Las caravanas de migrantes no sirvieron para llegar a Estados Unidos

Las caravanas, un fenómeno que movió a cientos de salvadoreños, hondureños y guatemaltecos, no logró su principal objetivo, llegar a Estados Unidos, y terminó en México. Miles de migrantes volvieron a El Salvador a vivir en las mismas condiciones de pobreza y violencia que antes del viaje.

Migrantes de El Salvador cruzan de forma desesperada el río Suchiate, el cual divide a Guatemal y México. Foto EDH/ Lissette Lemus

Por Óscar Iraheta y Marvin Romero

Oct 10, 2019- 06:05

A Mauricio H. el crimen organizado lo buscó para que liderara la primera caravana de inmigrantes que salió el 28 octubre de 2018 desde la plaza de El Salvador del Mundo. El salvadoreño llegó a la plaza en aquella madrugada no para acceder a la propuesta, sino para convencer a un grupo de amigos y a otros ilegales de que la caravana no era la manera adecuada para viajar hacia Estados Unidos.

El tiempo le dio la razón a Mauricio. Los registros oficiales de la Dirección de Migración establecen que de 3,224 inmigrantes que salieron en las ocho caravanas por las fronteras de El Salvador, 1,411 fueron deportados desde México y otros lugares en el camino hacia el norte.

Mauricio es un migrante que vivió en Estados Unidos durante dos años y luego fue deportado tras ser detenido por un policía federal en una redada contra salvadoreños que vivían ilegales en Houston. El compatriota había fracasado dos veces en su intento por llegar a Estados Unidos, pues fue deportado desde México. En su tercer intento, logró llegar y esto es lo que recuerda de su arriesgado viaje.

El salvadoreño tomó la ruta del Petén, Guatemala. Mauricio recuerda hasta el nombre del más pequeño lugar donde tuvo que pasar, y relata con detalles lo que sufrió y presenció en su camino como un ilegal. Para él fue algo aterrador, “un infierno”, que ahora le sirve para aconsejar a muchos compatriotas que no busquen el sueño americano de esa forma.
Tras su retorno al país, trabajó en varias lugares y ahora es empleado de un club social. Mauricio aún recuerda las escenas de esqueletos y osamentas que estaban abandonados en el desierto, el peligro de los animales salvajes, las mujeres violadas y el sabor de sus propios orines, los que bebió para no morir de sed.

“El precio de viajar hacia Estados Unidos es muy alto. Estuve a punto de entregarme, pero hasta la misma policía migratoria no le importa tu vida. Gracias a Dios llegué y trabajé dos años con lo que pagué mi casa acá en El Salvador”, expresa Mauricio.

En las caravanas viajaron los salvadoreños más pobres de todos los municipios, cantones y caseríos del país. Familias enteras, empleadas domésticas, jóvenes agricultores, albañiles, desempleados y otros, se comunicaron a través de grupos de chat para coordinar las salidas desde El Salvador del Mundo.

Una madre despide a su hijo en una de las caravanas que salió desde El Salvador. Foto EDH/ Jessica Orellana

Las caravanas de migrantes se convirtieron para México en la oleada de indocumentados más grande que haya recibido ese país en la historia.

Según las estadísticas oficiales entraron más de 300,000 indocumentados y pocos lograron llegar a Estados Unidos, ante la negativa del presidente Donald Trump de permitir el ingreso de los indocumentados. Por eso México se convirtió en un país de refugio, ofreciendo por un año la visa mexicana y permisos de trabajo.
“Desde que me enteré de cómo viajarían los hermanos salvadoreños en las caravanas, supe que no iban a pasar de México. En los grupos viajaban muchas mujeres y niños que no soportarían ese aterrador recorrido”, reflexiona Mauricio.
El salvadoreño relata que en las fronteras el crimen organizado tiene el control del paso de los inmigrantes. La organización criminal de los Zetas convence a muchos de ser parte de sus filas a través de comida y algunas comodidades, mientras que muchas mujeres son violadas por sus cabecillas.

“Las mujeres más bonitas las violan, si se niegan las amenazan con matarlas y quitarles los órganos. Yo fui amenazado por hablar mucho con un grupo de mujeres. Creían que yo era el coyote que las llevaba. Yo vi cuando a una pobre mujer hondureña la obligaron a desnudarse y luego la violaron en una habitación”, cuenta el salvadoreño.

Mauricio aún recuerda a un fulano solo identificado como Zamora, era el hombre que lideraba el grupo de delincuentes y abusaba de las mujeres.

“En un pueblo llamado El Águila, en Tabasco, fui testigo de cómo más de 3,000 inmigrantes entre mujeres y niños esperaban el tren, La Bestia, soportando un fuerte frío y hambre”, dice el compatriota.

En su camino, Mauricio dice que muchos inmigrantes abandonaban el recorrido, el tramo del paso del desierto es una de los trayectos más duros, muchos quedan a la deriva en los desiertos por la mordeduras de serpientes, se desmayan del cansancio y sus pies no soportan las quemaduras por las altas temperaturas del suelo.

A Mauricio la falta de trabajo y vivir en una zona de alta incidencia de violencia lo obligaron a emigrar, pero reflexiona y concluye que fue un riesgo muy alto que pudo terminar con su vida.

“Es algo muy duro, sociológicamente puede afectar mucho. Existen varias formas de viajar como emigrante hacia Estados Unidos, algunas más cómodas, pero se necesita mucho dinero. La que yo escogí es la más difícil porque sólo me fui con 100 dólares en mi bolsa para la comida y algún pasaje”, recuerda.

Las personas emigran por la violencia y la falta de apoyo de las autoridades

Celia Medrano, directora regional de programas de Cristosal, considera que un buen número de los migrantes huyeron de El Salvador por las mismas razones que Mauricio, pero la mayoría se fue por la inseguridad.

“Encontramos a una mujer que viajaba en una caravana que había entregado hasta la escritura de la casa a las pandillas a cambio que le respetaran la vida. Pagó una extorsión por mucho tiempo y eso la obligó a huir. Era una realidad insostenible”, explica la profesional.

Medrano agrega que por la experiencia conocida por Cristosal, muchos de los inmigrantes solo permanecen en el país un par de meses y luego intentan irse de nuevo hacia Estados Unidos o México: no pueden regresar a sus casas porque salieron de ahí tras ser amenazados de muerte.

“Hemos conocido casos que en menos de dos o tres meses han sido deportadas diez veces, pero las personas intentan de nuevo migrar a través de caravanas u otras formas”, aseguró.

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