26 de marzo de 2006


INTERNACIONAL
Irán, el país que desafia al mundo


Más allá de la sociedad tradicional, que la mayoría conócenos, de los trajes negros que ocultan a las mujeres, existe otra imagen, la de los reformistas, la de las minifaldas y el Internet. Vértice presenta a partir de hoy una serie de cuatro crónicas, de un periodista de El Clarín, de Argentina, en las que retrata ese otro país, hoy bajo el escrutinio de varias naciones, debido a sus planes nucleares

Primera parte
Gustavo Sierra
vertice@elsalvador.com

Control. Según los Estados Unidos, Irán tiene la teconología para producir una bomba atómica a mediano plazo. Foto EDH /EFE

Teherán. Grises, verdes oscuros y la mayoría, definitivamente, negros. Como si hubieran recibido una orden, todas las mujeres del avión comenzaron a ponerse pañuelos en la cabeza.

Una rubia teñida y con corte moderno, se colocó una “hejab”, el manto negro de las musulmanas, al estilo de las actrices de Almodovar cuando se disfrazan de monjas.

El capitán sólo había anunciado que estábamos aproximándonos a Teherán. De un momento al otro el pasaje del vuelo había perdido los colores que traía de París. Ingresar a Irán es agrisarse un poco.
De todos modos, eso es sólo una apariencia.

Una vez que uno entra a los barrios altos de Teherán, los que están en el norte, sobre las montañas de Alborz, los colores vuelven a aparecer.

Se perciben con todo su esplendor por detrás de los pañuelos que caen descuidados de las cabezas de las chicas ricas y debajo de los guardapolvos (diminutos en el caso de ellas) que los ayatollahs de la revolución, que sacudió este país hace 27 años, orden llevar.
En esos barrios hay más tiendas de maquillajes que en Roma.

Y las vidrieras exhiben faldas vaporosas y cortas, pantalones ajustadísimos y zapatos de tacos de 10 centímetros. Pero todo se vestirá en privado o se ocultará un poco. Nada puede ser explícito. Aquí se hace honor a la antigua tradición persa del “ta-aruf”, la insinceridad ceremonial. La apariencia, el engaño, para no romper las reglas. El “ta-aruf” es un culto en Irán.

La otra cara está en el sur de Teherán, en los barrios pobres, donde reinan los imanes y el presidente ultraconservador Mahmoud Ahmadinejad tiene una enorme popularidad.

De allí es donde proviene la mayoría de los hombres y mujeres que llegan al centro cada día para manifestarse contra la publicación de las caricaturas de Mahoma o en favor del programa independiente de energía nuclear.

Defensa. Los adeptos al gobierno en turno defienden constantemente el programa nuclear. Sostienen que es con fines pacíficos. Foto EDH /EFE

Son los del sur, ellos todos con barba y ropas oscuras, ellas con su chador (manto) negro que las cubre de la cabeza a los pies, quienes repletan la explanada de la Universidad de Teherán para escuchar la oración de cada viernes.

Hoy, habla el ex presidente Ali Akbar Rafsanjani -conocido popularmente como “el tiburón”-- y hay un fervor nacionalista renovado.

“¡Tenemos el derecho inalienable de un desarrollo nuclear independiente!!!”, dice el ayatollah y la multitud se levanta de sus alfombras. “¡Muerte a Estados Unidos!...¡Muerte a Bush!”, gritan con el puño en alto.

Dos días antes, la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA, por sus siglas en inglés) había elevado su informe al Consejo de Seguridad de la ONU mientras Estados Unidos presiona para imponer sanciones más estrictas contra Irán por no detener el desarrollo nuclear que el régimen iraní ocultó por 18 años.

Aquí en Teherán todos aseguran que se trata de un programa para fines pacíficos, pero en Washington están convencidos de que tienen toda la tecnología y capacidad para producir en un lapso de entre 2 y 10 años una bomba atómica.

Ali Ashgar Soltanieh, el negociador iraní ante la AIEA dice a los cuatro vientos que “Irán puede producir uranio enriquecido de a toneladas”.

