Ángel, el migrante salvadoreño que enfrentó engaños, robos y secuestro para pedir asilo en EE.UU.

Sin dinero para pagarle a un coyote, Ángel y su excuñado Damián cruzaron Guatemala y México rumbo a Estados Unidos.

Sin dinero para que un coyote les ayudara a dar "el salto", Ángel y su excuñado Damián cruzaron la frontera y se entregaron a "la migra" para pedir asilo. Foto de referencia / AFP

Por Lilian Martínez

Jul 07, 2019- 21:52

La falta de oportunidades y el temor de ser asesinado llevaron a Ángel a arriesgar la vida en un viaje donde fue timado, estafado y secuestrado. Un viaje de cuatro meses, donde soportó frío, calor y hambre. Un viaje al final del cual decidió entregarse a los agentes fronterizos de Estados Unidos y pedir asilo, porque a El Salvador, asegura, no quiere ni puede regresar.

En este país, Ángel tenía trabajo, pero lo que ganaba no le alcanzaba para sostener a su familia: una esposa y dos niñas. Trabajaba en una fábrica donde se hace cartón. Corría el año 2014 y Ángel ganaba $237, el salario mínimo para la industria vigente ese año. “Al principio sí estaba bien; pero después no pasaba de ahí”.

Al año siguiente, la Canasta Básica Alimentaria fue de $203.86 en las zonas urbanas, según la Dirección General de Estadísticas y Censos. Ángel, con 29 años de edad, vio cómo lo que ganaba no le alcanza para cubrir todas las necesidades de su familia y buscó aumentar sus ingresos: hizo un préstamo para comprar un carro y trabajar como taxista.

“Pero el carro me salió malo”. El vehículo le dio tantos problemas que llegó un punto en el que ya no pudo costear los gastos que este representaba. “Vendí el carro y con el dinero que saqué del carro, que no fue mucho, me decidí a venir para acá (Estados Unidos)”.

Ángel inició el viaje una madrugada de abril de 2014. “Me vine hasta la frontera de Tecún Umán. Salí con mi excuñado. Salimos los dos juntos. Yo me vine sin conocer. Venía sin coyote, sin nada. Me vine solo con él. Así preguntando, preguntando, llegamos hasta la frontera”.

En la frontera encontraron personas que les ofrecieron “ayuda” para cruzar el río Suchiate: “Ese río es fácil cruzarlo. Ahora que estoy aquí me doy cuenta que los están parando (a quienes intentan cruzarlo)”. Ángel y Damián llevaban algo de dinero para el camino, unos 200 dólares cada uno. Quienes los acompañaron para cruzar el río les cobraron 50 dólares, cuando en realidad podrían haber pagado un dólares cada uno.

Migrantes cruzan el río Suchiate, que divide a México y Guatemala. Foto EDH / Lissette Lemus

De la estafa al secuestro
“Nosotros no conocíamos. Nos llevaron, nos cruzaron y, ya al otro lado, las mismas personas que nos cruzaron pidieron más dinero porque decían que tenían que dar más dinero por subirnos a una mototaxi”. Ángel y Damián les hicieron caso y escucharon las instrucciones que les dieron:“Tienes que irse hasta Arriaga”. El viaje continuó a bordo de combis (microbuses) cuyos cobradores y motoristas les daban instrucciones: “Pero uno les tiene que ir pagando. Si el pasaje vale dos pesos, ellos cobran 50 pesos y nos dicen qué hacer… A veces ni nos dicen. Ahí íbamos preguntando, preguntando”.

Al bajarse de las combis, Ángel y Damián evitaban las casetas del control policial: “Eso es lo peligroso. Ahí asaltan, ahí violan mujeres, ahí lo dejan desnudo a uno con tal de buscarle el dinero. En el camino pasa de todo, de todo”.

Un día, a eso de las 4:00 de la tarde, Ángel y Damián llegaron a un punto donde ya no sabían qué camino tomar. Entonces vieron a otras dos personas que iban caminando: uno era un coyote y el otro era su cliente. El coyote los guió hasta Arriaga y les dijo que les iba a cobrar mil dólares por llevarlos hasta la frontera. “Nosotros aceptamos. No teníamos dinero, pero la abuelita de las niñas empeñó y se logró sacar un poquito de dinero para que él nos llevara hasta la frontera. Nos ayudó bastante. Él iba pagando la comida. Comíamos dos veces al día”.

