19 de febrero de 2006


ADICCIONES: PLACERES PELIGROSOS

La codependencia

La aparición de un adicto tiene un impacto que cambia la dinámica de las relaciones de una familia y genera conductas que, sin querer, sustentan el desarrollo de la adicción. Las expresiones de los codependientes se repiten compulsivamente, tal y como en una adicción

Jorge Ávalos
vertice@elsalvador.com


CÓMO AYUDAR A UN ADICTO
Ocultar el problema no es la solución. La familia y los amigos del adicto necesitan reconocer sus límites.
Busque ayuda profesional
Una adicción es una enfermedad, por lo tanto hay tratamientos disponibles. Tanto los adictos como las familias pueden caer en el autoengaño y la negación del problema. Por esa razón no hay mejor solución que buscar ayuda profesional apenas se detecten los indicios de una adicción. Un buen comienzo es llamar a la Fundación Antidrogas de El Salvador, Fundasalva: (503) 2236-0333.
Ilustraciones EDH/ Jorge Castillo

Una familia es un sistema y aunque unos dependen de otros se debería hablar de “interdependencia”, más que de dependencia. También los padres dependen de los hijos para su felicidad: las relaciones, por lo tanto, son mutuas y con características muy complejas.

“Las adicciones son enfermedades familiares”, asegura el doctor José María Sifontes, “porque toda la familia se afecta, toda la familia sufre cuando una persona es adicta.

Yo lo comparo con las campanitas que uno pone en los jardines. Si uno toca una campanita, todas suenan”.
La familia confrontada a la adicción es así, explica Sifontes: “Hay un adicto pero sufren todos.

Sufren emocionalmente, económicamente, sienten vergüenza y cólera al mismo tiempo, no saben qué hacer, tienen problemas para dormir. O sea, es una enfermedad completa”.

Esta enfermedad se llama codependencia y en menor o mayor grado puede afectar a cada integrante de la familia. Padres, parejas, hijos e, incluso, amigos que tienen una fuerte relación con la persona adicta pueden ser afectados.

La codependencia, a diferencia de una adicción centrada en una sustancia o en un sólo comportamiento compulsivo, es un ciclo de patrones de conducta que llevan a la disfunción familiar, al aislamiento social y a la facilitación de la adicción.

Una persona codependiente desea que el adicto se cure, pero de alguna manera le facilita el seguir siendo adicto. “Como le tienen amor”, agrega Sifontes, “lo apoyan y le tapan los problemas. Es la típica mamá que anda recogiendo al hijo drogadicto de la calle, que ve cómo le paga la deuda, que miente en el trabajo diciendo que está enfermo cuando en realidad está perdido”.

“La gente afuera del círculo no lo entiende”, dice Marta, cuyo papel como “facilitadora” la sumió en una deuda de 50 mil dólares. “Sé que tengo una naturaleza adictiva. Uno no se cura de esto, por eso estoy en este grupo de apoyo. Necesito, por decirlo de alguna manera, el mantenimiento”.

“Para tratar a una persona con una adicción”, advierte Sifontes, “es necesario tratar al adicto pero también hay que tratar a la familia. Si se trata sólo al adicto y la familia no cambia, lo más probable es que la persona recaiga”.

Adicciones “en línea”

Muchos especialistas ven en el uso excesivo de internet el potencial para nuevas conductas adictivas. Ilustraciones EDH/ Jorge Castillo

Veinte niños, entre los diez y catorce años de edad, permanecían reunidos en el salón de clase de un colegio privado. Una característica los asemeja a todos: un uso excesivo del Internet, el tema de discusión.

Una breve encuesta revela que la aplicación más utilizada por todos, y por un alto margen, es el Chat, seguida por juegos en que los participantes asumen identidades o cualidades ficticias.

La pregunta clave es: ¿Hasta qué punto el uso excesivo de algo se convierte en una adicción? También se dice que los niños ven demasiada televisión, pero no se habla de una adicción a la televisión.

Como con otras adicciones, el uso patológico de Internet (o PIU por sus siglas en inglés) está acompañado de comportamientos compulsivos que se hacen ingobernables hasta el punto de causar daño.

La necesidad de chequear continuamente el correo electrónico, de exigir respuestas minutos después de haber enviado un mensaje o de sentir una intensa frustración y un vacío emocional cuando no hay nadie al otro lado de la línea del Chat, podrían ser síntomas de una creciente dependencia.

En el grupo entrevistado, un niño de diez años confesó jugar seis horas diarias: “Cuando no estoy jugando sólo pienso en cuándo lo voy a hacer. Me siento solo cuando no lo hago”.

Varias niñas también admiten un uso excesivo del Chat. Aunque no lo consideran una adicción, sostienen que las relaciones vía Internet se sienten más fuertes que las “reales”. “En el Chat hablamos de cosas que no nos atrevemos a decirnos en la cara”, dice una de ellas.

El Internet podría representar un mundo nuevo, pero también se perfila como un medio óptimo para canalizar viejos problemas humanos.

 

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