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INTERNACIONAL
Irán, el país que desafia al mundo
Más allá
de la sociedad tradicional, que la mayoría conócenos, de
los trajes negros que ocultan a las mujeres, existe otra imagen, la de
los reformistas, la de las minifaldas y el Internet. Vértice presenta
a partir de hoy una serie de cuatro crónicas, de un periodista
de El Clarín, de Argentina, en las que retrata ese otro país,
hoy bajo el escrutinio de varias naciones, debido a sus planes nucleares
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| Control. Según los Estados
Unidos, Irán tiene la teconología para producir una
bomba atómica a mediano plazo. Foto
EDH /EFE |
Teherán.
Grises, verdes oscuros y la mayoría, definitivamente, negros.
Como si hubieran recibido una orden, todas las mujeres del avión
comenzaron a ponerse pañuelos en la cabeza.
Una rubia teñida y con corte moderno, se colocó una “hejab”,
el manto negro de las musulmanas, al estilo de las actrices de Almodovar
cuando se disfrazan de monjas.
El capitán sólo había anunciado que estábamos
aproximándonos a Teherán. De un momento al otro el pasaje
del vuelo había perdido los colores que traía de París.
Ingresar a Irán es agrisarse un poco.
De todos modos, eso es sólo una apariencia.
Una vez que uno entra a los barrios altos de Teherán, los que
están en el norte, sobre las montañas de Alborz, los colores
vuelven a aparecer.
Se perciben con todo su esplendor por detrás de los pañuelos
que caen descuidados de las cabezas de las chicas ricas y debajo de
los guardapolvos (diminutos en el caso de ellas) que los ayatollahs
de la revolución, que sacudió este país hace 27
años, orden llevar.
En esos barrios hay más tiendas de maquillajes que en Roma.
Y las vidrieras exhiben faldas vaporosas y cortas, pantalones ajustadísimos
y zapatos de tacos de 10 centímetros. Pero todo se vestirá
en privado o se ocultará un poco. Nada puede ser explícito.
Aquí se hace honor a la antigua tradición persa del “ta-aruf”,
la insinceridad ceremonial. La apariencia, el engaño, para no
romper las reglas. El “ta-aruf” es un culto en Irán.
La otra cara está en el sur de Teherán, en los barrios
pobres, donde reinan los imanes y el presidente ultraconservador Mahmoud
Ahmadinejad tiene una enorme popularidad.
De allí es donde proviene la mayoría de los hombres y
mujeres que llegan al centro cada día para manifestarse contra
la publicación de las caricaturas de Mahoma o en favor del programa
independiente de energía nuclear.
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| Defensa. Los adeptos al gobierno
en turno defienden constantemente el programa nuclear. Sostienen
que es con fines pacíficos. Foto EDH
/EFE |
Son los del sur,
ellos todos con barba y ropas oscuras, ellas con su chador (manto) negro
que las cubre de la cabeza a los pies, quienes repletan la explanada
de la Universidad de Teherán para escuchar la oración
de cada viernes.
Hoy, habla el ex presidente Ali Akbar Rafsanjani -conocido popularmente
como “el tiburón”-- y hay un fervor nacionalista
renovado.
“¡Tenemos
el derecho inalienable de un desarrollo nuclear independiente!!!”,
dice el ayatollah y la multitud se levanta de sus alfombras. “¡Muerte
a Estados Unidos!...¡Muerte a Bush!”, gritan con el puño
en alto.
Dos días antes, la Agencia Internacional de Energía Atómica
(IAEA, por sus siglas en inglés) había elevado su informe
al Consejo de Seguridad de la ONU mientras Estados Unidos presiona para
imponer sanciones más estrictas contra Irán por no detener
el desarrollo nuclear que el régimen iraní ocultó
por 18 años.
Aquí en Teherán todos aseguran que se trata de un programa
para fines pacíficos, pero en Washington están convencidos
de que tienen toda la tecnología y capacidad para producir en
un lapso de entre 2 y 10 años una bomba atómica.
Ali Ashgar Soltanieh,
el negociador iraní ante la AIEA dice a los cuatro vientos que
“Irán puede producir uranio enriquecido de a toneladas”.
