El calvario que sufrió Clara, quien fue violada por un policía en San Salvador

Después de 17 meses, el agresor fue condenado a 6 años de cárcel y a pagar 3 mil dólares. Para Clara, la pena es una burla, ya que en poco tiempo el policía saldrá libre a dañar a más mujeres.

Foto/ Shutterstock / Foto Por Shutterstock

Por Óscar Iraheta

Jul 05, 2019- 06:15

Lo que Clara narra estremece a cualquiera. Parece un relato sacado de una película de terror donde el principal actor es un psicópata sexual. Ella no quiere su cuerpo, lo rechaza, se siente sucia y destrozada. La joven fue violada por un policía de tránsito.

Clara tiene 21 años y después de varios meses, aún tiene el valor de contar su tragedia. Lo hace con detalles y gestos, pero a los tres minutos de narrarla, se derrumba y llora.

Cuenta como su agresor la persiguió por varias calles del sur de San Salvador hasta someterla y violarla en una zona desolada en Santo Tomás. Esta es su desgarradora historia.

A las 11:45 de la noche del viernes 8 de diciembre de 2017, Clara salió de su casa en el municipio de Santo Tomás a bordo de su motocicleta motor 125 cc. Se dirigía hacia la plaza San Jacinto a recoger a su hermana que había asistido a la fiesta navideña de su trabajo. Su pariente no quería viajar en taxi porque desconfiaba del único taxista que estaba disponible.

La noche estaba fresca. Una repentina y leve lluvia dejó un clima agradable. Por eso Clara encontró placentero el viaje, escuchaba música en sus audífonos y corría a menos de 60 kilómetros por hora, ya que su moto recién la había comprado y aún la estaba desarrollando.

La víctima recuerda que cuando pasó por el kilómetro 9 y medio de la autopista a Comalapa, en el jardín del retorno del monumento a la Solidaridad, una carro color blanco, marca Suzuki, modelo Sidekick, vidrios polarizados, realizó un brusco retorno y comenzó a seguirla.

El vehículo le sobrepasó y siguió la marcha en el carril del centro de la amplia calle. Medio kilómetro adelante, frente a la Terminal del Sur, el carro sospechoso minimizó la marcha y esperó a ver si Clara seguía su camino por la autopista o si se desviaba a la calle antigua a Zacatecoluca.

En ese momento, la joven sospechó del conductor del carro y aceleró su motocicleta hasta los 80 kilómetros por hora hasta que le sobrepasó e intentó perderlo. No lo logró.


La víctima gastó más de diez mil dólares para recuperarse sicológicamente. huyó porque considera que pueden haber represalias de parte de los policías.


Frente a la Universidad Luterana, en el cruce de la calle de Los Planes de Renderos hacia San Jacinto, Clara se percató que el sujeto estaba a dos carros de ella.

Se desplazó por el bulevar Venustiano Carranza y dos cuadras adelante de Fosalud, ella cruzó hacia su derecha para incorporarse a la 10 Avenida Sur y llegar a la Plaza San Jacinto, donde se encontraba su hermana.

El rapto y el inicio de 70 minutos de terror

Ya en la referida calle, frente a una farmacia, apareció de nuevo el Suzuki blanco y tras acelerar bruscamente, le impactó en la parte de atrás de la motocicleta. Clara cayó hacia adelante varios metros y se golpeó.

En un principio la víctima se molestó, ya que recién se recuperaba de otra caída que sufrió meses atrás. Cuando la joven se levantó e intentó quitarse el casco y sacudirse la ropa, su agresor se bajó del carro, se le acercó y le dijo: “Te ayudo, acá tengo una toalla que te puede servir”. Ella le reprochó la ayuda y siguió limpiándose la sangre que tenían en un brazo.

Foto Referencia

El hombre abrió la puerta del copiloto de su carro, se le acercó y con fuerza, le arrebató el casco y lo lanzó hacia adentro del vehículo. Sacó una pistola 9 milímetros, la encañonó y le expresó: “Subite al carro, no vayas a gritar o, ¿te querés morir?”. Clara recuerda que se negó y por un momento pensó correr para escapar.

Se negó a entrar al vehículo varias veces, pero el agresor la tomó del brazo y la metió con fuerza y golpes. Cuando él dio la vuelta para subirse en el asiento del piloto, la víctima intentó abrir la puerta y gritar pero la puerta tenía llave. Ahí comenzaron 70 minutos aproximadamente de terror, de insultos, de violencia, de golpes, de palabras vulgares que terminaron en una violación.

