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LA
OPINIÓN
Quién las mató
La muerte de más de un centenar de tortugas no sólo ha sido una tragedia, sino que ha dejado al descubierto, por enésima ocasión, el desorden y la incapacidad de las instituciones del estado para determinar en el tiempo debido las causas de tal mortandad y los mecanismos para detenerla.
Algunos se preguntarán porqué tanto alboroto por la muerte de esos animales, que están lejos de nosotros. Más allá de que esas desapariciones alteren el ecosistema y afecten, en última instancia, la relación del hombre con la naturaleza, el asunto tiene una trascendencia mayor, ya que estos hechos demuestran la (in) capacidad de las instituciones para reaccionar ante un hecho imprevisto.
Han transcurrido ya más de tres semanas desde que aparecieron los primeros quelonios muertos en la zona de Usulután y La Paz. Y desde entonces, se han manejado tantas hipótesis, como que si se tratará del juego del acertijo. Tire al blanco, a ver si le pega.
Estas son las principales teorías acerca de “la averiguación previa”:
1. las responsables del “tortuguicidio” son las redes de los barcos camaroneros; al quedar atrapadas en esas madejas, los animales mueren golpeados o asfixiados (este es el señalamiento con el mayor puntaje en la ranking de las especulaciones).
2. También son sospechosos los barcos excavadores que trabajan en la ampliación del canal que servirá al nuevo puerto de La Unión; al remover las piedras que están en el fondo del mar, se dispersan minerales que intoxican a las tortugas.
3. Últimamente, ha entrado al “top cinco” la marea roja, que ha envenenado las algas, que, luego, comieron los quelonios, que, luego, murieron (he aquí la importancia del ecosistema).
Ha sido tanto el desbarajuste, que los funcionarios y técnicos han cambiado de suposiciones porque no tienen las pruebas que confirmen cualquiera de las hipótesis antes planteadas. Pero el problema no es únicamente de pruebas, sino de contar con los infraestructura y los recursos tecnológicos necesarios para resolver situaciones como estas.
Sumado a lo anterior, también podría estar el menosprecio a personas e instituciones que podrían aportar mucho al esclarecimiento de esas muertes. No tengo pruebas para demostrar esto, pero luego de tres semanas de ir y venir, también tengo derecho a sospechar.
Al final, cuando ya la tempestad se ha disipado, el otro gran problema es que tenemos registros de la mortandad, pero no hay responsables. Para muestra, el siguiente botón: decenas de ebrios murieron intoxicados en 2000, ya que al famoso licor Trueno le habían mezclado alcohol metílico.
Esas muertes quedaron impunes. ¿Lo mismo ocurrirá con el “tortuguicidio”? Lo más seguro es que sí.
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