La libertad de prensa y la falta de libertad en las noticias

“El Congreso no hará ley alguna con respecto a la adopción de una religión o prohibiendo el libre ejercicio de la misma; o que coarte la libertad de expresión o de la prensa, o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente, o para solicitar al gobierno la reparación de agravios”. Texto de la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos (1783).

Imprenta del San Francisco Chronicle en Fremont, California. FOTO EDH/AFP

Por Katherine Miller, Doctorado en Estudios Medievales y Renacentistas de UCLA.

Ago 15, 2019- 18:00

Introducción
Se asume que Estados Unidos goza de una prensa libre, con las protecciones de la Primera Enmienda a la Constitución. Pero el autor que vamos a examinar toma como misión propia la de enseñarnos que la libertad de expresión —de hablar— por sí misma, no es suficiente para producir una prensa libre. Su tesis es la de ayudarnos a entender las crisis que achacaron a la prensa a través de los años, tales como la consolidación corporativa de los medios y los servicios de comunicación y el secretismo de un estado que está comprometido con la seguridad nacional. Finalmente, el libro incluye una mirada sobre el decaimiento que en Estados Unidos ha tenido el periódico impreso en papel.

Invocando a la historia, debemos repasar varios textos ingleses radicales que los colonos trajeron consigo cuando emigraron desde Inglaterra hacia las Trece Colonias, en la costa oriental del continente americano, durante el siglo XVIII en medio de sus guerras de religión (que los ingleses denominaron la Guerra Civil). Benjamin Franklin tomando prestado de los documentos ingleses escribió sobre el derecho a la libertad de prensa (aunque Franklin vivió un buen rato en Inglaterra) cuando se dio el proceso colonial por difamación en la prensa contra Peter Zenger (1735) y, más tarde, aparece otro documento sobresaliente sobre la prensa: On Liberty de John Stuart Mill (1859).

Entre estos pensadores, escritores, filósofos y publicistas tenemos, en primer lugar, a John Milton, quien, en su Areopagítica: Un discurso al Parlamento de Inglaterra sobre la libertad de impresión sin censura (Areopagitica, or, a speech for the liberty of unlicensed printing to the Parlament, 1644), un tratado en prosa presentado en medio de la guerra religiosa conocida como la Guerra Civil Inglesa (1642-1651). En este discurso ante el Parlamento, en su función de Secretario de Lenguas Extranjeras para Oliver Cromwell, general puritano al mando del New Peoples´Army, Milton argumentó para abolir la necesidad de pedir (léase, comprar con dinero o tráfico de influencias) una licencia al rey antes de imprimir cualquier documento —hasta ese momento si era otorgado el derecho de imprimir se colocaba en primera plana la frase cum privilegio regis (con el permiso del rey). Abolida la necesidad de pedir permiso al rey, los puritanos procedieron a ejecutar el rey católico de Inglaterra, Carlos I, en 1649.

Así quedó garantizada la libertad de prensa y expresión para los puritanos, pero, como la Guerra Civil Inglesa era una guerra religiosa entre los cavaliers (católicos) y los roundheads (puritanos), que estos últimos ganaron, el derecho de libertad de prensa y expresión no fue otorgado a los católicos ingleses (y, de hecho, Milton no argumentó en su discurso a favor de ellos). La Areopagítica es el documento que sirvió como base para los colonos puritanos del Massachusetts Bay Colony y los otros territorios en el Nuevo Mundo.

En fin, después de Milton, los colonos celebraron la libertad de prensa y expresión como un derecho y no solo como la ausencia de la censura por parte del gobierno. De hecho la doctrina de Milton fue coronada en América, hasta hoy en día, con el epíteto de “la filosofía clásica y liberal” —y exclusiva—, sin par, del siglo XVIII, sin embargo, incapaz de preservar el libre flujo de información (noticias) al público. En la actualidad, la Areopagítica sigue siendo estudiada como base de la libertad de prensa en las universidades de Estados Unidos y como un documento de suma importancia incluso para la argumentación frente a la Corte Suprema de Justicia. Los razonamientos de Milton son para los puritanos la evidencia sine qua non para la libertad de prensa y de expresión.

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Ahora, desde aquí, hasta el final, este artículo consistirá en una recensión del libro de Sam Lebovic, Libre expresión, falta de libertad en las noticias. La paradoja de la libertad de prensa en América (Free Speech, Unfree News. The Paradox of Press Freedom in America. Harvard University Press, 2016). Lebovic es profesor de periodismo en George Mason University.

