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LA
OTRA LUCHA
Tregua
al hambre y al desamparo
Ganó muchas
medallas por sus habilidades en la lucha grecoromana. Y como suele ocurrir,
aquí y en cualquier parte del mundo, con el éxito vino
la gloria, el desenfreno y, al final, la tragedia. Víctima de
sus propios males, que lo dominaban, quedó tumbado en la más
triste de las lonas, la del abandono. Cuando estaba a punto de lanzarse
al abismo, se detuvo. Desde entonces, su vida cambió y ahora
recorre la ciudad, a bordo de su camioneta, en busca de los más
desamparados, a quienes les da cariño y les enseña los
secretos del deporte
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Los
ahijados. Estos menores que se mantiene vendiendo o limpiando
parabrisas, se unieron con el deportista en una oración |
Esa noche, a Jesús
Amílcar Alvarado no le tembló la mano para agarrar su
pistola, una Magnum 3.57 milímetros, y ponérsela en la
sien
Una voz le decía en su cabeza que lo hiciera, que estaba solo,
sin su esposa, sin sus hijos... que no valía la pena seguir vivo.
Cuando uno de sus dedos estaba a punto de halar el gatillo y terminar
con todo, escuchó a lo lejos que un predicador decía por
la televisión que aún había esperanza y que aquellos
que estaban solos, sin sus seres más queridos, todavía
podían seguir luchando.
El hombre lanzó el arma lejos y cayó desplomado tratando
de no ahogarse en el llanto, en la soledad. En su residencia no habían
gritos de niños, ni la voz de su esposa porque hacía meses
que lo habían dejado. El abandono lo había llevado a esa
extrema decisión, pero tras ese amargo momento su vida daría
un vuelco.
Jesús Amílcar fue un niño sin padre. Recuerda que
todas las tardes se sentaba frente a su casa y esperaba que su padre
apareciera. Nunca lo hizo.
Bajo los cuidados
de su madre, caminó por el buen sendero. Se interesó por
el deporte hasta convertirse en uno de los mejores luchadores de la
disciplina grecoromana en el país. En 1980, integró la
selección nacional de esa rama deportiva.
En Ponce, Puerto Rico, ganó su primera medalla. En Montreal Canadá,
en 1986, obtuvo el sexto lugar en el campeonato mundial juvenil.
En otro campeonato en el que participó en la ciudad de México
obtuvo su segunda medalla de oro en la lucha grecoromana. Logró
coronarse campeón en ocho oportunidades. La grecoromana es una
pelea de fuerzas físicas cuerpo a cuerpo.
Y como suele ocurrir con muchos famosos, con la gloria también
vino el desenfreno y, al final, la desgracia. Las celebraciones se multiplicaron
y el licor se derramó por doquier. Cuando parecía volar
más alto, terminó enganchado en otros vicios.
Y después de la efímera alegría apareció
la soberbia, la violencia y los maltratos a su mujer. “Me había
vuelto irascible”, admite.
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INDES.
Los jóvenes que en algún tiempo cayeron en las garras
de las drogas son promesas del deporte. |
La lección
Luego del fallido
suicidio, Jesús Amílcar entendió lo amargo que
es estar a la orilla del precipicio, por lo que inició una de
sus luchas más difíciles y cruciales: dejar el alcohol.
Con la sensatez de la sobriedad tomó otra decisión: ayudar
al más necesitado.
Abordo de su camioneta todoterreno, este medallista redimido recorrió
las calles de San Salvador en busca de los más débiles
y abandonados: niños harapientos lanzados que deambulaban por
las duras calles capitalinas.
Muchos de esos menores estaban consumidos por la inhalación de
la pega, del crack o el consumo de alcohol o marihuana.
Otros se ganan la vida con sus padres o encargados en las calles.
La falta del amor que Jesús necesitaba fue rápidamente
llenada por esos débiles infantes, que lo veían como el
padre o la madre que no tenían. Llegaron a quererlo porque cuando
él se les acercaba a abrazarlos, no sentía repulsión,
sino que les mostraba una atención sincera.
Las huellas
El medallista recuerda que al primer niño que encontró
fue a Marvin, cuando, literalmente, escarbaba en un basurero en la colonia
Monserrat.
Marvin estaba a punto de liarse a golpes con otro menor, cuando intervino
Jesús -“le voy a dar un dólar al que gane la pelea.
Pero van a pelear con reglas y con disciplina”- les dijo.
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I“Trabajamos
con los niños de la calle para que no sean los delincuentes
del futuro ”
jesús amílcar alvarado
Luchador |
Los pequeños
subieron al auto y a los pocos minutos estaban en un salón de
la escuela Ramón Belloso, de la Monserrat, en donde Jesús
impartía clases de física.
