La triple tristeza de Ana al despedir a sus hijos en la caravana de migrantes

Una vendedora ambulante lloró la partida de sus tres hijos. Los jóvenes no tenían otra salida que emigrar, ahora se encuentran en México trabajando con permisos temporales emitidos por el gobierno de ese país.

Por Óscar Iraheta

Oct 10, 2019- 21:57

Ana Vilma Hernández, de 44 años, apenas sabe usar la tecnología que tiene su nuevo celular, no sabe mucho, pero asegura que ya aprendió a mandar audios y mensajes a través de whatsapp. Aprenderlo era urgente, ya que esa es la única vía de comunicación que tiene con sus dos hijos y su nuera que están en México, después que los tres emigraron desde El Salvador en la primera caravana en octubre pasado.

La mujer, junto con su esposo y demás hijos, vive en las afueras del cantón Ojo de Agua, de San Juan Opico, un lugar de calles polvorientas donde abunda la pobreza y la violencia. En la casa alquilada de Ana Vilma la señal de telefonía es deficiente, por eso no puede enlazar una videollamada con sus hijos a través de la aplicación de whatsapp.

Sólo se conforma con oír los audios de voz y las fotos que le mandan a cualquier hora del día. Alberto Hernández de 21 años y su hija Reina, de 18, quienes se comunican desde la ciudad de San Luis Potosí.

Alberto Hernández manda fotos a su madre a través de Whatsapp. Foto EDH/ Lissette Lemus

El dolor de Ana Vilma en despedir a un ser querido en el peligroso viaje de las caravanas fue triple. Vio marcharse a sus seres queridos en medio de un alboroto de gente que corrían desesperados para abordar cualquier transporte que los trasladara desde la parada de buses conocida como El Poliedro, hacia la frontera La Hachadura, en Ahuachapán.

La señora siente aún la presión en su mano derecha que le hizo su hijo Alberto antes de soltarla, para luego correr y buscar un espacio de los pocos que quedaban en el extenso piso de madera de una rastra que transportó a más de cien salvadoreños que huyeron de El Salvador por diferentes razones. Era el avión de los inmigrantes.

Ana María aún llora cuando recuerda el día que despidió a Alberto y Reina. Pero expresa que “está más tranquila”. Relata que sus hijos trabajan en restaurantes y otros lugares en Monterrey y ya empezaron a enviar pequeños depósitos de dinero para sobrevivir económicamente.

“Al principio perdí comunicación por tres días con mis hijos. Pero luego me enteré que ya estaban en iglesias y albergues y eso me dejó más tranquila. Ellos llegaron enfermos a México pero ahora están hasta con permisos temporales de trabajo”, detalla Ana María.

La señora está convencida que la única salida que tenían los jóvenes para lograr salir adelante, era aventurarse en la caravana hacia Estados Unidos. Alberto viajó con $20 y Reina lo hizo con $15.

Ganar 10 dólares como albañil

Alberto laboraba en temporadas como albañil y tenía un ingreso de diez dólares diarios. Casi no tenía trabajo porque tenía miedo salir a cualquier lugar a trabajar. También colaboraba en proyectos de baile con la alcaldía.

Los inmigrantes se enteraron a través de los periódicos y los grupos en Facebook de cómo sería la organización para salir en la caravana desde la Plaza Salvador del Mundo.
“Desde hace varios meses ellos se querían ir para Estados Unidos, pero no tenían los recursos. Pagar siete mil y ocho mil dólares a un coyote es muchísimo dinero. Mi hijo envió ocho solicitudes de trabajo y no lo llamaron a ninguna”, declara Ana María.

Para que viajara Reina, su madre se comprometió a cuidar a su nieta de dos años de edad. La señora asegura que es un tarea dura y muchas veces dolorosa. La deja en casa mientras que ella recorre junto a su esposo las calles de San Juan Opico vendiendo vegetales.

La hija de una de los migrantes quedó a cargo de su abuela y sus tíos. Foto EDH/ Lissette Lemus

“La niña de mi hija aún la busca en su habitación y la llama, eso me da mucha tristeza y se me parte el alma porque no entiende esta dura realidad, pero creo que no existe otra salida que buscar el futuro en otro país. He guardado sus ropas y recuerdos en sus habitaciones por si un día vuelven”, declara la señora entre lágrimas.

El futuro de los inmigrantes es incierto, las políticas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en no dejar entrar a los inmigrantes siguen firmes. Ana María se llena de cólera ante eso y opina que el mandatario “es un tirano que tiene un corazón duro”.

“El que viaja a esos países es el pobre y no el adinerado. El deseo de los inmigrantes es trabajar y comprar lo necesario. Ver a esos niños con sus madres huir por la pobreza es algo duro. En esos inmigrantes iba Cristo”, medita la madre de los inmigrantes.

Ahora Ana María ya recuperó el apetito que perdió ante la ausencia de sus seres queridos, pero confiesa que está vigente el temor de vivir de nuevo su pesadilla, ya que su otra hija y su esposo sortean su destino en viajar en una nueva caravana hacia Estados Unidos.

La vivienda de la familia Hernández es de bahareque, tejas y algunas láminas. Foto EDH/ Lissette Lemus

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