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ADICCIONES:
PLACERES PELIGROSOS
Conductas
compulsivas:
Enganchados
¿Se puede
ser un adicto al amor, al sexo o a la comida? Las adicciones a las sustancias
son un problema global. En El Salvador, el alcoholismo alcanza proporciones
casi epidémicas. Pero cada vez es más claro que el problema
no se limita a las sustancias. Los vacíos espirituales y emocionales
propician también conductas adictivas
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Ilustraciones
EDH/ Jorge Castillo |
El día que
Lucía abandonó su hogar con su hijo en brazos, un sentimiento
de culpa la embargaba. Un día antes, se había enterado
de que las deudas de su esposo, un asiduo jugador en los casinos, lo
habían llevado a perder la casa.
En seis años de matrimonio, una pequeña “maña”,
que ella había hecho todo lo posible por ocultar, la había
dejado en la calle
No fue Lucía quien perdió la casa ni los ahorros de la
familia, fue su esposo. Y aunque en ese momento, hace dos años,
ella se sentía culpable porque creía que le había
fallado a la persona que amaba, Lucía cree ahora que ella comparte
responsabilidad por lo que ocurrió, pero por otra razón.
“Ahora sé que yo no tenía la capacidad de detener
la adicción por el juego de mi ex esposo”, reflexiona.
“Lo amaba y quería apoyarlo. No comprendía que le
estaba facilitando su adicción, pagándole las deudas,
mintiendo por él. Sólo logré contener por un tiempo
la crisis”.
La historia de Lucía es muy común. Ella atiende ahora
un grupo de autoayuda y recibe terapia por lo que ella llama una “adicción
a las relaciones, algo a lo que estaba predispuesta”.
El padre de Lucía fue un alcohólico, y el comportamiento
codependiente que floreció en su matrimonio estaba compuesto
de conductas aprendidas en su hogar, cuando era una niña.
Muchas personas, como Lucía y su ex esposo, son vulnerables a
un tipo de adicciones llamadas comportamentales. Un comportamiento,
a veces relacionado a lo que estimula placer, se convierte en una adicción:
al juego, al amor, a la comida, a las compras, al sexo o al Internet,
incluso.
También hay
adicciones que se suman a otros trastornos, como el de los que se obsesionan
por su imagen personal, adelgazando (anorexia o bulimia) o ejercitando
(vigorexia) excesivamente hasta poner en riesgo la vida misma.
¿Qué es una adicción? ¿Cómo se originan
estas obsesiones y compulsiones de la conducta? ¿Por qué
unas personas son más vulnerables que otras? ¿Qué
necesidades impulsan a una persona a determinados comportamientos compulsivos?
“La mayoría de la gente piensa que la compulsión
al juego es una adicción al dinero; no es cierto”, asegura
el doctor José María Sifontes, un psiquiatra especialista
en adicciones en el Instituto de Medicina Legal.
“Ese momento en que no sabe si va a perder o ganar le crea al
jugador una gran excitación, y es esa excitación a la
que es adicto.
Ese momento de gran riesgo cuando hay temor, angustia, un flujo de adrenalina
que lo llena, a eso es a lo que es adicto el jugador compulsivo”,
explica.
Esta reacción química ilustra lo que para la mayoría
de especialistas define a la adicción: se trata de una enfermedad
primaria que afecta el cerebro de la persona. Pero sobre todo, se trata
de un síndrome complejo en el que entran múltiples factores
y cuyas consecuencias van más allá del individuo afectado.
La adicción:
un síndrome
La primera vez que Linda asistió a un grupo de autoayuda, creyó
que había “tocado el cielo por primera vez”. “Comprendí”,
dice, “que yo no era la única con un problema así,
como que alguien había podido expresar lo que yo por tanto tiempo
había callado. Comprendí que no estaba loca”
Desde los dieciséis años, Linda había sufrido de
trastornos alimenticios.
Las purgas que acompañaron su bulimia redujeron su peso a las
95 libras y la acercaron a la muerte. La intervención médica
fue necesaria para restaurar su salud física y durante muchos
años recibió terapia psicológica, pero ella atribuye
su estabilidad mental actual al apoyo del grupo de autoayuda al cual
pertenece.
