Fútbol

Juan Ramón “Mon” Martínez, el héroe de la clasificación al Mundial de México 1970

Nuestro fútbol le debe tanto a "Mon" Martínez, el "Coloso Oriental" que fue determinante para clasificar por primera vez a un Mundial

Juan Ramón Martínez, tremendo goleador salvadoreño. / Foto Por Archivo.

Por Manuel Cañadas / Twitter: @Memecanadas | Jun 05, 2020- 05:30

Pasan los años y Juan Ramón Martínez sigue siendo el más grande centrodelantero que ha producido el redondo salvadoreño. Un futbolista que comenzó su carrera como impetuoso hombre de área para después experimentar la metamorfosis de tirarse atrás a la media puntada, derivando en un talentoso número 10.

Aunada a su gran clase futbolística, su cabeceo y a los cañones que tenía en ambas piernas, había desarrollado en alto grado la capacidad de concentración, y su definición frente al arco era tan rápida que muchas veces ni él mismo se daba cuenta de lo que hacía. Además, fue infalible ejecutor de penales, pues le pegaba tan fuerte a la pelota que a los arqueros no les dejaba opción de reaccionar.

Surgió de los torneos de baby fútbol que introdujo en el país el grandioso entrenador argentino Gregorio Bundio, y que se organizaron en San Miguel a finales de la década de los 50 en la cancha de baloncesto del Club Deportivo Águila. Ahí comenzó a dar de qué hablar como goleador implacable, para después, en su adolescencia, ser incorporado al equipo emplumado, donde pronto llegó al estrellato.

Los aficionados lo recuerdan integrando al Águila de Juan Francisco “Cariota” Barraza, Raúl “Pucúl” Bonilla, Lolo Milla, Rudy Sobalbarro, los costarricenses Álvaro Cascante y Walter Pearson, el brasileño Zozimo. Luego, en la Selección nacional haría la gloriosa escalada a las Olimpiadas de México 68 y al Mundial 70. En la ruta a esos Juegos Olímpicos, Mon Martínez se estaba consolidando, pero para el Mundial fue determinante.

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Es que ningún acontecimiento deportivo de la historia de nuestro país ha causado tanto entusiasmo y unión como cuando clasificamos a México 70; era la primera vez que un país centroamericano estaría entre los mejores 16 del mundo. Se inició la ruta contra Surinam y Curazao. Fueron cuatro grupos distribuidos de la siguiente manera: 1): Estados Unidos, Canadá y Bermudas; 2): Costa Rica, Jamaica y Honduras; 3): El Salvador, Surinam y Curazao; 4): Guatemala, Haití y Trinidad y Tobago.

El 1 de diciembre de 1968 derrotamos a Surinam 6-0; abrió el marcador Joel “Cacique” Estrada, aumentó Víctor Manuel Azúcar, luego otro gol del “Cacique” Estrada, Azúcar, “Cariota” Barraza y Mon Martínez se cerraba la cuenta. El 12 de diciembre, ganamos a Curazao por la mínima con gol de José Antonio “Ruso” Quintanilla, y tres días después, se jugó de nuevo en el mismo escenario y volvimos a ganar 2-1 con tantos de Mon Martínez y de “Cariota” Barraza. Con esos seis puntos, ya habíamos clasificado y el partido de vuelta ante Surinam se tomó a la ligera y perdimos 4-1 en Paramaribo. El gol salvadoreño lo hizo Mauricio “Pachín” González.

Juan Ramón Martínez es recibido a su llegada al país tras la clasificación al Mundial con gran aporte de sus goles.

Luego iríamos contra Honduras, que había derrotado a los ticos y a Jamaica; en tanto, Estados Unidos, que había ganado a Canadá y Bermudas, se enfrentaba, a Haití, el cual había eliminado a Guatemala y a Trinidad y Tobago. Para entonces, la figura de Mon se había agigantado aún más, era el hombre a marcar. No obstante, en el primer partido ante Honduras, el ocho de junio de 1969 no pudo anotar y caímos con un gol in extremis de Lennar Welch.

Vendría después el juego de vuelta, el 15, y la selección arrasó a Honduras 3-0 con una actuación memorable de su goleador, quien hizo dos tantos, uno de ellos de penal; el otro fue de Élmer Acevedo. Entonces vino el juego extra en el Estadio Azteca, el 27, a donde se ganó 3-2 con dos golazos de Mon y uno de “Pipo” Rodríguez.

Haití había dominado a Estados Unidos, de ahí que la final a dos juegos se pactó para realizarse el primer partido el 21 de septiembre en Puerto Príncipe, en el Estadio Silvio Cator, donde la Selecta se impuso con goles de Élmer Acevedo y “Pipo” Rodríguez; en tanto, el gol antillano fue de Obas. En el partido de vuelta, con solo empatar ya éramos mundialistas, pero los haitianos nos interrumpieron el sueño y nos vencieron 3-0 en el “Flor Blanca”; Decyr, Francois y Barthlemy nos sorprendieron y fue así como llegamos al tercer partido en Jamaica, un terreno neutral.

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Ese partido el 8 de octubre de 1969 fue su máxima obra, no solamente por el valor del gol que anotó, sino por su valentía en el área. Había batallado durante el tiempo reglamentario ante dos imponentes centrales y cuando se jugaban 14 minutos del tiempo extra, saltó entre ellos para vencer a Francillon.

