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CRONICA
El
hombre de los pies de Dios
No tiene brazos,
pero con su voz y su música conmovió hasta al Papa Juan
Pablo II. Ha recorrido 33 países y grabado siete discos de canciones
religiosas. Tony Meléndez hace con sus pies lo que otros hacen
con las manos: escribe, pesca, maneja, toca guitarra. Este hombre que
acaricia a su esposa con los hombros y que dejó el ombligo en
Nicaragua hace 45 años es aclamado por muchos que lo consideran
un bendecido por Dios.
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Legado. A sus 45 años,
su ejemplo soprende. El siempre insiste en salir adelante, en
dignificarse, a pesar de las adversidades.
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Mensaje. “Tony verdaderamente
eres un joven valiente , nos estás dando esperanza a
todos”, le dijo una vez Juan Pablo II.
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Lntra descalzo y
trotando al escenario. El frío de la calle no se cuela hasta
la tarima del Coliseo del Campín, en Bogotá, sobre la
que se enfocan seis mil pares de ojos dispersos en las graderías.
En el corre corre, las mangas negras de la camisa de este hombre medio
obeso, pero ágil que acaba de subir, se agitan vacías
como banderas en plaza pública.
Aunque le faltan los brazos, sus hombros gruesos bailotean en armonía
con el resto de su cuerpo, van siguiendo un ritmo interior.
Desde las butacas la gente lo aclama. Lo reciben de pie y batiendo las
palmas.
Al fin tienen frente a ellos al hombre sin brazos que toca guitarra,
al que tanto han publicitado los medios en los tres últimos días,
y al que todos los periodistas piden mensajes de esperanza como si se
tratara del Dalai Lama o del propio Papa.
Al fin aparece
frente a ellos el hombre que hace unos segundos vieron en pantalla gigante
en el momento en que lo besaba en la mejilla el fallecido Papa Juan
Pablo II. Al fin está frente a todos el hombre del que Jorge
Duque Linares, el promotor de sus conciertos en Colombia y líder
de Actitud Positiva (un programa de autoayuda que se transmite por radio
y tv en este país suramericano), acaba de decir que es un bendecido
de Dios y que sí él puede, otros pueden.
Tony Meléndez se sienta y un baño de luz cae sobre su
vestimenta negra. Estira sus piernas y posa sus pies desnudos sobre
la guitarra que está acostada sobre un pedazo de tela.
Los tres integrantes de su banda, también vestidos de negro,
que han arrancado con un ritmo rápido, medio rockcanrollero,
le bajan un poco a la intensidad de sus instrumentos y la voz gutural
y la guitarra de Tony empiezan a sonar.
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Sin barreras. Tony se viste
solo, escribe y hasta conduce.
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Sus pies se distribuyen,
el izquierdo se coloca sobre el brazo de la guitarra, sus dedos se deslizan
y marcan los signos, mientras que con el derecho rasca las cuerdas,
el dedo gordo hace las veces del pulgar con uña filosa que tienen
los guitarristas.
Sus orígenes
José Antonio Meléndez Rodríguez, “Tony”,
nació hace 45 años en el hospital San José, en
Rivas, al suroriente de Nicaragua. Su historia, que cuenta en su libro
escrito en inglés: “A gift of hoppe” (Un regalo de
esperanza, en español), empieza desde antes que soltara su primer
llanto.
Tony, el segundo hijo del agrónomo, José Angel Meléndez,
y de Sara María Rodríguez, llegó al mundo sin brazos
a consecuencia de la talidomida, un fármaco que ya está
retirado del mercado, pero que antes usaban las embarazadas como la
mamá de Tony, para contrarrestar los achaques y vómitos,
sin prever que podía provocar malformaciones a sus fetos.
La reacción de los papás de Tony no fue la de muchos que
optan por esconder a sus parientes con discapacidades, sino que aprovecharon
un Loteríazo que se ganaron y emigraron con Tony, cuando tenía
un año, a Estados Unidos, a donde los médicos les habían
recomendado viajar para buscarle remedio al pie derecho del niño
“que estaba bastante mal”, recuerda Tony sentado en un sillón
en el camerino del Coliseo, minutos antes del primer concierto de su
gira por tres ciudades de Colombia.
