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Reportaje
La
tregua de ETA
La paz, el sueño español
Nadie lo descartaba,
pero a todos los tomó por sorpresa. La sociedad española
recibió con entusiasmo y con cautela el inicio del cese de confrontaciones
decretado por ese grupo. ¿Pero qué hay detrás de
esas tres letras?
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| Conflicto. Arnaldo Otegui,
portavoz del ilegalizado partido vasco Batasuna, confronta a un
policía vasco durante una manifestación callejera
el 4 de marzo pasado. |
Es un miércoles
cualquiera. El sol primaveral ha empezado a calentar las calles de ciudades
españolas como Barcelona, Madrid y Bilbao.
El reloj marcaba poco más del mediodía y la mayoría
de la gente se disponía a tomar un aperitivo cuando un mensaje
por medio del teléfono móvil interrumpió la tranquilidad
de un profesor universitario.
Víctor estaba en Barcelona aquella semana para impartir un seminario.
Durante sus cátedras, ha analizado el impacto del atentado terrorista
del 11 de marzo de 2004.
Pero, ahora, frente a un par de alumnos, abre sus ojos y lee cada una
de las palabras que están en la pantalla de su teléfono.
“No lo puedo creer”, dice, “ETA anunció tregua
permanente”.
De inmediato interrumpe la conversación y telefonea a un colega
para saber más sobre la nueva. Quienes están a su alrededor
empiezan a reproducir el mismo gesto. Confirmado.
Aquello es noticia
Efectivamente, la banda armada ETA anunció el inicio de una tregua
“permanente” a partir del 24 de marzo, la fecha de aniversario
del golpe de estado en Argentina y del asesinato de Monseñor
Óscar Romero en El Salvador. “Vaya curiosidad”, pienso.
¿Por qué la noticia fue recibida como si se tratara del
fin de la guerra en Oriente Medio?
El anuncio de ETA era predecible y, aunque era la noticia más
esperada por casi todos los españoles, nadie imaginaba que esta
vendría al principio de la primavera.
Desde enero de este
año, el presidente español José Luis Rodríguez
Zapatero había acentuado su discurso conciliador hacia la banda
armada vasca para encontrar una salida negociada al conflicto; mientras,
al mismo tiempo, la policía seguía golpeando a los etarras.
A cambio, la oposición, que lidera el Partido Popular (PP, derechas),
aumentó su rechazo a la palabra “negociación”.
Antes, “ETA debe rendirse y pedir perdón”, reclamó
el presidente del PP, Mariano Rajoy.
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| Protesta. Los nacionalistas
vascos protestaron cuando en agosto de 2002 el juez Baltazar Garzón
declaró la ilegalidad del partido político Batasuna. |
Pero las cartas
-a partir de ese momento- estaban sobre la mesa. La baraja política
era clara al escuchar el mensaje emitido por la televisión vasca
EITB y reproducido por el resto de televisoras de España, y las
páginas web de periódicos del resto de Europa, Asia, Sudamérica
y Estados Unidos.
En la imagen, tres encapuchados posaban ante la cámara, mientras
una voz femenina con acento neutro leía el comunicado.
Un día más tarde, el jueves 23 de marzo, un segundo comunicado
también fue reproducido por todos los medios. ETA se ha dirigido
a la sociedad española con un mensaje claro: quiere que los ciudadanos
vascos decidan el futuro de Euskal Herria (como llaman al País
Vasco en lengua euskera), y está dispuesta a negociar. Entre
líneas, está dispuesta a desaparecer.
Las cero horas del viernes 24 de marzo fue el momento cuando la prensa
volvió a enfilar sus antenas hacia ciudades emblemáticas,
como Bilbao, donde nació ETA en los años cincuenta.
Unidades móviles viajaron hacia San Sebastián, Pamplona
o Vitoria, y recogieron declaraciones de residentes soñolientos
que empezaban un nuevo día. La entrada en vigor de la tregua
inició sin sobresaltos.