En el asiento de atrás del carro el sujeto tenía más de 20 celulares tirados. Clara pensó que el agresor era pandillero o ladrón y que todo era un asalto. El psicópata la sometió con la pistola , y siguió la marcha sobre la misma calle. La moto de Clara quedó tirada a un costado de la acera.


La prueba de los líquidos encontrados en el carro y en el cuerpo de clara, dieron 99.9 por ciento positivo.


La señorita se pegó a la puerta del vehículo y escondió el celular que sonaba con insistencia. Era su hermana que le llamaba porque había pasado el tiempo acordado para reunirse en la plaza San Jacinto. Nunca llegó.

Clara le confesó al hombre que iba a la plaza a traer a su hermana. Pero cuando ambos pasaron en el lugar, su agresor apuró la velocidad del carro y tomó la carretera antigua a San Marcos. La víctima suplicaba que le permitiera bajarse del carro, al tiempo que él se lo negaba y la interrogaba sobre sus datos personales. Clara se identificó como Marisol.

Cuando el hombre le exigió las prendas personales a la víctima, ella creyó que se trataba de un robo, por eso le dijo que “regresara donde su hermana, que ella le podía dar todo el dinero que quisiera”. Sin embargo, el agresor siguió sobre la marcha del vehículo hacia San Marcos.

Clara sacó su teléfono y le enseñó que su hermana le estaba llamando. El colocó la pistola en sus piernas, le arrebató el celular y contestó. En ese momento, la víctima gritó a su hermana que le ayudara, que estaba en peligro. El colgó y le expresó: “Si volvés hacer eso te voy a matar”.

La hermana de Clara logró escuchar el grito de auxilio y de inmediato tomó un taxi y fue a pedir ayuda a una delegación policial de San Jacinto. Junto a un grupo de policías realizaron patrullajes en toda la zona, pero no encontraron el vehículo. La hermana dio aviso a su familia.

Clara seguía en el Suzuki blanco con dirección a calle a San Marcos. En las inmediaciones del colegio Santa Teresa, el atacante le expresó: “¿Sabes por qué te seguí? Porque te veías bien bonita manejando la moto”.

El agresor ingresó a la colonia Jardines de San Marcos y se estacionó. A punta de pistola la golpeó varias veces y le exigió que le bajara la calzoneta y accediera a sus peticiones sexuales. Clara lloraba y se negaba, pero él la golpeaba.

Después de varios minutos, siguió la marcha con el carro hasta llegar a las inmediaciones del mercado de San Marcos, donde volvió a estacionarse para seguir sometiéndola. En ese lugar Clara fue obligada a desbloquear el celular y el hombre revisó las galerías de fotos, chat y Facebook.

Cuestionó a su víctima sobre su lugar de residencia y ella le mintió y le dijo que vivía en la Colonia 10 de Octubre. La joven pensaba que su verdugo era pandillero.

Foto de referencia / Archivo

Clara dice que cada vez que el carro arrancaba, pensaba la forma de escapar, pero era en vano. No había nadie a quien pedirle ayuda. Estaba sola en la fría noche. No habían esperanzas de escapar. Era un infierno.

El violador tomó la calle a un costado de la alcaldía de San Marcos referido municipio, pasó por el puesto policial de la zona y se estacionó varias cuadras arriba. Ahí volvió a abusar de Clara. El se detenía cada cinco minutos y se burlaba de lo que estaba pasando, relató la víctima.

La joven deseaba ver un policía o alguien a quién pedir ayuda. Pero no había nadie. Lloraba y se preguntaba “ahora qué sigue”… El puesto policial estaba oscuro y no habían carros patrullas. Clara lloraba y no podía más…

El violador siguió su ruta en la zona de San Marcos y en un lugar desolado en las inmediaciones de la autopista, el policía estacionó el vehículo, golpeó a Clara y con la pistola en mano, la violó.


Los investigadores aseguran que ese día, el policía de tránsito también violó a otra mujer, quien no ha sido localizada.


Clara gritaba pidiendo auxilio. El sujeto le tapaba la boca mientras la dañaba. “Dios mío por qué me está pasando esto a mí. Nadie se merece esto”, se decía la joven (ella llora mientras relata este suplicio). El agresor terminó la violación, arrancó el carro, le robó el celular y luego le exigió a su víctima a que se bajara del vehículo.

