Ismael fue sepultado tres años después de ser asesinado en una frontera mexicana

Una tragedia familiar lo obligó a emigrar hacia Estados Unidos pero no logró cruzar el río Bravo. Cerca de la frontera, en Reynosa, su cadáver fue levantado como desconocido el 8 de julio de 2016. Su familia nunca se cansó de buscarlo hasta que lo encontró. Ellos creen que fue asesinado. 

El 31 de mayo de este año, fue repatriado, desde México, el cadáver de Noé Ismael Mendoza Méndez. El 2 de junio fue sepultado en su tierra natal. Foto EDH / ÓSCAR IRAHETA

Por Jorge Beltrán Luna

Jun 23, 2019- 06:00

Noé Ismael Mendoza Méndez murió por 500 dólares en la frontera mexicana, en su viaje hacia el sueño americano. El coyote salvadoreño, originario de Jiquilisco, no entregó esa cantidad a las mafias mexicanas para que el salvadoreño, de 23 años, fuera cruzado hacia territorio estadounidense.

A diferencia de muchos jóvenes salvadoreños que sueñan con viajar ilegalmente a los Estados Unidos para cambiar sus vidas en lo económico o por seguridad, Noé parecía estar conforme y tranquilo viviendo con sus padres en el cantón San Nicolás, cerca de la Presa 5 de Noviembre, municipio de Sensuntepeque.

 

Una tragedia familiar lo obligó a emigrar hacia Estados Unidos pero no logró cruzar el río Bravo. Cerca de la frontera, en Reynosa, su cadáver fue levantado como desconocido el 8 de julio de 2016.

Pero una tragedia familiar lo obligó a marcharse. Salió de su casa el 27 de mayo de 2016. O se iba ese día o perdía la oportunidad que unos familiares le daban de ayudarle a pagar el viaje.

Un año antes de marcharse, María Julia Mendoza había sufrido quemaduras en el 85% de su cuerpo, a consecuencia de la explosión de un tambo de gas propano en su casa. Los médicos le dijeron que había sobrevivido de puro milagro. Pero su recuperación le costó mucho dinero.

La recuperación de María Julia costó más de 60 mil dólares; fue tratada por más de dos meses en hospitales privados. Los costos médicos sobrepasaron pronto la capacidad económica de toda su familia. No quedó más remedio que endeudarse.

Cinco mil, diez mil, quince mil dólares cada semana. Esas eran las sumas que pagaban. En Estados Unidos hacían actividades benéficas para ayudar, pero no era suficiente.

Fue por eso que Noé decidió que si se iba para Estados Unidos y trabajaba duro, podría ayudar a pagar pronto aquella deuda con la que, en aquel momento, solo dos hermanos en Estados Unidos estaban pagando.

Unos tíos le ayudaron con el dinero para pagar al coyote: Primero fueron siete mil dólares, luego otros mil; de los cuales 500 eran para pagar a otros coyotes para que lo pasaran de Reynosa hacia la ciudad estadounidense de McAllen.

Él era Noé Ismael Mendoza Méndez. Tenía 23 años cuando se fue a Estados Unidos para
ayudar a pagar una deuda familiar. Murió.

Mientras iba en camino perdió comunicación tanto con sus familiares en El Salvador como los que estaban en Estados Unidos. Llevaba un teléfono.

Pero en alguna ocasión Noé les manifestó que temía por su vida.

“Él me decía: por los 500 dólares me están amenazando”, recuerda José Gabino Mendoza, el padre.

El 7 de julio volvió a reiterarle que lo estaban amenazando porque el coyote no había entregado los 500 dólares que tenía que pagar a los guías para que lo cruzaran la frontera y lo llevaran hasta McAllen, Texas.

“Mañana (el 8 de julio) se los mando, le dije, pero ya no dieron tiempo. Era de noche y no pude hacer nada”, dice Gabino, visiblemente afectado por la suerte de su hijo.

Aquel 7 de julio les dijo que en las próximas horas cruzarían la frontera y que ya no podría comunicarse con ellos; que ya habían dicho que el grupo (de migrantes) de Misael (el coyote salvadoreño) sería cruzado esa misma noche.

A Cristabel, una de sus hermanas en El Salvador, le escribió en WhatsApp: “Este es el último msj. Ahora salgo hermanita”. Y le adjunto varios emojis.

El 8 de julio no supieron más de Noé. No se preocuparon más de lo habitual porque ya les había advertido de que una vez cruzaran la frontera, ya no podría comunicarse. La preocupación aumentaba conforme los días pasaban pero Noé no daba señales de vida.

“El coyote nos mantuvo engañados durante mucho tiempo. El decía que estaba en Migración, que estaba preso en una cárcel federal en una cárcel bien bonita, que estaba bien, pero yo presentía que mi hijo estaba desaparecido”, dice María Julia.

De pronto, el coyote cortó comunicación con la familia.

Misael, el coyote les dio el nombre de una cárcel donde estaba en el estado de Georgia, pero Gabino sabía que en ese lugar sólo resguardan a menores de edad.

Aún así, albergaban la esperanza de que algún día su hijo regresara con vida. Sin embargo, en Migración de Estados Unidos les dijeron que el joven no estaba en ninguna prisión y que no había cruzado la frontera.

“Pasamos estos tres años creyendo que algún día mi hijo volvería”.

La lucha por encontrar a Noé

Pero María Julia y Gabino no se dieron por vencidos y comenzaron a buscarlo recurriendo a organizaciones que se encargan de eso. Querían que regresara vivo a su casa pero también eran conscientes de que lo más seguro era que estuviera muerto.

“Cuando ya tenía un año (de que Noé había desaparecido), nosotros fuimos a Cofamide (Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos), una organización que ayuda a buscar a migrantes desaparecidos. Fuimos a dejar fotos de él, partidas de nacimiento. Luego nos llamaron para tomarnos muestras para exámenes genéticos”, cuenta María Julia.

Fue en julio de 2017, que vinieron a San Salvador, representantes del Equipo Argentino de Antropología Forense a tomarles muestras de sangre para integrarlas al Banco de Datos Forenses de Migrantes No Localizados; ya con esas muestras podrían hacer comparaciones genéticas con cadáveres recogidos como desconocidos.

En febrero de este año, la búsqueda rindió sus frutos. Las muestras tomadas coincidieron con un cadáver que fue recogido ala 1:06 de la madrugada, en una carretera de la Ciudad de Reynosa, estado de Tamaulipas, México, el 8 de julio de 2016.

Pero hasta entonces, los padres de Noé no lo sabían. Fue hasta el pasado 2 de mayo que les avisaron que habían encontrado a Noé. Solo que estaba muerto.

“Tres años de llorar y llorar, día y noche. Nosotros lo esperábamos con vida pero no fue posible”, dice María Julia anegada en llanto.

“Ellos dicen que fue accidente, pero yo investigué y dicen que lo mataron porque el coyote no entregó los 500 dólares a los guías para que lo cruzaran; por eso no lo movían para McAllen”, dicen los padres.

De acuerdo con fotografías del cadáver de Noé Ismael, a éste le aparecen dos costillas rotas; mientras que las fotos fijadas el día que levantaron el cuerpo, muestran diversos golpes en la cabeza y otras partes de cuerpo.

Noé Ismael fue sepultado el pasado 2 de junio, en un cementerio del cantón San Nicolás, cerca de la Presa 5 de Noviembre, donde nació y salió aquel 27 de mayo de 2016.

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