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ADICCIONES:
PLACERES PELIGROSOS
La
codependencia
La aparición
de un adicto tiene un impacto que cambia la dinámica de las relaciones
de una familia y genera conductas que, sin querer, sustentan el desarrollo
de la adicción. Las expresiones de los codependientes se repiten
compulsivamente, tal y como en una adicción
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CÓMO
AYUDAR A UN ADICTO
Ocultar el problema no es la solución. La familia y los
amigos del adicto necesitan reconocer sus límites.
Busque ayuda profesional
Una adicción es una enfermedad, por lo tanto hay tratamientos
disponibles. Tanto los adictos como las familias pueden caer
en el autoengaño y la negación del problema. Por
esa razón no hay mejor solución que buscar ayuda
profesional apenas se detecten los indicios de una adicción.
Un buen comienzo es llamar a la Fundación Antidrogas
de El Salvador, Fundasalva: (503) 2236-0333.
Ilustraciones EDH/ Jorge Castillo
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Una familia es un
sistema y aunque unos dependen de otros se debería hablar de
“interdependencia”, más que de dependencia. También
los padres dependen de los hijos para su felicidad: las relaciones,
por lo tanto, son mutuas y con características muy complejas.
“Las adicciones son enfermedades familiares”, asegura el
doctor José María Sifontes, “porque toda la familia
se afecta, toda la familia sufre cuando una persona es adicta.
Yo lo comparo con las campanitas que uno pone en los jardines. Si uno
toca una campanita, todas suenan”.
La familia confrontada a la adicción es así, explica Sifontes:
“Hay un adicto pero sufren todos.
Sufren emocionalmente, económicamente, sienten vergüenza
y cólera al mismo tiempo, no saben qué hacer, tienen problemas
para dormir. O sea, es una enfermedad completa”.
Esta enfermedad se llama codependencia y en menor o mayor grado puede
afectar a cada integrante de la familia. Padres, parejas, hijos e, incluso,
amigos que tienen una fuerte relación con la persona adicta pueden
ser afectados.
La codependencia, a diferencia de una adicción centrada en una
sustancia o en un sólo comportamiento compulsivo, es un ciclo
de patrones de conducta que llevan a la disfunción familiar,
al aislamiento social y a la facilitación de la adicción.
Una persona codependiente desea que el adicto se cure, pero de alguna
manera le facilita el seguir siendo adicto. “Como le tienen amor”,
agrega Sifontes, “lo apoyan y le tapan los problemas. Es la típica
mamá que anda recogiendo al hijo drogadicto de la calle, que
ve cómo le paga la deuda, que miente en el trabajo diciendo que
está enfermo cuando en realidad está perdido”.
“La gente afuera del círculo no lo entiende”, dice
Marta, cuyo papel como “facilitadora” la sumió en
una deuda de 50 mil dólares. “Sé que tengo una naturaleza
adictiva. Uno no se cura de esto, por eso estoy en este grupo de apoyo.
Necesito, por decirlo de alguna manera, el mantenimiento”.
“Para tratar a una persona con una adicción”, advierte
Sifontes, “es necesario tratar al adicto pero también hay
que tratar a la familia. Si se trata sólo al adicto y la familia
no cambia, lo más probable es que la persona recaiga”.
Adicciones
“en línea”
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Muchos
especialistas ven en el uso excesivo de internet el potencial
para nuevas conductas adictivas.
Ilustraciones EDH/ Jorge Castillo
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Veinte niños,
entre los diez y catorce años de edad, permanecían reunidos
en el salón de clase de un colegio privado. Una característica
los asemeja a todos: un uso excesivo del Internet, el tema de discusión.
Una breve encuesta revela que la aplicación más utilizada
por todos, y por un alto margen, es el Chat, seguida por juegos en que
los participantes asumen identidades o cualidades ficticias.
La pregunta clave es: ¿Hasta qué punto el uso excesivo
de algo se convierte en una adicción? También se dice
que los niños ven demasiada televisión, pero no se habla
de una adicción a la televisión.
Como con otras adicciones, el uso patológico de Internet (o PIU
por sus siglas en inglés) está acompañado de comportamientos
compulsivos que se hacen ingobernables hasta el punto de causar daño.
La necesidad de chequear continuamente el correo electrónico,
de exigir respuestas minutos después de haber enviado un mensaje
o de sentir una intensa frustración y un vacío emocional
cuando no hay nadie al otro lado de la línea del Chat, podrían
ser síntomas de una creciente dependencia.
En el grupo entrevistado, un niño de diez años confesó
jugar seis horas diarias: “Cuando no estoy jugando sólo
pienso en cuándo lo voy a hacer. Me siento solo cuando no lo
hago”.
Varias niñas también admiten un uso excesivo del Chat.
Aunque no lo consideran una adicción, sostienen que las relaciones
vía Internet se sienten más fuertes que las “reales”.
“En el Chat hablamos de cosas que no nos atrevemos a decirnos
en la cara”, dice una de ellas.
El Internet podría representar un mundo nuevo, pero también
se perfila como un medio óptimo para canalizar viejos problemas
humanos.
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