Nieta de anciana fallecida: “No sé si enterré a mi abuela o a otra persona”

Media hora después de que la familia preguntara por ella al hospital de Ahuachapán y les dijeran que estaba bien, una funeraria les llamó avisándoles que Margarita había muerto.

Por Jorge Beltrán Luna

Jul 04, 2020- 23:00

Una familia de Ciudad Delgado vivió todo un calvario tras cometer el error, como lo llaman, de llevar a una anciana al Hospital Zacamil cuando ella presentó síntomas de coronavirus.

Todo comenzó el 19 de junio cuando hija y nietas decidieron que era necesario buscar ayuda en los hospitales de la red pública para María Margarita Matamoros, de 89 años, luego de que por varios días presentara fiebre y gripe.

Decidieron llevarla al Hospital Zacamil, donde la recibieron por sospecha de COVID-19, pero por varios días la tuvieron en un pasillo porque no había cama.

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De entrada les dijeron que había que esperar que alguien muriera para poder darle una cama. Así pasó tres o cuatro días en observación. Una nieta se quedo cuidándola por tres días; luego tuvo que retornar a su trabajo y la anciana quedó sola.

Al quinto día, una empleada del Hospital Zacamil y amiga de la familia, les dijo que Margarita sería trasladada de hospital.

Cuando una nieta de Margarita llamó al hospital de Jiquilisco le dijeron que ella no estaba internada allí. Y entonces comenzó la angustia ¿dónde estaba Margarita?

Luego de mucho insistir llamando al Hospital Zacamil, les dijeron que allí estaba en el área conocida como Gripario y que en cuanto hubiera cama la ingresarían.

Sin embargo, los familiares le pidieron a la amiga que trabaja en el Zacamil, que les ayudara a indagar. Luego de que esa persona buscara minuciosamente, les dijo que les habían mentido, que la anciana no estaba en el hospital.

Fue entonces que una nieta de Margarita publicó el caso en Facebook con la foto de la anciana, denunciando la desaparición de su abuela y las mentiras que les habían dado en el Zacamil.

Muere ex alcaldesa de san Bartolomé Perulapía

Ana Gloria Melgar de Hernández, ex alcaldesa del municipio de San Bartolomé Perulapía, departamento de Cuscatlán, falleció el viernes anterior. Ella fungió como edil de ese municipio entre 2009 y 2012, en representación del partido Alianza Republicana Nacionalista, ARENA.

Luego de varias horas, con la ayuda de un médico internista del Hospital Zacamil, lograron investigar que Margarita había sido trasladada al hospital nacional de Ahuachapán.

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Ciertamente a primeras horas de la madrugada del 25 de junio, la habían llevado al Hospital Nacional de Jiquilisco, pero allá no la quisieron recibir porque no reunía las condiciones para estar en ese nosocomio, les dijeron. Por eso la trasladaron a Ahuachapán junto a otro paciente con el mismo padecimiento.

Más mentiras

A primeras horas de la madrugada del 26 les informaron que, realmente, estaba en el hospital de Ahuachapán.

Creyeron que no les estaban mintiendo porque un médico les envió fotos de Margarita. Sí, era ella. Se miraba tranquila. El médico les dijo que la condición médica de la anciana era estable.

Fallece motorista del hospital nacional de La Unión

Óscar Alexánder Hernández, de 48 años, motorista del Hospital Nacional de La Unión, murió ayer en el Seguro Social de San Miguel, víctima de COVID-19, tras estar 3 días ingresado. Desde el primer día de su ingreso, sus familiares se esforzaron, a través de las redes sociales, para pedir la donación de plasma de pacientes ya recuperados; lograron hacerle dos transfusiones, pero no fue suficiente.

La familia preguntaba todos los días y la respuesta era siempre la misma: que estaba bien, que en dos o tres días le darían el alta.

Pero luego les decían que seguía en el hospital porque le estaban dando tratamiento médico.

En las fotos que el médico les enviaba, Margarita parecía estar bien. No le estaban poniendo oxígeno.

En ese afán se llegó el 2 de julio. Esta vez fue Reina, la hija de Margarita, quien llamó para preguntar por el estado de salud.

Era la 1:00 p.m. Le dijeron lo mismo: está estable. Reina dice que le dio por preparar la habitación de su madre para cuando regresara.

Sin embargo, media hora después, Reina recibió la llamada de una funeraria de Ahuachapán ofreciéndole servicios funerarios para Margarita. No hubo una llamada del hospital de Ahuachapán o del ministerio de Salud. Todo el trámite para sacarla del sanatorio y enterramiento lo hicieron a través de la funeraria contratada.

Todo es un negocio

Saraí, otra nieta de Margarita, se muestra indignada por la negligencia con que el sistema de salud trató el caso de su abuelita: desde no saber a dónde había sido enviada hasta dejar que sean las funerarias las que comuniquen la muerte de un ser querido.

Aunque refiere que a su abuela jamás le hicieron la prueba de COVID-19, los obligaron a sepultarla con el protocolo dispuesto para quienes fallecen por esa enfermedad, lo cual resulta mucho más caro por todos los implementos que usan los empleados de funerarias.

A parte de los costos que encierra enterrar a un pariente con protocolo de COVID-19, el golpe emocional es muy fuerte saber que no se puede velar ni ver el cadáver.

“Yo no sé si realmente enterré a mi abuela o a otra personal. Solo nos dieron sus pertenencias”, afirma Saraí, añadiendo que en el documento que les dieron en el hospital decía que había muerto por sospechas de COVID-19.

“En el hospital nos dijeron que mi abuela no podía respirar, pero en las fotos que nos mandaban no aparecía que le estuvieran poniendo oxígeno”, afirma otro familiar.

Como en la alcaldía de Ciudad Delgado les dijeron que no aceptaban enterramientos por sospechas de coronavirus, tuvieron que ir a la alcaldía de San Salvador. Allí les dieron varias opciones, según su capacidad de pago.

La más barata era de $49.30, pero la persona a enterrar debía tener documento de identidad que indicara que su domicilio era el municipio de San Salvador. Margarita vivía en Ciudad Delgado. Sería una tumba compartida.

La familia de Margarita decidió enterrarla en el parque memorial Monseñor Arnulfo Romero. Pagó 238 dólares. Les dijeron que sería una tumba individual; sin embargo, no fue así. Resultó que en la misma sepultura depositaron varios cadáveres.

A una distancia de unos 30 metros, una hija y una nieta fue lo más cerca que pudieron estar del lugar del enterramiento. Desde esa distancia no podían ver cuando depositaran el cadáver de la anciana. Solo sabían que era un ataúd celeste. Un sepulturero se les acercó para comentarles que había hecho algunas fotos de ese ataúd, que si las querían que le dieran algo. Le dieron tres dólares.

“Todo es un negocio”, repite Saraí al contar sobre los costos que realizaron, mientras lamenta la muerte en soledad que tuvo su amada abuela Margarita.

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