Durante aquella campaña la gente se pegaba a los radios oyendo las clásicas voces de Mauricio Saade Torres, Hugo Adiel Castro, Mario Edgardo “Chamaco” Alfaro, Ismael Nolasco, Carlos “Escopeta” Osorio, Raúl “Pato” Alfaro, Rosalío Hernández Colorado, Ernesto Aparicio, José Roberto “Cipote” Aquino, Santiago Chicas, Ángel Orlando “Pibe” Ochoa, J. C. Piedrasanta.

Eran días triunfalistas, de saltos, abrazos y gritos de emoción para desembocar en festejos populares. En los mesones, mercados, buses, oficinas, fábricas, pupuserīas, talleres, bares y cantinas no se hablaba de otra cosa que de la Selecta y de sus jugadores especialmente de “Pipo” Rodríguez y por supuesto del gran Mon Martínez quien para sus íntimos era “El Mechudo”.

Ese 9 de octubre, cuando la selección llegó al Aeropuerto de Ilopango, fue una locura y al día siguiente los periódicos le dedicaron páginas y páginas. En las portadas salía Mon abrazado con el presidente, general Fidel Sánchez Hernández, quien casi no se veía ante la enorme humanidad del Coloso Oriental. Circularon entonces los rumores de que le darían una casa, que lo iban a condecorar, y que sería recibido con honores en Casa Presidencial, todo eso y más.

La selección nacional de 1970.

Pero el extraordinario goleador, pese a su sencillez era un hombre suspicaz y de inmediato se dio cuenta que estaba siendo utilizado. Días después recibió una carta para presentarse a la casa de gobierno y cuando llegó tuvo que abrirse paso entre un ejército de periodistas. Unos minutos más tarde salió el secretario privado de la presidencia el coronel Arturo Armando Molina, futuro presidente del país, quien le entregó pomposamente un documento en el que le adjudicaban una casa del Instituto de Vivienda Urbana.

Una gracia que se podía conseguir con menos costo, bastaba con alinearse en el partido de gobierno, ser amigo de un funcionario o una recomendación de un militar de cualquier grado para acceder a ello. Mon lo recibió a regañadientes y salió amargado y resentido de aquel lugar, derivando después en un ser receloso, desconfiado del ambiente que le rodeaba. El militar solamente se limitó a decir que era un futbolista maleducado y desagradecido, lo cual le importó poco o nada.

Por entonces estaba en la cima de la popularidad, era un héroe nacional y no solamente por sus goles sino por obra y gracia de la guerra contra Honduras que un mitómano polaco se la adjudicó al deporte. Con patética brusquedad había cambiado su existencia y comenzó a vivir una vida para la que no estaba preparado. Su existencia sencilla de muchacho provinciano cambió radicalmente y se volvió una celebridad.

Imagen de archivo del partido en Jamaica contra Haití, el definitivo para ir al Mundial de México 1970.

Fue asediado por periodistas nacionales y extranjeros que venían exclusivamente a entrevistarlo, por cazadores de autógrafos que donde lo veían no lo dejaban en paz y, por antiguos amigos que pedían un préstamo o querían brindar por sus triunfos. Y Mon era de los que no se negaban. Fue agasajado en todos lados, contratado para recomendar productos comerciales, abordado por gente humilde y por intelectuales que tocaban tópicos que no le interesaban y lo aturdían con preguntas que lo dejaban confuso.

Entonces comenzó a vivir su propia vida, a disfrutar la gloria a su manera, si él tenía sus amigos tenían. Fue cuando descubrió lo que tantos antes lo habían hecho, que muchas veces hay más excitación, más placer en intentar algo que en conseguirlo.

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En 1971 se vino a la capital para hacer campeón al Juventud Olímpica que apadrinaba el dirigente Víctor Safie hijo. El entrenador Mario Rey lo tiró atrás y aquella impetuosidad derivó en una clase futbolera impresionante, con cambios de juego de 30 y 40 metros, con pases exactos al vacío, siempre con sus disparos de larga distancia.

Fueron sus compañeros Francisco Manuel Zaldaña, Tomás “Flaco” Pineda, Mario Hugo “Zurdo” Méndez, Óscar “Mico” Morales, Luis César Condomí, Rey Cabrera, Moisés “Pechemono” González, Hugo Luis Lencina, Miguel “Chaflán” Barahona, Guillermo “Lobito” Fisher, Tony Rojas, Ricardo “Gambeta” Sosa, Daniel “Cacho” Sosa. Luego jugó en el Municipal de Guatemala, en el Tigers de Indiana, Alianza, Once Municipal y en el Atlético Marte.

En 1982 se retiró silenciosamente y fue técnico auxiliar en el equipo marciano. Un día de repente armó sus bártulos y se fue a California para trabajar como obrero. Con los años y en torno a su partida se han tejido muchas leyendas; que no quiere saber nada de nuestro fútbol, que tiene documentos con otro nombre y que reside en San José, California. Dondequiera que esté, nuestro fútbol le debe tanto al “Coloso Oriental” y debería cancelar esa enorme deuda, antes que sea demasiado tarde.

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