Y uno de los estudiantes que sale después de la oración gritando consignas junto a unos 50 de sus compañeros, todos basijis (jóvenes miliciandos de la revolución y fuerza de choque), expresa lo que subyase detrás del desafío de Irán al mundo: “Aquí, en este lugar, en este momento se está produciendo un renacimiento islámico.

Hay un resurgimiento de nuestro fundamentalismo musulmán desde Palestina con Hamas hasta las calles de Irak y El Líbano de Hezbollah. Y aquí está el epicentro, en Irán con Ahmadinejad. Cuando tengamos la bomba nada nos podrá detener”, me dice Massoud Sadegh con fervor revolucionario.

Inconformes.
Los iraníes en el exilio protestan continuamente en diferentes partes de Europa. Ellos exigen más libertades y menos abusos. Foto EDH /EFE

El derroche

En 1996, la revolución islámica que derrocó al Sha Reza Pahlavi, fue controlada por los reformistas y el voto popular eligió a Khatami quien gobernó durante diez años en convivencia y enfrentamientos con el sucesor de Khomeini y actual Líder Supremo de la república, el ayatollah Ali Khamenei.

Pero la década de apertura sólo beneficio a las clases media y alta que ganaron libertades, pero no trajo ningún beneficio a las masas populares.

Es así como apareció el oscuro alcalde de Teherán, Mahmoud Ahmadinejad, quien ganó las elecciones del año pasado sorprendiendo al mundo. “Ahmadinejad es un hijo de la revolución, un veterano de la guerra con Irak (1980-88) y un místico.

Está convencido de que sólo tendrá el poder en forma temporaria hasta el retorno del iman Mahdí, que desapareció hace más de mil años. Cree que su única función es preparar al pueblo para el regreso de Mahdí”, me explica un editor de un diario teherano que me pide no ser identificado con su nombre por razones de seguridad y que conoce al presidente desde hace muchos años.

Ahmadinejad conmovió al mundo cuando negó la existencia del Holocausto y aseguró que Israel debía ser borrado del mapa. Pero los pobres de Irán lo adoran. Desde que asumió viene repartiendo millones de toneladas de arroz y azúcar, mantiene artificialmente bajo el precio de la gasolina, aumentó notablemente el salario de los empleados estatales y reparte por todo el país subsidios de la Fundación Khomeini.

“Que Allah proteja siempre al señor Ahmadinejad. Es el único que se acordó de los pobres”, me dice Youssef Tarighat cuando lo encuentro trabajando en una carpintería del bazaar, en el centro de la ciudad.

“Lo que está haciendo el presidente es gastando un fondo de 14.000 millones de dólares que tenía el gobierno para emergencias. Ayer me dijeron que ya se gastó casi todo. Cuando se quede sin un toman (la moneda irani) se le va a acabar la popularidad y ahí vamos a tener un problema grave, porque la única manera de mantenerse en el poder será agitando la bandera nacionalista contra la agresión estadounidense”, me explica esa misma noche un economista de un organismo financiero internacional que me encuentro en la casa de un diplomático brasileño.

El poder


Aunque nadie sabe muy bien quien tiene el poder real en este país. Hay muchas instancias de gobierno y contrapoderes. Ajmadinejad tuvo que sufrir durante meses hasta que el Parlamento le aprobara un ministro de Petróleo. Y todos los analistas coinciden en que el verdadero poder económico aún reside en buena medida en los antiguos bazaríes, los dueños de las tiendas del bazaar central, las mismas familias que gobiernan aquí desde siempre.

Por ahora, no se ve ninguna crisis en las calles de Teherán. Los once millones de habitantes parecen haber salido en tropel para comprar sus regalos para el Noruz, el año nuevo iraní que se celebra el 21 de marzo. Los precios de la fruta, verdura y ropa, son comparables a los de Buenos Aires.

Los de los electrodomesticos tienen precio internacional. Todo esto produce unos embotellamientos de tráfico épicos. No hay hora ni calle en la que uno no se tope con un atolladero que lo puede atrapar por horas. Esto, sin contar que los iraníes manejan como cosacos. El promedio de muertes en accidentes de tránsito tiene un record mundial: 300 víctimas por semana.