“No somos normales”, asegura Marta, quien también
asiste a las reuniones del mismo grupo y admite ser codependiente. “Los
adictos vamos a ser adictos siempre”.
Aún durante períodos de sobriedad, un alcohólico
anónimo declara ser alcohólico. Durante una sesión
de “Esperanza y recuperación”, un grupo de apoyo
para adicciones múltiples basado en el método anónimo
de los doce pasos, cada participación va precedida de declaraciones
similares: “Soy comedor compulsivo...”, “Soy adicta
a las relaciones...”, “Soy adicto al juego...”.
Esta convicción de que las adicciones no se curan por sí
solas y de que el individuo es impotente para hacerlo con sus propios
medios es un conocimiento sustentado por la mayoría de profesionales.
Para tratar las adicciones, tanto a las sustancias como las comportamentales,
hay que aceptar primero que son enfermedades.
“La gente piensa: son un vicio, una mala costumbre o una conducta
antisocial”, dice el doctor Sifontes, “pero las adicciones
son enfermedades porque se comportan como tal y porque tienen las características
que cumplen las enfermedades: una causa, muchas veces genética;
un inicio, comienzan en determinado momento, impulsadas por factores
que condicionan su aparecimiento; tienen una evolución progresiva;
tienen complicaciones, factores de protección; y tienen también
un tratamiento”.
El doctor Ricardo Cook, un terapeuta que trabaja en la Fundación
Antidrogas de El Salvador, Fundasalva, aclara que las adicciones son
enfermedades trifactoriales: se engloban en un contexto biológico,
psicológico y social. “Estudios indican que sí hay
un factor genético involucrado en el aparecimiento, que no determina
pero que sí influye en el aparecimiento”, indica.
El doctor Sifontes manifiesta que “muchas de las enfermedades
que tenemos están determinadas por las decisiones que tomamos.
Los hábitos de vida están relacionados con las enfermedades
que la persona va a padecer. Hay que recordar una cosa muy importante:
genético no quiere decir destino”.
Otro factor biológico es que el cerebro del adicto cambia. Todas
las adicciones, explica el doctor Sifontes, están relacionadas
con el sistema de recompensa del cerebro, en cuyo centro se encuentra
el núcleo accumbens y el cual está empapado de dopamina,
el neurotransmisor del placer.
“Cuando la persona entra en contacto con la sustancia o el acto
al que es adicta, esa zona se estimula y secreta dopamina, que al final
es lo que produce placer; esto da un refuerzo positivo a la adicción.
La droga del placer está en nuestro cerebro”, dice.
Esa zona del cerebro se activa también en la vida normal, pero
está reservado para situaciones excepcionales, al momento de
un gran triunfo en los deportes o en el trabajo, por ejemplo. Un comportamiento
adictivo genera condiciones para descargar continuamente ese químico
cerebral.
Por otro lado, el medio ambiente y lo social podrían coadyuvar
la tendencia hacia las adicciones: el fácil acceso a las drogas,
el factor consumista, la creación de necesidades en la televisión,
el cine o el poder asociado con las drogas, el sexo o la belleza que
son atractivos a las personas.
“Pero independientemente del medio ambiente y de los factores
de personalidad, casi siempre nosotros vemos que un adicto se cría
en una familia desintegrada o disfuncional”, señala el
doctor Cook.
Las familias disfuncionales muy rara vez saben que lo son. La personalidad
de cada uno es particularmente influida entre los tres y los ocho años,
que es el período cuando se forman las bases sólidas del
carácter.
“Un niño”, dice, “debe ser criado en un ambiente
de protección, donde le estimulen su autoestima, donde le hagan
ser responsable de sus actos, donde le enseñen que es un ‘No’
como respuesta y aceptar esa frustración en ese momento. Cuando
no encuentra esto, la personalidad empieza a formar múltiples
fisuras”.
