19 de febrero de 2006


ADICCIONES: PLACERES PELIGROSOS

Conductas compulsivas:
Enganchados

¿Se puede ser un adicto al amor, al sexo o a la comida? Las adicciones a las sustancias son un problema global. En El Salvador, el alcoholismo alcanza proporciones casi epidémicas. Pero cada vez es más claro que el problema no se limita a las sustancias. Los vacíos espirituales y emocionales propician también conductas adictivas

Jorge Ávalos
vertice@elsalvador.com


Ilustraciones EDH/ Jorge Castillo

El día que Lucía abandonó su hogar con su hijo en brazos, un sentimiento de culpa la embargaba. Un día antes, se había enterado de que las deudas de su esposo, un asiduo jugador en los casinos, lo habían llevado a perder la casa.

En seis años de matrimonio, una pequeña “maña”, que ella había hecho todo lo posible por ocultar, la había dejado en la calle
No fue Lucía quien perdió la casa ni los ahorros de la familia, fue su esposo. Y aunque en ese momento, hace dos años, ella se sentía culpable porque creía que le había fallado a la persona que amaba, Lucía cree ahora que ella comparte responsabilidad por lo que ocurrió, pero por otra razón.

“Ahora sé que yo no tenía la capacidad de detener la adicción por el juego de mi ex esposo”, reflexiona. “Lo amaba y quería apoyarlo. No comprendía que le estaba facilitando su adicción, pagándole las deudas, mintiendo por él. Sólo logré contener por un tiempo la crisis”.

La historia de Lucía es muy común. Ella atiende ahora un grupo de autoayuda y recibe terapia por lo que ella llama una “adicción a las relaciones, algo a lo que estaba predispuesta”.

El padre de Lucía fue un alcohólico, y el comportamiento codependiente que floreció en su matrimonio estaba compuesto de conductas aprendidas en su hogar, cuando era una niña.
Muchas personas, como Lucía y su ex esposo, son vulnerables a un tipo de adicciones llamadas comportamentales. Un comportamiento, a veces relacionado a lo que estimula placer, se convierte en una adicción: al juego, al amor, a la comida, a las compras, al sexo o al Internet, incluso.

Lea además

También hay adicciones que se suman a otros trastornos, como el de los que se obsesionan por su imagen personal, adelgazando (anorexia o bulimia) o ejercitando (vigorexia) excesivamente hasta poner en riesgo la vida misma.

¿Qué es una adicción? ¿Cómo se originan estas obsesiones y compulsiones de la conducta? ¿Por qué unas personas son más vulnerables que otras? ¿Qué necesidades impulsan a una persona a determinados comportamientos compulsivos?

“La mayoría de la gente piensa que la compulsión al juego es una adicción al dinero; no es cierto”, asegura el doctor José María Sifontes, un psiquiatra especialista en adicciones en el Instituto de Medicina Legal.
“Ese momento en que no sabe si va a perder o ganar le crea al jugador una gran excitación, y es esa excitación a la que es adicto.

Ese momento de gran riesgo cuando hay temor, angustia, un flujo de adrenalina que lo llena, a eso es a lo que es adicto el jugador compulsivo”, explica.
Esta reacción química ilustra lo que para la mayoría de especialistas define a la adicción: se trata de una enfermedad primaria que afecta el cerebro de la persona. Pero sobre todo, se trata de un síndrome complejo en el que entran múltiples factores y cuyas consecuencias van más allá del individuo afectado.

La adicción: un síndrome

La primera vez que Linda asistió a un grupo de autoayuda, creyó que había “tocado el cielo por primera vez”. “Comprendí”, dice, “que yo no era la única con un problema así, como que alguien había podido expresar lo que yo por tanto tiempo había callado. Comprendí que no estaba loca”
Desde los dieciséis años, Linda había sufrido de trastornos alimenticios.

