Nueva Trinidad, Chalatenango, un pueblo marcado por la guerra

Sobrevivientes de la masacre del 31 de enero de 1982 quieren que se recuerde a sus familiares como víctimas de la guerrilla.

Por Lilian Martínez

Ene 30, 2020- 23:08

Si algo florece en Chalatenango durante todo el año es el recuerdo de los esposos, hijos e hijas perdidos durante los operativos militares, el fuego cruzado y las incursiones de la guerrilla para hacerse con el control de los pueblos custodiados por el ejército.

En uno de los departamentos más pacíficos de la actualidad, parece que cada pueblo conmemora al menos una masacre. La mayoría, según los pobladores que aún simpatizan con el FMLN, son atribuidas al ejército. Pero en varios puntos de Nueva Trinidad, a 98 kilómetros de San Salvador, reposan restos de víctimas de la guerrilla.

Mauricio Sibrián, sus once hermanos y sus padres estaban dormidos cuando la noche del 31 de enero de 1982 un “traqueteo” los despertó. Mirtala, la madre, no hallaba cómo proteger a sus doce hijos. Efraím, el padre, quien por orden del Ejército debía patrullar a veces en las trincheras del pueblo, tomó el arma que tenía en la casa para defender a los suyos.

Nueva Trinidad (Chalatenango). Foto EDH/ Yessica Hompanera

Mauricio, 38 años después, reconstruye la escena en la que su padre posiblemente levanta las manos en señal de rendición. En respuesta, un guerrillero con un lanzagranadas al hombro le apunta. El proyectil impulsa a Efraím Sibrián desde el dintel de la puerta hasta la cocina, donde lo deja mutilado y sin vida…

Dominando las lágrimas y tomando un respiro, Mauricio Sibrián añade: “Cuando terminó todo… todavía con sangre en la cara… nos subieron al helicóptero (y) mucha gente con sus niños desnudos”.

Mauricio tenía 12 años cuando subió al helicóptero que lo llevó a Chalatenango. Ahora, con 50 años, acompaña a su madre y decenas de viudas y sobrevivientes de aquella masacre. Algunas de estas personas hablaron con El Diario de Hoy en vísperas del 28 aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz. Todos, en su mayoría mujeres, proporcionan nombres, edades y testimonios; pero pocos aceptan mostrar su rostro. Dicen temer represalias.

Nueva Trinidad (Chalatenango). Foto EDH/ Yessica Hompanera

Entre el ejército y la guerrilla

“A dormir a los cerritos nos íbamos. Yo con el niño más chiquito, en los cerritos, debajo de los matochos, para que no llorara el niño, no me lo desprendía. Él (Efraím) nos iba a dejar (a los cerros) y se iba para la casa. Pero con miedo”. Así recuerda que era su vida Mirtala Alvarenga viuda de Sibrián “cuando estaba lo mejor de la guerra”. Entonces, trataba de proteger a sus hijos del fuego cruzado entre el ejército y la guerrilla; y su esposo, con miedo, se regresaba al pueblo a cuidar la casa.

Algo cambió cuando el ejército se instaló en Nueva Trinidad. Entonces, los campesinos como Efraím recibían la orden de dejar sus cantones e ir al casco urbano a hacer guardia. El 31 de enero de 1982, campesinos de los cantones Jaguataya y Huizúcar coincidieron en el pueblo. Ante la abundancia de personal, algunos optaron por volver a sus casas, otros decidieron patrullar para descansar al día siguiente. Sibrián, quien dice haber indagado lo que ocurrió, asegura que los patrulleros tenían “cinco checos y dieciocho cartuchos”. “Esa gente la guerrilla la agarró sin munición. Esa gente se rindió”.

Mirtala asegura que su esposo había recibido amenazas de los guerrilleros. “Aquí te cargamos la punta del fusil, viejo tal por cual, ya te conocemos. Deseamos hallarte un momento afuera”, recuerda.

Foto EDH/ Yessica Hompanera

“Cuando lo mataron a él no hallaba qué ponerle; con una sábana y un plástico, con eso lo enterramos”. Once años después de dejar el cuerpo de su esposo en una fosa común, el juzgado de Primera Instancia de Chalatenango ordenó exhumar los restos de Efraím Sibrián.

Lo ocurrido el 31 de enero de 1982 fue reportado por El Diario de Hoy y Diario El Mundo el 3 de febrero. El primer periódico consigno 400 muertos a raíz de la masacre; el segundo “entre 150 y 200”. La masacre también consta en el expediente 162-92 del juzgado de Paz de Nueva Trinidad.

Mauricio Sibrián asegura que no buscan que los responsables de lo ocurrido vayan a la cárcel, pero sí justicia y reconocimiento: “Deberíamos tener una ley de justicia restaurativa. Y nosotros necesitamos también ayuda sicológica (…) Necesitamos que el Estado se compadezca por lo menos por esta gente”, dice en referencia a su madre y al resto de viudas lo acompañan.

Foto EDH/ Yessica Hompanera

El copinol y las cenizas

Los sobrevivientes de la masacre del 31 de enero de 1982 en Nueva Trinidad reconocen que no solo la guerrilla atacó a la población civil. Las viudas que acompañan a Mauricio Sibrián hablan de un sargento que elegía jovencitas y les pedía que fueran “a cocinar para él”. Lo que realmente quería era abusar de ellas. Si los padres se negaban a enviarlas, terminaban muertos junto a sus hijas.

Esto también es recordado por el ahora alcalde de Nueva Trinidad, Teófilo Córdova Delgado. Quien dice haber visto a una jovencita colgada del copinol que está a un costado del parque central. Un árbol del que Sibrián pide descolgar un rótulo que, considera, una falsedad: “Yo quisiera que quitaran ese rótulo… que dice que ahí (los soldados) mataban niños y que mataban ancianos. Eso es pura falsedad. Quiero decirle que estoy dispuesto para discutir todo eso”.

Córdova Delgado era un adolescente cuando llegó a Nueva Trinidad días después de la masacre, pues había ido a visitar a unos familiares junto a su madre. Asegura que la noche del 31 de enero escuchó desde lejos el traqueteo de las armas y vio las luces de los explosivos. Cuando volvió al pueblo sintió el olor de los cuerpos en descomposición y vio cómo “todo había sido reducido a cenizas”.

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