El consumo, de todos modos, no logra llenar las aspiraciones de una gran mayoría de jóvenes. El 75% de la población es menor de 30 años. En este segmento el desempleo alcanza el 32%, según estadísticas oficiales. “Vivo en Isfahan (400 km al sur) y el ambiente es oprimente. Los religiosos nos acosan constantemente”, me explica Mehdi, un ingeniero electrónico que vino a Teherán para un tratamiento médico junto a su mujer, Sahar.

En el mismo parque de Melat me encuentro a Maral, una chica de 21 años que dice que quiere ser modelo y viste un guardapolvo ceñido, anteojos modernísimos y los jeans arremangados. “Ya me llevaron presa dos veces por ir vestida así. Me insultaron y me hicieron pagar una multa. Pero a mí no me importa. Voy a seguir vistiendo así aunque me maten”, me dice mientras posa para la foto con gracia.

Inmeditamante me paro a hablar con cinco chicas que llevan el velo tradicional negro. Son estudiantes universitarias de la Escuela de Arte y aseguran que no se sienten molestas por tener que ir cubiertas por la calle. “El chador nos proteje”, dice Bahareh. “Y así los hombres no se tientan”, agrega Samayeh.

Pero el problema de la falta de libertades parece estar haciendo mucho daño en amplios sectores de los jóvenes. Oficialmente hay dos millones de drogadictos. Aquí una inyección de heroína se consigue por menos de tres dólares. Y el hashish se vende como caramelos. El opio está en la tradición de los persas desde hace 3.000 años. Los mayores proveedores de estas drogas, Afganistán y Pakistán, son países vecinos.

“Los jóvenes tienen que tener experiencias que acá no tienen. Cuando hablo con ellos los veo tristes, aburridos, sin salida, con problemas de relación con sus familias que les quieren imponer antiguas tradiciones. Y eso los lleva a las drogas”, me sorprende con su comentario el director del Centro Nacional Iraní para el Estudio de las Adicciones de la Universidad de Teherán.

Otros jóvenes prefieren desafiar a la censura. Khandan Ghaderi, una escultora de 27 años, se atrevió a exponer unos desnudos femeninos que están prohibidos. Logro que me inviten a la inauguración restringida de la exhibición que será de apenas un día. “Una noche más y me cierran la galería”, me explica Amin Aslani, la dueña de la galería Etemad, cerca del boulevard Shahrzad.

Se juntan unos 50 o 60 intelectuales iraníes y algunos diplomáticos. Las figuras son abstractas, no tienen el más mínimo atisbo de erotismo, pero el ministerio de Asuntos Religiosos y Culturales no permite que este tipo de eventos sean púbicos.

Una vez más aparece el taaruf. Se puede hacer en privado y en forma restringida. “Yo no me voy a imponer los límites. Me gusta trabajar las formas femeninas y lo hago”, me cuenta la escultora Khandan, una morocha de ojos enormes.

Los jóvenes liberales, como ella, prueban estos límites y, por sobre todo, burlan la censura en Internet. Hay más de 100 sitios políticos, sociales y culturales en farsi e inglés hechos desde Teherán. Voy a ver a los chicos de teheranavenue.com.

“Cierran periódicos y revistas, pero en el Ciberespacio nos dejan trabajar tranquilos. Bueno, nosotros lo usamos. Y espero que no haya un enfrentamiento mayor con Bush porque nos van a empezar a restringir a nosotros”, me comenta Sohrab, el director que firma con le seudónimo de “sidewalk”.

Los caídos


Claro que saliendo hacia el sur, dejando las montañas y llegando al desierto, en apenas unos kilómetros todo vuelve a cambiar. En la tumba del Ayatollah Jomeini, una estructura impresionante de miles de metros y enormes cúpulas que siguen construyendo desde su muerte en 1989, me para un basiji, un jóven revolucionario, me dice que está dispuesto a dar la vida por la memoria del Iman y la revolución.

“Esas chanchas que visten en forma indecente en el norte de Teherán no son iraníes. Están absorvidas por la cultura del verdadero Imperio del Mal como es Estados Unidos.

