16 de abril de 2006


Reportaje

La tregua de ETA
La paz, el sueño español

Nadie lo descartaba, pero a todos los tomó por sorpresa. La sociedad española recibió con entusiasmo y con cautela el inicio del cese de confrontaciones decretado por ese grupo. ¿Pero qué hay detrás de esas tres letras?

Eric Lombardo Lemus
vertice@elsalvador.com

Conflicto. Arnaldo Otegui, portavoz del ilegalizado partido vasco Batasuna, confronta a un policía vasco durante una manifestación callejera el 4 de marzo pasado.

Es un miércoles cualquiera. El sol primaveral ha empezado a calentar las calles de ciudades españolas como Barcelona, Madrid y Bilbao.

El reloj marcaba poco más del mediodía y la mayoría de la gente se disponía a tomar un aperitivo cuando un mensaje por medio del teléfono móvil interrumpió la tranquilidad de un profesor universitario.

Víctor estaba en Barcelona aquella semana para impartir un seminario. Durante sus cátedras, ha analizado el impacto del atentado terrorista del 11 de marzo de 2004.

Pero, ahora, frente a un par de alumnos, abre sus ojos y lee cada una de las palabras que están en la pantalla de su teléfono. “No lo puedo creer”, dice, “ETA anunció tregua permanente”.
De inmediato interrumpe la conversación y telefonea a un colega para saber más sobre la nueva. Quienes están a su alrededor empiezan a reproducir el mismo gesto. Confirmado.

Aquello es noticia

Efectivamente, la banda armada ETA anunció el inicio de una tregua “permanente” a partir del 24 de marzo, la fecha de aniversario del golpe de estado en Argentina y del asesinato de Monseñor Óscar Romero en El Salvador. “Vaya curiosidad”, pienso.

¿Por qué la noticia fue recibida como si se tratara del fin de la guerra en Oriente Medio?
El anuncio de ETA era predecible y, aunque era la noticia más esperada por casi todos los españoles, nadie imaginaba que esta vendría al principio de la primavera.

Desde enero de este año, el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero había acentuado su discurso conciliador hacia la banda armada vasca para encontrar una salida negociada al conflicto; mientras, al mismo tiempo, la policía seguía golpeando a los etarras.

A cambio, la oposición, que lidera el Partido Popular (PP, derechas), aumentó su rechazo a la palabra “negociación”. Antes, “ETA debe rendirse y pedir perdón”, reclamó el presidente del PP, Mariano Rajoy.

Protesta. Los nacionalistas vascos protestaron cuando en agosto de 2002 el juez Baltazar Garzón declaró la ilegalidad del partido político Batasuna.

Pero las cartas -a partir de ese momento- estaban sobre la mesa. La baraja política era clara al escuchar el mensaje emitido por la televisión vasca EITB y reproducido por el resto de televisoras de España, y las páginas web de periódicos del resto de Europa, Asia, Sudamérica y Estados Unidos.

En la imagen, tres encapuchados posaban ante la cámara, mientras una voz femenina con acento neutro leía el comunicado.

Un día más tarde, el jueves 23 de marzo, un segundo comunicado también fue reproducido por todos los medios. ETA se ha dirigido a la sociedad española con un mensaje claro: quiere que los ciudadanos vascos decidan el futuro de Euskal Herria (como llaman al País Vasco en lengua euskera), y está dispuesta a negociar. Entre líneas, está dispuesta a desaparecer.

Las cero horas del viernes 24 de marzo fue el momento cuando la prensa volvió a enfilar sus antenas hacia ciudades emblemáticas, como Bilbao, donde nació ETA en los años cincuenta.
Unidades móviles viajaron hacia San Sebastián, Pamplona o Vitoria, y recogieron declaraciones de residentes soñolientos que empezaban un nuevo día. La entrada en vigor de la tregua inició sin sobresaltos.

La primera negociación

El gobierno socialista de Rodríguez Zapatero tiene un panorama a largo plazo. Desde su primera intervención en el Congreso lo dejó claro.

Signos. En Hernani, Guipúzcoa, un anciano camina ante un mural con un encapuchado junto al anagrama del grupo.

“Todo proceso de paz después de tantos años de horror será largo y difícil”, dijo el presidente, a sabiendas que unos minutos antes el PP había izado la bandera del escepticismo.

Rajoy perdió las elecciones en marzo de 2004 y es el adversario eterno de Zapatero.
A lo largo de estos dos años, la oposición del PP ha sido tenaz en temas como la autonomía del pueblo catalán y la política antiterrorista.

Aquella mañana del 23 de marzo, el PP también había perdido una batalla política, luego que en Cataluña los partidos nacionalistas consiguieron un acuerdo para reformar su estatuto de autonomía.

Además, tras bambalinas, nadie descarta que si Rodríguez Zapatero resuelve el conflicto vasco, tendrá cancha abierta en las elecciones presidenciales de 2008.