La víctima se vistió, tomó su casco y se bajó del carro. Por un momento pensó que el hombre le iba a disparar y la mataría en ese lugar. No tenía fuerzas de nada, estaba sucia y se sentía usada, era de madrugada. No podía caminar y no paraba de llorar. Estaba en la parte alta de la calle en el Valle de San Marcos.

El agresor intentó despistar a la familia. Después que la dejó violada en la calle, realizó varias llamadas a la casa desde el celular de la joven y expresaba: “Ya llegó Marisol a casa, soy un amigo de ella de San Marcos, de acá de la 10 de Octubre”. Luego de llamar varias veces, apagó el celular.

Clara estudió en el referido municipio y tiene muchos amigos en esa colonia. A esa hora, se recordó de una de ellas y caminó varias cuadras hasta llegar a la casa. Su amiga le abrió la puerta, salió la madre y una hermana de su amiga y entre todas las mujeres la consolaron.

Imagen de referencia.

La joven recordó el número de teléfono de su mamá y la familia de la amiga le avisó a la madre de Clara. De inmediato, las mujeres se dirigieron a un puesto policial, el mismo donde la víctima pasó en el vehículo de su violador minutos antes.

Al llegar al lugar Clara sintió un alivio enorme. Sintió confianza en aquella mujer policía que le atendió y le recibió su declaración. Minutos después llegó su madre. La joven tenía asco, no quería que ni su madre la tocara. Pero entre una mayúscula tristeza la abrazó y ambas lloraron sin consuelo.

Todas las mujeres se dirigieron al Instituto de Medicina Legal para los exámenes correspondientes. Después de varias horas, la víctima fue trasladada hacia el hospital de la Mujer. Eran las 7:00 de la mañana.

Mientras ella descansaba, llegó otra mujer policía y le preguntó si al ver una fotografía de su agresor lo reconocería. Le recordó que era algo muy delicado y que debía estar segura. Clara dice que tenía las imágenes frescas del agresor en su mente, lo veía violándola a cada instante. Era imposible no conocerlo.

La mujer policía sacó su teléfono y le mostró a la joven la foto del sospechoso. Clara cerró los ojos y respondió: “Él es”. Era el policía Jorge Alfredo Jiménez Quinteros, destacado en la División de Tránsito Terrestre de Santo Tomás.

La mujer policía tomó su radio comunicador y expresó: “deténganlo, que no se les vaya a ir”. El policía fue arrestado en esos momentos por sus propios compañeros. Clara sintió paz y alivio. Se sintió segura.

Sin embargo, cuando una sicóloga le comentó que el sujeto que la había violado era un policía, la joven relata que sintió frustración, no podía creer haber sido víctima de un hombre que supuestamente está para cuidar a las personas. La profesional le recomendó que no le confesara a ningún policía lo que le había pasado.

Un violador en serie que escapó en la oscuridad de la noche

A las 10:00 de la noche aproximadamente de ese 8 de de diciembre de 2017, la cámara de videovigilancia situada en la 8a. Avenida Sur, en las cercanías del cuartel central de la Policía, capta el momento en que el Suzuki, modelo Sidekick blanco, placas 38-112, detiene su marcha bruscamente, se baja un hombre en calzoneta y toma del brazo a una mujer con aspecto joven y la introduce con fuerza al vehículo y arranca con velocidad.

Un señor con aspecto de la tercera edad, corre detrás del carro en auxilio de la muchacha, pero no tiene éxito. La policía sospecha que era su hija.  Se trataba de la primer agresión que cometía el policía de tránsito esa noche, antes de someter a Clara.

De inmediato, las alertas del Sistema del 911 de la Policía se activaron y varias patrullas lo buscaron en la zona sur. Fue en vano. El carro no fue localizado y la víctima tampoco. Dos horas más tarde llegó otra alerta: Les detallaban que el mismo delincuente del carro Suzuki, cometió otro rapto en la 10a. Avenida Sur en San Jacinto. Ese segundo hecho, el de Clara, no fue registrado por las cámaras.

En esa misma madrugada, la Policía rastreó el carro y el sistema de registros detalló que el propietario era otro policía, identificado como R. O. P.  Sin embargo, tras realizar varias investigaciones y rastreos, los detectives determinaron que no era R.O.P. el sospechoso, sino el agente Jorge Alfredo Jiménez Quinteros.