Ellos no van a defender a Irán, pero yo sí. Y voy a luchar con mi fe islámica”, me dice enfáticamente Alí Khazai, que no tiene más de 17 años y viste un uniforme militar. Estos jóvenes están convencidos de que habrá una confrontación inevitable con Estados Unidos.

Lo mismo sucede en el cercano cementerio de Beheshte Zara, donde están enterrados miles de caídos en la guerra contra Irak (hubo un millón de muertos entre los dos bandos en los 8 años de confrontación) y donde aparece el mayor de los fervores nacionalistas.

Por los altoparlantes se escuchan constantemente marchas revolucionarias y las madres van cada día a limpiar las tumbas de sus hijos. Por un pasillo oscuro repleto de fotos de los mártires, aparece Sayed Hossein Danaie. Es un veterano de la guerra que hace trabajos voluntarios en el cementerio. “Peleamos una guerra y usted puede ver acá cuántos de mis camaradas cayeron. Pero estamos dispuestos a pelear una y cien guerras más. Estados Unidos no nos doblegará. Ellos tendrán la bomba, pero nosotros tenemos la fe”, me dice emocionado.

Los altoparlantes siguen con su música guerrera. El olor del azafrán que viene de los inciensos que queman las madres sobre las tumbas me hacen recordar a los aromas dulces del norte de Teherán. La brisa mezcla todo, olores y sonidos, como sucede en esta compleja sociedad que busca una salida a sus vientos.

“Del imperio persa a la revolución islámica”

La plaza de Azadi en el sur de Teherán luce limpia y ordenada, como todo en esta ciudad. Más allá de un monumento y algunas placas, nada da la impresión de que ese fue el epicentro de la revolución islámica y el lugar de donde surgió la insurrección que derrocó al Sha y catapultó a la fama mundial al aytollah Khomeini.

El 12 de diciembre de 1978 se congregaron en esa plaza (entonces se llamaba Shahyad) dos millones de personas reclamando el derrocamiento del régimen de Reza Pahlavi que gobernaba con mano de hierro desde 1941.

Unas fastuosas celebraciones por la gloria del Imperio Persa terminaron por hartar al pueblo. El 16 de enero del 79, el Sha y la emperatriz Farah Diva partieron al exilio y Khomeini pudo regresar del suyo en París.

De inmediato se desató una lucha por el poder entre los sectores liberales y de izquierda y los conservadores y religiosos. Estos últimos tenían la mejor organización con su Guardia Revolucionaria de muyahaidines (milicianos islamistas) e impusieron la visión islámica con una constitución que nombró a Khomeini como Líder Supremo.

En los primeros días de noviembre de 1979, un grupo de guardianes revolucionarios tomó la embajada estadounidense en Teherán y a todo su personal como rehenes. Reclamaban que el entonces presidente Carter entregara al Sha que había sido admitido en Estados Unidos para un tratamiento médico.

Una negociación secreta de la que aún no se saben los detalles terminó con Carter derrotado en su intento de reelección y Ronald Reagan en la Casa Blanca, los rehenes liberados el mismo día de su asunción y oscuros negocios que salieron a la luz con el escándalo Irán-Contras.

Esto sigue siendo un momento traumático de las relaciones entre Washington y Teherán. Aún hoy la embajada -- “el nido de espías”, como se la conoce en Irán-- permanece cerrada, los pocos que entraron dicen que está en el mismo estado en que la dejaron los guardianes cuando liberaron a los rehenes y no se permite ni siquiera sacar fotos del exterior.

Con la muerte de Khomeini en 1989 comenzó un período de liberalización de la revolución que permitió el ascenso de los reformistas que terminaron gobernando durante diez años con el clérigo Mohammad Khatami como presidente.

Pero la falta de respuesta a los problemas económicos de las capas más pobres de la población terminaron por reponer en el poder al ala más religiosa y conservadora. En agosto asumió Mahmoud Ahmadinejad, que venía de ser alcalde de Teherán y miembro de la Fuerzas Especiales de la Guardia Revolucionaria.

 

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