Las purgas que acompañaron su bulimia redujeron su peso a las 95 libras y la acercaron a la muerte. La intervención médica fue necesaria para restaurar su salud física y durante muchos años recibió terapia psicológica, pero ella atribuye su estabilidad mental actual al apoyo del grupo de autoayuda al cual pertenece.

“No somos normales”, asegura Marta, quien también asiste a las reuniones del mismo grupo y admite ser codependiente. “Los adictos vamos a ser adictos siempre”.

Aún durante períodos de sobriedad, un alcohólico anónimo declara ser alcohólico. Durante una sesión de “Esperanza y recuperación”, un grupo de apoyo para adicciones múltiples basado en el método anónimo de los doce pasos, cada participación va precedida de declaraciones similares: “Soy comedor compulsivo...”, “Soy adicta a las relaciones...”, “Soy adicto al juego...”.

Esta convicción de que las adicciones no se curan por sí solas y de que el individuo es impotente para hacerlo con sus propios medios es un conocimiento sustentado por la mayoría de profesionales.

Para tratar las adicciones, tanto a las sustancias como las comportamentales, hay que aceptar primero que son enfermedades.

“La gente piensa: son un vicio, una mala costumbre o una conducta antisocial”, dice el doctor Sifontes, “pero las adicciones son enfermedades porque se comportan como tal y porque tienen las características que cumplen las enfermedades: una causa, muchas veces genética; un inicio, comienzan en determinado momento, impulsadas por factores que condicionan su aparecimiento; tienen una evolución progresiva; tienen complicaciones, factores de protección; y tienen también un tratamiento”.

El doctor Ricardo Cook, un terapeuta que trabaja en la Fundación Antidrogas de El Salvador, Fundasalva, aclara que las adicciones son enfermedades trifactoriales: se engloban en un contexto biológico, psicológico y social. “Estudios indican que sí hay un factor genético involucrado en el aparecimiento, que no determina pero que sí influye en el aparecimiento”, indica.

El doctor Sifontes manifiesta que “muchas de las enfermedades que tenemos están determinadas por las decisiones que tomamos. Los hábitos de vida están relacionados con las enfermedades que la persona va a padecer. Hay que recordar una cosa muy importante: genético no quiere decir destino”.

Otro factor biológico es que el cerebro del adicto cambia. Todas las adicciones, explica el doctor Sifontes, están relacionadas con el sistema de recompensa del cerebro, en cuyo centro se encuentra el núcleo accumbens y el cual está empapado de dopamina, el neurotransmisor del placer.

“Cuando la persona entra en contacto con la sustancia o el acto al que es adicta, esa zona se estimula y secreta dopamina, que al final es lo que produce placer; esto da un refuerzo positivo a la adicción. La droga del placer está en nuestro cerebro”, dice.

Esa zona del cerebro se activa también en la vida normal, pero está reservado para situaciones excepcionales, al momento de un gran triunfo en los deportes o en el trabajo, por ejemplo. Un comportamiento adictivo genera condiciones para descargar continuamente ese químico cerebral.

Por otro lado, el medio ambiente y lo social podrían coadyuvar la tendencia hacia las adicciones: el fácil acceso a las drogas, el factor consumista, la creación de necesidades en la televisión, el cine o el poder asociado con las drogas, el sexo o la belleza que son atractivos a las personas.

“Pero independientemente del medio ambiente y de los factores de personalidad, casi siempre nosotros vemos que un adicto se cría en una familia desintegrada o disfuncional”, señala el doctor Cook.

Las familias disfuncionales muy rara vez saben que lo son. La personalidad de cada uno es particularmente influida entre los tres y los ocho años, que es el período cuando se forman las bases sólidas del carácter.

“Un niño”, dice, “debe ser criado en un ambiente de protección, donde le estimulen su autoestima, donde le hagan ser responsable de sus actos, donde le enseñen que es un ‘No’ como respuesta y aceptar esa frustración en ese momento. Cuando no encuentra esto, la personalidad empieza a formar múltiples fisuras”.