En Arriaga, a las cuatro de la madrugada, se subieron al tren. Llegaron a Huistepeque, Oaxaca, alrededor de las 5:00 de la tarde. Ahí empezaron a recorrer el área del Pacífico hasta llegar a la capital de Oaxaca. Después de Oaxaca abordaron un bus que los llevó hasta la Ciudad de México.

Una vez ahí, el coyote se puso a tomar hasta emborracharse. Les dijo que hasta ahí los iba a guiar, que si querían seguir tenían que pagarle más. Ellos le dijeron que no tenían dinero y le reclamaron.

Entonces el coyote los llevó donde una señora que les dijo que hasta que reunieran el dinero los iban a soltar. “Estuvimos unas tres semanas ahí y conocimos a los del cártel del Golfo. Estuvimos casi secuestrados nosotros, en un pueblo que se llama Huehuetoca”. Ahí conocieron a otros migrantes sin papeles que los secuestradores interceptan en el camino o en el tren ofreciendo bebida o comida.

Los secuestradores piden $3,500 por llevar a sus víctimas desde la Ciudad de México hasta Reynosa. “En Reynosa les dan como 500 dólares a ellos. Les dicen ‘soldados’, trabajan para una señora. No me acuerdo de su nombre”, dice Ángel.

Él y su excuñado estuvieron cautivos tres semanas: “Ellos hablaban con nuestra familia. Tenían esperanza en el papá de mi cuñado, pero, como es un borracho, no nos quiso ayudar”.

Al ver que nadie mandaba dinero para rescatar a Ángel y a Damián, un salvadoreño que trabajaba con los secuestradores intercedió para que los dejaran ir. “Él habló con la señora… Nos fueron a dejar a un albergue en Huevotoca. En los albergues uno se puede estar tres días. Gracias a Dios salimos de esa situación”.

Al salir del albergue, Ángel y Damián decidieron irse solos para la frontera; no la de Reynosa, sino la de Tijuana.

A un salto de la meta
Ángel y Damián se fueron a la terminal Central de Autobuses del Norte, en Ciudad de México, para tomar un bus rumbo a Altar, a Sonora. Tardaron tres días en llegar hasta allá: “En el camino nos bajaron un montón de veces los policías y el poquito de dinero que llevábamos los federales lo robaban… Total que cuando llegamos a Altar ya no llevábamos dinero. Sí teníamos un teléfono con el que nos comunicábamos con nuestra familia”.

Antes de que se bajaran del bus, el motorista les advirtió que no se quedaran mucho tiempo ahí, porque secuestraban migrantes. El consejo fue oportuno. En Altar, nomás se bajaron del bus alguien les gritó: “¡Hey, bichos, vénganse!”. Ángel y Damián corrieron, pidieron aventón y llegaron a Caborca. Ahí estuvieron un mes viviendo en hoteles, en la calle o en una casa abandonada. “Ahí nos íbamos a quedar a dormir, hasta que nos mandaban dinero de El Salvador. Así poquito, unos 50 dólares”.

Cuando vieron que no había forma de hacer dinero ahí, tomaron un bus que los llevara hasta Tijuana. “Nos volvieron a bajar los federales y nos quitaron otra vez el dinero, porque lo revisan todo a uno. También nos bajó la migración. Nos pidieron papeles, les dijimos que no teníamos. En el camino lo meten a uno en una perrera, le dicen, una camioneta que lleva la gente atrás. Pero gracias a Dios la camioneta ya la llevaban llena y ya no cabíamos. Entonces nos dijeron: ‘Tiene suerte, se pueden ir’”.

Llegaron a Tijuana y, una vez ahí, alguien les dio el contacto con un pastor que los recibió en su casa. Ahí les dieron comida y los trataron bien. Ángel y Damián no tenían dinero. Creyeron que por estar tan cerca de Estados Unidos sería más barato que alguien les ayudara a dar “el salto”, pero no. Les pedían cinco mil dólares. “¿Cómo hacíamos? Nosotros cinco mil, ¡no teníamos! Entonces lo que hicimos fue que nos fuimos a entregar a migración a tratar de pedir asilo. Y así es como logré entrar yo. A mi cuñado lo deportaron. A mí me dejaron. Así es como logré entrar aquí”.