Por eso el pronunciamiento del PP frente al alto al fuego de ETA era predecible.
Para el líder de la oposición, el mensaje de ETA “supone reafirmar su voluntad de seguir existiendo, no se arrepiente de nada ni pide perdón a las víctimas”.

Al finalizar la rueda de prensa, Rajoy remarcó que el gobierno no debe pagar “ningún precio político”, ni olvidar a los 850 muertos que el conflicto ha cobrado.

Minutos después, según reveló el diario El País, el rey Juan Carlos telefoneó a Rajoy. Según el periódico, el monarca lo invitó a sumarse a una negociación por tratarse de un asunto de Estado. Esa misma tarde, durante una comparecencia en el Congreso, el líder del PP suavizó sus palabras.

Rechazo. Las protestas contra ETA siempre han sido multitudinarias.

El domingo 26 de marzo, el mismo diario publicó una entrevista con Zapatero, por medio de la cual envió un mensaje: “la cooperación del PP es clave para el fin de la violencia”.

Un día más tarde, el lunes, el rey Juan Carlos visitó París y sostuvo una entrevista con Jacques Chirac para pedir el apoyo francés al proceso de negociación. Y, a renglón seguido, Rajoy acudió a La Moncloa invitado por la Presidencia.

La estrategia del gobierno fue clara: lograr un consenso absoluto con todas las fuerzas políticas, antes de enfrentar a los separatistas en una mesa de diálogo.

Sueño y pesadilla

España ha gestionado procesos de paz en Guatemala y El Salvador, pero no es capaz de imaginarse ahora frente al espejo. La opinión pública suele reflejar esa ambivalencia. Por un lado quieren el fin de ETA y, por otro, nadie imagina que el gobierno conversará con unos enmascarados.

El conflicto vasco levanta demasiadas ampollas en la sociedad española.
El camino hacia la solución del problema es largo; pero, aquellos optimistas, reflexionan que ahora es más seguro que antes.

ETA representa el único conflicto independentista en toda Europa, que sobrevive al fin de la Guerra Fría.

La organización armada vasca Euskadi Ta Askatasuna (Patria Vasca y Libertad, en lengua euskera) nació en la ciudad de Bilbao, el 31 de julio de 1959, en el seno de un movimiento estudiantil como resistencia a la dictadura franquista.

El general Francisco Franco había ganado la Guerra Civil y en 1937 ocupó el País Vasco y prohibió la lengua nativa.

Objetivo. La Guardia Civil española ha perdido varios miembros
en atentados.

Luego, empezó la política de encarcelamiento de intelectuales y políticos nacionalistas, con el mismo método que aplicó en Cataluña.

Además, a pesar de que Franco fue aliado de los dictadores de Alemania, Adolfo Hitler, e Italia, Benito Mussolini, había sobrevivido al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Jamás Inglaterra o Estados Unidos le pasaron factura.

Aquel escenario era el caldo de cultivo para lo que en un principio sería visto románticamente como un grupo que luchaba contra el dictador y por la libertad del País Vasco.

Durante la primera asamblea de ETA en 1962 se declaró “organización clandestina revolucionaria” que iba a luchar por la independencia de las seis provincias vascas en territorio español y francés.

Años de tensión, choques callejeros, atracos a bancos, cobro de impuesto de guerra a empresarios vascos, golpes policiales y persecución política sucedieron a la primera reunión de ETA, hasta que seis años después, el 7 de junio de 1968, asesinan al guardia civil José Pardines Arcay.

Abajo el tirano

Ese primer homicidio determinó quién sería el blanco de la organización: miembros de la policía y el ejército. La guerra urbana inició.

Pero el espionaje policial hizo mella en ETA a lo largo de 1969 e inicios de 1970, hasta que en diciembre el gobierno de Franco condenó a muerte a 16 etarras.

Dolor. Hasta la tregua, ETA asesinó a 850 personas, entre civiles y funcionarios.

El proceso de Burgos sirvió para radicalizar al movimiento hasta degradarlo en una organización terrorista.

El 20 de diciembre de 1973, un coche bomba elevó por los aires literalmente el carro del presidente del gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, en la ciudad de Madrid.

Aquella se convirtió en su operación más célebre porque conseguía descabezar el régimen. Carrero Blanco era el sucesor de Franco, que empezaba a tambalear a raíz de su estado de salud.

En 1975, tras la muerte de Franco, ETA ya había sufrido una primera escisión entre un ala política y otra militar que estaba convencida de pelear hasta conseguir que las siete regiones (en el norte de España y suroeste de Francia) se convirtieran en País Vasco. No querían un estatuto de autonomía, sino la independencia total.

El escenario se complicó cuando una vez reinstaurada la democracia en España, el Gobierno decretó una amnistía general el 15 de octubre de 1977 que benefició a decenas de presos de ETA.

Dicho de una manera, el sistema “le quitó agua al pez” y, en septiembre de 1982, la escisión política declaró su desaparición.