Éste fue detenido y acusado de violar a una de las jóvenes. Hasta esta fecha está preso en el penal de Metapán.

Clara tenía miedo que su caso se archivara por tratarse de un policía. Pero asegura que la Fiscalía trabajó en el proceso, le acompañaron en las terapias sicológicas y algunas diligencias judiciales.
Sin embargo, no todo ha sido favorable en ese engorroso camino. Por ejemplo, recuperó su motocicleta meses después.

Los fiscales le dijeron que le harían experticias técnicas y científicas, aunque ella sostiene que la moto solo recibió un pequeño golpe. Allí quedó tirada y fue recuperada hasta el día siguiente por empleados de una farmacia.

Lo contrario ocurrió con el carro Suzuki blanco, el mismo donde Clara fue violada. El Diario de Hoy corroboró que el vehículo siempre estuvo estacionado en el puesto policial de tránsito de Santo Tomás y no en un predio común.

El carro fue entregado a su propietario tras realizársele las experticias.

Clara relató que la motocicleta quedó decomisada porque al parecer habría una investigación muy delicada, ya que los fiscales sospechaban que se trataba de una banda de policías que se dedican a violar mujeres e indagan más de 26 casos de violaciones. Sin embargo, la víctima dice que nunca se corroboró esa información.

La joven se sorprendió y recordó que en el carro del policía que la violó, habían más de 20 celulares. Además, el hombre actuaba con mucha pasividad y parecía que tenía todo planificado. La víctima cree que se trataba de un violador en serie.

Clara no reconoció a su agresor y lo hizo sin protección en su rostro

Después de varios meses, fiscales llamaron a la joven y la convencieron que debía acompañarlos para realizar un reconocimiento de imputados, es decir, debía reconocer a su violador en presencia de los fiscales, un juez y el abogado del imputado.

La diligencia se realizó en el penal de Metapán. Clara viajó hacia ese presidio y salió aún más decepcionada del sistema de justicia de este país. La joven iba con el rostro descubierto, pero cuando entró a un cuarto pequeño con los acusadores y defensores, le taparon el rostro. A través de un vidrio, le presentaron a cinco hombres con similares características físicas.

De entrada, la víctima pensó que el atacante no estaba entre los sospechosos. En su mente recordaba la cara de su agresor aquella trágica noche del 8 de diciembre.

Sin embargo, el sujeto no tenía el mismo aspecto físico de esa noche. Además, no tenía una cicatriz o un rostro único para reconocerlo con facilidad. Los primeros tres hombres tenían el rostro sin barba y cabello corto. Los otros dos, cabello largo y barba. La señorita dudaba entre el 4 ó 5. “Es el número 4, pero tengo duda”, expresó.

Así, no pudo reconocer a su agresor y se equivocó en señalarlo. El abogado usó su astucia y pidió que se estableciera de inmediato en acta. Lloró y se salió del incómodo cuarto en la cárcel de Metapán. Sentía impotencia, rabia y tristeza.

La joven recuerda que hubo mucho desánimo de parte de la fiscal del caso. La familia de la señorita buscó un abogado querellante para reforzar el trabajo de la Fiscalía, pero los fiscales le explicaron que no era necesario.

El proceso judicial avanzó y el abogado del policía usaba varios mecanismos para librarse de la eminente condena. Desvirtuar documentos y otras diligencias, eran parte de la estrategia legal .
Pero llegó el resultado de la principal prueba en el proceso. El Instituto de Medicina Legal emitió el resultado de los fluidos encontrados en el carro y en el cuerpo de Clara.

El examen de semen y sangre que se le practicó al detenido, dio el 99.9 por ciento de certeza. La prueba científica sepultó al policía judicialmente hablando. No había duda, era su semen el mismo encontrado en el cuerpo de Clara y en la camioneta.

Ante eso, el policía a través de su abogado, pidió una audiencia especial para aceptar el delito y lograr una reducción de la pena que podría superar los 12 o 15 años.

El sistema judicial favoreció al imputado: El agente Jorge Alfredo Jiménez fue condenado a sólo seis años de cárcel por el delito de violación agravada.  Además, fue sentenciado a pagar 3,000 dólares por daños a la integridad y responsabilidad civil.

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