Ante el juez de migración
Ángel tiene permiso de trabajo y ha ido tres veces a Corte de Inmigración. En unos meses, irá por tercera vez. Asegura que no sintió miedo cuando el presidente Donald Trump anunció que después del 4 de julio habría redadas y deportaciones masivas. Pero sí siente miedo ante la posibilidad de que la próxima vez que vaya a la Corte le nieguen el asilo: “La siguiente vez, ya van a decidir si me dan el asilo o no. Entonces me lo dan o me quitan el permiso y me ponen orden (de deportación)… No puedo regresar al país. Donde yo vivo es muy peligroso, muy peligroso; no puedo regresar”.

Ángel se quiebra pensando si conseguirá el asilo, si podrán llevarse a sus hijas con papeles o qué hará si le niegan el asilo y lo deportan.

“¿Por qué me dice que es muy peligroso aquí (en El Salvador)?”, le preguntó El Diario de Hoy. Él respondió: “Por las maras. La mamá de las niñas y yo nos dejamos y está con una persona de esas y yo no puedo regresar al país… Las niñas están con ella. Por eso le he estado poniendo abogado para quitárselas. Tal vez me las logró traer. No sé, no sé”.

Ángel asegura que las niñas son maltratadas. Sabe que el hecho de que su exesposa esté ahora con un pandillero no es un delito en sí. Pero sí es un peligro: “Yo no puedo regresar al país”, insiste.

Si se queda en Estados Unidos sabe que llevarse a sus hijas es exponerlas a grandes peligros. “Vi gente con bebés, mujeres embarazadas. Mucha delincuencia. En los vagones asaltan, violan. Tal vez no pasa en el vagón de uno, sino que en otro vagón, en la oscuridad pues”. Ángel asegura que los vagones del tren estaban controlados por pandilleros desde Arriaga hasta la Ciudad de México. “Allá no les dicen mara Salvatrucha, sino que les dicen los del Golfo. Ellos controlan el tren ahí y le cobran una cuota por subirse al tren”.

Una vida diferente
Ángel solo ve noticias a través de Facebook, en su celular. Ha escuchado que ya no es tan fácil cruzar la frontera entre Guatemala y México.

Al preguntarle qué se podría hacer para evitar que más salvadoreños repitan el viaje que él hizo su respuesta es sencilla: “No se sabe qué va a pasar. Pero, que haya más oportunidades de trabajo, que el sueldo sea acorde con los gastos de la familia. No puede ser que la canasta básica sea de 200 dólares y el sueldo mínimo sea de 250. No va acorde. Tiene que ir acorde con eso… Muchas veces Fosalud, el Seguro no dan un buen servicio. La falta de seguridad también. (Falta) más seguridad en el país. Que la policía ande más alerta por todos lados. Que no paren, que sean 24/7. Para que puedan mejorar las condiciones de vida en El Salvador. Más que todo, la gente se viene por eso. Por la inseguridad, por la falta de empleo, se vienen para acá”.

En Estados Unidos, lejos de sus hijas, pero sintiéndose seguro, Ángel trabaja cocinando en restaurantes y tiene un ritmo de vida diferente al que tenía en El Salvador: “Aquí cambia todo, todo es distinto. Uno el desayuno no lo hace. Uno se toma una taza de café. Aquí se tienen dos trabajos. Aquí se gana mejor pero todo es más caro (…) Uno tiene que tener dos trabajos, porque con uno solo no da. Uno trabajo 14 horas al día y casi no le queda chance para dormir”.
-¿Le gustaría volver?
-Tal vez cuando sea ya anciano, tal vez para morirme. Y si me pusieran orden de deportación yo buscaría otro país, tal vez allá en Europa. Pero para El Salvador no. Solo si realmente viera que cambiara bastante en este gobierno. Pero es bien difícil con tanto año que han estado robando los del gobierno.

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