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LA
ARISTA AFILADA
Observaciones
A la Luz De Las Hogueras
Primera observación. Hay llamas. El espectáculo
es cada vez más frecuente. En una docena de ciudades europeas
y del Medio Oriente los fundamentalistas islámicos han salido
de nuevo a las calles. Gritan, atacan a los viandantes, queman edificios,
autos y banderas.
La excusa de estos días son doce caricaturas publicadas en un
oscuro diario danés. Mañana será cualquier otra
anécdota ridícula. Es inútil tratar de explicar
racionalmente el comportamiento de las turbas fanáticas. ¿Qué
lógica existía en los pogromos de los camisas pardas nazis?
Pura barbarie manipulada desde alguna zona del poder.
Mi primera sorpresa viene por la otra punta del conflicto. Trato de
explicarme la serena actitud de la comunidad islámica en USA.
Magnífico. Entre los cinco millones de personas de esa religión
que existen en el país apenas ha habido manifestaciones de violencia.
Parece que entre ellos no abundan los fanáticos enloquecidos
por el odio. ¿Por qué? Es posible que la clave esté
en una característica de la cultura norteamericana que acaso
ha teñido las actitudes de las comunidades mahometanas estadounidenses:
han aprendido a convivir con aquello que detestan. Esa es la esencia
de la tolerancia.
A los cristianos o a los judíos norteamericanos también
suelen herirles los ataques mordaces a sus creencias religiosas, o los
chistes étnicos de mal gusto, pero tragan en seco o protestan
pacíficamente: ése es el precio que se paga por vivir
en una sociedad libre.
¿De dónde surge ese envidiable espíritu de tolerancia?
Tal vez de un episodio que estremeció a la nación casi
desde sus inicios: la incorporación de la Primera Enmienda a
la Constitución y la permanente batalla por preservar su vigencia.
Esa lucha constante por mantener separados al Estado y a las religiones,
y por evitar cualquier forma de control público sobre la emisión
del pensamiento o sobre la facultad de reunirse para propósitos
lícitos, acabó por forjar una sociedad en la que caben
todas las posturas porque ninguna creencia o dogma es oficial. A nadie
se le reconoce la posesión de una verdad absoluta.
Todos tienen y defienden opiniones discutibles. Sólo así
se entiende que trescientos millones de personas fragmentadas en miles
de grupos diferentes, muchas veces antagónicos, consigan vivir
dentro de una razonable armonía.
Segunda observación. A los fanáticos violentos no es posible
convencerlos. Hay que vencerlos. Frente a un energúmeno dispuesto
a matar para vengar un supuesto agravio moral como el de las inocentes
caricaturas danesas, sólo es posible atarlo, sedarlo, juzgarlo
y condenarlo a una pena severa.
Cada vez que un político comparece ante la opinión pública
y trata de apaciguar a los amotinados con explicaciones comprensivas,
lo único que logra es estimular más desórdenes.
Si las leyes no son suficientemente punitivas, el camino es obvio: hay
que endurecerlas. El KKK norteamericano, que llegó a tener en
sus filas a cuatro millones de miembros, sólo comenzó
a reducir su tamaño y virulencia cuando el Estado norteamericano
lo aplastó bajo el peso de la ley.
Tercera observación. Casi se puede expresar con una fórmula
matemática: la peligrosidad de los fanáticos está
en función directa de la capacidad de destrucción que
poseen multiplicada exponencialmente por la intensidad de la pasión
que los domina. Cuando Hitler se aprovisionó de suficientes blindados,
se lanzó a la conquista de Europa y al exterminio de los judíos
y de otras minorías impulsado por su odio infinito.
Los fanáticos, además, suelen estar dispuestos a morir
por la causa en la que creen. Como advertía Churchill en la pasada
década de los treinta, no basta con amenazar al fanático
armado. Hay que desarmarlo o derrotarlo antes de que actúe. Esto
viene a cuento de la conducta de Irán. Ese gobierno no está
intentando construir armas atómicas para defenderse.
Nadie lo estaba amenazando. Por el contrario: la invasión norteamericana
a Irak le quitó de en medio a un viejo enemigo que le había
matado a cientos de miles de soldados y acabó instalando en el
poder a un equipo de correligionarios chiítas. Nunca en las últimas
décadas Irán había estado más seguro y protegido.
El señor Mahmud Ahmadineyad, presidente de Irán, se está
preparando para ir a la guerra.
Desprecia profundamente al impuro mundo occidental. Está dispuesto
a borrar del mapa a Israel, como afirmó recientemente, y le tiene
sin cuidado el costo que esa aventura conlleve. Un buen fanático
jamás pondera las consecuencias de sus actos. No le importa si
medio Irán termina calcinado. Admira hasta el éxtasis
a los terroristas suicidas que se atan un cinturón de explosivos
y se sacrifican en medio de una carnicería de judíos.
El va a hacer lo mismo, sólo que, si lo dejan, llevará
un cinturón cargado de bombas atómicas.
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