La transición

Desde aquel momento, el resto de la organización pasó a ser una banda terrorista que coexistía en una Europa convulsa donde entraban en escena desde agrupaciones como el Ejército Rojo italiano y alemán, el Ejército Republicano Irlandés (IRA) hasta simpatizantes con el movimiento palestino. Todos, poco a poco, fueron desarticulados o declararon su fin. Excepto ETA-militar.
Pero en 1983 un grupo clandestino empezó a secuestrar y eliminar a presuntos miembros de ETA.

Años después, la prensa reveló que funcionarios del Ministerio del Interior -bajo el gobierno socialista de Felipe Gonzáles- habían financiado un “escuadrón de la muerte”, el Grupo Antiterrorista de Liberación (GAL). Aquello fue un escándalo sin precedentes.

Después vino el descalabro del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y la ascensión de la derecha española.

Con un escenario tan enredado, la nueva ETA arreció con una escalada de violencia contra civiles y políticos. Nada detenía su violencia. Hubo coches bomba en Madrid, Valencia, Barcelona y el País Vasco. Incluso, el entonces candidato a presidente por el Partido Popular (PP), José María Aznar, salió librado de un atentado gracias al blindaje de su auto en 1996.
Un año después llegó a la presidencia de España y declaró la guerra a la banda.

Sin embargo, en julio de 1997, el secuestro de Miguel Ángel Blanco, de 29 años, concejal del PP en Ermúa, País Vasco, volcó la opinión pública contra ETA.

Los separatistas pedían la reunificación de 460 reos dispersos en cárceles españolas, a cambio de Blanco. Pero ante la negativa de Aznar el joven fue asesinado.

El repudio social

El asesinato a sangre fría de Blanco se convirtió en un boomerang. Más de seis millones de personas salieron a la calle en toda España para protestar.

ETA decretó su primer alto al fuego “indefinido” en septiembre de 1998 y lo extendió por 14 meses. Poco más tarde, el rechazo de Aznar a las negociaciones fue el pretexto para volver a las armas.

Tras el compás de tranquilidad, ETA reinició actividades en enero de 2000 con una novedad: los periodistas también eran objetivo.

El columnista José Luis López de Lacalle fue acribillado. Le siguieron intentos de atentado contra periódicos vascos y corresponsales destacados en la zona.

La organización francesa independiente Reporteros sin Fronteras (RSF) colocó a ETA dentro de la lista de “enemigos de la libertad de prensa”.

Para entonces, los golpes contra ETA llegaban de distintos flancos. La policía infiltró elementos y empezó a descabezar a sus mejores cuadros.

Sin embargo, la maniobra política española más exitosa se produjo en diciembre de 2001 cuando obtuvo el respaldo de todos los miembros de la Unión Europea (UE) y declaró a ETA “una organización terrorista”.

Al año siguiente, en agosto de 2002, el juez Baltasar Garzón (el mismo que reclamó la prisión para el dictador chileno Augusto Pinochet) ilegalizó a la organización Batasuna, el brazo político de los separatistas vascos.

En paralelo a los golpes políticos, la policía francesa y española siguió desarticulando todo la red que operaba en la zona fronteriza.

En marzo de 2003, el tiro de gracia político vino del Tribunal Supremo español que ilegalizó definitivamente a Batasuna.

En mayo, sería Estados Unidos, entonces aliado del gobierno de Aznar, el que incluyó a Batasuna dentro de su lista de grupos terroristas. En junio lo hizo la UE.

El cerco contra la organización separatista fue estrechándose. Bajo la sombra de la condena internacional, bombas sincronizadas sacudieron Madrid la mañana del 11 de marzo de 2004.

El gobierno y la prensa española señaló inicialmente a ETA como la autora del peor atentado de la historia del país. Las organizaciones políticas cercanas a los separatistas lo desmentían. Esas primeras horas fueron tensas. El gobierno de Aznar militarizó las ciudades vascas.

En la ciudad de Pamplona un guardia civil disparó a quemarropa a un panadero porque tenía un hijo encarcelado por simpatizar con ETA...

España estaba al borde del colapso, hasta que el anuncio de la red Al Qaeda dio una vuelta de tuerca.

Al Qaeda reivindicó la autoría del atentado en venganza por la participación en la guerra en Irak, ya que Aznar era aliado de George W. Bush y Tony Blair.

Para muchos, la incursión de Al Qaeda en la sociedad española determinó el fin de ETA porque el terrorismo islámico abrió los ojos de todos a la amenaza del siglo XXI.

Meses más tarde, en octubre, la policía consiguió la captura de Mikel Antza, el líder máximo etarra. Y, desde ese momento, ETA limitó su presencia con explosivos de escasa potencia. Ni una muerte más.

Y esa es la gran paradoja. Sentarse a la mesa con una organización casi derrotada o reconocer que -pese a esa ventaja- el problema también es esencialmente político.

Si la tregua es inquebrantable y si el gobierno de Rodríguez Zapatero logra unir a todas las fuerzas del país, España podrá respirar en paz, pero no tan pronto.
Por ahora queda el camino largo a una negociación.

 

 

 

 

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