después de la Segunda Guerra Mundial.

Y estamos hablando de 75 años en los que las meras palabras, en cualquier país, declarando que ya ha terminado la posguerra, solamente demuestran que se ha podido manipular la historia. Pero no han podido encubrir la historia, allá, aquí y ahora.
FIN

Utilizamos cookies y otras tecnologias para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestro sitio web.

Política de privacidad