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Pasando por todas las complejidades del New Deal y Franklin Delano Roosevelt, Lebovic llega a la Guerra Fría en EE.UU. después de la Segunda Guerra Mundial en el siglo XX. Lebovic nos ofrece la aseveración que durante este período, no había interferencia gubernamental en la prensa, pero tampoco había garantía de que los periódicos iban a tener acceso a la información en poder del gobierno por razones de seguridad nacional y de estado. En ese escenario, afirma, no hay separación entre las noticias y el derecho a la expresión libre. Es decir, el derecho a una prensa libre era sinónimo del derecho individual a la expresión libre, pero no garantizaba el flujo de noticias fidedignas desde el quehacer del gobierno hacia el público. Además, John Stuart Mill, escribió en 1851 en On Liberty acerca de la “imposibilidad de separar la libertad de hablar de la libertad de escribir”.

Escena de la película Mr. Smith Goes to Washington (El señor Smith va a Washington), de 1939. Dirigida por Frank Capra y protagonizada por Jean Arthur y James Stewart.

Pero Lebovic sigue, atónito, con el pronunciamiento de que “los americanos tienen muy arraigada la idea de que el derecho a la libertad de expresión no garantiza el derecho al libre flujo de las noticias” que es la base de la libertad de expresión (traducción propia). ¿Y por qué es eso?

Responde Lebovic con el hecho de que la primera escuela de periodismo fue fundada en 1908 en la Universidad de Missouri y produjo el primer código de ética profesional. No obstante, los sueldos pobres y bajos de los periodistas, la consolidación de los conglomerados de la prensa corporativa y los lineamientos promovidos por el gobierno, en razón de sus secretos militares, garantizaron la autocensura después de la Segunda Guerra Mundial y la construcción de una simpatía entre la población a favor del bombardeo por Estados Unidos a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. La prensa también fue animada bajo presiones a publicar fotos de las atrocidades de guerra cometidas por los japoneses bajo el mando del fascista emperador Hirohito con el propósito de preparar una opinión pública favorable antes del lanzamiento de la bomba atómica.

En este sentido, declara Lebovic, el estado llegaba a formar parte orgánica de la prensa y de los esfuerzos por declarar la guerra, y no actuaba solo por la imposición de un gobierno estadounidense dispuesto al conflicto. La autocensura fue construida en la obediencia a las decisiones del estado por parte de la prensa. En el esfuerzo del estado por regular el flujo de información clasificada a la población la prensa debía, según los voceros del gobierno, hacer una contribución patriótica al proyecto de la guerra.

En apoyo a esta idea, se cita la novela de 1935 de Sinclair Lewis sobre el posible surgimiento del fascismo en EE.UU., It Can´t Happen Here. En esta novela, el poder atrás del trono del dictador era un editor exitoso y misterioso de un periódico. He aquí la percepción del papel de la prensa. También, en 1939, la película de Frank Capra, Mr. Smith goes to Washington, muestra al villano como un senador corrupto bajo el control de una casa editorial de un periódico quien manejaba una maquinaria política que apoyaba y respondía al estado. No vayamos a olvidar al superhéroe Clark Kent quien, en los años cincuenta, se presenta en la televisión desde las oficinas del periódico The Daily Planet, y, de vez en cuando, se transforma en Superman. El punto aquí es que una muralla contra la censura no constituye ninguna protección contra un estado más y más activo en el proceso de controlar la circulación de información al público.

Durante la Guerra Fría, el gobierno, dice Lebovic, conformó muchas agencias y comisiones que buscaban globalizar la visión de la libertad en la medida que los EE.UU. surgía como el poder más imponente en la economía y la fuerza militar mundial y el derecho a la libre expresión era distintivo de los estados libres por el hecho de que no funcionaba atado a estados totalitarios.

Además, la colaboración de la prensa con las provisiones del McCarran Act, el macartismo y las audiencias del senador Joseph McCarthy y sus campañas, ayudó, paradójicamente, a fortalecer el poder del estado para que tomara control del flujo de información hacia la población americana. A la misma vez, los americanos buscaban expandir su modelo de prensa libre a todo el mundo. Eso porque, después salir victoriosos de la Segunda Guerra Mundial, el triunfalismo, el orgullo y el poderío militar de EE.UU., se exportaba al mundo, al por mayor, en su visión de una libertad a la americana a través del Plan Marshall.

Lebovic nos cuenta que en 1948 fue convocada la Conferencia sobre la Libertad de Información que se reunió en Ginebra durante tres semanas:

“… los participantes discutieron medidas para definir, liberalizar y mejorar el flujo global de información. Entre otras propuestas, la conferencia consideró el establecimiento de un código internacional de conducta para periodistas que iba a ser controlado por una corte internacional entre cuyas potestades estaban las de emitir o revocar tarjetas de prensa para acreditar corresponsales extranjeros; la estandardización internacional de leyes sobre difamación; los derechos de acceso, inmigración y deportación de corresponsales extranjeros; los marcos legales para la censura; y la redistribución de los materiales crudos del periodismo tales como la tinta o el papel para imprimir”.
De tal manera, declara Lebovic, “la libertad de prensa fue incluida, en Ginebra, en el mapa americano de la geopolítica de la posguerra”.