“Por otro lado”, agrega, “un niño que ha crecido
en un entorno familiar en el que ha sido desacreditado, descalificado,
desatendido, marginado, o cuando ha sido maltratado, abusado física,
mental o aún sexualmente, trae ya una personalidad quebradiza.
Y cuando se enfrente a los problemas del diario vivir, no hallará
cómo solucionarlos. Se frustrará y encontrará en
la adicción una forma para superar el dolor”.
Las historias de Lucía, Linda y muchos más, demuestran
que las adicciones son tratables. “Es posible superar el dolor”,
dice Linda. “La adicción no es algo que se cura. Yo he
pasado años en terapia. Pero la mayor carga emocional, el rechazo
a mí misma que tenía, sí siento que lo he logrado
superar”.
(Siguiendo una tradición periodística, nombres ficticios
han sido utilizados para proteger las identidades de personas que viven
ahora, con esfuerzo, vidas “normales” y productivas).
Apoyo permanente
Las personas que superan la crisis de sus conductas compulsivas necesitan,
como dice una de ellas, mantenimiento
Grupos de
autoayuda
Los grupos anónimos de doce pasos ofrecen un entorno estructurado
de apoyo mutuo. Estos grupos son autosostenibles, no están vinculados
con grupos religiosos y se sostienen exclusivamente de donaciones voluntarias
de sus miembros.
En esta autonomía radica su efectividad. “Esperanza y recuperación”,
un grupo de adicciones múltiples, está localizado en el
primer nivel de la Plaza Suiza.
El
espectro de la belleza: Bulimia
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| La
adicción es una enfermedad primaria, crónica, con
factores genéticos, psicosociales y ambientales que influencian
su desarrollo y manifestaciones. La enfermedad es frecuentemente
progresiva y fatal. Se caracteriza por episodios de descontrol en
el consumo, a pesar de consecuencias adversas. Ilustraciones
EDH/ Jorge Castillo |
Serios trastornos
alimenticios como la bulimia y la anorexia comparten con las adicciones
un aspecto común: una preocupación obsesiva-compulsiva,
pero con el peso y con la báscula
La conducta que
caracteriza a la bulimia es la purga: la ingestión de la comida
es seguida de un acto deliberado para vomitarla y así evitar
la digestión y también, como consecuencia, el aumento
de peso. El cuerpo es burlado. Se sacia el hambre, pero en detrimento
de la nutrición.
La obsesión por tener una figura delgada justifica, en la mente
de la bulímica, este comportamiento. Durante el momento más
crítico de su enfermedad, el cuerpo de Linda se había
habituado tanto a la purga que el cuerpo lo hacía solo. Ya no
podía ingerir agua sin expulsarla.
Estaba internada en una clínica, alimentada por sueros, cuando
vio a una persona casi esquelética que la estremeció.
“Le dije a las demás internas: ‘Esta bicha se va
a morir, está en puros huesitos’. Las internas se miraron
entre sí y me dijeron: ‘¡Pero si vos estás
peor que ella!’. No lo podía creer. La distorsión
total de mi propia imagen no me permitía verlo”.
Linda creció en un ambiente de ambivalencia hacia la comida:
mientras su padre amaba los buenos platillos, su madre estaba obsesionada
por su peso. En lugar de negarse la comida, Linda se dedicó a
combatir el peso con laxantes, pastillas para adelgazar y con las purgas.
Los signos a sus problemas eran numerosos: se le suspendió la
menstruación, su madre le pedía que no usara escotes porque
se veía “demasiado huesuda”, perdió energía,
sufría agotamiento y depresiones profundas, y mientras más
delgada estaba más gorda se sentía.
“La báscula para mí fue un gran rollo. Llegué
al extremo de pesarme en todas las básculas de Metrocentro. Dado
que estaban mal niveladas me daban pesos distintos, así que yo
reunía todos los papelitos y sacaba una media. Estaba obsesionada.
Ahora no tengo idea de cuánto peso”.
Cuando la “droga”
es imprescindible
La adicción a la comida se caracteriza por “atracones”
en los que se ingestan con voracidad grandes cantidades de comida, generalmente
de forma compulsiva y sin derivar ningún placer
José sonríe
cuando confiesa la naturaleza de su adicción: la comida.