Luego de varias piruetas torpes, los dos pequeños quedaron empatados,
por lo que cada uno se ganó un dólar.
Con el paso de los días, la cercanía entre Jesús
Amílcar y Marvin aumentó, al punto de convertir la relación
entre padrino y ahijado.
El pequeño también se interesó por el deporte,
al punto que fue declarado mejor atleta de juegos estudiantiles cuando
tenía diez años.
En ese devenir, Marvin afrontaba su otra lucha, la existencial: dejar
las calles y ponerse a estudiar.
Mientras tanto, el medallistas seguía abordo de su auto, en busca
de más desamparados. No le costó encontrarlos, a la espera
de limpiar el parabrisas de un carro para ganarse unos centavos. A todos
les ofrecía lo mismo: afecto y deporte.
Aún hoy en día sigue ocurriendo los mismo. Cuando Jesús
se les acerca parecen salir del letargo y la desesperanza.
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Atención.
Este pequeño agradece de esta manera el apoyo del samaritano. |
“!Cuando nos
va a traer sopita!”, le dice Jeny en la intersección de
la 25a. Calle Poniente y la prolongación del Bulevar Tutunichapa.
Ella viste ropas desgarradas y tostadas por la mugre.
“Es una mujer que su marido la llevó al mundo de las drogas
y hoy no puede salir”, explica Jesús Amílcar. Tras
el breve encuentro, que duró el tiempo que dio el semáforo,
Jeny regresó a los cartones que le sirven de cama y de hogar.
En otra calle, cerca del Bulevar de Los Héroes, un grupo de niños,
corren a la camioneta porque ha llegado al que ellos llaman “el
hermano”.
Gustosos cogen las naranjas que Jesús les ha llevado para que
mengüen el hambre y la sed. Algunos de esos niños pasan
todo el día en la calle, junto a sus madres o encargados que
venden diversos artículos en los semáforos. Otros están
en abandono.
Como muestra de agradecimiento, uno de esos niños tomó
cuatro de los frutos e hizo malabares para el hombre que les lleva alimentos
o ropa. Después de conversar con los pequeños Jesús
Amílcar los invitó a unirse en una oración.
Pero la historia de este samaritano termina aquí. Por las tardes,
muchos niños suben a su camioneta en busca de un refugio deportivo.
Por varias horas, menores y adolescentes hacen ejercicio y deporte en
los salones de la Villa Olímpica o en el Instituto Nacional de
los Deportes, guiados por el medallista.
“Estos niños son agresivos con la gente en la calle porque
están llenos de ira. Tienen rabia contra todo mundo porque han
sido maltratados, viven en las calles o porque las drogas los sumen
en la violencia.
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Un
auxilio. Dos menores golpean un saco en la Villa Olímpica. |
Pero cuando hacen
deporte descargan esa rabia y cuando vuelven a las calles su actitud
agresiva se reduce”, reflexiona.
Algunos están a punto de salir del túnel y convertirse
en promesas del boxeo o la lucha. Los que vuelven a las calles lo hacen
sosegados.
Ya en la soledad, Jesús Amílcar reitera que siempre fue
un triunfador y que sólo la vida logró vencerlo. Cayó
y aprendió a levantarse.
Asaltado
por ayudar a adultos
Cuando el deportista
entró a la comunidad Tutunichapa para buscar a los adultos desamparados,
fue asaltado por un sujeto que aparentaba estar drogado.
Jesús Amílcar, junto a su hijo de cinco años, había
comprado diez platos de pupusas y plátanos con café para
entregarlos a los sin hogar.
-¿A quién busca?- le preguntó el hampón
al deportista.
- “!Tranquilo, vengo a dejar ropa y comida!”, le respondió.
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En
acera. La conversación con los infantes es de vital importancia
para conocer sus necesidades. |
El ladrón
le arrebató el reloj y otras prendas y escapó.
Luego de entregar los platos de comida, los drogadictos le dijeron que
le encontrarían sus pertenencias y se las devolverían.
Dicho y hecho, a la media hora su reloj y lo demás robado le
fue devuelto.
El deportista reconoce que es más difícil trabajar con
los adultos, porque algunos están drogados.
Recuerda que varios jóvenes que por años frecuentaron
los sitios de consumo de drogas, lograron recuperarse por medio del
deporte.
Dice que primero se mostraban reacios por los efectos que los estupefacientes
producen en ellos, sin embargo con el tiempo lo superaron.
Incluso, dice, algunos ahora sirven en iglesias y continúan con
la obra de dar un poco a los que más lo necesitan en las calle.
“Cuando
la casa de uno es una caja de cartón, un plato de comida o un
café caliente nos hacen la vida menos amarga ”
indigente
Para
ayudar llame al tel: 72018528 o al e mail: atletasdejesus@hotmail.com
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