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LA
OPINIÓN
Mejor
sin banderas
Odiosamente parecidos. Conspirativos e interesados, así se me
antojan las autoridades de estos dos países: Nicaragua y El Salvador.
Recién regreso de una cobertura en Managua, donde buseros y médicos
permanecen en huelga. Cada gremio reivindica lo suyo: subsidio unos,
mejor salario los otros. Sin análisis más profundos, sin
querer rizar el rizo, resultan reivindicaciones sindicales. Dos luchas
con el único objetivo de mejorar la calidad de vidas particulares.
Pero no se puede escapar del contexto. Es año electoral en Nicaragua
(las presidenciales y de diputados tendrán lugar en noviembre),
y se cierne sobre ambos movimientos el fantasma partidista.
“Ese Quinto (líder de buseros) es militante del Frente,
por eso el alcalde (Dionisio Marenco, del FSLN) insiste en el subsidio”,
dice un ciudadano nicaragüense, seguro de su argumento. Y, con
las mismas, el acalde no sube el pasaje, porque los estudiantes protestarían,
y ellos también son del Frente.
El discurso circula entre taxistas, vendedores, altos cargos gubernamentales
e intelectuales.
De regreso en El Salvador, me encuentro con exactamente lo mismo. Una
nota de este periódico, el jueves, se titulaba “Relacionan
al FMLN con protestas”.
En él se explica cómo una serie de escritos en manos del
Ministerio de Gobernación vinculan al partido rojo con las protestas
en los penales. El artículo recoge las percepciones de Ástor
Escalante, el “vice”: “Es evidente la simpatía
de las pandillas por el FMLN”. Su respaldo es: “hay reos
que en las huelgas visten camisas rojas en la imagen de un líder
de izquierda”.
En Managua una de las 33 cooperativas del transporte se llama Camilo
Ortega. Varios buseros lucen colgantes del Ché. Hay quienes guardan
en el camión, enrolladas, banderas rojinegras; de esas que en
tiempos de campaña se enganchan a la ventanilla del carro, para
que ondeen al viento.
“Algunos sindicatos de salud tienen nexos con el FSLN y muchas
cooperativas de transportistas comulgan con las ideas de este partido”,
relacionaba el académico nicaragüense Alejandro Serrano.
Y esperando escuchar una vez más la misma cantineta, el todólogo
da en el clavo: “Es contraproducente, porque la ciudadanía
lo percibe como estrategia electoral, no ve la lucha”.
Ante eso, yo propongo: en estos tiempos de desencanto partidista, de
mentes conspirativas e intereses electorales, mejor reivindicar sin
bandera. Preservar la virginidad de la lucha social. Esquivar acusaciones
de estar sacando “tajada” política.
Como aquella líder comunal que encaró a su comunidad,
afectada por la tormenta Stan, minutos antes de la manifestación.
Ordenó: “nada de consignas, nada de El pueblo unido jamás
será vencido, ni gritos al Frente ni por Schafik. Si no, la cagamos”.
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