“Por otro lado”, agrega, “un niño que ha crecido en un entorno familiar en el que ha sido desacreditado, descalificado, desatendido, marginado, o cuando ha sido maltratado, abusado física, mental o aún sexualmente, trae ya una personalidad quebradiza. Y cuando se enfrente a los problemas del diario vivir, no hallará cómo solucionarlos. Se frustrará y encontrará en la adicción una forma para superar el dolor”.

Las historias de Lucía, Linda y muchos más, demuestran que las adicciones son tratables. “Es posible superar el dolor”, dice Linda. “La adicción no es algo que se cura. Yo he pasado años en terapia. Pero la mayor carga emocional, el rechazo a mí misma que tenía, sí siento que lo he logrado superar”.

(Siguiendo una tradición periodística, nombres ficticios han sido utilizados para proteger las identidades de personas que viven ahora, con esfuerzo, vidas “normales” y productivas).

Apoyo permanente

Las personas que superan la crisis de sus conductas compulsivas necesitan, como dice una de ellas, mantenimiento

Grupos de autoayuda

Los grupos anónimos de doce pasos ofrecen un entorno estructurado de apoyo mutuo. Estos grupos son autosostenibles, no están vinculados con grupos religiosos y se sostienen exclusivamente de donaciones voluntarias de sus miembros.

En esta autonomía radica su efectividad. “Esperanza y recuperación”, un grupo de adicciones múltiples, está localizado en el primer nivel de la Plaza Suiza.

El espectro de la belleza: Bulimia

La adicción es una enfermedad primaria, crónica, con factores genéticos, psicosociales y ambientales que influencian su desarrollo y manifestaciones. La enfermedad es frecuentemente progresiva y fatal. Se caracteriza por episodios de descontrol en el consumo, a pesar de consecuencias adversas. Ilustraciones EDH/ Jorge Castillo

Serios trastornos alimenticios como la bulimia y la anorexia comparten con las adicciones un aspecto común: una preocupación obsesiva-compulsiva, pero con el peso y con la báscula

La conducta que caracteriza a la bulimia es la purga: la ingestión de la comida es seguida de un acto deliberado para vomitarla y así evitar la digestión y también, como consecuencia, el aumento de peso. El cuerpo es burlado. Se sacia el hambre, pero en detrimento de la nutrición.

La obsesión por tener una figura delgada justifica, en la mente de la bulímica, este comportamiento. Durante el momento más crítico de su enfermedad, el cuerpo de Linda se había habituado tanto a la purga que el cuerpo lo hacía solo. Ya no podía ingerir agua sin expulsarla.

Estaba internada en una clínica, alimentada por sueros, cuando vio a una persona casi esquelética que la estremeció. “Le dije a las demás internas: ‘Esta bicha se va a morir, está en puros huesitos’. Las internas se miraron entre sí y me dijeron: ‘¡Pero si vos estás peor que ella!’. No lo podía creer. La distorsión total de mi propia imagen no me permitía verlo”.

Linda creció en un ambiente de ambivalencia hacia la comida: mientras su padre amaba los buenos platillos, su madre estaba obsesionada por su peso. En lugar de negarse la comida, Linda se dedicó a combatir el peso con laxantes, pastillas para adelgazar y con las purgas.

Los signos a sus problemas eran numerosos: se le suspendió la menstruación, su madre le pedía que no usara escotes porque se veía “demasiado huesuda”, perdió energía, sufría agotamiento y depresiones profundas, y mientras más delgada estaba más gorda se sentía.

“La báscula para mí fue un gran rollo. Llegué al extremo de pesarme en todas las básculas de Metrocentro. Dado que estaban mal niveladas me daban pesos distintos, así que yo reunía todos los papelitos y sacaba una media. Estaba obsesionada. Ahora no tengo idea de cuánto peso”.