Y uno de los estudiantes que sale después de la oración
gritando consignas junto a unos 50 de sus compañeros, todos basijis
(jóvenes miliciandos de la revolución y fuerza de choque),
expresa lo que subyase detrás del desafío de Irán
al mundo: “Aquí, en este lugar, en este momento se está
produciendo un renacimiento islámico.
Hay un resurgimiento de nuestro fundamentalismo musulmán desde
Palestina con Hamas hasta las calles de Irak y El Líbano de Hezbollah.
Y aquí está el epicentro, en Irán con Ahmadinejad.
Cuando tengamos la bomba nada nos podrá detener”, me dice
Massoud Sadegh con fervor revolucionario.
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Inconformes.
Los iraníes en el exilio protestan continuamente en diferentes
partes de Europa. Ellos exigen más libertades y menos abusos.
Foto EDH /EFE |
El derroche
En 1996, la revolución islámica que derrocó al
Sha Reza Pahlavi, fue controlada por los reformistas y el voto popular
eligió a Khatami quien gobernó durante diez años
en convivencia y enfrentamientos con el sucesor de Khomeini y actual
Líder Supremo de la república, el ayatollah Ali Khamenei.
Pero la década de apertura sólo beneficio a las clases
media y alta que ganaron libertades, pero no trajo ningún beneficio
a las masas populares.
Es así como apareció el oscuro alcalde de Teherán,
Mahmoud Ahmadinejad, quien ganó las elecciones del año
pasado sorprendiendo al mundo. “Ahmadinejad es un hijo de la revolución,
un veterano de la guerra con Irak (1980-88) y un místico.
Está convencido de que sólo tendrá el poder en
forma temporaria hasta el retorno del iman Mahdí, que desapareció
hace más de mil años. Cree que su única función
es preparar al pueblo para el regreso de Mahdí”, me explica
un editor de un diario teherano que me pide no ser identificado con
su nombre por razones de seguridad y que conoce al presidente desde
hace muchos años.
Ahmadinejad conmovió al mundo cuando negó la existencia
del Holocausto y aseguró que Israel debía ser borrado
del mapa. Pero los pobres de Irán lo adoran. Desde que asumió
viene repartiendo millones de toneladas de arroz y azúcar, mantiene
artificialmente bajo el precio de la gasolina, aumentó notablemente
el salario de los empleados estatales y reparte por todo el país
subsidios de la Fundación Khomeini.
“Que Allah proteja siempre al señor Ahmadinejad. Es el
único que se acordó de los pobres”, me dice Youssef
Tarighat cuando lo encuentro trabajando en una carpintería del
bazaar, en el centro de la ciudad.
“Lo que está haciendo el presidente es gastando un fondo
de 14.000 millones de dólares que tenía el gobierno para
emergencias. Ayer me dijeron que ya se gastó casi todo. Cuando
se quede sin un toman (la moneda irani) se le va a acabar la popularidad
y ahí vamos a tener un problema grave, porque la única
manera de mantenerse en el poder será agitando la bandera nacionalista
contra la agresión estadounidense”, me explica esa misma
noche un economista de un organismo financiero internacional que me
encuentro en la casa de un diplomático brasileño.
El poder
Aunque nadie sabe muy bien quien tiene el poder real en este país.
Hay muchas instancias de gobierno y contrapoderes. Ajmadinejad tuvo
que sufrir durante meses hasta que el Parlamento le aprobara un ministro
de Petróleo. Y todos los analistas coinciden en que el verdadero
poder económico aún reside en buena medida en los antiguos
bazaríes, los dueños de las tiendas del bazaar central,
las mismas familias que gobiernan aquí desde siempre.
Por ahora, no se ve ninguna crisis en las calles de Teherán.
Los once millones de habitantes parecen haber salido en tropel para
comprar sus regalos para el Noruz, el año nuevo iraní
que se celebra el 21 de marzo. Los precios de la fruta, verdura y ropa,
son comparables a los de Buenos Aires.
Los de los electrodomesticos tienen precio internacional. Todo esto
produce unos embotellamientos de tráfico épicos. No hay
hora ni calle en la que uno no se tope con un atolladero que lo puede
atrapar por horas. Esto, sin contar que los iraníes manejan como
cosacos. El promedio de muertes en accidentes de tránsito tiene
un record mundial: 300 víctimas por semana.