Mientras habla sus pies se mueven, gesticulan como si acompañaran
sus palabras con las manos. Advertida por la manager, una periodista
que entra a entrevistarlo por sólo cinco minutos, le extiende
la mano por instinto.
Tony sin intimidarse y sin ofenderse corresponde al saludo con palabras.
Y zanja la incómoda situación con amabilidad. “No
se preocupe no se preocupe, eso le pasa a mucha gente, ya estoy acostumbrado,
es normal”, dice con su español de gringo.
Su encuentro con el Papa Juan Pablo II en 1987, cuando tenía
25 años es quizá el evento más explotado en las
entrevistas. Y es definitivo que eso lo marcó. No recuerda bien
cómo fue que llegó hasta él.
Tony había
apredido a tocar la guitarra a los 16 años y ya se presentaba
en iglesias. Un día fue a una audición y lo seleccionaron
para cantarle a su Santidad en un evento para jóvenes que se
celebró en Los Angeles.
En las imágenes del histórico encuentro se ve a un Tony
más delgado y joven que canta a todo pulmón en inglés
“Never be the same” (nunca ser igual), un tema que compuso
especialmente para cantarle al Papa. Se acompaña con su guitarra
que ejecuta con sus pies que calzan 41. Un mar de gente joven lo rodea.
En el centro, lo mira con las manos juntas, un sonriente Juan Pablo
II.
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En sus mensajes, durante los
conciertos, sobresalen las palabras Dios y alegría. Foto:
Amalia Morales
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Emocionado Tony
termina de cantar y lo que sigue después es leyenda: el líder
de la Iglesia Católica se le acerca, lo besa en la mejilla y
le dice: “se oye bonito”. El video de este encuentro que
cambió la vida de Meléndez se proyecta para el público
bogotano antes del concierto.
Jorge Duque, el
animador, quien sabe que entre los presentes hay 500 soldados de las
Fuerzas Armadas Colombianas, muchos de ellos mutilados en combates contra
insurgentes, suelta otra frase que le susurró el Pontífice
al artista: “Tony verdaderamente eres un joven valiente nos estás
dando esperanza a todos”.
Antes de esta anécdota que suena perfecta para un best seller
de superación personal, el Tony niño afrontó toda
clase de burlas y de obstáculos ante los que nunca se rindió,
y para lo que fue crucial el apoyo de sus papás, quienes siempre
lo animaron a sentirse igual a los demás.
Una vez su papá lo llevó a un restaurante y pidió
dos platos de tallarines, uno para él y otro para su hijo sin
brazos. Tony quiso objetar que no podría comérselos, pero
su papá insistió en que sí, en que lo haría,
en que él podía.
Cuando los platos llegaron, el mesero preguntó si ayudaba al
niño, pero el papá, insistió en que no, en que
él podía solo. Tony no tuvo más remedio que inclinar
la cabeza, abrir la boca y comer directamente con los dientes sin la
mediación de un cuchillo y un tenedor.
Logros
Otras barreras que ha roto con sus pies han sido la de escribir, vestirse,
manejar hasta tocar la guitarra de su papá, la que logró
entonar y afinar y sacarle algo más que bulla luego de mucho
tiempo de práctica. “Para mí los pies son las manos,
con ellos hago todo lo que los demás hacen con las manos”.
En un día común y corriente de su vida, que transcurre
en la ciudad de Branson, Missouri, Tony es un padre que estira su pierna
derecha hasta la altura de la cintura, para abrir su camioneta y conducir
-mediante una adecuación especial para los pies- y llevar a su
familia: su esposa, Lynn, y sus dos hijos adoptivos, Marisa (salvadoreña)
y Andrés (nicaragüense), a pasear y pescar por un lago cercano.