La primera negociación
El gobierno socialista de Rodríguez Zapatero tiene un panorama
a largo plazo. Desde su primera intervención en el Congreso lo
dejó claro.
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| Signos. En Hernani, Guipúzcoa,
un anciano camina ante un mural con un encapuchado junto al anagrama
del grupo. |
“Todo proceso
de paz después de tantos años de horror será largo
y difícil”, dijo el presidente, a sabiendas que unos minutos
antes el PP había izado la bandera del escepticismo.
Rajoy perdió las elecciones en marzo de 2004 y es el adversario
eterno de Zapatero.
A lo largo de estos dos años, la oposición del PP ha sido
tenaz en temas como la autonomía del pueblo catalán y
la política antiterrorista.
Aquella mañana del 23 de marzo, el PP también había
perdido una batalla política, luego que en Cataluña los
partidos nacionalistas consiguieron un acuerdo para reformar su estatuto
de autonomía.
Además, tras bambalinas, nadie descarta que si Rodríguez
Zapatero resuelve el conflicto vasco, tendrá cancha abierta en
las elecciones presidenciales de 2008.
Por eso el pronunciamiento del PP frente al alto al fuego de ETA era
predecible.
Para el líder de la oposición, el mensaje de ETA “supone
reafirmar su voluntad de seguir existiendo, no se arrepiente de nada
ni pide perdón a las víctimas”.
Al finalizar la rueda de prensa, Rajoy remarcó que el gobierno
no debe pagar “ningún precio político”, ni
olvidar a los 850 muertos que el conflicto ha cobrado.
Minutos después, según reveló el diario El País,
el rey Juan Carlos telefoneó a Rajoy. Según el periódico,
el monarca lo invitó a sumarse a una negociación por tratarse
de un asunto de Estado. Esa misma tarde, durante una comparecencia en
el Congreso, el líder del PP suavizó sus palabras.
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| Rechazo. Las protestas contra
ETA siempre han sido multitudinarias. |
El domingo 26 de
marzo, el mismo diario publicó una entrevista con Zapatero, por
medio de la cual envió un mensaje: “la cooperación
del PP es clave para el fin de la violencia”.
Un día más tarde, el lunes, el rey Juan Carlos visitó
París y sostuvo una entrevista con Jacques Chirac para pedir
el apoyo francés al proceso de negociación. Y, a renglón
seguido, Rajoy acudió a La Moncloa invitado por la Presidencia.
La estrategia del gobierno fue clara: lograr un consenso absoluto con
todas las fuerzas políticas, antes de enfrentar a los separatistas
en una mesa de diálogo.
Sueño y pesadilla
España ha gestionado procesos de paz en Guatemala y El Salvador,
pero no es capaz de imaginarse ahora frente al espejo. La opinión
pública suele reflejar esa ambivalencia. Por un lado quieren
el fin de ETA y, por otro, nadie imagina que el gobierno conversará
con unos enmascarados.
El conflicto vasco levanta demasiadas ampollas en la sociedad española.
El camino hacia la solución del problema es largo; pero, aquellos
optimistas, reflexionan que ahora es más seguro que antes.
ETA representa el único conflicto independentista en toda Europa,
que sobrevive al fin de la Guerra Fría.
La organización armada vasca Euskadi Ta Askatasuna (Patria Vasca
y Libertad, en lengua euskera) nació en la ciudad de Bilbao,
el 31 de julio de 1959, en el seno de un movimiento estudiantil como
resistencia a la dictadura franquista.
El general Francisco Franco había ganado la Guerra Civil y en
1937 ocupó el País Vasco y prohibió la lengua nativa.
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| Objetivo. La Guardia Civil
española ha perdido varios miembros
en atentados. |
Luego, empezó
la política de encarcelamiento de intelectuales y políticos
nacionalistas, con el mismo método que aplicó en Cataluña.