El consumo, de todos modos, no logra llenar las aspiraciones de una
gran mayoría de jóvenes. El 75% de la población
es menor de 30 años. En este segmento el desempleo alcanza el
32%, según estadísticas oficiales. “Vivo en Isfahan
(400 km al sur) y el ambiente es oprimente. Los religiosos nos acosan
constantemente”, me explica Mehdi, un ingeniero electrónico
que vino a Teherán para un tratamiento médico junto a
su mujer, Sahar.
En el mismo parque de Melat me encuentro a Maral, una chica de 21 años
que dice que quiere ser modelo y viste un guardapolvo ceñido,
anteojos modernísimos y los jeans arremangados. “Ya me
llevaron presa dos veces por ir vestida así. Me insultaron y
me hicieron pagar una multa. Pero a mí no me importa. Voy a seguir
vistiendo así aunque me maten”, me dice mientras posa para
la foto con gracia.
Inmeditamante me paro a hablar con cinco chicas que llevan el velo tradicional
negro. Son estudiantes universitarias de la Escuela de Arte y aseguran
que no se sienten molestas por tener que ir cubiertas por la calle.
“El chador nos proteje”, dice Bahareh. “Y así
los hombres no se tientan”, agrega Samayeh.
Pero el problema de la falta de libertades parece estar haciendo mucho
daño en amplios sectores de los jóvenes. Oficialmente
hay dos millones de drogadictos. Aquí una inyección de
heroína se consigue por menos de tres dólares. Y el hashish
se vende como caramelos. El opio está en la tradición
de los persas desde hace 3.000 años. Los mayores proveedores
de estas drogas, Afganistán y Pakistán, son países
vecinos.
“Los jóvenes tienen que tener experiencias que acá
no tienen. Cuando hablo con ellos los veo tristes, aburridos, sin salida,
con problemas de relación con sus familias que les quieren imponer
antiguas tradiciones. Y eso los lleva a las drogas”, me sorprende
con su comentario el director del Centro Nacional Iraní para
el Estudio de las Adicciones de la Universidad de Teherán.
Otros jóvenes prefieren desafiar a la censura. Khandan Ghaderi,
una escultora de 27 años, se atrevió a exponer unos desnudos
femeninos que están prohibidos. Logro que me inviten a la inauguración
restringida de la exhibición que será de apenas un día.
“Una noche más y me cierran la galería”, me
explica Amin Aslani, la dueña de la galería Etemad, cerca
del boulevard Shahrzad.
Se juntan unos 50 o 60 intelectuales iraníes y algunos diplomáticos.
Las figuras son abstractas, no tienen el más mínimo atisbo
de erotismo, pero el ministerio de Asuntos Religiosos y Culturales no
permite que este tipo de eventos sean púbicos.
Una vez más aparece el taaruf. Se puede hacer en privado y en
forma restringida. “Yo no me voy a imponer los límites.
Me gusta trabajar las formas femeninas y lo hago”, me cuenta la
escultora Khandan, una morocha de ojos enormes.
Los jóvenes liberales, como ella, prueban estos límites
y, por sobre todo, burlan la censura en Internet. Hay más de
100 sitios políticos, sociales y culturales en farsi e inglés
hechos desde Teherán. Voy a ver a los chicos de teheranavenue.com.
“Cierran periódicos y revistas, pero en el Ciberespacio
nos dejan trabajar tranquilos. Bueno, nosotros lo usamos. Y espero que
no haya un enfrentamiento mayor con Bush porque nos van a empezar a
restringir a nosotros”, me comenta Sohrab, el director que firma
con le seudónimo de “sidewalk”.
Los caídos
Claro que saliendo hacia el sur, dejando las montañas y llegando
al desierto, en apenas unos kilómetros todo vuelve a cambiar.
En la tumba del Ayatollah Jomeini, una estructura impresionante de miles
de metros y enormes cúpulas que siguen construyendo desde su
muerte en 1989, me para un basiji, un jóven revolucionario, me
dice que está dispuesto a dar la vida por la memoria del Iman
y la revolución.
“Esas chanchas que visten en forma indecente en el norte de Teherán
no son iraníes. Están absorvidas por la cultura del verdadero
Imperio del Mal como es Estados Unidos.