“Por muy risible que parezca”, explica, “esa es mi
droga, mi anestesia. Cuando enfrentaba un problema, una situación
que me causaba ansiedad, me forraba”.
El uso de la palabra “anestesia” no es arbitrario: las personas
con adicciones que han llegado al punto de admitir su problema, suelen
reconocer que la causa de éste es un “dolor profundo”.
Aunque el sobrepeso en sí es considerado una enfermedad, al hablar
de su propio caso José señala que “el sobrepeso
no es el problema: es el reflejo del problema”.
Descubrir la fuente del dolor original y explorar sus vertientes es
parte del trabajo que los adictos realizan en los encuentros con terapeutas
y profesionales de la adicción.
Como parte de la recuperación también existen grupos de
autoayuda. Uno de los métodos más estructurados, y de
comprobada efectividad alrededor del mundo, es el de los grupos anónimos.
Durante algunos años, José ha atendido las sesiones diarias
de las 6:30 de la tarde, del Grupo de Autoayuda para Adicciones Múltiples
“Esperanza y recuperación” (localizado en el primer
nivel de la Plaza Suiza, sobre la Alameda Roosevelt).
“Está basado en los principios y no en las personalidades”,
explica José, quien asegura que el programa le ha dado una nueva
forma de vida. Sobre todo, prosigue, porque una idea central del grupo
es lidiar con el problema día a día, paso a paso o “sólo
por hoy”, por lo que se reduce un problema antes ingobernable
a un reto manejable.
“Hay que recordar que la adicción a la comida no se puede
combatir con la abstinencia, sólo con el control”, puntualiza
José.
Sexo
sin fin: un vacío insaciable
La adicción
al sexo pone en evidencia una de las mayores paradojas de los comportamientos
compulsivos: la búsqueda obsesiva del placer aleja a la persona
cada vez más y más de la satisfacción que tanto
anhela.
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Ilustraciones
EDH/ Jorge Castillo |
Lo que el adicto
suele encontrar al concluir sus actividades reincidentes es un vacío
creciente, una sensación a menudo acompañada de sentimientos
de vergüenza y de culpa, consecuencias emocionales que anticipan
otras más serias.
Para Julio, el momento que cristalizó por primera vez la gravedad
de su situación ocurrió cuando se atrofió el pene.
Corría el año 2004, y él tenía una novia
con quien mantenía relaciones sexuales frecuentes.
Eso no era suficiente.
En las noches visitaba “barras show” para ver los espectáculos
de desnudos. Durante el día, navegaba incansablemente en busca
de pornografía en el Internet.
Una mañana, durante una larga e intensa sesión de masturbación,
Julio se despellejó el pene.
“En ese entonces me masturbaba tres veces al día”,
dice, y luego agrega, para explicar la frecuencia de su actividad: “Un
hombre puede eyacular sin problemas veintiuna veces a la semana”.
Este matiz de erudición sobre los aspectos de su propia enfermedad
es un rasgo frecuente entre los adictos que han iniciado su proceso
de recuperación. Julio habla con absoluta convicción cuando
dice: “Mi adicción entra dentro de cierto tipo de patologías:
cuando se abusa del sexo para llenar un vacío existencial”.
La adicción al sexo, un concepto todavía controversial,
se puede manifestar de muchas maneras: al mantener múltiples
acompañantes sexuales, en la lectura o visualización de
pornografía, en la masturbación o en prácticas
específicas como el vouyerismo (obsesión por mirar) o
fetichismos (fijaciones a partes del cuerpo; o a objetos, como a los
zapatos).
Incluso, sin necesidad de llegar al acto sexual, hay personas cuyo comportamiento
compulsivo se centra exclusivamente en la seducción y conquista
de otra persona.
De acuerdo a especialistas como J.P. Schneider, tres factores son determinantes
a la hora de interpretar un comportamiento sexual como una adicción:
cuando cruza límites y se pierde el control; cuando tiene serias
consecuencias negativas; y cuando la mente se ocupa sólo de eso.
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