Ahí, sin complejos saca la caña de pescar y con los pies
acomoda la carnada en el anzuelo y la tira al agua.
Debajo del foco que lo ilumina, Tony se mueve como pez en el agua. Hasta
ahora se ha presentado en 33 países, ha recorrido todo Estados
Unidos donde participado en programas prime time como Today Show y Good
Morning. Ha recibido la condecoración Ronald Reagan, y en Ecuador
y Venezuela ha sido nombrado líder de autoestima. En 1989 abrió
uno de los partidos de la final de la serie mundial con el himno estadounidense.
Se ha codeado con famosos como Ray Charles y Toya Jackson.
En Nicaragua llenó el Teatro Nacional Rubén Darío
dos veces durante el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro.
Aunque no trabaja para ninguna organización y no se considera
a sí mismo un modelo para los demás, su meta es recorrer
más de 100 países como lo hiciera el Papa, y llevar con
su vivencia un mensaje de esperanza a los demás.
Por un momento retira los pies de la guitarra, los sube y los bate.
Mientras aplaude canta por el micrófono que lleva adherido en
cabeza. En sus canciones sobresalen las palabras Dios, fe, alegría,
amor y esperanza.
Ha grabado siete discos de canciones con contenido eminentemente religioso,
seis de ellos en inglés y uno en español. Con algunos
de esos temas abrió este recital, en el que también hace
un repaso por algunos clásicos de rockcanroll, con los que prende
a sus seguidores. A Tony le gustan Los Beatles y admira la guitarra
de Eric Clapton.
Mientras Tony canta y baila en la tarima, al fondo del Coliseo, los
seguidores iluminan los bastones, las prótesis y muletas que
han alzado los uniformados en señal de que están siguiendo
el ritmo y las canciones de este hombre sin brazos. Los artefactos ortopédicos
vuelven a sus lugares cuando aterriza un reconocido bolero al que el
artista le imprime un toque religioso.
Tony cuenta que viaja a Nicaragua dos o tres veces al año, hasta
su Rivas natal, adonde llega a visitar primos, tíos y sobrinos.
Antes iba por su abuelita, pero ya falleció.
Durante la rueda de prensa que brinda en un hotel local, en Bogotá,
nadie le pregunta sobre sus raíces nicaragüenses. Los periodistas
insisten en mensajes para los jóvenes y Tony contesta con frases
consabidas.
“Uno tiene que aceptarse, uno tiene que expresarse, tenemos corazón
como los demás. No se escondan, no debemos de esconder a una
persona con problemas. Si yo hablo bleeggsggeeg (finge tener un impedimento
en la boca) hay que dejarlo que se expresen”.
Los comunicadores desconfiados le piden una demostración de su
habilidad con la guitarra. Se hace a un lado de la mesa, y su primo
Marvin, que es parte de su equipo técnico, le acomoda el instrumento.
Tony se sienta en una butaca y Jorge Duque le sostiene el micrófono
en la boca. Sin ver hacia abajo, con una destreza desarrollada en años,
sus pies se deslizan sobre el instrumento.
Esta ejecución se escucha mucho más nítida que
la del concierto, donde el ruido de la banda opaca sus sonidos. Satisfechos,
los periodistas aplauden. Meléndez asiente y regresa a su puesto
detrás de la mesa, donde suave y calculadamente, valiéndose
sólo del contacto entre sus dedos se pone los calcetines.
Este hombre que un buen día “cerró” las orejas
a las burlas, también confiesa que no tiene problemas en darle
cariño a su esposa. “Tengo los labios, tengo el hombro,
sí ella se me acerca yo la aprieto aquí”, dice mientras
inclina su cabeza a un lado y sube el hombro.
“Si ella está sentada en el suelo la aprieto con las piernas.
El afecto se da también con la mente y con el corazón”,
explica al tiempo que sus pies, esos pies de Dios -como lo bautizaron
en alguna parte- se mueven con el mismo nerviosismo de las manos que
no le hacen falta.
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