Cuando la “droga” es imprescindible

La adicción a la comida se caracteriza por “atracones” en los que se ingestan con voracidad grandes cantidades de comida, generalmente de forma compulsiva y sin derivar ningún placer

José sonríe cuando confiesa la naturaleza de su adicción: la comida.
“Por muy risible que parezca”, explica, “esa es mi droga, mi anestesia. Cuando enfrentaba un problema, una situación que me causaba ansiedad, me forraba”.

El uso de la palabra “anestesia” no es arbitrario: las personas con adicciones que han llegado al punto de admitir su problema, suelen reconocer que la causa de éste es un “dolor profundo”.
Aunque el sobrepeso en sí es considerado una enfermedad, al hablar de su propio caso José señala que “el sobrepeso no es el problema: es el reflejo del problema”.

Descubrir la fuente del dolor original y explorar sus vertientes es parte del trabajo que los adictos realizan en los encuentros con terapeutas y profesionales de la adicción.

Como parte de la recuperación también existen grupos de autoayuda. Uno de los métodos más estructurados, y de comprobada efectividad alrededor del mundo, es el de los grupos anónimos.
Durante algunos años, José ha atendido las sesiones diarias de las 6:30 de la tarde, del Grupo de Autoayuda para Adicciones Múltiples “Esperanza y recuperación” (localizado en el primer nivel de la Plaza Suiza, sobre la Alameda Roosevelt).

“Está basado en los principios y no en las personalidades”, explica José, quien asegura que el programa le ha dado una nueva forma de vida. Sobre todo, prosigue, porque una idea central del grupo es lidiar con el problema día a día, paso a paso o “sólo por hoy”, por lo que se reduce un problema antes ingobernable a un reto manejable.

“Hay que recordar que la adicción a la comida no se puede combatir con la abstinencia, sólo con el control”, puntualiza José.

Sexo sin fin: un vacío insaciable

La adicción al sexo pone en evidencia una de las mayores paradojas de los comportamientos compulsivos: la búsqueda obsesiva del placer aleja a la persona cada vez más y más de la satisfacción que tanto anhela.

Ilustraciones EDH/ Jorge Castillo

Lo que el adicto suele encontrar al concluir sus actividades reincidentes es un vacío creciente, una sensación a menudo acompañada de sentimientos de vergüenza y de culpa, consecuencias emocionales que anticipan otras más serias.

Para Julio, el momento que cristalizó por primera vez la gravedad de su situación ocurrió cuando se atrofió el pene. Corría el año 2004, y él tenía una novia con quien mantenía relaciones sexuales frecuentes.

Eso no era suficiente.

En las noches visitaba “barras show” para ver los espectáculos de desnudos. Durante el día, navegaba incansablemente en busca de pornografía en el Internet.

Una mañana, durante una larga e intensa sesión de masturbación, Julio se despellejó el pene.
“En ese entonces me masturbaba tres veces al día”, dice, y luego agrega, para explicar la frecuencia de su actividad: “Un hombre puede eyacular sin problemas veintiuna veces a la semana”.

Este matiz de erudición sobre los aspectos de su propia enfermedad es un rasgo frecuente entre los adictos que han iniciado su proceso de recuperación. Julio habla con absoluta convicción cuando dice: “Mi adicción entra dentro de cierto tipo de patologías: cuando se abusa del sexo para llenar un vacío existencial”.

La adicción al sexo, un concepto todavía controversial, se puede manifestar de muchas maneras: al mantener múltiples acompañantes sexuales, en la lectura o visualización de pornografía, en la masturbación o en prácticas específicas como el vouyerismo (obsesión por mirar) o fetichismos (fijaciones a partes del cuerpo; o a objetos, como a los zapatos).

Incluso, sin necesidad de llegar al acto sexual, hay personas cuyo comportamiento compulsivo se centra exclusivamente en la seducción y conquista de otra persona.

De acuerdo a especialistas como J.P. Schneider, tres factores son determinantes a la hora de interpretar un comportamiento sexual como una adicción: cuando cruza límites y se pierde el control; cuando tiene serias consecuencias negativas; y cuando la mente se ocupa sólo de eso.

 

Copyright 2006 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.