26 de febrero de 2006


CRONICA
Cárcel de máxima seguridad
Claves y mañas


El de Zacatecoluca es el único penal de la región con esas medidas de control. Pero las noticias que de él salen causan otra impresión. El final de esta crónica narra el hallazgo que conducirá a la primera de las preguntas: ¿cómo es posible que ...?

Leyre Ventas
vertice@elsalvador.com

División. Puertas controladas por un mecanismo electromagnético quedividen los sectores. Foto EDH / Mauricio Caceres

Para entrar al penal de Zacatecoluca hay que ser asesino, violador, secuestrador, narcotraficante, preso reincidente o periodista.

A los cinco primeros los condena el artículo 103 de la Ley Penitenciaria, el que determina el régimen de internamiento especial.

El acceso del sexto depende más de la permisividad de las autoridades de la Dirección General de Centros Penales, que de la insistencia en su petición.

Los presos llegan a las instalaciones a través de un portón y pasan por un área de registro físico y médico, antes de entregárseles la indumentaria carcelaria y ser llevados a sus correspondientes celdas.
La vía del periodista es otra.

Atraviesa un arco detector de metales, y para que éste no emita pitido alguno de alarma, se despoja del celular, el reloj y del cinturón. También deja aritos, sea cual sea la ubicación corporal de estos, y, por supuesto, el bolígrafo.

“Un lapicero en manos de un interno puede ser un arma mortal”, justifica el uniformado que deposita los bienes recién requisados en un casillero. Sin lapicero, la libreta de reportero no tiene utilidad alguna.

Contacto. Existe cierto contacto entre el
personal penitenciario y los presos.
Foto EDH / Mauricio Caceres

Desarmado, y tras firmar un protocolo en el que exime de responsabilidades al Estado por si algo llega a pasar, el periodista se encuentra en el área administrativa.

Su única misión: averiguar cuán segura es la prisión afamada como de máxima seguridad, cuando las únicas noticias que genera tienen que ver con decomisos de armas hechizas.

Primer alto

A pesar de contar ya con la autorización previa indispensable para visitar el centro, el director, el coronel Iván Díaz, recibe al periodista.

Una breve entrevista sirve para aclarar dudas e informarse de lo justo: “no le digo el número de vigilantes que tenemos por cuestiones de seguridad”. Son “varios”. Inmediatamente, solicita “a uno con experiencia, de los duros, y que la acompañe en todo momento”.

Las instrucciones del ex militar se prolongan en un “que tenga acceso al pasillo de los custodios, no a las celdas”. El periodista promete no hablar con los reos, quienes se convierten en “internos” en boca del director o cualquier funcionario de prisiones.

Aislados. El contacto con la familia lo evita un vidrio blindado. Se comunican por un auricular. Foto EDH / Mauricio Caceres

El salvoconducto a las tripas del penal es un custodio que roza los sesenta.

Explica tener casi 20 años de experiencia en la profesión, los últimos tres en Zacatecoluca.

El hombre acerca la tarjeta que le pende del cuello a un sensor situado junto a la primera puerta metálica que encuentra en el camino.

Reconocido el código personal, se abre la chapa electromagnética.

Los 32 grados centígrados que aclimatan el área los golpean. El pasillo se extiende unos 10 metros hasta la siguiente barrera.

Todo es concreto. La potente y blanca luz artificial no descansa ni un minuto en 24 horas.

A mano derecha queda el consultorio odontológico y médico. Los presos pasan revisión regular. Por la rendija de una puerta mal cerrada el reportero alcanza a ver los tenis y la blanca calzoneta de un reo tumbado en la camilla.

La operación de la tarjeta sobre el sensor se repite. La idea de no haber detectado aún falla alguna en el sistema de seguridad obsesiona al periodista.

En lo que queda del pasillo se reparten las celdas de uno de los cinco pabellones de la prisión. Cada pabellón o sector alberga a 46 individuos, distribuidos por parejas.