Además, a pesar de que Franco fue aliado de los dictadores de
Alemania, Adolfo Hitler, e Italia, Benito Mussolini, había sobrevivido
al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Jamás Inglaterra o Estados Unidos le pasaron factura.
Aquel escenario era el caldo de cultivo para lo que en un principio
sería visto románticamente como un grupo que luchaba contra
el dictador y por la libertad del País Vasco.
Durante la primera asamblea de ETA en 1962 se declaró “organización
clandestina revolucionaria” que iba a luchar por la independencia
de las seis provincias vascas en territorio español y francés.
Años de tensión, choques callejeros, atracos a bancos,
cobro de impuesto de guerra a empresarios vascos, golpes policiales
y persecución política sucedieron a la primera reunión
de ETA, hasta que seis años después, el 7 de junio de
1968, asesinan al guardia civil José Pardines Arcay.
Abajo el tirano
Ese primer homicidio determinó quién sería el blanco
de la organización: miembros de la policía y el ejército.
La guerra urbana inició.
Pero el espionaje policial hizo mella en ETA a lo largo de 1969 e inicios
de 1970, hasta que en diciembre el gobierno de Franco condenó
a muerte a 16 etarras.
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| Dolor. Hasta la tregua, ETA
asesinó a 850 personas, entre civiles y funcionarios. |
El proceso de Burgos
sirvió para radicalizar al movimiento hasta degradarlo en una
organización terrorista.
El 20 de diciembre de 1973, un coche bomba elevó por los aires
literalmente el carro del presidente del gobierno, el almirante Luis
Carrero Blanco, en la ciudad de Madrid.
Aquella se convirtió en su operación más célebre
porque conseguía descabezar el régimen. Carrero Blanco
era el sucesor de Franco, que empezaba a tambalear a raíz de
su estado de salud.
En 1975, tras la muerte de Franco, ETA ya había sufrido una primera
escisión entre un ala política y otra militar que estaba
convencida de pelear hasta conseguir que las siete regiones (en el norte
de España y suroeste de Francia) se convirtieran en País
Vasco. No querían un estatuto de autonomía, sino la independencia
total.
El escenario se complicó cuando una vez reinstaurada la democracia
en España, el Gobierno decretó una amnistía general
el 15 de octubre de 1977 que benefició a decenas de presos de
ETA.
Dicho de una manera, el sistema “le quitó agua al pez”
y, en septiembre de 1982, la escisión política declaró
su desaparición.
La transición
Desde aquel momento, el resto de la organización pasó
a ser una banda terrorista que coexistía en una Europa convulsa
donde entraban en escena desde agrupaciones como el Ejército
Rojo italiano y alemán, el Ejército Republicano Irlandés
(IRA) hasta simpatizantes con el movimiento palestino. Todos, poco a
poco, fueron desarticulados o declararon su fin. Excepto ETA-militar.
Pero en 1983 un grupo clandestino empezó a secuestrar y eliminar
a presuntos miembros de ETA.
Años después, la prensa reveló que funcionarios
del Ministerio del Interior -bajo el gobierno socialista de Felipe Gonzáles-
habían financiado un “escuadrón de la muerte”,
el Grupo Antiterrorista de Liberación (GAL). Aquello fue un escándalo
sin precedentes.
Después vino el descalabro del Partido Socialista Obrero Español
(PSOE) y la ascensión de la derecha española.
Con un escenario tan enredado, la nueva ETA arreció con una escalada
de violencia contra civiles y políticos. Nada detenía
su violencia. Hubo coches bomba en Madrid, Valencia, Barcelona y el
País Vasco. Incluso, el entonces candidato a presidente por el
Partido Popular (PP), José María Aznar, salió librado
de un atentado gracias al blindaje de su auto en 1996.
Un año después llegó a la presidencia de España
y declaró la guerra a la banda.