Ellos no van a defender a Irán, pero yo sí. Y voy a luchar
con mi fe islámica”, me dice enfáticamente Alí
Khazai, que no tiene más de 17 años y viste un uniforme
militar. Estos jóvenes están convencidos de que habrá
una confrontación inevitable con Estados Unidos.
Lo mismo sucede en el cercano cementerio de Beheshte Zara, donde están
enterrados miles de caídos en la guerra contra Irak (hubo un
millón de muertos entre los dos bandos en los 8 años de
confrontación) y donde aparece el mayor de los fervores nacionalistas.
Por los altoparlantes se escuchan constantemente marchas revolucionarias
y las madres van cada día a limpiar las tumbas de sus hijos.
Por un pasillo oscuro repleto de fotos de los mártires, aparece
Sayed Hossein Danaie. Es un veterano de la guerra que hace trabajos
voluntarios en el cementerio. “Peleamos una guerra y usted puede
ver acá cuántos de mis camaradas cayeron. Pero estamos
dispuestos a pelear una y cien guerras más. Estados Unidos no
nos doblegará. Ellos tendrán la bomba, pero nosotros tenemos
la fe”, me dice emocionado.
Los altoparlantes siguen con su música guerrera. El olor del
azafrán que viene de los inciensos que queman las madres sobre
las tumbas me hacen recordar a los aromas dulces del norte de Teherán.
La brisa mezcla todo, olores y sonidos, como sucede en esta compleja
sociedad que busca una salida a sus vientos.
“Del imperio persa a la revolución
islámica”
La plaza de Azadi
en el sur de Teherán luce limpia y ordenada, como todo en esta
ciudad. Más allá de un monumento y algunas placas, nada
da la impresión de que ese fue el epicentro de la revolución
islámica y el lugar de donde surgió la insurrección
que derrocó al Sha y catapultó a la fama mundial al aytollah
Khomeini.
El 12 de diciembre de 1978 se congregaron en esa plaza (entonces se
llamaba Shahyad) dos millones de personas reclamando el derrocamiento
del régimen de Reza Pahlavi que gobernaba con mano de hierro
desde 1941.
Unas fastuosas celebraciones por la gloria del Imperio Persa terminaron
por hartar al pueblo. El 16 de enero del 79, el Sha y la emperatriz
Farah Diva partieron al exilio y Khomeini pudo regresar del suyo en
París.
De inmediato se desató una lucha por el poder entre los sectores
liberales y de izquierda y los conservadores y religiosos. Estos últimos
tenían la mejor organización con su Guardia Revolucionaria
de muyahaidines (milicianos islamistas) e impusieron la visión
islámica con una constitución que nombró a Khomeini
como Líder Supremo.
En los primeros días de noviembre de 1979, un grupo de guardianes
revolucionarios tomó la embajada estadounidense en Teherán
y a todo su personal como rehenes. Reclamaban que el entonces presidente
Carter entregara al Sha que había sido admitido en Estados Unidos
para un tratamiento médico.
Una negociación secreta de la que aún no se saben los
detalles terminó con Carter derrotado en su intento de reelección
y Ronald Reagan en la Casa Blanca, los rehenes liberados el mismo día
de su asunción y oscuros negocios que salieron a la luz con el
escándalo Irán-Contras.
Esto sigue siendo un momento traumático de las relaciones entre
Washington y Teherán. Aún hoy la embajada -- “el
nido de espías”, como se la conoce en Irán-- permanece
cerrada, los pocos que entraron dicen que está en el mismo estado
en que la dejaron los guardianes cuando liberaron a los rehenes y no
se permite ni siquiera sacar fotos del exterior.
Con la muerte de Khomeini en 1989 comenzó un período de
liberalización de la revolución que permitió el
ascenso de los reformistas que terminaron gobernando durante diez años
con el clérigo Mohammad Khatami como presidente.
Pero la falta de respuesta a los problemas económicos de las
capas más pobres de la población terminaron por reponer
en el poder al ala más religiosa y conservadora. En agosto asumió
Mahmoud Ahmadinejad, que venía de ser alcalde de Teherán
y miembro de la Fuerzas Especiales de la Guardia Revolucionaria.
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