Por ello, en cada celda hay dos camas y un servicio descubierto, todo de cemento.

“Dividir para controlar mejor fue la idea del diseño”, explica Hugo Barrientos, gerente de una de las empresas del consorcio CPK-Barrientos, encargado de construir el primer penal con ese nivel de seguridad del país y de Centroamérica.

Bajo esa consigna, cada pabellón cuenta también con su área de comedor y patio.

El objetivo: evitar que los reclusos converjan en un mismo espacio a la hora del almuerzo, limitar así la comunicación entre ellos y obtener mayor control en caso de motín.

“Es más fácil controlar a 800 presos que a cuatro mil”, ilustra Barrientos.

Por fin, la clave


Vistas las medidas de seguridad, al reportero le cuesta imaginar que un mes atrás, en otro pabellón similar al que visita, 41 internos lograran salir de las 20 celdas que los encerraban.

Ocurrió el 6 de enero pasado, en el sector 3, en medio de una requisa que Gobernación más tarde describiría como rutinaria. Los servicios de inteligencia habían alertado sobre la existencia de armas hechizas en el penal.

Fue la primera vez que las autoridades aceptaban que los presos lograron salir de sus celdas.
¿Cómo es posible...? El periodista aún no halla respuestas.

Mientras prosiguen con la visita, el custodio veterano le explica los hechos. “Puliendo y puliendo, lograron romper los barrotes de aquí”; dice, señalando a la altura de su cuello en una de las puertas.

“De ahí salieron y se abalanzaron sobre nosotros”, concluye.

Es lo que, en la plática previa al acceso al centro, el director Díaz quiso trasladar con la siguiente metáfora: “los internos tienen un buen tiempo de estar acá y conocen los puntos medulares de la infraestructura. Y eso genera el mismo efecto que cuando una gota cae permanentemente sobre el mismo punto de la roca”.

Sin embargo, los presos del segundo pasillo de este pabellón parecen tranquilos, ajenos a conspiración alguna.

Esperan su turno para que el custodio les lea la correspondencia. La carta nunca llega a sus manos; no les está permitido conocer su contenido sin intermediario.

Como a mitad del pabellón, una ventana con cristal permite la entrada de luz natural y observar el patio con alargadas mesas de concreto. Éstas se encuentran vacías a toda hora, desde que se decretara alerta roja por la trifulca de enero. Los reos almuerzan y cenan en sus celdas.

De repente, algo llama poderosamente la atención del reportero. Nadie más mira a través del cristal.

De una de las diminutas ventanas del tercer piso sale una prenda blanca. Es un calcetín embarazado, que pende de un hilo y desciende poco a poco. A la altura de una mini-ventana del segundo nivel sale una mano que lo agarra para introducirlo a la celda.

En lo se antojan no más de 30 segundos–imposible ser exactos, los relojes se quedaron en la entrada–, vuelve a salir el calcetín, esta vez vacío. Y no tarda tanto en elevarse y desaparecer por la ranura de la que brotó.

“Es la necesidad de comunicarse”, lo explica José Adolfo Perdomo Carpio. Este reo que hoy vive en el penal ordinario de San Vicente permaneció dos años en Zacatraz. Lo sacaron el 22 de noviembre de 2005.

“Se llaman güilas con lo que se comunican los internos”, informaba el director en la entrevista previa. Y mostraba las notas que circularon entre los reos gracias al mecanismo y que, luego, les decomisaron.

Lo del calcetín explica que los internos puedan ponerse de acuerdo para acciones concretas.
Pero, ¿de dónde salen –o mejor entran– los instrumentos a partir de los cuales los reos parecen fabricar armas? El zipper afilado como hoja de rasuradora, el lapicero que se asemeja a un puñal, etcétera. ¿Cómo, en un penal blindado tanto para la evasión como para la invasión?, ¿En un penal en el que sus reclusos no tienen contacto físico con sus familiares ni reciben visita íntima?