El senador republicano Joseph McCarthy durante una audiencia. Durante los años 1950 y 1956 el senador adquirió un importante poder político, gracias a su campaña anticomunista en la que aseguraba que el Gobierno y entre los intelectuales se habían infiltrado agentes soviéticos para destruir a Estados Unidos. La época es conocida como la Cacería de Brujas.

En forma simultánea, el Departamento del Estado decidió que los Estados Unidos deberían ejercer el liderazgo mundial en la articulación de un programa de derecho internacional inspirado por el “concepto clásico de la libertad de información”. A la vez, reafirmó la Declaración Universal de Derechos Humanos cuando estableció que:
“Cada persona deberá gozar del derecho a la libertad de pensamiento y expresión. Este derecho deberá incluir la libertad de mantener opiniones sin interferencia y de buscar, recibir y expresar información e ideas en cualquier medio y sin regulaciones, sin el límite que imponen las fronteras internacionales”.

Pero fue una declaración simbólica de derecho sin la fuerza de ley. Otros opinaron que esta propagación internacional de un código democrático tendría que ser un instrumento de política nacional y suprema, implementado por el desarrollo de un Plan Marshall en el campo de las ideas. Esta implementación sería competencia y provincia del Departamento del Estado por medio de programas, exhibiciones viajeras, etc. para convencer a los Europeos de que tendrían que apoyar la “americanización de la economía europea” (Cull, Nicholas. The Cold War and the United States Information Agency: American Propaganda y Public Diplomacy, 1945-89. Cambridge University Press, 2008). Con base en estas ideas, el presidente Harry Truman, en medio de la Guerra Fría, declaró el liderazgo de Estados Unidos en el mundo libre.

Sin embargo, al implementar la doctrina de la seguridad nacional del gobierno estadounidense el presidente Truman se vio obligado a denegar el acceso a información gubernamental, y, así, los derechos clásicos de expresión no garantizarían el flujo de noticias sobre las cuales las opiniones públicas podrían basarse.

Sigue el Acto McCarran, el macartismo y el Comité de Actividades Antiamericanas (House Un-American Activities Committee, HUAC por sus siglas en inglés), además de las Audiencias Army-McCarthy de 1954. Estas y otras actividades contribuyeron a solidificar un derecho expansivo en la política secreta del ejecutivo. Revisando el número de conferencias de prensa del Ejecutivo en ese periodo se evidencia una disminución en el número de las mismas. Los presidentes Coolidge, Hoover y Franklin Delano Roosevelt cada uno convocó a la prensa a 70 conferencias al año. El presidente Truman convocó 42 conferencias de prensa, pero Eisenhower, John F. Kennedy y Lyndon Baines Johnson solamente 24 conferencias cada uno por año. Se puede percibir la disminución en el flujo de información.

Mientras tanto, se dio el escándalo de los papeles del Pentágono y el encubrimiento de Watergate que provocó la promulgación de la Ley de Libertad de Información (Freedom of Information Act, FOIA por sus siglas en inglés). En fin, renunció como presidente de EE.UU. Richard Nixon y, sin embargo, quedó flotando en el aire la pregunta de si era legal para empleados del gobierno como Anthony Russo y Daniel Ellsberg divulgar documentos clasificados a la prensa, a The Washington Post —en este caso.

El libro bajo consideración ofrece, finalmente, un análisis del Nuevo Periodismo de Tom Wolf y Gay Talese y un elogio a los periodistas investigativos como los nuevos héroes del periodismo al estilo del New Journalism, un periodismo con una mezcla de ficción.

Termina con el lugar común de que el Internet ha radicalizado la democratización de los costos de producir y distribuir el contenido de los medios, pero sin garantía de que alguien lo comprará, lo leerá o lo creerá. Además el fenómeno de Fake News en las redes sociales no necesariamente produce nueva información.

En Estados Unidos quedan, sin resolverse, los problemas de administración de la información, el uso masivo de los servicios como Associated Press y Reuters que producen una amalgama de noticias indeterminadas, el financiamiento de los medios y la relación de la prensa y el gobierno. Y los medios de comunicación no garantizan noticias libres a la población, pero sí, una apertura para la formación de las opiniones de las masas —para bien o para mal. Hasta hoy, no hay garantías ni soluciones.
FIN

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