Sin embargo, en julio de 1997, el secuestro de Miguel Ángel Blanco,
de 29 años, concejal del PP en Ermúa, País Vasco,
volcó la opinión pública contra ETA.
Los separatistas pedían la reunificación de 460 reos dispersos
en cárceles españolas, a cambio de Blanco. Pero ante la
negativa de Aznar el joven fue asesinado.
El repudio social
El asesinato a sangre fría de Blanco se convirtió en un
boomerang. Más de seis millones de personas salieron a la calle
en toda España para protestar.
ETA decretó su primer alto al fuego “indefinido”
en septiembre de 1998 y lo extendió por 14 meses. Poco más
tarde, el rechazo de Aznar a las negociaciones fue el pretexto para
volver a las armas.
Tras el compás de tranquilidad, ETA reinició actividades
en enero de 2000 con una novedad: los periodistas también eran
objetivo.
El columnista José Luis López de Lacalle fue acribillado.
Le siguieron intentos de atentado contra periódicos vascos y
corresponsales destacados en la zona.
La organización francesa independiente Reporteros sin Fronteras
(RSF) colocó a ETA dentro de la lista de “enemigos de la
libertad de prensa”.
Para entonces, los golpes contra ETA llegaban de distintos flancos.
La policía infiltró elementos y empezó a descabezar
a sus mejores cuadros.
Sin embargo, la maniobra política española más
exitosa se produjo en diciembre de 2001 cuando obtuvo el respaldo de
todos los miembros de la Unión Europea (UE) y declaró
a ETA “una organización terrorista”.
Al año siguiente, en agosto de 2002, el juez Baltasar Garzón
(el mismo que reclamó la prisión para el dictador chileno
Augusto Pinochet) ilegalizó a la organización Batasuna,
el brazo político de los separatistas vascos.
En paralelo a los golpes políticos, la policía francesa
y española siguió desarticulando todo la red que operaba
en la zona fronteriza.
En marzo de 2003, el tiro de gracia político vino del Tribunal
Supremo español que ilegalizó definitivamente a Batasuna.
En mayo, sería Estados Unidos, entonces aliado del gobierno de
Aznar, el que incluyó a Batasuna dentro de su lista de grupos
terroristas. En junio lo hizo la UE.
El cerco contra la organización separatista fue estrechándose.
Bajo la sombra de la condena internacional, bombas sincronizadas sacudieron
Madrid la mañana del 11 de marzo de 2004.
El gobierno y la prensa española señaló inicialmente
a ETA como la autora del peor atentado de la historia del país.
Las organizaciones políticas cercanas a los separatistas lo desmentían.
Esas primeras horas fueron tensas. El gobierno de Aznar militarizó
las ciudades vascas.
En la ciudad de Pamplona un guardia civil disparó a quemarropa
a un panadero porque tenía un hijo encarcelado por simpatizar
con ETA...
España estaba al borde del colapso, hasta que el anuncio de la
red Al Qaeda dio una vuelta de tuerca.
Al Qaeda reivindicó la autoría del atentado en venganza
por la participación en la guerra en Irak, ya que Aznar era aliado
de George W. Bush y Tony Blair.
Para muchos, la incursión de Al Qaeda en la sociedad española
determinó el fin de ETA porque el terrorismo islámico
abrió los ojos de todos a la amenaza del siglo XXI.
Meses más tarde, en octubre, la policía consiguió
la captura de Mikel Antza, el líder máximo etarra. Y,
desde ese momento, ETA limitó su presencia con explosivos de
escasa potencia. Ni una muerte más.
Y esa es la gran paradoja. Sentarse a la mesa con una organización
casi derrotada o reconocer que -pese a esa ventaja- el problema también
es esencialmente político.
Si la tregua es inquebrantable y si el gobierno de Rodríguez
Zapatero logra unir a todas las fuerzas del país, España
podrá respirar en paz, pero no tan pronto.
Por ahora queda el camino largo a una negociación.
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