Hugo Barrientos:

“Es el factor humano el que está fallando”
Es gerente de una de las empresas que constituyeron el consorcio CPK-Barrientos. Éste ganó la licitación “llave en mano”, la que lo responsabiliza íntegramente del diseño y la construcción del penal de Zacatecoluca.

Usted considera que Zacatraz es un penal de alta seguridad?
Sí, porque están establecidos los elementos físicos para poder tener un control efectivo sobre los reclusos. Los tomamos de varios penales del área de Houston, EE.UU. El problema es que, por mucha tecnología que exista, el factor humano determina que ésta funcione o no. Si se hacen del ojo pacho, o no se aplican los controles como se debe...

¿Cómo explica, entonces, lo ocurrido el 6 de enero?
Si tienen hasta celulares... ¿cómo entraron, si no hay contacto físico? A nosotros, a cualquier visitante, nos hacen una gran revisión para entrar, nos hacen dejar el celular, el reloj, etc. Algo está fallando a nivel de factor humano. Las rutinas generan acomodo en cualquier tipo de actividad, y se llega a perder el grado de atención. Además ¿cómo lograr que los custodios sean incorruptibles? Si no se logra eso, cualquier sistema es vulnerable.

Ástor Escalante

“Si hay corrupción no se ocultará”
El ahora Viceministro de Seguridad Pública, ex director de Centros Penales, responde a lo dicho por Barrientos dejando todas las puertas abiertas.

El constructor asegura que la estructura garantiza la seguridad, que lo que falla es el factor humano.
Hay que hacer una evaluación, y entiendo que se está realizando. Si es la insistencia la causante de que el daño se concrete, habría que dar una revisión a la parte de la seguridad penitenciaria, al factor humano. Sin embargo, si esos daños son realizados con mediana intensidad, y en un corto plazo, habría que darle una revisión a la construcción.

¿Cómo puede un interno afilar un zipper, hasta sacarle el filo de una hoja de rasuradora si está vigilado?
Hay contacto entre delincuentes y personal penitenciario. Y éste puede llegar a niveles de corrupción. Nunca vamos a esconder que pudiera existir corrupción en nuestras prisiones. Hemos detectado algún personal con cosas para algún reo, pero no en Zacatraz.

Más sofisticados en México

La Secretaría de Seguridad Pública Federal adoptó nuevas medidas en 2005 en los penales para reos peligrosos de La Palma (Estado de México), Puente Grande (Jalisco) y en Matamoros, Tamaulipas

Política de dispersión. Cada reo en una de las mesas de concreto del patio. Así almorzaban los internos antes de la alerta. Hoy reciben sus raciones en las celdas.

1. Un equipo de alta tecnología para detectar objetos adheridos al cuerpo y sus cavidades, sustituye los túneles de rayos X y arcos detectores de metales.

2. Un aparato denominado “antibackpack” contiene huellas dactilares, fotografías y datos personales de quienes visitan estas instalaciones.

3. Un compresor que lanza aire a presión a las personas detecta toda sustancia, que puedan portar los visitantes. De inmediato, una computadora registra la información.

4. Un equipo de punta bloquea la señal de teléfonos celulares. (En el de Zacatecoluca no se pudo instalar, por la cercanía con la comunidad; se bloquearían también las señales de los teléfonos de los vecinos).

Reglamento interno de la cárcel de alta seguridad de Popayán, Colombia
Art. 33

ELEMENTOS DE INGRESO PERMITIDO EN ALTA SEGURIDAD. Se autoriza al interno y a los visitantes el ingreso de los elementos considerados de permitida tenencia, los cuales podrán guardarse en la celda del interno CONDENADO (...): Un (1) cepillo dental de mango plástico (...).


Art. 77
VISITA ÍNTIMA PARA INTERNOS SINDICADOS EN ALTA SEGURIDAD: El Director del Establecimiento de Reclusión previa solicitud del interno Sindicado en Alta Seguridad, podrá conceder la visita íntima cada treinta (30) días.

 

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